miércoles, 11 de marzo de 2015

Boyhood.





«My experience of life is that it is not divided up into genres; it’s a horrifying, romantic, tragic, comical, science-fiction cowboy detective novel. You know, with a bit of pornography if you're lucky.»
Alan Moore.


Boyhood, al contrario de lo que cacarean muchos, no es una película de gimmick.  Filmar a los mismos actores durante doce años fue con un propósito exacto: elevar la verosimilitud a niveles poco vistos (si es que vistos del todo) en el cine.  Esto no es accesorio en una película que busca ante todo reflejar de forma realista el paso del tiempo.  

Es una ficción, nunca trata de engañar a nadie diciendo lo contrario, pero es una ficción que intenta reproducir el mundo que vivimos de la manera más cercana posible.  Estamos acostumbrados a una clase de cine en el que todo es artificio.  Todo son grandes juegos pirotécnicos, grandes personajes, grandes decorados, grandes historias, grandes dramas.  Grandes celofanes.  En Whiplash, por ejemplo, se sacrifica la verosimilitud sin afectar la calidad porque el drama es muy intenso.  Los personajes (inolvidables) colisionan, sacan chispas, hacen explosión.  Esto no quiere decir que el cine de artificio esté mal, ni mucho menos —es la parte del cine que más disfruto, fructífera e inagotable. Sí quiere decir que el medio es tan rico en posibilidades, tan amplio en sus alcances, que conformarse con una sola rama es cuando menos reprochable.  

En las películas, como en la vida, no todo el tiempo tienen que estar pasando cosas fuera de lo común.  Boyhood trata una historia sencilla con la que es muy fácil identificarse.  No hay ENORMES personajes ni ENORMES llamas ascendiendo en ninguna parte.  Se trata de un acercamiento minucioso a la vida común de una persona normal de esta época.  Todo lo que pasa es muy probable que le haya sucedido a alguien que conocemos bien, o incluso a nosotros mismos.  Las cosas se llevan exactamente el tiempo requerido, sin apresuramientos ni demoras.  

Aquí llego al tema central de esta cinta: el tiempo; el transcurrir y el permanecer del tiempo, la extraña paradoja en que nos movemos todos desde que nacemos.  Boyhood es también un recordatorio de que esa normalidad aparentemente inocua —la realidad ordinaria que no tiene demasiado que ver con la manera en que es presentada por Hollywood— es de hecho nuestra fuente primordial de épica, drama y tragedia. Sin costosos efectos especiales, la epopeya de lo cotidiano se desenrolla lentamente ante nuestros ojos, como-en-una-película.   Pero las películas permanecen, nosotros nos esfumamos.  

Las personas del futuro volverán a ver Boyhood para saber cómo éramos nosotros, ahora.  Se sorprenderán de cuán distinto es todo y, sin embargo, qué tan similar.  Es una obra maestra para todas las épocas.


Post data musical: la inclusión de Arcade Fire me pareció un golpe maestro. The Suburbs está inspirado precisamente por los suburbios de Houston en los que crecieron los hermanos Butler (y el protagonista de la película).  También es una sorpresa más que agradable ver a Charlie Sexton, el —en todos los sentidos— enorme guitarrista de Bob Dylan interpretando… a un guitarrista de rock admirador de Bob Dylan.

viernes, 20 de febrero de 2015

En sueños.




Para mi amiga Emilia Vargas.

En sueños, como sabemos,  no estamos sujetos a las categorías y límites propios de la experiencia común.  Las pacientes reglas de la naturaleza pueden ignorarse sin gastar un solo centavo en costos de producción.  No hay que preocuparse por minucias como las leyes físicas o sociales —siempre hirvientes de ansiedad.  Sin embargo, esa zona aparentemente ilimitada suele supeditarse a las cosas que conocemos por experiencia directa.  En otras palabras: ni en sueños podemos dejar de ser nosotros.  Incluso me atrevería a sugerir que es en sueños cuando somos más profunda y diversamente nosotros mismos. Los sueños nos recuerdan diariamente que el mundo interior puede ser muchísimo más rico que el exterior y, a veces, más real.  Así pasa, por ejemplo, cuando soñamos que nos enamoramos.

No importa que en el momento del sueño estemos solteros, casados, divorciados o en celibato involuntario; enamorarse dormido es una fatalidad aun más poderosa que cuando sucede en vigilia.  Para enamorarse despierto hay una serie de requisitos que deben cumplirse.  Hay que pasar por el equivalente emocional de esperar en filas, llenar formularios y checar sellos.  Al final, lo que se presenta como una epifanía en realidad ha sido la culminación de un proceso con distintos grados de cocción, dependiendo del caso.  Las verdaderas revelaciones —los knock-outs fulminantes— suceden con los ojos cerrados.  Es en el otro lado donde vamos sentados en un taxi yendo a quién sabe qué lugar en las afueras de una ciudad que parece familiar (sabemos su nombre), pero que vista con más atención parece la puesta al día de una descripción lovecraftiana.  De repente, como si no hubiera estado ahí todo el tiempo, notamos la presencia de una chica sentada al lado nuestro.  Vestido azul, cabello hasta los hombros, labios de un rosa sobrenatural.  Toca nuestra mano.  El corazón se acelera y lo demás es una niebla confusa de la que renegaremos apenas nuestros ciclos biológicos nos obliguen a levantarnos de la cama para tomar un autobús rumbo a la obligación y no podamos evitar voltear hacia todos los vestidos azules que se nos crucen en el camino, presintiendo que aquello fue algo más que fantasía.

Enamorarse suele ser la mejor motivación posible para despertarnos por la mañana; pero cuando sucede en sueños las cosas se invierten como en un espejo funesto.  Soñar es trágico porque, cuando es espantoso, despertar es un alivio incomparable; cuando produce dicha, dejar de hacerlo acarrea una inmensa tristeza.  En cualquier caso nos quedamos con algo parecido a un recuerdo.  Y digo parecido porque, a diferencia de los recuerdos legítimos, los producidos en sueños tienden a desvanecerse con mucha rapidez si no los contamos.  Esto nos revela la naturaleza mágica de la experiencia: si no la decimos o la contamos —si no la invocamos—, es como si no hubiera existido nunca.  A los sueños, para que perduren, hay que cultivarlos, hacer que traspasen la pared y forzarlos hacia acá con los pobres recursos a nuestro alcance (a saber: el lenguaje, las palabras).  Sólo así podemos sacar algo en limpio de tanta locura; así nos demostramos que la barrera entre  fantasía escurridiza y cotidianidad inamovible es mucho más blanda de lo que parece.

jueves, 12 de febrero de 2015

Invocadores.




Piensen en las veces que han usado un instrumento óptico y figúrense lo ridículos que se ven asomándose perplejos por tubos dirigidos hacia quién sabe qué.  Si algún embajador extraterrestre fuera testigo de tal comportamiento podría significar el final de nuestra especie.  «¿En eso utilizan sus recursos estos seres? ¿Qué perdería el universo si nos deshiciéramos inmediatamente de estos asomadores de tubos?» (léase con el acento sideral de su preferencia).  Desde un punto de vista estrictamente organizacional, el señor embajador tendría razón.  No nos engañemos; somos una especie que gasta esfuerzos en construir todo tipo de tubos por los cuales asomarnos. 

Desde ahora propongo la única solución posible para este hipotético conflicto entre especies. Invitemos a nuestro lejano visitante a asomarse por un caleidoscopio.  La historia entonces iría por uno de los siguientes caminos.


Primero: el excelentísimo Embajador Alienígena observa el caleidoscopio y después, sin mucha meditación, responde (les ruego que aquí vuelvan a hacer uso de su natural talento para los acentos imaginarios)«He visto cosas que los humanos ni se imaginan: naves de ataque incendiándose más allá del hombro de Orión. He visto rayos C centellando en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser...» discurso que, como todos sabemos, significa una muerte próxima —además de ser una manera muy elegante de decir que no está impresionado. 

Segundo: nuestro extraterrestre, a pesar de haber visto cosas que nuestros pobres cerebros (todavía incapaces del viaje interestelar) apenas pueden elucubrar, se dejará seducir y olvidará que lo que está viendo a través del tubo es una mentira fabricada con cuentas y espejos.  Unos instantes de este particular olvido serían suficientes.  Quizá alguna figura irrepetible le recuerde a una constelación que sólo vio momentos antes de que fuera devorada por un agujero negro y cuya belleza nunca ha podido transmitir a nadie más.  Puede que alguna conjunción única de matices le recuerde a los atardeceres de su planeta y tenga que luchar para no llorar en su propia, inconcebible manera.  En este caso el embajador estelar pensaría que una especie capaz de construir artefactos tan simples pero tan capaces de emocionar —incluso a seres como él, que ha visto tanto— no es una que se deba exterminar sin considerar bien el valor de lo que se perdería por siempre: un planeta entero habitado por los más hábiles invocadores de ilusión.

jueves, 29 de enero de 2015

La feria.





Cada año llega la feria a León y no puedo evitar preguntarme lo mismo: ¿Por qué me sigue gustando ir?  Puedo entender que la multitud de estímulos ofrecidos en ese ambiente puedan embotar la primitiva sensibilidad de un niño; pero ya estoy a nada de cumplir 26 años y no conozco a nadie de mi edad que disfrute ir a la feria como yo.

Todos arguyen razones muy sensatas para su disgusto.  Muchos han trabajado ahí uno o más años y terminaron más asqueados de lo normal (esto aplica para casi todos los que estuvieron en mi universidad).  Dicha circunstancia resulta en que tengo que recurrir a argucias engañosas y presión emocional si quiero ir a la feria con mis amigos.  No queda de otra. 

Más de una persona se me ha quedado viendo raro mientras me concentro persiguiendo a alguien en los carros chocones o no puedo contener el asombro ante los descomunales testículos de los sementales exhibidos en la exposición ganadera.  No todos están dispuestos a atravesar ríos humanos en el Poliforum sólo para buscar un anillo de calaca o de ojo.  Pocos son los atrevidos que se me unirían a hacer fila para comer una torta de chistorra acompañada por unas cucharadas de escabeche con tifoidea.  Y no sé si sea un recuerdo fabricado, pero mi memoria infantil registró con claridad la existencia de un puesto de hot dogs gigantes que sigo buscando.

"Es que siempre es lo mismo", suelen decir.  Es un argumento sensato, como dije.  Pero tengo algo para ustedes: ¿no es un reproche aplicable a la ciudad entera en cualquier otro momento?  La respuesta rápida es que sí, pero en el fondo, si se piensa bien, esto podría servir para darse cuenta de que en realidad nada es igual nunca.  Los cambios pueden ser lentos, a veces imperceptibles, pero una vez que dejamos pasar el tiempo vemos que ese "siempre es lo mismo" es una simple mentira con respecto a la feria y a todo lo demás.

Ya no me hago pintar de Batman ni me llevan en excursión grupal a ver los espectáculos, pero en la panza sigo conservando una sensación vaga que me resisto a perder: el recuerdo de cuando todo aquello, a pesar de ser menos que ahora, se me figuraba enorme como el mundo.  Una vida menos complicada que no me permito dejar de añorar.

lunes, 5 de enero de 2015

El 2014 en libros.

En Ask me enviaron la siguiente pregunta: "¿Qué lecturas has disfrutado más en estos últimos doce meses?".  La respuesta se alargó y no cupo en el espacio proporcionado, así que aquí está.  


(Aquí en el Congreso Anual del PIG (Partido del Imperio Galáctico), uno de los días más memorables del 2014.  ¡Vean cuánta felicidad !)



La verdad es que disfruto mucho casi todo lo que leo, aunque por distintas razones.  Una razón por libro, se podría decir.  "Las aventuras de Tom Sawyer" es muy distinto a "La vida breve", pero los dos fueron un enorme placer.  Es que no leo por obligación; nunca he podido.  Más bien voy guiándome por el gusto y el interés.  El Quijote —por ejemplo— fue lectura obligada en mi clase de español de tercero de secundaria.  Compré los dos tomos de Cátedra pero no leí ninguno.  Bajé los resúmenes de internet para quitarme el problema de encima y olvidé por completo el libro.  Pocos años después mi mamá me regaló la edición de aniversario de la RAE.  Comencé a leerlo pero lo abandoné otra vez, frustrado.  Este año pensé que iba a ser difícil volver a tener tanto tiempo como del que dispongo ahora, y que debería volver a intentarlo.  Esta vez funcionó.  Cargaba los tomos de Cátedra cuando salía y en casa leía el tabique de pasta dura.  Ahora sí pude leerlo y fue una experiencia gozosa como pocas.  La única obligación que debería existir para leer es disfrutarlo. Porque es un placer antes que cualquier otra cosa, y creo que cualquier lectura, por mala que nos parezca, nos enriquece de algún modo.  O quizá la verdad es que también para los libros tengo el gusto de una rata glotona y facilota, ¿quién sabe?

Para responder esta pregunta traté de hacer una lista lo más completa posible de los libros que leí completos durante el año.  Tuve que escarbar un poco pero fue un gusto revivir tantas cosas.  Me di cuenta de que había leído mucho más de lo que creía —ventajas del ninismo impune, que también tiene sus (muchos) horrores.  

En esta lista están los libros que más disfruté, con el orden en que los fui leyendo:

-"Cuentos reunidos", Amparo Dávila.
-"Nadie me verá llorar", Cristina Rivera Garza.
-"Leer, escribir", Bárbara Jacobs.
-"CortÁZar de la A a la Z: un álbum biográfico" editado por Carles Álvarez Garriga y Aurora Bernárdez (snif).
-"El camino a Eleusis" de Wasson, Hoffman y Ruck.
-"Antología de la literatura fantástica", compilada por Borges, Bioy y Ocampo.
-"Alan Moore: Conversations", editadas por Eric L. Berlatsky.
-"El arte de la fuga", Sergio Pitol.
-"Las palmeras salvajes" y "Mientras agonizo", de William Faulkner.
-"Manda fuego", de Alberto Chimal.  
-"Otra vuelta de tuerca", Henry James.
-"Todo el tiempo" y "Los muertos/Aguas salobres" de Mario Levrero.
-"El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha", Miguel de Cervantes.
-"De libertades fantasmas o la literatura como juego", José de la Colina.
-"La vida breve", Juan Carlos Onetti.
-"LSD: mi hijo problema", Albert Hoffman.
-"Dublineses", James Joyce.
-"Las aventuras de Tom Sawyer", Mark Twain.
-"La dama del perrito y otros cuentos", A. Chéjov.
-"Supreme I, II", "Promethea I", "Miracleman I" y "Yuggoth Cultures and Other Growths", de Alan Moore."
-"Frankenstein o el moderno Prometeo", de Mary Shelley.
-"La ciudad y los perros", Mario Vargas Llosa.
-"Los paraísos artificiales", Charles Baudelaire.
-"El complot mongol", Rafael Bernal.
-"Fernando Pessoa: el desconocido de sí mismo", antología y prólogo de Octavio Paz.
-"El gen egoísta", Richard Dawkins.
-"El quimérico inquilino", Roland Topor.
-"Noctuario", Thomas Ligotti.
-"True Detective: antología de lecturas no obligatorias".  V.V. A.A.
-"Danza Macabra", Stephen King (éste lo terminé anoche pero lo empecé el año pasado.  Como sea, la pregunta es respondida hoy, así que entra porque yo digo :P ).



¡Feliz año nuevo a todos!

lunes, 20 de octubre de 2014

Imaginarios.


 Por más estupendo que suene «escribo sólo para mí» o «nunca pienso en quién me leerá», la verdad es que para escribir cualquier cosa tienes que esforzarte por inventar mínimo a dos personas que nunca dejarán de existir sólo en tu mente. 

 Primero: el que escribe.  No importa si estás reclinado sobre un pergamino iluminado solamente por una vela que languidece, con una pluma de ganso en la mano, detrás de un escritorio y enfrente de libreros repletos de densos volúmenes.  Tampoco importa si eres un estudiante de secundaria con el uniforme pegado a la piel por el sudor después del recreo, escribiendo con una Bic mordisqueada sobre un pupitre de triplay lleno de referencias percudidas a amores adolescentes de los que no se sabe nada más.  Esas personas, sus existencias corporales, reales, no importan.  Importa lo que sucede en el interior.  Ahí estos dos pueden intercambiar papeles, congelar un instante o hacer lo que sea, ser quien sea.  Ese "alguien" que no es ellos le dirá cosas a otro "alguien" que tampoco está ahí realmente —sintiendo el calor de la vela o de la mañana de escuela.  

Segundo: el que lee.  Puede estar basado en una persona verdadera, pero lo crucial es la imagen a la hora de escribir, no la persona real desde la que partimos para crearla. Le escribes a la idea de esa persona, no al conjunto de huesos y carne que se despierta, y come, y duerme.  También puedes dirigirte al monigote "alguien"; ese "alguien" borroso y gris que se produce en tu cabeza cuando te hablan de una persona que no conoces.  La idea confusa de "persona" que tienes hasta antes de endilgar un rostro y unas particularidades a ese maniquí amorfo.  También se puede dirigir un texto hacia una multitud, o la humanidad entera; a lo que pensamos como "una multitud" o "la humanidad entera".  

Pero nada de eso —insisto— es real.  Sólo es real, en sentido estricto, el sonido de la pluma rasgando el papel, los gritos de los compañeros en el patio, la música que sale de las bocinas, el tacto de los dedos sobre un teclado.  Sólo es real-real el intento casi siempre fallido de organizar veintitantos signos en símbolos con la intención de que sean reproducido dentro de la mente de "alguien" más.  Aquí estamos, en la siempre porosa barrera entre lo tangible y lo ficticio.  Pero hay ocasiones en las que descubres que podría haber personas, individuos concretos, que toman un tiempo de sus preciosas vidas para recrear las cosas que decidiste colgar por aquí o por allá.  Algunas veces estas personas tienen nombres, rostros, pasiones, cumplen años...  Otras veces sólo son dueños de una pasión irrefrenable por el insulto y la grosería.  De todos modos, este hecho no deja de ser maravilloso.  Con cosas así presentándose en tu vida, el aburrimiento o el desencanto se revelan como los únicos crímenes imperdonables de los que serás capaz.

As: Bela Lugosi's Dead - Bauhaus.

{La foto es mía.}

lunes, 29 de septiembre de 2014

Breaking Bad (o los motivos de la ficción).

Hace exactamente un año se transmitió el último episodio de Breaking Bad.  Hayamos llegado tarde o temprano a la historia, sin duda fue una que nos cautivó a todos, nos dio una golpiza y luego nos dejó sintiendo que la vida no tenía sentido si no podíamos seguir viendo las aventuras de Walter & Co.  Para conmemorar ese primer aniversario (¿luctuoso? Nah, esta clase de cosas no es que nunca mueran, sino que duran por generaciones enteras), posteo esta versión hojalateada de un pequeño artículo sobre el asunto que escribí el año pasado.

Gracias a la buena voluntad de los amigos, este artículo se publicó originalmente en la honorabilísima revista Spazz.


«You see, technically, chemistry is the study of matter, but I prefer to see it as the study of change: Electrons change their energy levels. Molecules change their bonds. Elements combine and change into compounds. But that’s all of life, right? It’s the constant, it’s the cycle. It’s solution, dissolution. Just over and over and over. It is growth, then decay, then transformation. It is fascinating, really.»
Walter White.

El aumento geométrico de la audiencia y su éxito universal de público y crítica no serán las únicas particularidades destacables en una serie cuya premisa me sonó cuando menos boba la primera vez que supe de ella: un profesor de química sobrecalificado es diagnosticado con cáncer terminal y decide utilizar su experiencia para fabricar metanfetamina cristalizada de altísima calidad.  Ése es el argumento de la serie de televisión más aclamada de la historia.  A mí sólo me hizo soltar trompetillas durante mucho tiempo, hasta que decidí experimentar directamente el asunto.  «Además es el papá de Malcolm», decía.  Suponía mucho y desconocía incluso más. Bastó el primer episodio para que se me cerraran las escapatorias a su narrativa.  En aquel primer momento de disfrute puro se me hubiera dificultado más articular qué era lo que no me permitía dejar de seguir poniendo un episodio tras otro.  Era gozo puro, un tren imparable.  Ahora sé que no se trataba únicamente de los cliffhangers, o su calidad como producto audiovisual; he ido entendiendo que la potencia de Breaking Bad reside en la fuerza elemental que las ficciones ejercen sobre la psique humana.



El protagonista —Walter White— describe indirectamente el abordaje narrativo de la serie durante un discurso que da a sus alumnos (ver el video de arriba para más señas).  El objeto de la química —les dice— es, en sentido estricto, la materia; pero él prefiere verla como la ciencia del cambio: crecimiento, decadencia, transformación... Esa breve secuencia es la verdadera declaración de principios de la serie. Los realizadores hicieron algo que, por lo que sé, no había sido intentado en esa escala dentro del formato de serial televisivo: convertir a la metamorfosis de un personaje y sus circunstancias en el centro de la narrativa.  Hasta Breaking Bad las series habían apostado por centrarse en el formato, el género y la estructura de sus episodios.  Los personajes no eran más que meros dispositivos, útiles en cuanto ponían en acción las variaciones del planteamiento central en cada capítulo.  Breaking Bad, por su parte, nos recuerda y lleva a cabo una función primordial de la ficción: ser un campo abierto para la experimentación con el alma.  Tal como se haría en un laboratorio alquímico, la ficción tiene el poder y el deber de crear homúnculos imaginarios.  Entre más parecidos sean a los hombres de verdad, más cerca podremos sentir lo que nos transmiten; y eso sólo puede probarlo un creador de ficciones al introducir sus homúnculos dentro del experimento —el set de circunstancias imaginarias para sus seres imaginarios.  Después sólo resta ver cómo reaccionan.  Las transformaciones están en el núcleo de todo lo que nos hace personas y las ficciones como Breaking Bad son el conjuro que nos permite, por medio de complicados (aunque no por eso inexplicables, como creen algunos) mecanismos, experimentar posibilidades de la situación humana a las que no podríamos acceder en una sola vida si no fuera por ellas: lo horrendo, lo bellísimo, lo bondadoso, lo malvado… La lista es interminable y las maneras en que todos esos aspectos pueden ser presentados es lo que sigue nutriendo al arte —al arte de la ficción en especial, y sobre todo a nuestra necesidad de consumirla.

De los temas tratados en la serie, el gran titular es el mal.  Breaking Bad nos dice que la maldad —por monstruosa que parezca— es una actividad con orígenes, motivaciones y consecuencias para quien lo practica y para quienes están bajo su influencia.  La premisa sencilla que describí al principio es la puesta en escena del experimento que nos acercará —a través del cristal— a ver qué hay en el fondo del crimen y la corrupción.  Como lo han hecho otros artistas (Leonard Cohen en “All There Is To Know About Adolf Eichmann”, por ejemplo), los autores de Breaking Bad nos recuerdan que el mal no es un exotismo, sino una muestra esencial de lo que somos.  Detrás del crimen siempre hay motivos, sean legítimos o no.  La destrucción y la miseria moral pueden ser tareas emprendidas minuciosamente por cualquiera de nosotros si somos puestos en las circunstancias adecuadas.



Cualquier aparato de ficción competente debe —creo— darnos la impresión de que desintegrar sus elementos sería una tarea imposible, tal como sucede con la vida que tenemos que realizar a diario.  Breaking Bad es más que competente gravitando al rededor del mal y la transformación. Sin embargo, quisiera destacar uno de los elementos subterráneos más importantes de su dramaturgia: el papel del azar en todo lo que nos ocurre.  A pesar de estar calculada hasta niveles obsesivos de detalle, la narración nos abruma  desde el principio con una sensación de caos que parece irreversible. «¡¿Cómo demonios pueden salir de algo así?! ¡¿Qué carajos se puede contar después de esto?!» pensamos. Breaking Bad es sobre las decisiones, las omisiones (que son igual de importantes) y sus consecuencias; pero también acerca de la multitud de cosas que no están bajo control directo de la voluntad.  A mi ver, ambos elementos se entrelazan y tejen el dibujo completo de lo que significa ser humano en nuestros propios paquetes de circunstancias. Un dibujo que hemos tratado de calcular, descifrar y predecir desde todos los puntos de vista imaginables, incluso en contra de la intuición que nos dicta lo imposible de la empresa.  Hasta ahora, una de las mejores formas que hemos descubierto para ese fin es operar imitaciones más o menos hábiles de este curioso mundo con sus curiosos habitantes, y Breaking Bad finge muy bien ser real.  La cantidad de matices y de detalles cruzando el escenario sin mostrar ningún sentido aparente para después revelarse como cruciales nos recuerda con mucha fidelidad el modo en que vemos nuestra propias vidas “verdaderas”, ésas a las que somos arrojados con lagañas todos los días.

Nosotros, como los personajes que vemos y leemos, también nos transformarnos.  Muchas veces es difícil hacer que nuestra satisfacción alcance al ritmo de nuestras propias mutaciones.  Nadie ha dejado de sorprenderse cuando ve fotos viejas de sí mismo, o cuando recuerda las cosas que hacía y decía apenas unos años atrás.  “Si hubiera sabido”, pensamos.  “Si hubiera tenido una ventana a través de la cual ver qué es lo que me podía pasar si seguía así”, decimos.  La ficción es esa ventana y, aunque no todos podemos ser los reyes de la metanfentamina en el southwest, sí podemos aprender mucho de nosotros mismos a través de lo que nos ofrecen las ficciones.  Dicho todo esto, creo que Breaking Bad es una ventana muy lujosa.