domingo, 16 de febrero de 2014

Curiosidad.

"So play the game "Existence" to the end
Of the beginning, of the beginning, of the beginning, of the beginning, of the beginning "
John Lennon.



La experimentación por definición incluye la posibilidad del éxito tanto como la del fracaso.  Puede ampliar de un golpe lo que sabemos y sentimos sobre el mundo o puede dejarnos una frustración difícil de superar.  Sin importar el resultado final, el objetivo de experimentar es ampliar la forma en que percibimos la realidad expandiendo los límites del conocimiento y el ámbito de la experiencia —dentro del cual la experiencia del arte ocupa un lugar central.  Experimentar es, pues, afinar la conciencia de forma efectiva, sin tintes absurdos de New Age ni orientalismos machacones.  La experimentación es la puesta en marcha de la curiosidad, la aplicación del deseo de saber qué hay en la otra orilla y arriesgarse a saberlo de primera mano.  A veces, por supuesto, el río nos puede arrastrar en su corriente antes de que podamos llegar al otro lado.  Otras veces sí logramos llegar a la ansiada ribera y entonces es cuando la vida humana cobra su más profundo sentido, por pequeño que sea el experimento.

Tomorrow Never Knows es testimonio memorable de una sola ocasión en que la curiosidad y el riesgo condujeron a una nueva manera de vivir.  Una conjunción de factores (la fama, la industria, lo que sea) funcionaron como un gran amplificador cultural y, a través de canciones como ésta, sociedades enteras cambiaron su forma de percibir la música, la juventud, el mundo.  Los Beatles alteraron —insisto— la conciencia de la humanidad.

En muchas ocasiones los cambios más intensos comienzan por simples curiosidades, por ganas sencillas.  Curiosidad como la que nos lleva a poner los pies en el suelo después de haber atravesado un continente de locuras durante la noche, o ánimos como los que no dejan que la tristeza acabe de matarnos cuando las circunstancias se ponen bravas.  Cuando se acaba la curiosidad por saber qué tienen las cosas (y qué tenemos nosotros) para ofrecer es cuando vivir pierde en verdad nuestro interés.  Mientras, por mal o plano que vaya todo, deberíamos evitar ejercer el derecho a estar aburridos y poner en práctica con más frecuencia la necesidad de saber qué hay más allá.

Atte: Juan Ramón.

martes, 31 de diciembre de 2013

Último día del 2013.

Cada momento que pasa es inédito —nos dice la evidencia.  A pesar de que a veces nos engañemos creyendo que la mayor parte de los días se parecen, nunca hay un instante igual al anterior.  Todo cambia todo el tiempo.  Pero aun así hay cosas más nuevas que otras, primeras veces más memorables que las primeras veces que estamos experimentando toda la vida.  Para mí este año hubo bodas, viajes, desengaños, azares y esperanzas que sería tan imposible tratar de desmenuzar como de sintetizar.

Resumir es una tarea de necios.  Todo está lleno de sutilezas, de acotaciones, de riquezas.  En la dicha hay dolor y viceversa, siempre.  En medio del tono de extrema jodidez que tuvo la mayor parte del año, hubo días llenos de emoción (como el 10 de agosto).  Días que me recordaron el otro lado de la vida, el que puede brindarnos lo mejor y más atesorable.

Nunca voy a volver a olvidar el cumpleaños de Bob Dylan.

Que el siguiente año refute mi pesimismo y las cosas se pongan cada vez mejor.

¿Qué demonios tienen todos contra U2? ¿Qué demonios tienen todos contra las películas del Hobbit? Se agradecen las explicaciones.

Atte: Juan Ramón.

PD: este año se recordará como el último que tuvo Breaking Bad al aire.  En mi corazón (lo he dicho en ocasiones) esa serie ya es como los Beatles, Star Wars o Tolkien.  Nuestras tragedias o victorias personales palidecen al lado de tanta grandeza.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

El diablo es una calabaza.

El San Miguel Arcángel que está en el corral de mi casa.

Nunca tuve bien claro a qué se dedicaba mi tío pero recuerdo que siempre traía cubetas con desperdicios para los puercos que teníamos en la casa.  Las cargaba en un guacal que tenía montado en la parrilla trasera de su bicicleta, con la que se movilizaba a todas partes.

El tiempo en que mi tío y yo nos llevamos bien se reduce a mi primera infancia y la memoria es un asunto complicado, sobre todo cuando se trata de esa época.  Recuerdo —por ejemplo— con mucha claridad que me hacía tronarle los dedos de las manos.  Yo ni siquiera sabía que existía esa extraña costumbre que consiste en provocar ruidos con las falanges propias sin que se desbarate la estructura ósea por completo.  Hay otras cosas que no recuerdo tan claramente o que no sé si me las inventé con el paso del tiempo.  Lo que quiero contar entra en la segunda categoría.

Un día mi tío me dijo que nos fuéramos a a dar una vuelta. Me subí al guacal, que ya no tenía cubetas llenas de desperdicios pero seguía oliendo como si las tuviera.  Siento que en esa época estamos más cerca de los perritos que de los humanos, lo cual puede ser encantador pero también inconveniente.  Al recordar esos paseos me imagino como si tuviera orejas largas, la lengua (también muy larga) moviéndose con el viento por fuera de mi hocico elongado, contento, sentado entre el aroma de algo que ahora podría describir como vómito de puerco.

Íbamos con rumbo a San Miguel, el barrio vecino.  Fue el año que estuve yendo a un colegio por aquel rumbo, así que más o menos sabía dónde me encontraba.  Creí que me iba a pasear por la escuela sin detenerme a pensar en la posibilidad de que el mundo no se redujera a los lugares que tenían que ver conmigo.  Me sorprendí cuando comenzó a detener la bicicleta frente a la fachada del templo. Se bajó frente a un nicho con la imagen de San Miguel Arcángel venciendo a Satanás.

—Mira, ése que está ahí abajo es el diablo.  —me dijo mi tío.

—¿Cuál es el diablo? No veo —le respondí.

—Ése, el rojo.  ¿Qué no lo ves? Se me hace que nada más te estás haciendo.

—No tío, de veras no lo veo.  ¿Es eso ahí abajo que parece como una calabaza? ¿O es un camote?

—¡¿Cuál calabaza?! Yo no veo ninguna calabaza. ¡Mira! ¡Mira! ¡Fíjate bien! ¡Ahí está! ¡Es rojo y tiene cuernos!

—¡Ah, sí! ¡Ya lo vi bien! —exclamé sin dejar de ver a la calabaza, a pesar de los vehementes esfuerzos de mi tío por que volteara a ver al "enemigo malo".

—¿Ya viste? Si te portas mal, cuando te mueras va a venir por ti y te va a llevar al infierno —remató y de alguna manera sentí miedo de la calabaza que veía.

Así, un paseo en bicicleta resultó ser mi primer lección de espiritualidad: el demonio tiene forma de calabaza.



As: Tony's Theme - Pixies.

Atte: Juan Ramón.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Te extrañamos, John.

El retrato (regalo de mi papá) que tengo enfrente todos los días.

Hoy me desperté muy tarde (es domingo, digo).  Después del inevitable mal humor me di como tres segundos para pensar en qué disco llevarme para escuchar en el camino.  Casi por instinto agarré el "Lennon Legend".  Digo casi porque no fue hasta que regresaba a la casa, varias horas después, cuando recordé que hace 33 años un loco imbécil asesinó a una de las personas más importantes de mi vida.  Porque John Lennon es una de las personas más importantes de mi vida.  Forma parte de ese grupo de seres humanos a los que no puedo dejar de recordar ni un solo día.  Por una u otra razón siempre hay algo que hace que los tenga presentes.  Algunos están vivos, pero muchos también están muertos.

Nací ocho años y cacho después de su asesinato.  Nunca respiramos el mismo aire ni anduvimos bajo el mismo sol, pero me gusta pensar que eso es lo de menos.  John Lennon, sin jamás tener la más leve sospecha de mi existencia, la afectó para siempre.  Sé que desde hace décadas existen muchos millones de personas como yo; personas que no podrían entender nada de lo que son sin la vida y obra de Lennon.  Es un gran motivo de alegría saber que el poder y la belleza de su arte han conmovido a tantos seres humanos a través del tiempo, sin que su presencia física sea necesaria.  Eso no quita el que todos desearíamos que estuviera vivo.  Porque a pesar de que, como dije, jamás sospechó tan ingente cantidad de individualidades (es imposible, no era un dios aunque nos lo quieran hacer creer), nos afectó y sigue afectándonos a todos.  Es patrimonio de la humanidad, pues.  Todos extrañarían a la muralla China si de repente algún neoliberal desquiciado (valga la redundancia) se pusiera a dinamitarla de la noche a la mañana, a pesar de que la mayoría de nosotros no ha estado nunca ahí.  Pues lo mismo con John Lennon.

Nos haces mucha falta, hombre.

Atte: Juan Ramón.

viernes, 29 de noviembre de 2013

George el clarividente.


El carisma de George Harrison estaba en los bordes de lo sobrenatural.  A diferencia de lo que sucede con sus compañeros beatle, el atractivo de George no se puede reducir con facilidad, ni siquiera a nivel de percepción popular.  El epíteto de "el callado"— que han querido endilgarle desde hace décadas— no nos dice nada.  Ni siquiera es verdad.  George habló mucho y bien.  Mejor dicho: cantó y compuso mucho y muy bien.  El registro de sus composiciones siempre fue más amplio  —sin duda más profundo— que el de cualquiera de las personas con las que se rodeó en su carrera artística.  Porque George sabía ver con totalidad: detrás, entre, a través.  Sus canciones van desde la alegría contemplativa de Here Comes the Sun hasta la rabieta satírica de Taxman.  Y eso nada más con los Beatles.  Es cosa conocida que el All Things Must Pass salta por encima de cualquier álbum solista de sus compañeros con una facilidad pasmosa.




Su aproximación a lo trascendente no se trataba, en el fondo, de repetir mantras, sino de saber paladear los asombros más íntimos y compartirlos después con los demás, intactos.  Sus apegos con el New Age y los guruísmos orientales no fueron otra cosa que los juegos con los que se entretenía su inocencia.  La inocencia de un dios niño que convierte pajarracos de barro en aves coloridas con un pase de manos. Vean la portada de Revolver.  La mirada de George es la de una deidad serena, contrastante con la humanidad sulfurosa de sus compañeros.  En todo caso, la relación con oriente daría buenos frutos en su arte.  El primer disco beatle que escuché fue el Sgt. Pepper's y la inclusión de Within You Without You me dejó perplejo pero al mismo tiempo cargado de —repito— serenidad.  Algo totalmente distinto.





Pero todas las cosas pasan y la mirada sideral de George Harrison soltó a este mundo hace exactamente doce años.  De entre los que seguimos aquí, a cada minuto surge alguien más que descubre un nuevo rincón de si mismo gracias a sus obras.




Atte: Juan Ramón.

jueves, 28 de noviembre de 2013

La estación.


Mi casa no queda muy lejos de la estación; se puede llegar caminando si así se desea. De niño me parecía un lugar a medio abandonar.  Quiero decir que es un lugar muy viejo, que se ve viejo y que no le preocupa a nadie, pero que todavía tiene gente rondando y bicicletas recargadas en sus paredes. ¿Qué  hay adentro de la estación? Quién sabe.  Por fuera tiene telarañas en los techos.

Del otro lado de la vía viven "indios", según me decían de chico.  Cuando yo les conté lo mismo a mis primos me confesaron que a ellos les habían contado ya ese dato y se imaginaban apaches con arco y flechas como los de las películas de vaqueros.

Jamás he cruzado hacia aquel lado de la vía.  Algunas veces he soñado que me interno en el caserío y prefiero quedarme con esas versiones: pueden ser distintas sin esforzarse y aparecen a (in)voluntad.

***

En algún momento de los noventa fui con mi mamá para preguntar por destinos y horarios.  Ya me imaginaba viajando en tren.  Anticipaba con emoción ser parte de las personas que (nunca he sabido si esto también es ensoñación) una vez vi bajarse de los vagones en la estación cuando era aun más pequeño.  Ansiaba unírmeles.  El tren es enorme, viejo y de colores.  Que además pueda recorrer grandes distancias con personas encima es el colmo de la genialidad.


Quien nos atendió lo hizo detrás de unas rejas y frente a un pequeño pizarrón negro que tenía escrito "México-Cd. Juárez", una distancia en kilómetros, luego en millas, un horario y una fecha que terminaba en 1995.  Nos dijo que esas anotaciones indicaban el último tren de pasajeros que había parado ahí.

***


La estación está en la orilla sur de uno de los barrios más antiguos —y peligrosos— de León.  Caminar hacia allá es enfrentarse con que la ciudad se transforma en algo inesperado.  Si se va por la calle común, se recorren lugares que bien podrían servir de escenario para el fin de los tiempos.  Naves industriales y viejas bodegas abandonadas entre calles llenas de polvo por las que no parece haber pasado nadie en décadas.  Si se llega caminando por la vía del tren hay que atravesar baldíos de carrizos enormes y pastizales por donde tampoco parece haber ningún rastro de humanidad reciente.  En esa opción del camino  uno se entrega a la hipnosis de ir poniendo los pies sobre los durmientes, de ver pasar la grava manchada de aceite.  Sembradíos de un lado y mezquites del otro.  El trance comienza a quebrarse cuando los silos industriales anuncian a la estación.  Apenas antes de llegar hay vagones huérfanos y vías alternas reflejando en su fierro viejo la luz de la tarde como no me ha tocado ver en otro lado.







Atte: Juan Ramón.

PD: las fotos son mías.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Hurgando...

... en mis viejos correos electrónicos di con esta cita de Joseph Campbell que hace algunos años transcribí y que esta noche me escupió en la cara —acto que mi amigo Rafa (alias "El Guapo") una vez propuso como método infalible para iniciar una pelea.  Nada más.
"El inconsciente manda a la mente toda clase de brumas, seres extraños, terrores e imágenes engañosas, ya sea en sueños, a la luz del día o de la locura, porque el reino de los humanos oculta, bajo el suelo del pequeño compartimento que llamamos conciencia, insospechadas cuevas de Aladino.  No hay en ellas solamente joyas, sino peligrosos genios: fuerzas psicológicas inconvenientes o reprimidas que no hemos pensado o que no nos hemos atrevido a integrar a nuestras vidas, y que pueden permanecer imperceptibles.  Pero por otra parte, una palabra casual, el olor de un paisaje, el sabor de una taza de té o la mirada de un ojo pueden tocar un resorte mágico y entonces empiezan a aparecer en la conciencia mensajeros peligrosos.  Son peligrosos porque amenazan la estructura de seguridad que hemos construido para nosotros y nuestras familias.  Pero también son diabólicamente fascinantes porque llevan las llaves que abren el reino entero de la aventura deseada y temida del descubrimiento del yo.  La destrucción del mundo que nos hemos construido y en el que vivimos, y de nosotros con él; pero después una maravillosa reconstrucción de la vida humana, más limpia, más atrevida, más espaciosa y plena... ésa es la tentación, la promesa y el terror de esos perturbadores visitantes nocturnos del reino mitológico que llevamos adentro"

Atte: Juan Ramón.