martes, 26 de agosto de 2014

Cortázar, mago maestro.




(Publicado originalmente en Disonancia )

  Nunca voy a olvidar las primeras veces que lo leí.  Me ocurrió lo que ahora sé que es el signo más claro de que algo me gusta: quise que todos lo conocieran, lo leyeran, se entusiasmaran como yo.  (Ésa es la razón por la que casi no tengo sus libros: los he ido regalando.)  Lo que escribió brilló como debe brillar en la literatura el lenguaje opacado por el uso diario.  Parecía que su conciencia abarcaba todo lo decible y más allá.  No había posibilidad que se le escapara a sus artes de clarividente.  Lo bebí para sentir que la vida era nueva, que se podía acceder a otras dimensiones a través de algo tan prosaico como un libro y sus componentes.  Una palabra, un sonido que vibra en la conciencia, un concepto que araña una cuerda específica del acorde, con el mayor cálculo.  No nada más sonaba bien: hacía reír, soñar y sorprenderse. Cruzando el umbral de sus palabras se me otorgaron revelaciones irrenunciables.  Me donó una clase distinta de entendimiento, un poder a la vez profundo y sutil. Fue y siempre será un artífice de la admiración ante el entendimiento profundo del mundo y quienes lo habitamos.  Estoy seguro de que ese poder lo obtuvo, en primer lugar, de la impresión que en él mismo causó el arte —o, dicho mejor: la magia.


Llaves y puertas, avanzar, cruzar, dar pasos improbables.  Su mundo es el corredor de lo posible, no el del apoltronamiento conformista.  Por eso siempre he vuelto a él en los ratos más terribles de mi vida.  Siempre que estoy a punto de dar otro salto mortal está ahí, en forma de aparición espectral, para decirme que cualquier camino es transitable, que lo importante es cargar la mochila y seguir en el camino.  Maestro de la risa y la sorpresa, del juego y de su sombra —la vida.  Lo honro y nunca dejaré de agradecerle el cambio que indujo en mi propio sendero.  Ya no podría entender nada de lo que soy sin la manera en la que me enseñó a creer en el asombro, en la espiral perpetua del azar que nos lleva de un lado a otro como agua dentro de un tornillo de Arquímedes.  Ese asombro, ese entendimiento alterno de las cosas, es el estado al que todos los que jugamos en serio aspiramos a tener durante todo el match.  Pero no es fácil; requiere compromiso y, como él mismo dijo, “darse a fondo, como cuando se nada o se duerme o se quiere”.  No todos tenemos la entrega ni la determinación necesarias, pero en la lucha estamos —y, en mi caso, gracias en gran parte a la belleza de sus palabras, que se clavan, espina dorada, en cualquier corazón dispuesto.

martes, 19 de agosto de 2014

Mi mayor miedo.


El acto de sostener una máscara debe hacerse según procedimientos cuidadosos que no todos son capaces de observar con el debido rigor.  Para comenzar a ejemplificar este punto diré que todos los tratados sobre la materia empiezan aclarando qué es lo que se supone sostiene a la máscara en cada caso y con qué elementos cuenta.  Tomemos el ejemplo considerado clásico por los autores más relevantes: un ser humano sosteniendo una máscara con sus manos. Después de ésta y otras consideraciones preliminares —que sería largo detallar en este limitado espacio— podemos entrar en materia, aunque sea de manera profana y veloz.

La máscara debe considerarse un rostro tan legítimo como cualquiera.  El que los demás componentes habituales en un cuerpo estén ausentes nunca debe ser motivo para la discriminación o la falta de cuidado.  La sensibilidad de las máscaras hacia este hecho no tiene final.  A nadie le gusta que su rostro sea manejado como un vil pedazo de materia inerte.  El cartón no sólo es cartón, la madera no sólo es madera, la piel no sólo es piel.  Por lo tanto, sostener una máscara debe considerarse un acto de suprema delicadeza.  El contacto es inevitable pero debe tomarse más como un mal necesario en las interacciones de este mundo que como un grosero festín de manchones grasientos.  La posición de la máscara debe ser lo suficientemente baja para mostrar el rostro propio del que la sostiene, pero no tanto como para prestarse a interpretaciones y, en última instancia, a la fatiga.

Debe anotarse, después de estas generalísimas instrucciones, que el sostenedor no debe hacer ningún gesto que pueda agregar algo al acompañamiento silencioso de los rostros.  El estoicismo debe ser absoluto.  La disciplina del sostenimiento de las máscaras se degrada con cada titubeo.  Cada mueca o ceja levantada —aunque sean considerados insignificantes por el inexperto— arruinan la actividad.  Una expresión natural, ausente de toda intención, es la única que logra acompañar con dignidad a una máscara sostenida con las manos.

Aun con lo somero de esta exposición, espero se entienda que el acto de sostener una máscara ha sido elevado al rango de arte en muchos lugares del mundo —aunque, a diferencia de lo que sucede con las cosas que suelen llevar ese nombre, sus practicantes buscan la perfección de la manera más privada posible.  Sostener una máscara es un acto de soledad total, que apenas permite alguna que otra fotografía imposible de calificar para el no iniciado.

sábado, 19 de julio de 2014

Hace cuatro años.



Puse "American Splendor" en el reproductor de la computadora.  Hasta muy poco antes de eso no conocía a Harvey Pekar.  No lo olvido: la primera vez que supe de él fui rápido a Wikipedia sólo para descubrir que justo en esos momentos se estaba confirmando la noticia de su muerte.  Sentí —esto no es extraño— que lo había asesinado.  No era la primera vez que sentía algo similar en ese verano.  Semanas antes, 
casi inmediatamente después de ser invocados en sendas conversaciones, habían muerto Carlos Monsiváis y Gabriel Vargas.  

Hacia la mitad de la película llegó mi primo a la casa.  Le conté entusiasmado, dije que le iba a encantar.  Volví a ponerla desde el comienzo pero llegó un punto donde la imagen se detuvo.  Hicimos lo que se pudimos y la película seguía congelándose en el mismo momento.  Le dije a mi primo que ni modo, podíamos ver el concierto acústico de los Pixies en Newport. Lo vimos.  Nos emocionamos.


En eso llegaron desde lejos mi prima y mi tía.  Era domingo y mi tía nos dio dinero.  Casi no vemos a mi tía.  Le dije a mi primo que fuéramos al centro.  Había visto una pluma que quería.  Una Parker Vector igual a la que había perdido en la feria de ese año.  Meses antes había regalado mi Lamy Safari en una borrachera, así que me encontraba sin pluma decente y aproveché la oportunidad de aquel día.  Compré la pluma y dos libros: "Lástima de Cuba" de Rius y una "Antología de cuentos" de Horacio Quiroga.  Tampoco hacía mucho que me había enterado de quién era ese uruguayo.


Seguimos vagando por el centro hasta que mi prima recién llegada me habló por teléfono para invitarnos al cine.  Nos tomamos unas cervezas antes de entrar a ver Toy Story 3 —maravillosa, divertida... Sigue siendo una de las muy pocas películas que me han hecho lagrimear.  Cuando acabó, yo sólo ansiaba llegar a la casa y conectarme a internet para platicar de Quiroga, de la pluma, de Toy Story, de Harvey Pekar...


Todavía no entiendo muy bien por qué recuerdo ese día de hace cuatro años con tanta claridad y tanto cariño.  Creo que me sentía feliz.

miércoles, 2 de julio de 2014

Qué juguete me gustaría ser.


Hace poco una amiga me hizo una pregunta de lo más extraña: "¿Qué juguete te gustaría ser?"  Saltándome cualquier reparo sobre la imposibilidad de ser algo distinto a mí, lo primero que pensé fue: ¿Por qué un juguete?  Después de todo, la pregunta podría tener innumerables variaciones:  ¿Qué tipo de mineral te gustaría ser? ¿Con cuál papel te identificas más? ¿Cuál es tu falla tectónica favorita?  Todas preguntas viables cuyas respuestas dirían algo sobre nosotros, algo quizás desconocido hasta entonces.  Pero de entre todas las opciones que podemos elegir para hacer una pregunta similar, creo que la de los juguetes propiciaría respuestas más profundas.

Porque primero está la infancia.  Es el inicio, el punto de fuga.  Todo lo que hemos sido deriva de nuestros primeros años.  Los hábitos más arraigados, las pasiones más intensas... Todo está cifrado en esa época de balbuceos y maravillas.  Después, el juego.  Jugar es la actividad más disfrutable y —puede ser— más importante que existe.  Hacer algo por el mero gusto de hacerlo, inventar códigos para la ocasión, crear un mundo peculiar, distinto al de siempre, etcétera. Todo eso distingue al juego y a todo lo que en verdad vale la pena de estar vivo.  Tercero: los juguetes, que son instrumentos diseñados por nosotros o por alguien más para acompañar esas actividades.  No es igual un carro a control remoto que un montón de palos y lodo, pero lo que hace a un juguete no es el plástico, los colores o el uso de baterías. Un juguete existe cuando se juega con él, y para eso nos sirve absolutamente todo lo que esté a nuestro alcance.

Para querer ser un juguete en particular se pueden considerar muchas variables: ¿puedo ser un juguete con el que nunca he jugado? ¿Estamos suponiendo que los juguetes llevan una compleja vida consciente (como en la serie de Toy Story, bendita sea) o son inertes? Sería un fastidio enumerar todos los criterios posibles para responder la simple pregunta de mi amiga.  Sin embargo las reglas de los juegos tienen la virtud de permitirse ser tan incoherentes como se quiera; no se les exige consistencia como a todo lo demás (aunque la consistencia de todo lo demás siempre nos produzca sospechas).  Con todo esto dicho, voy a elegir el juguete que me gustaría ser por medio de un mero capricho, sin desmenuzar demasiados pormenores.



Me gustaría ser un robotcito bailarín chino que obtuve hace no mucho tiempo.  Creo que los robots son fascinantes y admirables por igual.  Fabricar estos dispositivos es la forma definitiva del juego.  Se dota a una serie de partes con un propósito específico y autónomo; se trata de que éste se realice con más exactitud que la habitual pero imitando en lo posible las formas comunes.

La vida está naturalmente desprovista de sentido, e incluso siendo capaces de inventar (como jugando) funciones para la existencia, nuestra condición de humanos está llena de fallas.  Los errores consiguientes a tener voluntad propia contribuyen a la veloz degradación de nuestras mejores intenciones.  Un robot, en cambio, no tiene más que cumplir aquéllas para las que fue diseñado. La existencia de los robots tiene por propósito tener propósito. Los robots no son, en ese sentido, más que una versión anhelante de nosotros mismos.

Sin dudas, sin preocupaciones ni excesos de confianza, la función de mi robot es bailar cuando se lo pido —cuando le doy cuerda— y mostrarse gozoso mientras lo hace.  Si no sólo aguarda, con la misma expresión alegre, a que lo active otra vez.  No desespera, no desea, no teme.  Esto es algo tan lejano a mi propia vida que, si de desear se trata, yo desearía ser mi robot.





Lo envidio muchísimo.

jueves, 5 de junio de 2014

El sol de las nueve.


"En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco 
perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página 
al dar las tres de la tarde, muere"
Julio Cortázar, en "Instrucciones-ejemplos sobre la forma de tener miedo".


Esa noche soñé que caminaba por una enorme llanura desierta.  En lo más alto había un sol inmóvil, penetrante.  Alguien me decía "¿Sabes qué es lo raro? Son las nueve de la noche".  Yo volteaba a ver mi reloj de bolsillo (un sueño, después de todo) y verificaba que, efectivamente, eran las nueve de la noche.  No las once, ni las ocho y media, ni las diez menos cuarto: las nueve en punto, de la noche y con un sol ardiente.  Sabía que era de noche y sin embargo el sol estaba haciendo malabares de crepúsculo sobre el desierto.  Desperté, aunque la extrañeza se quedó todo el día.

Por la tarde fui al centro.  No sabía qué llevarme para leer, así que eché mano al libro pendiente que tuve más cerca.  Estaba nublado, había llovido y la verdad es que no me gusta estar encerrado en días como ése.


Cuando llegué a la plaza principal vi que en un rincón minúsculo las nubes dejaban ver detrás un cielo muy azul, como de mañana.  Revisé el reloj y noté que ya eran cerca de las ocho de la noche. Recordé que el sol no se mete a la misma hora todo el año, recordé el sueño que había estado zumbándome en el cráneo todo el día.


El libro que había tomado era de cuentos.  Leí el primero y me encantó.  Pasé al segundo, que trataba sobre la súbita desaparición del mar.  Llegué a este fragmento:



Se hicieron muchos altos para comer y beber, y yo sentía que algo no funcionaba bien, quiero decir, dentro de todo lo que funcionaba mal había algo que me tenía especialmente inquieto y no podía darme cuenta de qué cosa era.  Evaristo, en cambio, lo sabía.  Era el sol.
—¿Te das cuenta?— me dijo de pronto, y sentí una repentina atracción por ese ser delgado, miope, con cara de pez, la frente llena de sudor, los dientes grandes y desparejos—.  Son las nueve de la noche.

El párrafo siguiente sólo agudizó mis temores:



El sol se limitaba a cambiar de color, sin moverse de su sitio sobre mi cabeza.  En ocasiones tomaba esa coloración de las puestas, un naranja violento y comestible, y parecía hincharse o deformarse.  Pero no se movía de allí.

Dejé de leer.

sábado, 24 de mayo de 2014

EL artista.



No me malinterpreten: creo que por el mero hecho de ser humanos todos tenemos una relación profunda con la música.  Sin embargo, he llegado a pensar que una de las razones para la enorme diversidad de actitudes convocadas por ella se debe a que, a lo bruto, todos cabemos en dos grandes categorías: a los que les importa mucho la música y a los que no tanto.  Así, creo que también hay música que importa mucho y música que no importa tanto.  Música que se hace con arte y música hecha sólo con oficio y a veces ni eso.  No se tata de géneros (ambos estratos pueden convivir en la etiqueta que sea), se trata de una opción vital.  Hay quienes asumen un lado u otro, tanto en el lado de los productores como en el de los consumidores.  Creo también que la clase de música que importa puede distinguirse muchas veces por el impacto que tiene sobre el mundo, sobre la vida de las personas.  No tiene tanto que ver con el número de afectados sino con la hondura de las marcas que deja.  Hay canciones, discos, artistas que pueden significar más que familias o patrias.  Hay artistas que moldean el mundo en uno u otro sentido.  Algunos literalmente cambian la manera de asumirse y comportarse a nivel mundial; otros lo logran con un puñado de oyentes.  Lo que los une es que, sin importar si es en un concierto multitudinario o a través de la copia de la copia en cassette de un demo único, esas personas logran conmovernos, hacernos un poco más humanos.  Por su obrar podemos darnos paso a situaciones y escenarios interiores que antes no sospechábamos.  Conforme vamos viviendo más, descubrimos que tal o cual artista ya le puso acordes a eso que estamos pasando, ya hizo una letra exacta para acompañarnos.  Muchas otras veces el artista inventa esas situaciones.  Hay obras que son la experiencia en sí, que no se parecen a nada o que, si lo hacen, es de un modo completamente nuevo.  


Desde mis quince años hasta los 25, Bob Dylan ha correspondido con todos los reducidos ideales que pudiera tener sobre el deber y la labor de un artista.  Digo "artista" y no "poeta" o "músico" porque su caudal no se reduce al ámbito de la música popular del siglo XX (de la que es el compositor más potente, nada menos), sino que corresponde al departamento más amplio del enriquecimiento y transformación de vidas.  Ha compuesto canciones pertinentes para cada situación posible y lo ha hecho mejor que nadie.  O por lo menos ésa es la ilusión que produce: es el artífice perfecto.  Dylan como ilusionista.  Dylan como alquimista.  Dylan como blusero del delta.  Dylan como amo del disfraz.  Dylan como hijo del Midwest. Dylan como "artista del trapecio".


 Hace exactamente un año entré en uno de esos parajes inéditos que se presentan cada tanto en la vida de todos.  Uno muy doloroso.  Creo que de entonces a este momento he podido —para mi sorpresa— irlo asumiendo cada vez mejor.  Procurarme las cosas y personas que necesito en mi parcela de existencia ha sido el curso central para seguir siendo sin traicionarme y sin claudicar.


Para mí Bob Dylan —con su lenguaje afilado, con su música precisa— ha sido savia nutriente un año más.  Celebro con muchísima gratitud su presencia en tantos mundos; sobre todo en el mío, donde me ha empujado a celebrar también mi vida, sus melancolías, desengaños, y agazapadas venturas.

viernes, 16 de mayo de 2014

RIP H.R. Giger.

En Suiza parece que la razón y la civilización han hecho de las suyas sin obstáculos. En el fondo, el orden que aparenta prevalecer en ese lugar no es más que un velo para las fuerzas oscuras del inconsciente y la naturaleza.  La tierra de la tipografía Helvetica, los relojes exactísimos, los bancos y las calles impecables, es también el suelo donde nacieron —entre otros— el alquimista Paracelso, el (no por ficticio menos real) filósofo natural Viktor Frankenstein, Carl Gustav Jung y la dietiliamida del ácido lisérgico (mejor conocida por sus siglas: LSD), sintetizada por el químico badenés Albert Hoffman.  Este matrimonio entre la eficiencia moderna y las potencias contenidas de lo desconocido puebla notablemente los paisajes y criaturas “biomecánicas” con que Hans Rudolf "Ruedi" Giger (Coira, 1940-2014) pobló las fantasías de tantos.


Autor de estilo muy personal, ampliamente imitado, Giger debe su atractivo a saber intercalar miedos y ansiedades propios de la vida ultratecnologizada —productos de la revolución industrial— con los veneros más universales de la sexualidad, lo inquietante, lo apenas humano que sugieren sus rostros hieráticos, fauces y fetos. Reducirlo al mero “creador del monstruo de Alien” sería un crimen bárbaro contra un artista tan inquietante como popular; sus creaciones bien podrían llenar las pesadillas de una civilización entera.

Giger encontró la muerte por un azar nefasto, irracional: las complicaciones clínicas de una caída le pusieron fin a su peculiar manera de animar lo que Goya llamó, mejor que nadie, “el sueño de la razón”— que, ya sabemos, produce monstruos.