domingo, 24 de mayo de 2015

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Señor Bob Dylan:

No diré que llegué tarde a su música porque las cosas que importan suceden justo cuando deben suceder.  Yo hubiera querido escucharlo desde la infancia más remota, pero no fue así.  Sólo fui golpeado por “Like A Rolling Stone” hasta entrada la adolescencia, por ahí de los 15 años.  Recuerdo la hora, el lugar de mi casa donde escuché por primera vez el “Highway 61 Revisited”.  Ponía ese disco todo el tiempo, incluso cuando hablaba por teléfono por mi novia de aquel entonces, a quien nunca le impresionó.  He tenido la suerte de encontrarme con una multitud de cosas que me han cambiado la perspectiva del mundo, y sin duda esa música se encuentra entre las principales.

Después del “Highway 61” vinieron otros más, empezando por sus compañeros de la Sagrada Trilogía: “Bringin’ It All Back Home” y “Blonde On Blonde”.  La imaginería en una sola de sus canciones, el vuelo de sus versos, han sido la envidia y meta de cualquier compositor en la música popular del último medio siglo.  De todos, incluidos los más notables, entre los que usted será siempre el primero.  Después de esos discos fui escuchando, poco a poco, los demás, maravillándome siempre.  A las palabras aladas y la honestidad de la música agregué al arsenal de asombros la creatividad militante que demostraba en su comportamiento artístico y vital, sin ceder nunca un gramo de su preciada libertad absoluta —cosa difícil en una carrera tan dilatada.  

Su música ha sido una compañera invaluable para mí a lo largo de esta década.  En los momentos de más oscura desesperación me ha ayudado a resurgir, una canción suya programada por casualidad en el radio.  En los de mayor brillantez y dicha he sentido que su arte se reacomodaba como un rompecabezas para revelarme nuevos sentidos que ahora sí entendía, como si los estados más profundos de la experiencia humana fueran desde los que surge y hacia donde se dirige la afilada punta de su lanza.

Todas estas cosas las ha escuchado muchas veces, siempre de personas mucho más elocuentes que yo.  También sé que no es especialmente cálido con sus seguidores.  Ambos aspectos resultan en que esta carta sólo lo sea en la imaginación: nunca llegará a ser leída por su destinatario.  Pero aunque no llegue a sus manos reales, basta por ahora que llegue a las imaginarias, a formar parte de la conversación permanente que tengo —a través de su producción artística— con su versión ideal.

Además, esta carta es también un pretexto para poder desearle que cumpla muchos años más del que hoy se suma a la cuenta.  Tenga por seguro que incluso en el momento en que esa cuenta deje de suceder, su arte perdurará en muchas vidas como la mía, sumándose más en cada nueva generación.

Con todo el cariño:


Juan Ramón.

viernes, 22 de mayo de 2015

Mad Max: Fury Road.



Me pregunto cómo sería la experiencia de ver esta película para alguien que no tenga la menor idea de qué es Mad Max, ni Mel Gibson, ni Babe el puerquito valiente.  ¿Qué diría? ¿Qué sentiría? ¿Qué tal un niño? Un niño que entre de contrabando a ver esta película esperando algo para pasar el rato; algo como las películas de Marvel: buena factura, humor ligero, acción CGI, diseños apantallantes.  ¿Cómo saldría de ahí el niño hipotético?

Como en “Mad Max 2”, ésta es sobre todo una película de cine-cine.  Cine puro.  El entorno post-apocalíptico no tiene espacio para diálogos teatrales ni debilidades del intelecto.  Sí, hay escenas de diálogo, pero están puestas ahí sólo para explicar las motivaciones de los personajes o clarificar las razones por las que existe el esqueleto que se usa como trama.  Las imágenes en movimiento, lo que se VE, es lo que importa.  Cada tornillo, cada herrumbre, cada lámina despostillada está hecha con el empeño de un orfebre de la chatarra.  La atención al detalle es milimétrica.  Toda la película está concebida y ejecutada con precisión de relojero.  Hasta aquí todo esto podría aplicarse indistintamente a “Mad Max 2” o a “Mad Max: Fury Road”.  La nueva tiene de su lado algo que no tuvo la clásica: dinero, escala, anticipación madurada.

Me cuesta trabajo describir con palabras cómo se ve “Mad Max: Fury Road”.  Y está bien que sea así.  Como dije: es una película para verse, no para contarse.  Es como traducir, y de seguro mi traducción es mala.  Sólo puedo hacerlo con una metáfora torpe. Es como si alguien hubiera puesto la peor pesadilla de Moebius en ayahuasca revuelta con los malviajes más horribles de Terry Gilliam, escarchado con visiones de H.R. Giger, agregado una estopa de gasolina para darle punch y servido todo en el envase de la revista “Heavy Metal”.  Sírvase hirviendo.

La cantidad de detalles, ideas e imágenes perdurables es abrumadora.  Sería injusto elegir una sola.  Todo es alucinante, desencajado, excesivo.  Hay que verla con los ojos bien abiertos, más de una vez, en el cine y con la pantalla más grande que se tenga al alcance.

Las actuaciones son parte de la maravilla.  Incluso “Immortan Joe”, que tiene la mitad de la cara cubierta todo el tiempo, es capaz de ofrecer una actuación memorable.  Los actores brindan a sus personajes personalidades sólidas a pesar de la extrema escasez de diálogos y oportunidades convencionales para el lucimiento.  Esta parquedad de recursos verbales se vuelve fortaleza cuando vemos a Tom Hardy utilizar con maestría el gruñido o la mirada enloquecida como técnicas de caracterización efectiva.  O cuando notamos un mundo de tristeza permanente en la mirada de la insuperable Charlize Theron.

Las películas viejas tenían intenciones subtextuales (por llamarles de una forma), pero no iban más allá de ser una ayuda para dejar claro el conflicto existente en esa versión del mundo post-apocalipsis.  En la nueva se tocan a profundidad, sin miedo, los temas más pertinentes de la actualidad: la guerra, el fanatismo religioso, la desesperanza, la catástrofe ecológica global, sus variaciones y entrecruzamientos, De entre todos, el feminismo es el que más ha llamado la atención de los comentaristas.  Yo quisiera quedarme con una imagen muy elocuente: una de las "esposas" de Immortan Joe pateando con furia el cinturón de castidad que le acaban de quitar, que queda abandonado en el desierto como un desperdicio más del viejo orden.  Ella, por su lado, parte a la aventura.  

A lo que quiero llegar es a que “Mad Max: Fury Road” es una obra de arte.  Se trata de una pieza —de cine, en este caso— diseñada con extrema minuciosidad para causar un efecto en la conciencia de su audiencia.  Seguro que con una película de esa escala hay muchos otros niveles y consideraciones, empezando por las carretadas de dinero que cuesta hacerlo y las carretadas de dinero que esperan de vuelta los inversionistas.  Pero lo que distingue a “Mad Max: Fury Road” de entre el océano de porquería intrascendente que es el gran cine de acción contemporáneo, es que la intención artística se nota como la preocupación primordial.

Ahora vuelvo al hipotético niño impoluto con el que elucubré al principio.  ¿Qué hará esta película con su mente? Yo sentí como si la mía estuviera siendo masticada por mandíbulas de acero y después fuera escupida como un pedazo de alambre podrido y enmarañado.  Todo el tiempo estuve tenso, con las manos sudando, embelesado con la ebullición de ideas flameando (a veces literalmente) frente a mis ojos.  Creo que el niño inmaculado no volvería a ver el cine sólo como un espectáculo complaciente.  Quizá se dé cuenta de que lo que ha visto hasta ahora no es más que eso y entienda que el rango de alcances que tiene el cine como arte es tan enorme como el de la música la poesía o la arquitectura.  De esta forma, me parece una añadidura el que la mente del niño abarcaría cosas por las que la parte más estúpida de la humanidad no da un peso o combate abiertamente: la igualdad entre todos (sobre todo entre géneros), el cuidado del ambiente, la estupidez que implica la religión, el horror evitable de la guerra.  Toda la locura estética de la película va encaminada, al final, hacia una modificación de la conciencia de su audiencia a través de un ataque simbólico de los sentidos.  Eso tiene nombre: es arte (el mejor uso —creo— que se le puede dar a la locura).


lunes, 11 de mayo de 2015

La fuerza del destino.

Una pájara hizo su nido encima del bóiler.  Mi mamá estuvo dispuesta a erradicarlo con todo y huevos desde un primer momento pero —eso sí— quería que yo me encargara del trabajo sucio.  Me negué rotundamente y traté de hacerle ver que ese bóiler, el de los cuartos desocupados del patio, no se usa nunca.  A nadie afectaba que la mamá-pájaro hubiera decidido empollar sus huevos ahí.  El problema llegó junto con visitas familiares.  No tenían por qué haberse bañado con el agua fría, lo entiendo.  Había creído que no pasaría nada, pero soy alguien que carece de todo sentido práctico.  En cuanto prendieron el bóiler —me contarían después ese día— la pájara y sus vástagos saltaron por sus vidas desde lo que imagino como una altura insospechada para un polluelo recién salido del cascarón. Pero era eso o la muerte segura entre las llamas del infierno metálico en que su madre había decidido instalar su vivienda.

Seguro que esa pájara tiene más sentido práctico que yo, pero no tiene idea de lo que es un bóiler.  Aun así, admiro su visión arquitectónica.  Actualmente no hay en el corral de mi casa un sitio más perfecto para llevar a cabo un nido de pájaros.  Está elevado del suelo, sujeto a una pared donde no puede escalar ni la rata más habilidosa y justo debajo de una cornisa proveedora de sombra y buen refugio.  En cualquier otro sitio, incluyendo los árboles o el otro bóiler, las condiciones pueden parecer similares pero no lo son.  En otro lugar de mi patio una estructura así puede sucumbir con facilidad al ataque de los elementos o los depredadores. El bóiler donde la pájara hizo el nido incluso cuenta con una cómoda estructura metálica que corona el cajón del aparato como un hongo y tiene la punta ahuecada, como una mano dispuesta a recibir.  ¿Cómo se iba a figurar que ese lugar, en apariencia dispuesto por la providencia, era en realidad una trampa perfecta, llameante, de la que tendría que salir huyendo por su vida?

Después de la chamuscada quitamos el nido del bóiler y lo reubicamos con todo y sus habitantes en uno de los arriates del patio.  "Los gatos", pensé y dije.  Mi mamá, que ya entonces se había encariñado con las aves, me tranquilizó diciéndome que desde la construcción de esos cuartos los gatos deambulantes ya no pasaban mucho por ahí.

Les tome algunas fotos a los pollitos en su nido y los subí hasta donde pude en el pequeño árbol de durazno que hay en el arriate, esperando que así aumentara su seguridad.

Iluso.

A los dos días mi mamá me despertó contándome que algo había descabezado a los pollitos, como si fuera una noticia magnífica.  Me apuró a que tomara fotos de la catástrofe.  Por supuesto que no quise ni ver tal espectáculo.  Traté de dormir pero no lo logré por quedarme pensando en que nadie escapa a la fuerza del destino.



viernes, 27 de marzo de 2015

La Semana de los Sesos.

Palpé cerebros de ratón una sola vez, hace años, en la "semana del cerebro" que organiza la Universidad de Guanajuato Con Mayúsculas.  Recordé la experiencia y me dieron ganas de repetirla justo cuando se estaba organizando la "semana del cerebro" de este año.  Convoqué a mi enorme audiencia en Twitter y Facebook para ver si alguien quería acompañarme y no hubo respuesta.

Bueno, sí la hubo.  Quedé con alguien para ir a ver cerebros diminutos a cierta hora, pero tuve que esperar demasiado a que llegara. Así ya no alcancé a tentar el cerebro de nadie, aunque sí tuve compañía.  Lo que hicimos fue entrar a una conferencia sobre la relación entre el cerebro y la vista, en donde se nos dijo que la manera en que percibimos nuestra realidad es sólo una construcción neuronal; que la realidad-en-sí era inaccesible en estado puro, y cada especie portadora de un cerebro la experimenta de forma distinta, conforme a las necesidades que la Selección Natural Con Mayúsculas fue poniendo en su camino.  Los tópicos usuales para una amena charla de medio día, si me preguntan.

Al salir, mi acompañante tuvo la gentileza de colocar en mis manos una bolsa cuyo contenido hizo crujir mis entrañas en ayuno; se trataba de tacos dorados rellenos de sesos.  Esto es lo yo llamo  Justicia Poética Con Mayúsculas, a falta de un término más claro —cuya existencia me atrevo en poner en duda.

Me quedé ponderando si había algún rastro de ratón en el sabor de los tacos, todo en aras de la Perfección de la Justicia.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Boyhood.





«My experience of life is that it is not divided up into genres; it’s a horrifying, romantic, tragic, comical, science-fiction cowboy detective novel. You know, with a bit of pornography if you're lucky.»
Alan Moore.


Boyhood, al contrario de lo que cacarean muchos, no es una película de gimmick.  Filmar a los mismos actores durante doce años fue con un propósito exacto: elevar la verosimilitud a niveles poco vistos (si es que vistos del todo) en el cine.  Esto no es accesorio en una película que busca ante todo reflejar de forma realista el paso del tiempo.  

Es una ficción, nunca trata de engañar a nadie diciendo lo contrario, pero es una ficción que intenta reproducir el mundo que vivimos de la manera más cercana posible.  Estamos acostumbrados a una clase de cine en el que todo es artificio.  Todo son grandes juegos pirotécnicos, grandes personajes, grandes decorados, grandes historias, grandes dramas.  Grandes celofanes.  En Whiplash, por ejemplo, se sacrifica la verosimilitud sin afectar la calidad porque el drama es muy intenso.  Los personajes (inolvidables) colisionan, sacan chispas, hacen explosión.  Esto no quiere decir que el cine de artificio esté mal, ni mucho menos —es la parte del cine que más disfruto, fructífera e inagotable. Sí quiere decir que el medio es tan rico en posibilidades, tan amplio en sus alcances, que conformarse con una sola rama es cuando menos reprochable.  

En las películas, como en la vida, no todo el tiempo tienen que estar pasando cosas fuera de lo común.  Boyhood trata una historia sencilla con la que es muy fácil identificarse.  No hay ENORMES personajes ni ENORMES llamas ascendiendo en ninguna parte.  Se trata de un acercamiento minucioso a la vida común de una persona normal de esta época.  Todo lo que pasa es muy probable que le haya sucedido a alguien que conocemos bien, o incluso a nosotros mismos.  Las cosas se llevan exactamente el tiempo requerido, sin apresuramientos ni demoras.  

Aquí llego al tema central de esta cinta: el tiempo; el transcurrir y el permanecer del tiempo, la extraña paradoja en que nos movemos todos desde que nacemos.  Boyhood es también un recordatorio de que esa normalidad aparentemente inocua —la realidad ordinaria que no tiene demasiado que ver con la manera en que es presentada por Hollywood— es de hecho nuestra fuente primordial de épica, drama y tragedia. Sin costosos efectos especiales, la epopeya de lo cotidiano se desenrolla lentamente ante nuestros ojos, como-en-una-película.   Pero las películas permanecen, nosotros nos esfumamos.  

Las personas del futuro volverán a ver Boyhood para saber cómo éramos nosotros, ahora.  Se sorprenderán de cuán distinto es todo y, sin embargo, qué tan similar.  Es una obra maestra para todas las épocas.


Post data musical: la inclusión de Arcade Fire me pareció un golpe maestro. The Suburbs está inspirado precisamente por los suburbios de Houston en los que crecieron los hermanos Butler (y el protagonista de la película).  También es una sorpresa más que agradable ver a Charlie Sexton, el —en todos los sentidos— enorme guitarrista de Bob Dylan interpretando… a un guitarrista de rock admirador de Bob Dylan.

viernes, 20 de febrero de 2015

En sueños.




Para mi amiga Emilia Vargas.

En sueños, como sabemos,  no estamos sujetos a las categorías y límites propios de la experiencia común.  Las pacientes reglas de la naturaleza pueden ignorarse sin gastar un solo centavo en costos de producción.  No hay que preocuparse por minucias como las leyes físicas o sociales —siempre hirvientes de ansiedad.  Sin embargo, esa zona aparentemente ilimitada suele supeditarse a las cosas que conocemos por experiencia directa.  En otras palabras: ni en sueños podemos dejar de ser nosotros.  Incluso me atrevería a sugerir que es en sueños cuando somos más profunda y diversamente nosotros mismos. Los sueños nos recuerdan diariamente que el mundo interior puede ser muchísimo más rico que el exterior y, a veces, más real.  Así pasa, por ejemplo, cuando soñamos que nos enamoramos.

No importa que en el momento del sueño estemos solteros, casados, divorciados o en celibato involuntario; enamorarse dormido es una fatalidad aun más poderosa que cuando sucede en vigilia.  Para enamorarse despierto hay una serie de requisitos que deben cumplirse.  Hay que pasar por el equivalente emocional de esperar en filas, llenar formularios y checar sellos.  Al final, lo que se presenta como una epifanía en realidad ha sido la culminación de un proceso con distintos grados de cocción, dependiendo del caso.  Las verdaderas revelaciones —los knock-outs fulminantes— suceden con los ojos cerrados.  Es en el otro lado donde vamos sentados en un taxi yendo a quién sabe qué lugar en las afueras de una ciudad que parece familiar (sabemos su nombre), pero que vista con más atención parece la puesta al día de una descripción lovecraftiana.  De repente, como si no hubiera estado ahí todo el tiempo, notamos la presencia de una chica sentada al lado nuestro.  Vestido azul, cabello hasta los hombros, labios de un rosa sobrenatural.  Toca nuestra mano.  El corazón se acelera y lo demás es una niebla confusa de la que renegaremos apenas nuestros ciclos biológicos nos obliguen a levantarnos de la cama para tomar un autobús rumbo a la obligación y no podamos evitar voltear hacia todos los vestidos azules que se nos crucen en el camino, presintiendo que aquello fue algo más que fantasía.

Enamorarse suele ser la mejor motivación posible para despertarnos por la mañana; pero cuando sucede en sueños las cosas se invierten como en un espejo funesto.  Soñar es trágico porque, cuando es espantoso, despertar es un alivio incomparable; cuando produce dicha, dejar de hacerlo acarrea una inmensa tristeza.  En cualquier caso nos quedamos con algo parecido a un recuerdo.  Y digo parecido porque, a diferencia de los recuerdos legítimos, los provenientes de sueños tienden a desvanecerse con mucha rapidez si no los contamos.  Esto nos revela la naturaleza mágica de la experiencia: si no la decimos o la contamos —si no la invocamos—, es como si no hubiera existido nunca.  A los sueños, para que perduren, hay que cultivarlos, hacer que traspasen la pared y forzarlos hacia acá con los pobres recursos a nuestro alcance (a saber: el lenguaje, las palabras).  Sólo así podemos sacar algo en limpio de la locura; así nos demostramos que la barrera entre fantasía escurridiza y cotidianidad inamovible es mucho más blanda de lo que parece.

jueves, 12 de febrero de 2015

Invocadores.




Piensen en las veces que han usado un instrumento óptico y figúrense lo ridículos que se ven asomándose perplejos por tubos dirigidos hacia quién sabe qué.  Si algún embajador extraterrestre fuera testigo de tal comportamiento podría significar el final de nuestra especie.  «¿En eso utilizan sus recursos estos seres? ¿Qué perdería el universo si nos deshiciéramos inmediatamente de estos asomadores de tubos?» (léase con el acento sideral de su preferencia).  Desde un punto de vista estrictamente organizacional, el señor embajador tendría razón.  No nos engañemos; somos una especie que gasta esfuerzos en construir todo tipo de tubos por los cuales asomarnos. 


Desde ahora propongo la única solución posible para este hipotético conflicto entre especies. Invitemos a nuestro lejano visitante a asomarse por un caleidoscopio.  La historia entonces iría por uno de los siguientes caminos.


Primero: el excelentísimo Embajador Alienígena observa el caleidoscopio y después, sin mucha meditación, responde (les ruego que aquí vuelvan a hacer uso de su natural talento para los acentos imaginarios)«He visto cosas que los humanos ni se imaginan: naves de ataque incendiándose más allá del hombro de Orión.  He visto rayos C centellando en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser...»discurso que, como todos sabemos, significa una muerte próxima —además de ser una manera muy elegante de decir que no está impresionado. 


Segundo: nuestro extraterrestre, a pesar de haber visto cosas que nuestros pobres cerebros (todavía incapaces del viaje interestelar) apenas pueden elucubrar, se dejará seducir y olvidará que lo que está viendo a través del tubo es una mentira fabricada con cuentas y espejos.  Unos instantes de este particular olvido serían suficientes.  Quizá alguna figura irrepetible le recuerde a una constelación que sólo vio momentos antes de que fuera devorada por un agujero negro y cuya belleza nunca ha podido transmitir a nadie más.  Puede que alguna conjunción única de matices le recuerde a los atardeceres de su planeta y tenga que luchar para no llorar en su propia, inconcebible manera.  En este caso el embajador estelar pensaría que una especie capaz de construir artefactos tan simples pero tan capaces de emocionar —incluso a seres como él, que ha visto tanto— no es una que se deba exterminar sin considerar bien el valor de lo que se perdería por siempre: un planeta entero habitado por los más hábiles invocadores de ilusión.