lunes, 20 de octubre de 2014

Imaginarios.


 Por más estupendo que suene «escribo sólo para mí» o «nunca pienso en quién me leerá», la verdad es que para escribir cualquier cosa tienes que esforzarte por inventar mínimo a dos personas que nunca dejarán de existir sólo en tu mente. 

 Primero: el que escribe.  No importa si estás sentado frente a  un escritorio con una pluma de ganso y libreros repletos de densos volúmenes detrás, reclinado sobre un pergamino iluminado solamente por una vela que languidece.  No importa si eres un estudiante de secundaria con el uniforme pegado a la piel por el sudor de después del recreo, escribiendo con una Bic mordisqueada sobre un pupitre de triplay lleno de referencias percudidas a amores adolescentes de los que nunca sabrás nada más.  No importa.  Esas personas, sus existencias corporales, reales, no importan.  Importa lo que sucede en el interior.  Ahí estos dos pueden intercambiar papeles, congelar un instante o hacer lo que sea, ser quien sea.  Ese "alguien" que no es ellos le dirá cosas a otro "alguien" que tampoco está ahí realmente —sintiendo el calor de la vela o de la mañana de escuela.  

Segundo: el que lee.  Puede estar basado en una persona verdadera, pero lo crucial es la imagen a la hora de escribir, no la persona real desde la que partimos para crearla. Le escribes a la idea de esa persona, no al conjunto de huesos y carne que se despierta, y come, y duerme.  También puedes dirigirte al monigote "alguien"; ese "alguien" borroso y gris que se produce en tu cabeza cuando te hablan de una persona que no conoces.  La idea confusa de "persona" que tienes hasta antes de endilgar un rostro y unas particularidades a ese maniquí amorfo.  También se puede dirigir un texto hacia una multitud, o la humanidad entera; a lo que pensamos como "una multitud" o "la humanidad entera".  

Pero nada de eso —insisto— es real.  Sólo es real, en sentido estricto, el sonido de la pluma rasgando el papel, los gritos de los compañeros en el patio, la música que sale de las bocinas, el tacto de los dedos sobre un teclado.  Sólo es real-real el intento casi siempre fallido de organizar veintitantos signos arbitrarios en símbolos cargados con la intención de que el contenido con el que hemos decidido llenarlos sea reproducido dentro de la mente de "alguien" más.  Aquí estamos, en la siempre porosa barrera entre lo tangible y lo ficticio.  Pero hay ocasiones en las que descubres que podría haber personas, individuos concretos, que toman un tiempo de sus preciosas vidas para recrear las cosas que decidiste colgar por aquí o por allá.  Algunas veces estas personas tienen nombres, rostros, pasiones, cumplen años...  Otras veces sólo son dueños de una pasión irrefrenable por el insulto y la grosería.  De todos modos, este hecho no deja de ser maravilloso.  Con cosas así presentándose en tu vida, el aburrimiento o el desencanto se revelan como los únicos crímenes imperdonables de los que serás capaz.

As: Bela Lugosi's Dead - Bauhaus.

{La foto es mía.}

lunes, 29 de septiembre de 2014

Breaking Bad (o los motivos de la ficción).

Hace exactamente un año se transmitió el último episodio de Breaking Bad.  Hayamos llegado tarde o temprano a la historia, sin duda fue una que nos cautivó a todos, nos dio una golpiza y luego nos dejó sintiendo que la vida no tenía sentido si no podíamos seguir viendo las aventuras de Walter & Co.  Para conmemorar ese primer aniversario (¿luctuoso? Nah, esta clase de cosas no es que nunca mueran, sino que duran por generaciones enteras), posteo esta versión hojalateada de un pequeño artículo sobre el asunto que escribí el año pasado.

Gracias a la buena voluntad de los amigos, este artículo se publicó originalmente en la honorabilísima revista Spazz.


«You see, technically, chemistry is the study of matter, but I prefer to see it as the study of change: Electrons change their energy levels. Molecules change their bonds. Elements combine and change into compounds. But that’s all of life, right? It’s the constant, it’s the cycle. It’s solution, dissolution. Just over and over and over. It is growth, then decay, then transformation. It is fascinating, really.»
Walter White.

El aumento geométrico de la audiencia y su éxito universal de público y crítica no serán las únicas particularidades destacables en una serie cuya premisa me sonó cuando menos boba la primera vez que supe de ella: un profesor de química sobrecalificado es diagnosticado con cáncer terminal y decide utilizar su experiencia para fabricar metanfetamina cristalizada de altísima calidad.  Ése es el argumento de la serie de televisión más aclamada de la historia.  A mí sólo me hizo soltar trompetillas durante mucho tiempo, hasta que decidí experimentar directamente el asunto.  «Además es el papá de Malcolm», decía.  Suponía mucho y desconocía incluso más. Bastó el primer episodio para que se me cerraran las escapatorias a su narrativa.  En aquel primer momento de disfrute puro se me hubiera dificultado más articular qué era lo que no me permitía dejar de seguir poniendo un episodio tras otro.  Era gozo puro, un tren imparable.  Ahora sé que no se trataba únicamente de los cliffhangers, o su calidad como producto audiovisual; he ido entendiendo que la potencia de Breaking Bad reside en la fuerza elemental que las ficciones ejercen sobre la psique humana.



El protagonista —Walter White— describe indirectamente el abordaje narrativo de la serie durante un discurso que da a sus alumnos (ver el video de arriba para más señas).  El objeto de la química —les dice— es, en sentido estricto, la materia; pero él prefiere verla como la ciencia del cambio: crecimiento, decadencia, transformación... Esa breve secuencia es la verdadera declaración de principios de la serie. Los realizadores hicieron algo que, por lo que sé, no había sido intentado en esa escala dentro del formato de serial televisivo: convertir a la metamorfosis de un personaje y sus circunstancias en el centro de la narrativa.  Hasta Breaking Bad las series habían apostado por centrarse en el formato, el género y la estructura de sus episodios.  Los personajes no eran más que meros dispositivos, útiles en cuanto ponían en acción las variaciones del planteamiento central en cada capítulo.  Breaking Bad, por su parte, nos recuerda y lleva a cabo una función primordial de la ficción: ser un campo abierto para la experimentación con el alma.  Tal como se haría en un laboratorio alquímico, la ficción tiene el poder y el deber de crear homúnculos imaginarios.  Entre más parecidos sean a los hombres de verdad, más cerca podremos sentir lo que nos transmiten; y eso sólo puede probarlo un creador de ficciones al introducir sus homúnculos dentro del experimento —el set de circunstancias imaginarias para sus seres imaginarios.  Después sólo resta ver cómo reaccionan.  Las transformaciones están en el núcleo de todo lo que nos hace personas y las ficciones como Breaking Bad son el conjuro que nos permite, por medio de complicados (aunque no por eso inexplicables, como creen algunos) mecanismos, experimentar posibilidades de la situación humana a las que no podríamos acceder en una sola vida si no fuera por ellas: lo horrendo, lo bellísimo, lo bondadoso, lo malvado… La lista es interminable y las maneras en que todos esos aspectos pueden ser presentados es lo que sigue nutriendo al arte —al arte de la ficción en especial, y sobre todo a nuestra necesidad de consumirla.

De los temas tratados en la serie, el gran titular es el mal.  Breaking Bad nos dice que la maldad —por monstruosa que parezca— es una actividad con orígenes, motivaciones y consecuencias para quien lo practica y para quienes están bajo su influencia.  La premisa sencilla que describí al principio es la puesta en escena del experimento que nos acercará —a través del cristal— a ver qué hay en el fondo del crimen y la corrupción.  Como lo han hecho otros artistas (Leonard Cohen en “All There Is To Know About Adolf Eichmann”, por ejemplo), los autores de Breaking Bad nos recuerdan que el mal no es un exotismo, sino una muestra esencial de lo que somos.  Detrás del crimen siempre hay motivos, sean legítimos o no.  La destrucción y la miseria moral pueden ser tareas emprendidas minuciosamente por cualquiera de nosotros si somos puestos en las circunstancias adecuadas.



Cualquier aparato de ficción competente debe —creo— darnos la impresión de que desintegrar sus elementos sería una tarea imposible, tal como sucede con la vida que tenemos que realizar a diario.  Breaking Bad es más que competente gravitando al rededor del mal y la transformación. Sin embargo, quisiera destacar uno de los elementos subterráneos más importantes de su dramaturgia: el papel del azar en todo lo que nos ocurre.  A pesar de estar calculada hasta niveles obsesivos de detalle, la narración nos abruma  desde el principio con una sensación de caos que parece irreversible. «¡¿Cómo demonios pueden salir de algo así?! ¡¿Qué carajos se puede contar después de esto?!» pensamos. Breaking Bad es sobre las decisiones, las omisiones (que son igual de importantes) y sus consecuencias; pero también acerca de la multitud de cosas que no están bajo control directo de la voluntad.  A mi ver, ambos elementos se entrelazan y tejen el dibujo completo de lo que significa ser humano en nuestros propios paquetes de circunstancias. Un dibujo que hemos tratado de calcular, descifrar y predecir desde todos los puntos de vista imaginables, incluso en contra de la intuición que nos dicta lo imposible de la empresa.  Hasta ahora, una de las mejores formas que hemos descubierto para ese fin es operar imitaciones más o menos hábiles de este curioso mundo con sus curiosos habitantes, y Breaking Bad finge muy bien ser real.  La cantidad de matices y de detalles cruzando el escenario sin mostrar ningún sentido aparente para después revelarse como cruciales nos recuerda con mucha fidelidad el modo en que vemos nuestra propias vidas “verdaderas”, ésas a las que somos arrojados con lagañas todos los días.

Nosotros, como los personajes que vemos y leemos, también nos transformarnos.  Muchas veces es difícil hacer que nuestra satisfacción alcance al ritmo de nuestras propias mutaciones.  Nadie ha dejado de sorprenderse cuando ve fotos viejas de sí mismo, o cuando recuerda las cosas que hacía y decía apenas unos años atrás.  “Si hubiera sabido”, pensamos.  “Si hubiera tenido una ventana a través de la cual ver qué es lo que me podía pasar si seguía así”, decimos.  La ficción es esa ventana y, aunque no todos podemos ser los reyes de la metanfentamina en el southwest, sí podemos aprender mucho de nosotros mismos a través de lo que nos ofrecen las ficciones.  Dicho todo esto, creo que Breaking Bad es una ventana muy lujosa.



domingo, 7 de septiembre de 2014

#10bookschallenge.

Tres amigas me pidieron que listara diez libros.  No estoy muy seguro del criterio a seguir porque he visto muchas variaciones, así que elegí uno que simplemente me gustó: libros que me cambiaron la vida.  Lecturas de las que salí siendo alguien distinto, cada vez más parecido a mí.  Me encantan los juegos y las listas arbitrarias, así que obviando los reparos usuales, les cuento (por orden de aparición):



-Rius.
No menciono ningún libro en particular porque, aunque no los leí todos (¿Quién lo ha hecho?), sí leí muchos.  Rondaba por la casa desde que me acuerdo, así que seguramente fue de las primeras cosas que agarré para leer.  Pasé por tres fases de lectura bien distintas, conforme fueron llegándome: su ecologismo-newagero-vegetarianista militante, la educación política y la difusión del pensamiento crítico.  Como muchas personas, me volví ateo y de izquierda gracias a sus monos. Es una presencia tan ubicua que a veces se nos olvida, pero Rius es el gran educador de México.


-"Narraciones extraordinarias" de Edgar Allan Poe. 
Mi maestra de quinto de primaria —que también era mi mamá— tuvo la idea de organizar una biblioteca en el aula.  Nos pidió a todos los alumnos que lleváramos uno o varios libros para compartir con quien quisiera tomarlos del anaquel improvisado que pusimos en un rincón del salón.  Una compañera llevó un libro muy extraño, con páginas de papel revolución y el dibujo de un cadáver descuartizado y verde en la portada.  No tenía idea de quién fuera el autor, pero el primer cuento (sobre un gato, el alcohol, la locura...) fue también la primera inmersión en un vórtice del que todavía no salgo



-"Las flores del mal" de Charles Baudelaire.
¿Quien se resiste a un título como ése? Yo nunca he sabido cómo combatir las tentaciones.  Descubrir que  Satanás, el vino, la perversidad o las mujeres diabólicas eran motivos para la poesía tan (o más) potentes como el perfume de las flores fue (primero) un pretexto para escandalizar a mi maestra de sexto de primaria —mi mamá, otra vez— y (después) un combustible perenne para el espíritu.



-"Final del juego" de Julio Cortázar.
Después de haber chapoteado en los Beatles y en Tolkien hasta que se me pusieron las manos de viejito, mi papá decidió que era momento de ayudarme a nadar en otras aguas.  Dijo que me iba a comprar un libro de Cortázar.  Me habló de él con tal entusiasmo que mi interés no pudo sino activarse con la misma intensidad.  El libro fue "Final del juego".  El golpe recibido me sacudió tanto que todavía no termina de zumbar.  La lectura de cosas como "La continuidad de los parques", "La noche boca arriba" o "Axolotl"  fue una experiencia iniciática.  A los catorce años entendí, gracias a este libro, que la literatura podía ser más, mucho más, de lo que creía hasta entonces.  Todavía me estremece pensar en el misterio que encierra «leer con los ojos a los muertos» (como dijo el que dijo); que un señor argentino de hace medio siglo haya podido condensar en palabras  una visión del mundo tan reveladora y ctónica a la vez, tan resonante para quien era yo en el 2003, en  León, sobrepasó el límite de lo que pude soportar y me lancé directo a la admiración sin límites —hacia Julio y hacia un poder secreto, hecho de palabras, que diluía la ya de por sí porosa división entre la imaginación y el mundo tal y como lo experimentamos todos los días.



-"El arco y la lira" de Octavio Paz.
Otra recomendación de mi papá.  La Poética de Octavio Paz, su manera de entenderlo todo a través del lenguaje, su lumbre devastadora, me hicieron vislumbrar otra vez el abismo que apenas arañamos.  La otra orilla.  Pasión por el misterio; traer un poco de su sombra al breve contenedor de las vidas humanas.



-"Ficciones" de Jorge Luis Borges.
De Cortázar brinqué a Borges, no sin dificultad.  Lo primero que leí fue la edición facsimilar del manuscrito de "El Aleph" (el cuento) que el Colegio de México  publicó en 2001.  Lo leí en el 2004 y me dejó un poco bastante frío.  Uno o dos años después di con los sonetos que le dedicó al ajedrez y fue hasta entonces que sentí una enorme fascinación por la inteligencia y el conocimiento de un hombre genial puesto al servicio del asombro y la catalogación de maravillas.  Una vez más mi papá entró al quite y me regaló en un combo "Ficciones" y "El Aleph".  La capacidad de Borges para construir laberintos de bolsillo brilla en este libro que desde el título indica lo que es: puro cuento.



-"Cómo acercarse a la poesía" de Ethel Krauze.
Acompañé a mi mamá a la secundaria que está por mi casa.  No recuerdo a qué asunto iba y en realidad no tenía muchas ganas de acompañarla, así que preferí pasar el tiempo en la pequeña biblioteca del lugar.  Ahí encontré una edición escolar de "Cómo acercarse a la poesía".  

Conocía la colección "Cómo acercarse a..." porque durante algún tiempo pensé dedicarme a la medicina y había comprado "Cómo acercarse a la medicina" en la librería Educal —que en aquel entonces atendía el papá de mi amigo Ruy.  El número dedicado a la poesía me sorprendió al descubrir que no se trataba de un manual técnico ni nada parecido.  La misma Ethel Krauze declaraba su alejamiento intencional de esa clase de aproximación.  Decía que la única manera honesta que se le ocurría para hablar de la poesía era contar cómo había sido su propio acercamiento.  

El libro es impecable y, sobre todo, me emocionó al descubrir que había personas capaces de expresar con mucha elocuencia las cosas que a mí también me pasaban.  Ella habla de una especie de melancolía, una pesadez plomiza —pero bella— que sucede al descubrir un verso poderoso, una historia resonante.  Sigo leyendo este libro cada vez que me siento desanimado: me recuerda que siempre hay una multitud de razones para la pasión.



-"Aura" de Carlos Fuentes.
 En una clase de español en secundaria me habían obligado a leer "La muerte de Artemio Cruz" y no entendí nada.  No estaba acostumbrado a una literatura tan arriesgada, tan capaz de brincar de una persona a otra, de un tiempo a otro.  Terminé confundido y vociferando que era una porquería inentendible.  Años después me compré "Aura" por pura curiosidad y, ahora sí, el estilo moderno de Fuentes me golpeó como debía.  Era, además, una historia de fantasmas, brujas, doppelgängers, reencarnación... Un misterio que aparentaba ser interminable —hecho curioso para un libro que puede leerse en tres idas al baño.



-"Watchmen" de Alan Moore y Dave Gibbons.
A veces creo que unir imágenes a la palabra escrita es, si se hace bien, la manera más poderosa que hay para comunicarse.  Empecé a leer cómics desde que aprendí a leer, y aunque nunca he sido un coleccionista obsesivo, existen pocas cosas que disfrute más.  Leí muchos cómics antes de llegar —tarde o temprano— al maestro absoluto del medio y a una de sus obras maestras.  Casi sentí que todo lo anterior había sido un rodeo.

  Los temas de Watchmen son profundos y amplios: la naturaleza del tiempo y el espacio, el sentido de la vida, el absoluto, Dios (su ausencia), las pasiones, la complejidad astronómica de la existencia humana... Parece fácil hablar de cosas que a todos nos importan, pero sólo un artista superior es capaz de darles el brillo que se merecen a través de una historia, un material y una estructura que parecieran inevitables.  En "Watchmen" la relojería funciona porque no falta ni sobra nada.  En las grandes obras de arte —no creo que a estas alturas alguien ponga reparos a que un cómic lo sea— la forma es lo mismo que el fondo.  Y el brujo de Northampton se regocija, infinito.



-"La Ilíada" de Homero.
Todo viene de los griegos, eso nos lo dicen al inicio de cualquier clase sobre cualquier cosa —clases en las que vemos  con mucha frecuencia títulos que no pasan de ser una línea sobre un libro de texto: nombres de libros que son como ciudades intimidantes en las que uno prefiere no entrar solo por miedo a perderse de inmediato.  Por suerte nadie nunca me exigió leer a Homero por obligación.  Llegué, como a todos los demás libros de esta lista, por pura curiosidad.  Y la recompensa fue enorme.  Es un libro bellísimo, lleno de poesía, violencia y magia.  Los dioses y los hombres siendo lo que son: aliados y enemigos; padres e hijos; guerreros y cantores.  El tono —elevadísimo, nunca desfallece— acompañó un momento de mi vida en el que yo también sentía que los dioses habitaban este mundo.

Fue el primero de los tres únicos libros que me han hecho llorar.

martes, 26 de agosto de 2014

Cortázar, mago maestro.




(Publicado originalmente en Disonancia )

  Nunca voy a olvidar las primeras veces que lo leí.  Me ocurrió lo que ahora reconozco como el signo más claro de que algo me gusta: quise que todos lo conocieran, lo leyeran, se entusiasmaran como yo.  (Ésa es la razón por la que casi no tengo sus libros, los he ido regalando.)  Lo que escribió brilló como debe brillar en la literatura el lenguaje opacado por el uso diario;  parecía que su conciencia abarcaba todo lo decible y más allá;  no había posibilidad que se le escapara a sus artes de clarividente.  Lo bebí para sentir que la vida era nueva, que se podía acceder a otras dimensiones a través de algo tan prosaico como un libro y sus componentes.  Una palabra, un sonido que vibra en la conciencia, un concepto que araña una cuerda específica del acorde, con el mayor cálculo.  Cruzando el umbral de sus palabras se me otorgaron revelaciones irrenunciables, una clase distinta de vivir. 
Aprendí nuevas maneras de reír, soñar, sorprenderme... Fue y será un artífice de la admiración ante el entendimiento profundo del mundo y quienes lo habitamos.  Estoy seguro de que ese poder lo obtuvo, en primer lugar, de la impresión que en él mismo causó el arte —o, dicho mejor: la magia.

Llaves y puertas, avanzar, cruzar, dar pasos improbables.  Su mundo es el corredor de lo posible, no el del apoltronamiento conformista.  Por eso siempre he vuelto a él en los ratos más terribles de mi vida.  Siempre que estoy a punto de dar otro salto mortal está ahí, en forma de aparición espectral, para decirme que cualquier camino es transitable, que lo importante es cargar la mochila y seguir ahí.  Maestro de la risa y la sorpresa, del juego y de su sombra —la vida.  Lo honro y nunca dejo de agradecerle por todo esto.  Ya no podría entender nada de lo que soy sin la manera en la que me enseñó a creer en el asombro, en la espiral perpetua del azar que nos lleva de un lado a otro, como agua en un tornillo.  Ese asombro, ese entendimiento alterno de las cosas, es el estado al que todos los que jugamos en serio aspiramos a tener durante todo el match.  Pero no es fácil; requiere compromiso y, como él mismo dijo, “darse a fondo, como cuando se nada o se duerme o se quiere”.  No todos tenemos la entrega ni la determinación necesarias, pero en la lucha estamos.

martes, 19 de agosto de 2014

Mi mayor miedo.


El acto de sostener una máscara debe hacerse según procedimientos cuidadosos que no todos son capaces de observar con el debido rigor.  Para comenzar a ejemplificar este punto diré que la mayor parte de los tratados al respecto empiezan aclarando qué es lo que se supone sostiene a la máscara en cada caso y con qué elementos cuenta.  Tomemos el ejemplo considerado clásico por los autores más relevantes: un ser humano sosteniendo una máscara con sus manos. Después de ésta y otras consideraciones preliminares —que sería largo detallar en este limitado espacio— podemos entrar en materia, aunque sea de manera profana y veloz.

La máscara debe considerarse un rostro tan legítimo como cualquiera.  El que los demás componentes habituales en un cuerpo estén ausentes nunca debe ser motivo para la discriminación o la falta de cuidado.  La sensibilidad de las máscaras hacia este hecho no tiene final.  A nadie le gusta que su rostro sea manejado como un vil pedazo de materia inerte.  El cartón no sólo es cartón, la madera no sólo es madera, la piel no sólo es piel.  Por lo tanto, sostener una máscara debe considerarse un acto de suprema delicadeza.  El contacto es inevitable pero debe tomarse más como un mal necesario en las interacciones de este mundo que como un grosero festín de manchones grasientos.  La posición de la máscara debe ser lo suficientemente baja para mostrar el rostro propio del que la sostiene, pero no tanto como para prestarse a interpretaciones y, en última instancia, a la fatiga.

Debe anotarse, después de estas generalísimas instrucciones, que el sostenedor no debe hacer ningún gesto que pueda agregar algo al acompañamiento silencioso de los rostros.  El estoicismo debe ser absoluto.  La disciplina del sostenimiento de las máscaras se degrada con cada titubeo.  Cada mueca o ceja levantada —aunque sean considerados insignificantes por el inexperto— arruinan la actividad.  Una expresión natural, ausente de toda intención, es la única que logra acompañar con dignidad a una máscara sostenida con las manos.

Aun con lo somero de esta exposición, espero se entienda que el acto de sostener una máscara ha sido elevado al rango de arte en muchos lugares del mundo, aunque —a diferencia de lo que sucede con las cosas que suelen llevar ese nombre— sus practicantes buscan la perfección de la manera más privada posible.  Sostener la máscara es un acto de soledad total, que apenas permite alguna que otra fotografía imposible de calificar para el no iniciado.

sábado, 19 de julio de 2014

Hace cuatro años.



Puse "American Splendor" en el reproductor de la computadora.  Hasta muy poco antes de eso no conocía a Harvey Pekar.  No lo olvido: la primera vez que supe de él fui rápido a Wikipedia sólo para descubrir que justo en esos momentos se estaba confirmando la noticia de su muerte.  Sentí —esto no es extraño— que lo había asesinado.  No era la primera vez que sentía algo similar en ese verano.  Semanas antes, 
casi inmediatamente después de ser invocados en sendas conversaciones, habían muerto Carlos Monsiváis y Gabriel Vargas.  

Hacia la mitad de la película llegó mi primo a la casa.  Le conté entusiasmado, dije que le iba a encantar.  Volví a ponerla desde el comienzo pero llegó un punto donde la imagen se detuvo.  Hicimos lo que se pudimos y la película seguía congelándose en el mismo momento.  Le dije a mi primo que ni modo, podíamos ver el concierto acústico de los Pixies en Newport. Lo vimos.  Nos emocionamos.


En eso llegaron desde lejos mi prima y mi tía.  Era domingo y mi tía nos dio dinero.  Casi no vemos a mi tía.  Le dije a mi primo que fuéramos al centro.  Había visto una pluma que quería.  Una Parker Vector igual a la que había perdido en la feria de ese año.  Meses antes había regalado mi Lamy Safari en una borrachera, así que me encontraba sin pluma decente y aproveché la oportunidad de aquel día.  Compré la pluma y dos libros: "Lástima de Cuba" de Rius y una "Antología de cuentos" de Horacio Quiroga.  Tampoco hacía mucho que me había enterado de quién era ese uruguayo.


Seguimos vagando por el centro hasta que mi prima recién llegada me habló por teléfono para invitarnos al cine.  Nos tomamos unas cervezas antes de entrar a ver Toy Story 3 —maravillosa, divertida... Sigue siendo una de las muy pocas películas que me han hecho lagrimear.  Cuando acabó, yo sólo ansiaba llegar a la casa y conectarme a internet para platicar de Quiroga, de la pluma, de Toy Story, de Harvey Pekar...


Todavía no entiendo muy bien por qué recuerdo ese día de hace cuatro años con tanta claridad y tanto cariño.  Creo que me sentía feliz.

miércoles, 2 de julio de 2014

Qué juguete me gustaría ser.


Hace poco una amiga me hizo una pregunta de lo más extraña: "¿Qué juguete te gustaría ser?"  Saltándome cualquier reparo sobre la imposibilidad de ser algo distinto a mí, lo primero que pensé fue: ¿Por qué un juguete?  Después de todo, la pregunta podría tener innumerables variaciones:  ¿Qué tipo de mineral te gustaría ser? ¿Con cuál papel te identificas más? ¿Cuál es tu falla tectónica favorita?  Todas preguntas viables cuyas respuestas dirían algo sobre nosotros, algo quizás desconocido hasta entonces.  Pero de entre todas las opciones que podemos elegir para hacer una pregunta similar, creo que la de los juguetes propiciaría respuestas más profundas.

Porque primero está la infancia.  Es el inicio, el punto de fuga.  Todo lo que hemos sido deriva de nuestros primeros años.  Los hábitos más arraigados, las pasiones más intensas... Todo está cifrado en esa época de balbuceos y maravillas.  Después, el juego.  Jugar es la actividad más disfrutable y —puede ser— más importante que existe.  Hacer algo por el mero gusto de hacerlo, inventar códigos para la ocasión, crear un mundo peculiar, distinto al de siempre, etcétera. Todo eso distingue al juego y a todo lo que en verdad vale la pena de estar vivo.  Tercero: los juguetes, que son instrumentos diseñados por nosotros o por alguien más para acompañar esas actividades.  No es igual un carro a control remoto que un montón de palos y lodo, pero lo que hace a un juguete no es el plástico, los colores o el uso de baterías. Un juguete existe cuando se juega con él, y para eso nos sirve absolutamente todo lo que esté a nuestro alcance.

Para querer ser un juguete en particular se pueden considerar muchas variables: ¿puedo ser un juguete con el que nunca he jugado? ¿Estamos suponiendo que los juguetes llevan una compleja vida consciente (como en la serie de Toy Story, bendita sea) o son inertes? Sería un fastidio enumerar todos los criterios posibles para responder la simple pregunta de mi amiga.  Sin embargo las reglas de los juegos tienen la virtud de permitirse ser tan incoherentes como se quiera; no se les exige consistencia como a todo lo demás (aunque la consistencia de todo lo demás siempre nos produzca sospechas).  Con todo esto dicho, voy a elegir el juguete que me gustaría ser por medio de un mero capricho, sin desmenuzar demasiados pormenores.



Me gustaría ser un robotcito bailarín chino que obtuve hace no mucho tiempo.  Creo que los robots son fascinantes y admirables por igual.  Fabricar estos dispositivos es la forma definitiva del juego.  Se dota a una serie de partes con un propósito específico y autónomo; se trata de que éste se realice con más exactitud que la habitual pero imitando en lo posible las formas comunes.

La vida está naturalmente desprovista de sentido, e incluso siendo capaces de inventar (como jugando) funciones para la existencia, nuestra condición de humanos está llena de fallas.  Los errores consiguientes a tener voluntad propia contribuyen a la veloz degradación de nuestras mejores intenciones.  Un robot, en cambio, no tiene más que cumplir aquéllas para las que fue diseñado. La existencia de los robots tiene por propósito tener propósito. Los robots no son, en ese sentido, más que una versión anhelante de nosotros mismos.

Sin dudas, sin preocupaciones ni excesos de confianza, la función de mi robot es bailar cuando se lo pido —cuando le doy cuerda— y mostrarse gozoso mientras lo hace.  Si no sólo aguarda, con la misma expresión alegre, a que lo active otra vez.  No desespera, no desea, no teme.  Esto es algo tan lejano a mi propia vida que, si de desear se trata, yo desearía ser mi robot.





Lo envidio muchísimo.