sábado, 8 de marzo de 2008

Alrak.


Era una delgada sombra. Su piel realzaba el contraste entre su rostro y el ventarrón de cabello negro que le caía como una manta sobre los hombros angulosos. Las manos casi transparentes, tan delgadas que un imán podía atraer metales de un lado a otro. Parecía el fantasma de alguna inocente ama de casa asesinada y vuelta a la vida por resurrección inducida, sin la ayuda de Dios alguno.

Más que caminar, flotaba.  Le resultaba muy difícil no quebrarse ante las adversidades. Labios agudos, frágiles, con filo, que sudaban palabras a veces graves y a veces tiernas. Los ojos escapaban a las descripciones porque eran distintos siempre. Yo decía que eran de cristal caleidoscópico porque daban esa impresión, pero al otro día podían dar una distinta, igual o más sorprendente que su cristalización pasada.  Parecían ojos intercambiables.

Rabiosamente inteligente: no daba concesiones a las tonterías que yo hacía o decía, en especial cuando la involucraban a ella. No quería romperse. Me di cuenta de que no sólo sus ojos sino toda ella era frágil. Se quebraba porque a veces no se daba cuenta de que dentro de ella corrían ríos inflamados. Vibraba como estampida. Todo temblaba en torno a ella con un frenesí que alguna vez imaginé audible. Como un tambor de rituales primitivos. La magia original de la naturaleza corrían encima y dentro de su cuerpo frágil, sumiendo en un estado de gracia espasmódica a cualquiera que tuviera la sensibilidad suficiente para escuchar el ritmo que fluía por su mirada de espina y de constelación.

Atte: Juan Ramón Velázquez Mora.

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