domingo, 27 de diciembre de 2009

Entendidos malos.

Alerta: este texto está medio largo. Espero no aburrirlos demasiado.


Creo que estábamos en la escuela porque Alejandro en ese entonces tenía un crush muy cabrón con cierta persona. De regreso a nuestras casas me dijo que si íbamos al centro ese día para ir con los Hare Krishna. Lo interpreté como una manera de referirse al hecho de que ir al centro suele significar encontrarnos con bizarreces de todo tipo. A mí ya me había tocado ver un par de veces a hordas de Hare Krishnas cantando mantras, vestidos como George Harrison en sus peores épocas, rapados y repartiendo folletos. Nada me alertó para lo que seguía.

Como teníamos tiempo sin salir debido al crush que ya mencioné, consideré que regresar a nuestra rutina de ir al centro era suficiente motivo como para ser espléndido y comprar DOS garrafitas DOS de "Mecatito". Eran los tiempos oscuros en los que el tri-cañé y el Jamay estaban baneados de Mr. Pomo, si no ni loco compraría eso. También compré DOS latabotellas DOS. Hice el intercambio de líquidos y partí contento hacia el centro. Sé que Alejandro siempre llega tarde pero yo procuré llegar temprano. Después de una media hora llegó. Yo ya estaba listo para ir al billar o a donde fuera, pero me dijo que esperara hasta que llegaran los demás.

-Ah caray ¿Cómo que los demás?-dije.

-Sí, los demás-dijo él.

-¿Cuáles demás, cabrón?-dije yo empezando a desesperarme por no entender-¿Qué chingaos dice?

-¡Pues sí, cabrón! ¿Qué no le dije que íbamos a ver a los Hare Krishna? Vamos a esperar al güey que nos va a llevar y a otros dos- replicó Alejandro.

Verga... o sea que lo de los Hare4 Krishna no era una metáfora. Era una espantosa realidad. En mi pleno rush racionalista, por el que hasta mi psicólogo me acababa de correr de consulta (me atreví a dudar de Freud), al barbaján de Alejandro se le ocurre la genial idea de llevarme con unos pinches newageros lavacocos.

A él lo había invitado un compañero de generación que estaba dentro de la secta y que, al parecer, últimamente estaba dedicando sus esfuerzos para llevar más gente hacia su chingadera de templo. Muy bien.

Legaron la tipa y el otro tipo a los que esperágamos y al final llegó nuestro profeta. Yo todavía no terminaba de creerme lo estúpido de la situación.

El lugar de reunión está en la Justo Sierra, en la misma cuadra que el archivo histórico, pero en la acera de enfrente y un poco más adelante. Es inmediatamente reconocible por la profusión de chingaderas que suelen tener esos lugares: piedras, estatuas doradas, incienso apestoso, más piedras, tapices y piedras. Tiene en la entrada un letrerote que dice "Restaurante Vegetariano".

En el camino hacia allí nuestro Hare Krishna personal nos iba instruyendo:

-No se vayan a sacar de onda porque los saluden con reverencias-dijo con suficiencia el muy mamón.- Es que así nos saludamos nosotros.

Güau. Yo cada vez iba más encantado. Tanto que mientras íbamos rumbo al lugar que describí, le iba diciendo a Alejandro:
-Va a ver, hijo de la chingada. Me las va a pagar. Yo creía que decía de mamada lo de los Hare Krishna. Si bien sabe que yo no puedo soportar esa clase tan extrema de estupidez. Pinche bato, va a ver.

A lo que él respondió, en un aparente estado de dopaje que nunca confirmé pero es la única explicación que se me ocurre:
-Nombre, va a estar chido. Ya vamos para allá; ya qué, hombre. Nomás para ver qué.

Llegando, lo primero que noté, aparte de la pestilencia a incienso (que me recordó a mi cuarto cuando empezaba a fumar), fue que las entunicadas que nos recibieron no estaban nada mal. Cuando escuché a más de dos de ellos hablar percibí que se conducen por la vida como si estuvieran en un perpetuo estado de buena onda. Como los que venden artesanías en el centro pero sin mota y diciendo cosas más jaladas.

Subimos al segundo piso del restaurante por una escalera del metal (por desgracia las Hares buenas no subieron nunca, como que ese día nomás les tocaba atender el otro negocio) al final de la cual el tipo que nos guiaba nos indicó que debíamos quitarnos los zapatos. Por suerte para todos yo ya usaba talco, así que nadie se quejó.

Nos metimos al cuarto que estaba en el final de las escaleras. El suelo estaba lleno de petates con cojines encima. También tenía una especie de trono forrado con terciopelo rojo, un cuadro de un indostano con flores como la que adorna esta entrada, el molde dorado de unas huellas, unas zapatillas rojas, una miridanga y un sitar.

-Muy bien, vamos a empezar- dijo el líder.

Nos repartieron unas hojas con letanías impronunciables que ellos se sabían de memoria. Con las miridangas y un kártalo empezaron a cantar los mantras. Nos llevó mucho tiempo cantar-escuchar esas idioteces en un idiona desconocido. como una hora, sin exagerar.

Al acabar nos sentamos en los petates y nos pidieron a los neófitos tomar un ejemplar del Bhagavad-gītā (tenían varios por ahí). Los demás ya traían el suyo. En eso empezaron a llegar algunos fieles impuntuales: un metalero, un don con facha de vendedor de zapatos, una señora y la hija de ésta. En ese orden. El metalero traía el pelo largo y una playera de Megadeth. Con él me di cuenta de un detalle en el que no había reparado antes: cada que alguno de estos fanáticos entraba al lugar de los petates, se hincaba y chocaba la frente con el suelo como si los petates fueran poderosos electro-imanes y ellos tuvieran una poderosa aleación magnética injertada en la frente.

Nos pusieron a leer el Bhagavad-gītā. Trataba sobre diálogos entre el tal Krishna ese y un discípulo. Algo como los diálogos de Platón, los evangelios o las historias del budismo zen. Quiero decir: de ninguna manera el libro en sí (como ninguno de los otros) es despreciable en sí. Es interesante. La forma dialogada es casi universal en la transmisión del conocimiento tradicional. La cultura indostana, su mitología y simbología son intrigantes, profundas y ricas; especialmente desde el punto de vista de los occidentales. Pero dejémoslo ahí. No tienen (como ninguna otra mitología fuera de la fuerza dura de la evidencia) la verdad absoluta ni nada parecido. Ni un libro así va a lograr que haga el ridículo de una manera tan idiota como lo hacen estos pseudo místicos new-age-wanna-be.

En la ronda de preguntas después de leer el libro Alejandro levantó la mano. Yo estaba desesperado por irme. Le había mandado un mensaje a mi primo Isaías diciéndole que fuera al centro, que yo estaba ahí en una reunión de lobotomizados, pero que no creía que fuera a tardar mucho.

A Alejandro le da en bastantes ocasiones un arrebato incontrolable por protagonizar. No digo que esté mal; a todos nos pasa de vez en cuando, pero las circunstancias eran demasiado desfavorables como para andar de payasos: estábamos rodeados de fanáticos, éramos sus invitados y ni siquiera YO, que soy un grosero de lo más bajo, hubiera remotamente considerado la posibilidad de echarme un tiro argumental.

Uno NO discute con creyentes. Sencillamente tienen la mente cerrada. Por eso se llaman creyentes. No "analizantes", "logicantes", "racionalizantes" o "cientificantes", no: creyentes. Lo único que uno logra discutiendo con ellos es lo que Alejandro logró ese día: iniciar una discución bizantina que lo más que podrá lograr será irritación de las dos partes y, lo que más me importaba a mí en ese momento, perder el tiempo de una forma muy imbécil. Pero Alejandro levantó la mano. Se aventó un discurso muy torpe en su tono de farsante sobre que él era su propio Dios, sólo creía en sí mismo y no sé cuántas otras mamadas que parecían reclamo de niño de secundaria a su maestra de catecismo. Uno por uno, los adeptos le fueron contestando. Él les replicaba y así se nos fue otra hora más o menos.

De la réplica recuerdo especialmente tres cosas. Cada una con 3 respuestas mías muy simples:
1) el líder del grupo dijo que lo único que nos pedía el señor Krishna era ser buenas personas con los demás. Respuesta a posteriori: uno no necesita que ningún señor nos diga que es bueno ser gentiles con los demás. Ni Krishna, ni Jesucristo, ni el Buda ni Mahoma ni Ganesha ni absolutamente nadie. Siendo buenas personas nos va mejor a todos y ya. Es evolutivo. La cooperación mutua, la gentileza, la solidaridad y sus derivados son buenos para todos. Y ya. No hay que creer en ninguna mitología exótica ni en ningún gurú para ser buena gente.

2) La señora menopáusica dijo que ella se había decidido a ser vegetariana, empezó a ir al restaurante de la planta baja y había terminado allá arriba gritando sandeces ininteligibles (guiño guiño) y pegando la cabeza al suelo cada vez que entraba al lugar. Respuesta a posteriori: el comentario de la señora me hizo reflexionar en dos cosas que son muy características de las sectas: sus ganchos y la personalidad de los sectarios. Una decisión personal por comer carne o no terminó derivando en la creencia ciega hacia una cosmovisión completa. Igual que lo anterior: uno puede decidir dejar de comer tacos de tripas por un montón de razones, no hay necesidad de que nos lo ordene nadie. Según me cuenta Alejandro, el tipo que nos invitó a aquella pendejada no deja pasar ni la más mínima oportunidad en clase para quejarse de lo demoníacos que somos los que disfrutamos de unos tacos de tripas bien doraditas aunque el comentario sea completamente off-topic. Me contó también que una vez se ofendió porque le invitó una torta. Luego: generalmente los sujetos que son atraídos por sectas son personas que necesitan muletas intelectuales o espirituales, entre otras muchas cosas que no voy a tratar aquí. Digamos que les cuesta trabajo forjarse a sí mismas, aunque estén labregonas; así que si llegan a encontrar un molde en el que quepan (en el caso de la señora todo empezó con el vegetarianismo), pues gustosos aceptarán cualquier barrabasada que les metan en la cabeza. Por eso también idiotas como Carlos Cuauhtémoc Sánchez o Mariano Osorio tienen tanto éxito entre viejas menopáusicas necesitadas de respuestas.

3) El tipo que parecía vendedor de zapatos dijo que no había que perderse de vista el hecho de que al señor Krishna también nos pedía sólo lamer musgo para alimentarnos o algo así. Respuesta a posteriori: Qué cabrón que una religión-secta-filosofía-ideología-loquesea pueda llegar a controlar de tal forma la vida de una persona como para imponerle hábitos alimenticios. Personalmente no me simpatiza para nada el vegetarianismo (eso ya dará para algún otro post en el futuro con muchas anécdotas de esta mujer), pero creo que ese hábito alimenticio, como cualquier otro de cualquier otro orden, es producto de una elección personal, no de si lo dice un libro de nombre más o menos impronunciable o no.

Después de que todos, creyentes o no, nos estábamos cansando demasiado de tener que estar sentados de cazuelita en el piso (¿Por qué no ponen bancas como en misa o, por lo menos, unas sillas? ¿Krishna se enoja si uno no termina sus sesiones de adoración con un dolor de espalda que-pa-qué-te-cuento?) escuchando las diatribas de Alejandro y los demás, el líder nos indicó que ahora cantaríamos el "mantra supremo". Supremo. Esa palabrita se repitió tantas veces ahí que cada que la decían apenas podía aguantarme la risa al pensar que se estaban refiriendo al DIOS VERGA. El tal mantra supremo dice:
Hare Krishna, Hare Krishna,
Krishna Krishna, Hare Hare,
Hare Rāma, Hare Rāma,
Rāma Rāma, Hare Hare.
Tiene tonadita como de barra futbolera argentina, nada más. Yo no sentí nada "supremo".

Al fin salimos de ahí (yo salí literalmente huyendo, de la forma más descortés que pude, debo aceptar). En la calle empecé a cagarme de risa mientras volvía a reclamarle a Alejandro (que también se iba riendo) por haberme llevado a ese puto lugar. Isaías estaba en la fuente de los leones, en donde saqué una de las latabotellas con "mecatito" que había comprado y, al fin, le di el primer trago de la noche.

Atte: Juan Ramón.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Renovación.



Tengo la impresión de que en cada vacación me entra la culpa por abandonar los blogs y me pongo a pendejear con ellos, ya sea escribiendo o cambiándolos.

Me di cuenta (al fin) de que la plantilla de este blog era espantosa y de que la Courier sencillamente no le iba. Pueden ya ustedes ver el cambio.

También me cambié el nick de Blogger. Antes tenía mi nombre y ya, pero como que no. Luego me puse "El Reata", que es un sobrenombre con el que a veces me llaman, pero que no es el hegemónico. De mis compañeros y amigos casi nadie me dice "Juan Ramón", o "Ramón". Para ellos soy El Compañero y supongo que si algún día llegan a acordarse de mí después de graduados no van a recordar mi nombre de nacimiento, sino el otro. No es un apodo en toda la regla. Me llaman así porque yo les digo así a ellos... pero es como mi segundo nombre.

En la foto de perfil puse una foto como de julio-agosto del 2006. He cambiado mucho. Esa camisa a cuadros ya no me queda por gordo, la barba me sale mucho más, estoy más pelón, nunca dejaría que volvieran a hacer eso con mi pelo mis tías y, aunque sigo yendo a la Décima Musa, ahora me cago en su ambiente "cultural" y la gente mamona que va ahí; sólo voy por la cerveza.

Lo que más me gustó de esta renovación fue cómo decidí el nombre. No se me ocurría absolutamente nada. Tenía horas intentando pensar en algo. Me decidí por el azar, que siempre funciona. Abriría en dos libros la página 89 (que es mi año de nacimiento, siempre marco esa página en los libros con mi firma) y lo que resultara de las primeras líneas sería lo que pondría de nuevo título. Funcionó. Tomé dos libros imprescindibles en cualquier biblioteca: Rayuela y Tokyo Blues; los abrí en la página 89 y ahí está: swing de anécdotas. No me importa lo que piensen ni cómo crean que suene, a mí me gustó. Y me gustó especialmente por el método de donde salió.

Renovada vida para el blog, lectores. Disfruten del azar.

Atte: Juan Ramón.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Gorriones.




En el trayecto en camión al centro sólo íbamos el chofer y yo. A la altura de Chedraui se subieron: un tipo que, a primera vista, pensé que trabajaba en la planta refresquera que está por ahí cerca... luego me di cuenta de que el color caqui de su ropa no era precisamente de fábrica. Aparte traía una bolsita negra de licorería (inconfundibles para mí) y casi se cae por tanto tambalearse al buscar asiento. Luego se subió un gordo con bermudas (raro con este frío) y una jaula con pájaros (raro con cualquier clima) . Este último le pregunto al chofer si lo podía dejar en la estación metropolitana. El chofer no entendió porque hablaba con timbre de Toño Fox, entonces el gordo se fue hasta adelante, a un lado del chofer, y le repitió todo sílaba por sílaba como si el pendejo fuera el conductor:
--Que-si-me-pue-de-de-jar-cer-ca-de-la-es-ta-ción-me-tro-po-li-ta-na-- le dijo gritando al chofer.

Éste le dijo que sí al gordo, que lo dejaba como a cinco cuadras (yo calculo que son menos. Quizá tres o cuatro).

Como al minuto de eso, empezó el gordo a gritar su gran anécdota: "¿Cómo ves? llega una señora y me pregunta que a cuánto los gorriones. A sesenta, seño. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta. ¿Los gorriones? Sí señito, a sesenta... ay no, yo ya me estaba desesperando. De plano digo ¿Pues qué la gente se escapa de San Pedro o qué?".

Se calló el fugado como por veinte segundos y se echó otra anécdota sobre los gorriones: "el otro día llega una señito y me dice: 'Oye gordito ¿a cuánto los gorriones?'". Para ese momento yo ya creía poder predecir qué seguía, pero le cambió el "gordito": "A sesenta, señito. Pero se lo dejo a cuarenta para que se lo lleve. 'Ay qué caro' ¿Cómo ves? de plano no sé lo que tiene la gente en la cabeza. A ochenta el par, señito. 'Ay no, qué caro. Oye gordito... ¿y sí son pajaritos?' No seño, son elefantes rosas con alas en miniatura".

En ese momento el borrachín de caqui, que se había sentado cerca de mí, peló los dientes y creo que los sonidos que hizo fueron de risa. "¿Cómo lo ves, chavo? Elefantes rosas en miniatura".

"Sí, elefantes, je, je, je" dije yo.

Atte: Juan Ramón.

Landmarks.


Tooooodos odiamos esta fuente, es fea, pero nunca he logrado entender por qué a tooooodos les gusta tanto fotografiarla.

Había quedado con el infeliz de Alejandro para ir al centro, comprar una película, ir a la casa y verla. Habíamos quedado a las 19:00 en la plaza de Cervantes.

Esa plaza nunca me había servido de punto de reunión con nadie aunque la práctica totalidad de las veces que voy al centro termino ahí. No servía como punto de encuentro porque hay otros más céntricos y universales: el quiosco (que era el punto de encuentro antiguo) y la fuente de los leones. Ambos están "cerrados".

Suena raro que dos espacios públicos característicos de la ciudad estén cerrados, pero así es. Creo que ambas construcciones estaban demasiado infectadas con graffiti (del tipo "La 50° de la tarde =R=; putos los de la mañana... o sea como baño de hombres en la primaria) y chicles (del tipo "fui chicle y ahora soy una piedra metamórfica) como para ser medianamente visitables. La fuente aparte estaba llena de sarro y mil quinientas otras porquerías infecciosas. Y pensar que alguna vez se me cayó ahí el sombrero y otra de plano me di un baño en ella por rescatar una botella de agua... en fin: ambos están cercados con plástico y tablas. El quiosco itself ya estaba cercado desde hace ya bastante por remodelación, pero incluso cuando ésta terminó, el quiosco siguió prohibido para los leoneses. Ahora no es sólo el quiosco, sino todo lo que lo circunda: las bancas, jardineras y fuentes de cantera.

A falta de las landmarks de encuentro y considerando que verse en el asta bandera es exclusivo de emos (el quiosco es para darquetos y la fuente para todo mundo), nos decantamos por la plaza de Cervantes, que es un punto reconocible y tiene la ventaja de estar cerca, no como el arco de la calzada.

Atte: Juan Ramón.

PD: ya abrieron el quiosco. En la fuente no me he fijado.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Pretenciosos.

¡Cuánto tiempo llevaba sin escribir! Igual nadie me lee, así que no importa mucho jo, jo, jo.


Hace poco estuve en un gran apuro para inscribirme a este semestre. De 30 créditos que tenía que cumplir en cada rubro sólo tenía cubiertos 10 culturales, 0 sociales y 25 deportivos. Voy a contarles algo que hice para cubrir algunos créditos culturales —mismos que hubiera podido completar con holgura desde primer semestre si no hubiera intercambiado mis pases del cineclub por una botella de tequila.

Tuve que asistir a un tour por museos y galerías de la ciudad. En la oficina de difusión cultural de la universidad había un papel diciendo que nos veríamos a tal día a tal hora en el teatro Doblado. También insistía en altas: "SÓLO ALUMNOS DE SEXTO QUE TENGAN QUE CUBRIR LOS CRÉDITOS URGENTEMENTE". "Menos mal" —pensé. "De seguro vamos a ir tres o cinco tipos igual de perdedores a hacernos mensos un rato".

Llegué estrictamente puntual gracias a un episodio de buena fortuna.  Vi a algunas muchachas sentadas en la plazoleta frente al teatro pero no creí que fueran la clase de irresponsables debecréditos que yo esperaba. Iban vestidas de diseñadoras: Converse verdes, mezclilla rosa, lentes de pasta, blusas floreadas, gasas en el pelo... Ya saben: gente enemiga de la discreción. Luego empezaron a llegar algunos hombres. Los que no iban vestidos en su propia versión del disfraz antes descrito (en este caso hombres y mujeres lucían prácticamente igual) iban de rastafaris. El que aparentaba ser su líder les chifló como al ganado y todos se metieron al teatro. Yo pensé que la asumida impuntualidad lasallista estaba haciendo de las suyas y que sólo tenía que esperar unos minutos más para que llegaran mis congéneres. Una horda de hipsters no podían estar persiguiendo créditos culturales con tanta urgencia como yo; MUCHO MENOS los dejarían sobrevivir en las instituciones fascistas de LaSalle.

Yo, en mi asumida estupidez, me quedé sentado casi una hora afuera del museo esperando a que llegaran mis añorados camaradas de fracaso.  Como a los veinte minutos de estar sentado afuera del teatro comprendí que el único fracasado del día era yo.

Salieron. Le pregunté al único de Difusión Cultural que reconocí ahí si ellos eran el grupo de LaSalle. Me dijo que sí, que llevaban ahí como una hora. "Ya me di cuenta, creémelo"—pensé.

Luego se dirigieron a la Casa de las Monas. Ahora sí los seguí. Llegamos a la galería que está en ese lugar de la 5 de Mayo y lo primero que vi fue una cubeta de pintura, un rodillo y una lona tirados en medio del pasillo. Pensé que todavía les faltaba algo por instalar pero después comprendí que ésa era precisamente una de las "instalaciones" artísticas. Fue el principio de un tour de force de mamonería inolvidable. Ejemplos: había una lámpara atornillada a una repisa con la luz encendida y apuntando a la pared. Tengan por seguro que no les miento cuando digo que se titulaba algo así como "existencia del alma abstracta". Había también un montón de pedazos de peluche pegados unos a otros, comida de plástico, botellas de Coca-Cola hechas de obsidiana. Había una vitrina con las virutas de un lápiz completo consumido por el sacapuntas y la tapa de una lata; tales obras maestras se llamaban respectivamente "Lápiz" y "Aluminio". De veras.

¿En qué momento de la vida me extravié? ¿Desde cuánto algo así se toma en serio? Sé que es cuestión de gustos; seguramente soy un montañés sin la menor instrucción o sensibilidad para apreciar un arte tan elevado. Fue insufrible. Ese tipo de cosas me parecen un pretexto para creerse artista sin saber hacer nada o casi nada. Como cuando Yoko Ono ponía una manzana en una columna con un papel que decía "Apple". Supongo que a John Lennon (ser superior a todos nosotros) algo debió haberle parecido importante, pero a mí no me gusta nada.

Lo que más me enfureció del asunto fue ver y escuchar a la bola de hipster-rasta-azotados embelesados con esas burlas. Las veían y reveían comentando entre ellos sobre la profundidad de no sé qué. Hablaban de "guión curatorial", "persistencia", "afinidad estética" y más palabras que ni tuve ni tengo ganas de recordar.

Luego fuimos a la galería de la Casa de la cultura a ver... un tinaco. Un tinaco.  Un tinaco.  Un tinaco.  Más de lo mismo. Más océanos de palabrería.

Después me di cuenta de que, aparte de no ser debecréditos o lasallistas, tampoco eran leoneses.  Les costó ponerse de acuerdo en un punto de encuentro para después del receso porque no sabían los nombres de las calles.

Después de una hora llegué al punto acordado y vi que, a diferencia de lo que mi ya muy aturdida mente esperaba, no llegó un camión urbano sino uno de la Universidad de Guanajuato. Entonces ya no tuve ganas de seguir. Ellos se largaron al museo de la bibliotecota (o sea de Arte e Historia de Guanajuato). Yo agarré una oruga rumbo a la escuela y, sin payasos sabios que me hablaran de guiones curatoriales, me puse a leer en la biblioteca un libro en donde Cortázar escribió sobre Wölfli —alguien que seguramente asesinado brutalmente a los muchachos estos si le hubieran dado una oportunidad en el manicomio donde vivía.

Todavía debo esos créditos culturales.

Atte: Juan Ramón.

jueves, 30 de julio de 2009

San Rancho.



Ayer se armó el gran pedo en el centro, según me enteré. Por suerte divina de papito Dios (también conocido como "el carpintero loco") yo no me encontraba ahí. Cosa rara. Cosa todavía más rara el que haya viajado a San Rancho. No pasaba por la entrada de esa ciudad desde el año del Señor de dos mil y seis, en primer semestre, cuando la benemérita Noviembre me invitó a su cumpleaños y me puse medio acá con Bacacho. Ella fue la que me llevó y me trajo: ella. La vez anterior que había ido para allá se quedó atrás con el siglo pasado. La siguiente vez que pasé de la factoría química que hay entre León y San Rancho fue como en el dos mil uno. A las neuronas que gobiernan mi memoria todavía no las funde el exceso de alcohol.

En verdad os digo que no puedo entender cómo podría existir algún ser humano al que le guste esa porquería de lugar. Es como si el Dios Verga hubiera tenido una mala vendida y su sagrado engrudo se hubiera petrificado en ese lugar horrible. Es como si un pedazo de cemento, motonetas italika y cholos de caricatura hubieran surgido ahí por generación espontánea. No es ni un rancho; los ranchos me gustan, pero esa porquería se cree ciudad. De ciudad tiene lo que yo tengo de físico nuclear-cuántico. Es un pedazo de hoyo inmundo y terrible.

Digo esto porque cuando íbamos llegando el puto de Alejandro me dijo que a él le gustaba. Le dije que no mamara. Pero llegamos a una de nuestras raras conclusiones coincidentes y resultó que lo que le gustaba era su contexto sentimental y personal, no la ciudad en sí. La "ciudad en sí" sigue siendo una completa basura. Y lo siento por mis varios compañeros de Universidad que vienen de allá: no es contra ustedes, es contra la mugre en la que viven.

León tampoco es la cura de todos los males, de hecho tengo también una relación medio culera con el lugar donde nací, pero no es San Rancho. Así de simple es mi argumento; así de poderoso y así de imbatible.

As: Laura - Charlie Parker.

Atte: Juan Ramón

domingo, 26 de julio de 2009

Presentaciones: Alejandro.

Guarden muy bien en su memoria estos posts, queridos lectores, porque no soy una persona a la que le guste mucho hablar del afecto que le tiene a sus pares. Sólo cuando estoy en una combinación MUYpedo-sentimental es que afloran cosas así, pero es inusual que, aparte de ejercer la jotería, deje registro público de ella. Guárdenlos bien.

Una de mis intenciones para esta reinauguración es hablar de mi vida cotidiana. Para ello tengo que presentarles a los personajes que la pueblan, empezando por mis amigos más cercanos.

Para empezar con la serie:

Aunque va conmigo en la escuela (en realidad va una generación abajo de mí) no lo veo como amigo que haya conocido por culpa de la escuela. También iba en la prepa en mi misma generación y lo ubicaba de vista pero jamás le dirigí la palabra. A la que le hablaba era a su ex novia.

El punto es que, aunque a veces tengamos nuestras fricciones (cada quién por su cuenta quiere siempre demostrar que es más listo, más culto, más cabrón... más chingón pues) y siempre nos tratemos con la punta del pie, siempre me acompaña en mis andanzas.  Ya les contaré muchas, del pasado y del presente.

Es este güey: Maricón.
As: Absolutely Sweet Marie - Bob Dylan.

Atte: Juan Ramón.

sábado, 25 de julio de 2009

Gran reinauguración.


He decidido reinaugurar este blog para hablar aquí de ondas personales y, especialmente, de las correrías de este servidor por esta ciudad. En Complete Unknowns voy a publicar cosas de interés más general. Espero poder mantener un ritmo decente de blogueo, si no volveré a matar esta bitácora de forma indefinida.

Saludos: Juan Ramón.