lunes, 2 de noviembre de 2009

Pretenciosos.

¡Cuánto tiempo llevaba sin escribir! Igual nadie me lee, así que no importa mucho jo, jo, jo.


Hace poco estuve en un gran apuro para inscribirme a este semestre. De 30 créditos que tenía que cumplir en cada rubro sólo tenía cubiertos 10 culturales, 0 sociales y 25 deportivos. Voy a contarles algo que hice para cubrir algunos créditos culturales —mismos que hubiera podido completar con holgura desde primer semestre si no hubiera intercambiado mis pases del cineclub por una botella de tequila.

Tuve que asistir a un tour por museos y galerías de la ciudad. En la oficina de difusión cultural de la universidad había un papel diciendo que nos veríamos a tal día a tal hora en el teatro Doblado. También insistía en altas: "SÓLO ALUMNOS DE SEXTO QUE TENGAN QUE CUBRIR LOS CRÉDITOS URGENTEMENTE". "Menos mal" —pensé. "De seguro vamos a ir tres o cinco tipos igual de perdedores a hacernos mensos un rato".

Llegué estrictamente puntual gracias a un episodio de buena fortuna.  Vi a algunas muchachas sentadas en la plazoleta frente al teatro pero no creí que fueran la clase de irresponsables debecréditos que yo esperaba. Iban vestidas de diseñadoras: Converse verdes, mezclilla rosa, lentes de pasta, blusas floreadas, gasas en el pelo... Ya saben: gente enemiga de la discreción. Luego empezaron a llegar algunos hombres. Los que no iban vestidos en su propia versión del disfraz antes descrito (en este caso hombres y mujeres lucían prácticamente igual) iban de rastafaris. El que aparentaba ser su líder les chifló como al ganado y todos se metieron al teatro. Yo pensé que la asumida impuntualidad lasallista estaba haciendo de las suyas y que sólo tenía que esperar unos minutos más para que llegaran mis congéneres. Una horda de hipsters no podían estar persiguiendo créditos culturales con tanta urgencia como yo; MUCHO MENOS los dejarían sobrevivir en las instituciones fascistas de LaSalle.

Yo, en mi asumida estupidez, me quedé sentado casi una hora afuera del museo esperando a que llegaran mis añorados camaradas de fracaso.  Como a los veinte minutos de estar sentado afuera del teatro comprendí que el único fracasado del día era yo.

Salieron. Le pregunté al único de Difusión Cultural que reconocí ahí si ellos eran el grupo de LaSalle. Me dijo que sí, que llevaban ahí como una hora. "Ya me di cuenta, creémelo"—pensé.

Luego se dirigieron a la Casa de las Monas. Ahora sí los seguí. Llegamos a la galería que está en ese lugar de la 5 de Mayo y lo primero que vi fue una cubeta de pintura, un rodillo y una lona tirados en medio del pasillo. Pensé que todavía les faltaba algo por instalar pero después comprendí que ésa era precisamente una de las "instalaciones" artísticas. Fue el principio de un tour de force de mamonería inolvidable. Ejemplos: había una lámpara atornillada a una repisa con la luz encendida y apuntando a la pared. Tengan por seguro que no les miento cuando digo que se titulaba algo así como "existencia del alma abstracta". Había también un montón de pedazos de peluche pegados unos a otros, comida de plástico, botellas de Coca-Cola hechas de obsidiana. Había una vitrina con las virutas de un lápiz completo consumido por el sacapuntas y la tapa de una lata; tales obras maestras se llamaban respectivamente "Lápiz" y "Aluminio". De veras.

¿En qué momento de la vida me extravié? ¿Desde cuánto algo así se toma en serio? Sé que es cuestión de gustos; seguramente soy un montañés sin la menor instrucción o sensibilidad para apreciar un arte tan elevado. Fue insufrible. Ese tipo de cosas me parecen un pretexto para creerse artista sin saber hacer nada o casi nada. Como cuando Yoko Ono ponía una manzana en una columna con un papel que decía "Apple". Supongo que a John Lennon (ser superior a todos nosotros) algo debió haberle parecido importante, pero a mí no me gusta nada.

Lo que más me enfureció del asunto fue ver y escuchar a la bola de hipster-rasta-azotados embelesados con esas burlas. Las veían y reveían comentando entre ellos sobre la profundidad de no sé qué. Hablaban de "guión curatorial", "persistencia", "afinidad estética" y más palabras que ni tuve ni tengo ganas de recordar.

Luego fuimos a la galería de la Casa de la cultura a ver... un tinaco. Un tinaco.  Un tinaco.  Un tinaco.  Más de lo mismo. Más océanos de palabrería.

Después me di cuenta de que, aparte de no ser debecréditos o lasallistas, tampoco eran leoneses.  Les costó ponerse de acuerdo en un punto de encuentro para después del receso porque no sabían los nombres de las calles.

Después de una hora llegué al punto acordado y vi que, a diferencia de lo que mi ya muy aturdida mente esperaba, no llegó un camión urbano sino uno de la Universidad de Guanajuato. Entonces ya no tuve ganas de seguir. Ellos se largaron al museo de la bibliotecota (o sea de Arte e Historia de Guanajuato). Yo agarré una oruga rumbo a la escuela y, sin payasos sabios que me hablaran de guiones curatoriales, me puse a leer en la biblioteca un libro en donde Cortázar escribió sobre Wölfli —alguien que seguramente asesinado brutalmente a los muchachos estos si le hubieran dado una oportunidad en el manicomio donde vivía.

Todavía debo esos créditos culturales.

Atte: Juan Ramón.