domingo, 27 de diciembre de 2009

Entendidos malos.

Alerta: este texto está medio largo. Espero no aburrirlos demasiado.


Creo que estábamos en la escuela porque Alejandro en ese entonces tenía un crush muy cabrón con cierta persona. De regreso a nuestras casas me dijo que si íbamos al centro ese día para ir con los Hare Krishna. Lo interpreté como una manera de referirse al hecho de que ir al centro suele significar encontrarnos con bizarreces de todo tipo. A mí ya me había tocado ver un par de veces a hordas de Hare Krishnas cantando mantras, vestidos como George Harrison en sus peores épocas, rapados y repartiendo folletos. Nada me alertó para lo que seguía.

Como teníamos tiempo sin salir debido al crush que ya mencioné, consideré que regresar a nuestra rutina de ir al centro era suficiente motivo como para ser espléndido y comprar DOS garrafitas DOS de "Mecatito". Eran los tiempos oscuros en los que el tri-cañé y el Jamay estaban baneados de Mr. Pomo, si no ni loco compraría eso. También compré DOS latabotellas DOS. Hice el intercambio de líquidos y partí contento hacia el centro. Sé que Alejandro siempre llega tarde pero yo procuré llegar temprano. Después de una media hora llegó. Yo ya estaba listo para ir al billar o a donde fuera, pero me dijo que esperara hasta que llegaran los demás.

-Ah caray ¿Cómo que los demás?-dije.

-Sí, los demás-dijo él.

-¿Cuáles demás, cabrón?-dije yo empezando a desesperarme por no entender-¿Qué chingaos dice?

-¡Pues sí, cabrón! ¿Qué no le dije que íbamos a ver a los Hare Krishna? Vamos a esperar al güey que nos va a llevar y a otros dos- replicó Alejandro.

Verga... o sea que lo de los Hare4 Krishna no era una metáfora. Era una espantosa realidad. En mi pleno rush racionalista, por el que hasta mi psicólogo me acababa de correr de consulta (me atreví a dudar de Freud), al barbaján de Alejandro se le ocurre la genial idea de llevarme con unos pinches newageros lavacocos.

A él lo había invitado un compañero de generación que estaba dentro de la secta y que, al parecer, últimamente estaba dedicando sus esfuerzos para llevar más gente hacia su chingadera de templo. Muy bien.

Legaron la tipa y el otro tipo a los que esperágamos y al final llegó nuestro profeta. Yo todavía no terminaba de creerme lo estúpido de la situación.

El lugar de reunión está en la Justo Sierra, en la misma cuadra que el archivo histórico, pero en la acera de enfrente y un poco más adelante. Es inmediatamente reconocible por la profusión de chingaderas que suelen tener esos lugares: piedras, estatuas doradas, incienso apestoso, más piedras, tapices y piedras. Tiene en la entrada un letrerote que dice "Restaurante Vegetariano".

En el camino hacia allí nuestro Hare Krishna personal nos iba instruyendo:

-No se vayan a sacar de onda porque los saluden con reverencias-dijo con suficiencia el muy mamón.- Es que así nos saludamos nosotros.

Güau. Yo cada vez iba más encantado. Tanto que mientras íbamos rumbo al lugar que describí, le iba diciendo a Alejandro:
-Va a ver, hijo de la chingada. Me las va a pagar. Yo creía que decía de mamada lo de los Hare Krishna. Si bien sabe que yo no puedo soportar esa clase tan extrema de estupidez. Pinche bato, va a ver.

A lo que él respondió, en un aparente estado de dopaje que nunca confirmé pero es la única explicación que se me ocurre:
-Nombre, va a estar chido. Ya vamos para allá; ya qué, hombre. Nomás para ver qué.

Llegando, lo primero que noté, aparte de la pestilencia a incienso (que me recordó a mi cuarto cuando empezaba a fumar), fue que las entunicadas que nos recibieron no estaban nada mal. Cuando escuché a más de dos de ellos hablar percibí que se conducen por la vida como si estuvieran en un perpetuo estado de buena onda. Como los que venden artesanías en el centro pero sin mota y diciendo cosas más jaladas.

Subimos al segundo piso del restaurante por una escalera del metal (por desgracia las Hares buenas no subieron nunca, como que ese día nomás les tocaba atender el otro negocio) al final de la cual el tipo que nos guiaba nos indicó que debíamos quitarnos los zapatos. Por suerte para todos yo ya usaba talco, así que nadie se quejó.

Nos metimos al cuarto que estaba en el final de las escaleras. El suelo estaba lleno de petates con cojines encima. También tenía una especie de trono forrado con terciopelo rojo, un cuadro de un indostano con flores como la que adorna esta entrada, el molde dorado de unas huellas, unas zapatillas rojas, una miridanga y un sitar.

-Muy bien, vamos a empezar- dijo el líder.

Nos repartieron unas hojas con letanías impronunciables que ellos se sabían de memoria. Con las miridangas y un kártalo empezaron a cantar los mantras. Nos llevó mucho tiempo cantar-escuchar esas idioteces en un idiona desconocido. como una hora, sin exagerar.

Al acabar nos sentamos en los petates y nos pidieron a los neófitos tomar un ejemplar del Bhagavad-gītā (tenían varios por ahí). Los demás ya traían el suyo. En eso empezaron a llegar algunos fieles impuntuales: un metalero, un don con facha de vendedor de zapatos, una señora y la hija de ésta. En ese orden. El metalero traía el pelo largo y una playera de Megadeth. Con él me di cuenta de un detalle en el que no había reparado antes: cada que alguno de estos fanáticos entraba al lugar de los petates, se hincaba y chocaba la frente con el suelo como si los petates fueran poderosos electro-imanes y ellos tuvieran una poderosa aleación magnética injertada en la frente.

Nos pusieron a leer el Bhagavad-gītā. Trataba sobre diálogos entre el tal Krishna ese y un discípulo. Algo como los diálogos de Platón, los evangelios o las historias del budismo zen. Quiero decir: de ninguna manera el libro en sí (como ninguno de los otros) es despreciable en sí. Es interesante. La forma dialogada es casi universal en la transmisión del conocimiento tradicional. La cultura indostana, su mitología y simbología son intrigantes, profundas y ricas; especialmente desde el punto de vista de los occidentales. Pero dejémoslo ahí. No tienen (como ninguna otra mitología fuera de la fuerza dura de la evidencia) la verdad absoluta ni nada parecido. Ni un libro así va a lograr que haga el ridículo de una manera tan idiota como lo hacen estos pseudo místicos new-age-wanna-be.

En la ronda de preguntas después de leer el libro Alejandro levantó la mano. Yo estaba desesperado por irme. Le había mandado un mensaje a mi primo Isaías diciéndole que fuera al centro, que yo estaba ahí en una reunión de lobotomizados, pero que no creía que fuera a tardar mucho.

A Alejandro le da en bastantes ocasiones un arrebato incontrolable por protagonizar. No digo que esté mal; a todos nos pasa de vez en cuando, pero las circunstancias eran demasiado desfavorables como para andar de payasos: estábamos rodeados de fanáticos, éramos sus invitados y ni siquiera YO, que soy un grosero de lo más bajo, hubiera remotamente considerado la posibilidad de echarme un tiro argumental.

Uno NO discute con creyentes. Sencillamente tienen la mente cerrada. Por eso se llaman creyentes. No "analizantes", "logicantes", "racionalizantes" o "cientificantes", no: creyentes. Lo único que uno logra discutiendo con ellos es lo que Alejandro logró ese día: iniciar una discución bizantina que lo más que podrá lograr será irritación de las dos partes y, lo que más me importaba a mí en ese momento, perder el tiempo de una forma muy imbécil. Pero Alejandro levantó la mano. Se aventó un discurso muy torpe en su tono de farsante sobre que él era su propio Dios, sólo creía en sí mismo y no sé cuántas otras mamadas que parecían reclamo de niño de secundaria a su maestra de catecismo. Uno por uno, los adeptos le fueron contestando. Él les replicaba y así se nos fue otra hora más o menos.

De la réplica recuerdo especialmente tres cosas. Cada una con 3 respuestas mías muy simples:
1) el líder del grupo dijo que lo único que nos pedía el señor Krishna era ser buenas personas con los demás. Respuesta a posteriori: uno no necesita que ningún señor nos diga que es bueno ser gentiles con los demás. Ni Krishna, ni Jesucristo, ni el Buda ni Mahoma ni Ganesha ni absolutamente nadie. Siendo buenas personas nos va mejor a todos y ya. Es evolutivo. La cooperación mutua, la gentileza, la solidaridad y sus derivados son buenos para todos. Y ya. No hay que creer en ninguna mitología exótica ni en ningún gurú para ser buena gente.

2) La señora menopáusica dijo que ella se había decidido a ser vegetariana, empezó a ir al restaurante de la planta baja y había terminado allá arriba gritando sandeces ininteligibles (guiño guiño) y pegando la cabeza al suelo cada vez que entraba al lugar. Respuesta a posteriori: el comentario de la señora me hizo reflexionar en dos cosas que son muy características de las sectas: sus ganchos y la personalidad de los sectarios. Una decisión personal por comer carne o no terminó derivando en la creencia ciega hacia una cosmovisión completa. Igual que lo anterior: uno puede decidir dejar de comer tacos de tripas por un montón de razones, no hay necesidad de que nos lo ordene nadie. Según me cuenta Alejandro, el tipo que nos invitó a aquella pendejada no deja pasar ni la más mínima oportunidad en clase para quejarse de lo demoníacos que somos los que disfrutamos de unos tacos de tripas bien doraditas aunque el comentario sea completamente off-topic. Me contó también que una vez se ofendió porque le invitó una torta. Luego: generalmente los sujetos que son atraídos por sectas son personas que necesitan muletas intelectuales o espirituales, entre otras muchas cosas que no voy a tratar aquí. Digamos que les cuesta trabajo forjarse a sí mismas, aunque estén labregonas; así que si llegan a encontrar un molde en el que quepan (en el caso de la señora todo empezó con el vegetarianismo), pues gustosos aceptarán cualquier barrabasada que les metan en la cabeza. Por eso también idiotas como Carlos Cuauhtémoc Sánchez o Mariano Osorio tienen tanto éxito entre viejas menopáusicas necesitadas de respuestas.

3) El tipo que parecía vendedor de zapatos dijo que no había que perderse de vista el hecho de que al señor Krishna también nos pedía sólo lamer musgo para alimentarnos o algo así. Respuesta a posteriori: Qué cabrón que una religión-secta-filosofía-ideología-loquesea pueda llegar a controlar de tal forma la vida de una persona como para imponerle hábitos alimenticios. Personalmente no me simpatiza para nada el vegetarianismo (eso ya dará para algún otro post en el futuro con muchas anécdotas de esta mujer), pero creo que ese hábito alimenticio, como cualquier otro de cualquier otro orden, es producto de una elección personal, no de si lo dice un libro de nombre más o menos impronunciable o no.

Después de que todos, creyentes o no, nos estábamos cansando demasiado de tener que estar sentados de cazuelita en el piso (¿Por qué no ponen bancas como en misa o, por lo menos, unas sillas? ¿Krishna se enoja si uno no termina sus sesiones de adoración con un dolor de espalda que-pa-qué-te-cuento?) escuchando las diatribas de Alejandro y los demás, el líder nos indicó que ahora cantaríamos el "mantra supremo". Supremo. Esa palabrita se repitió tantas veces ahí que cada que la decían apenas podía aguantarme la risa al pensar que se estaban refiriendo al DIOS VERGA. El tal mantra supremo dice:
Hare Krishna, Hare Krishna,
Krishna Krishna, Hare Hare,
Hare Rāma, Hare Rāma,
Rāma Rāma, Hare Hare.
Tiene tonadita como de barra futbolera argentina, nada más. Yo no sentí nada "supremo".

Al fin salimos de ahí (yo salí literalmente huyendo, de la forma más descortés que pude, debo aceptar). En la calle empecé a cagarme de risa mientras volvía a reclamarle a Alejandro (que también se iba riendo) por haberme llevado a ese puto lugar. Isaías estaba en la fuente de los leones, en donde saqué una de las latabotellas con "mecatito" que había comprado y, al fin, le di el primer trago de la noche.

Atte: Juan Ramón.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Después de eso nunca volvería a ser el mismo (ni me acercaré a ese lugar otra vez), mi vida dio un giro de 360º y desde allí me propuse... comer carne a lo pendejo recitando poemas de alabanza a la res y al puerco.
Atte. José Adalberto Origel Moreno

Anónimo dijo...

Después de eso nunca volvería a ser el mismo (ni me acercaré a ese lugar otra vez), mi vida dio un giro de 360º y desde allí me propuse... comer carne a lo pendejo recitando poemas de alabanza a la res y al puerco.
Atte. José Adalberto Origel Moreno

El Compañero. dijo...

¡A huevo!

Y al fin alguien comenta esta entrada ja, ja, ja.

As: Candombe Del Olvido - Alfredo Zitarrosa.

Atte: Juan Ramón.