sábado, 9 de enero de 2010

Desde que dejé olvidado el saco con mi libreta en un camión de regreso de San Pancho (no desaprovecharé la oportunidad para mencionar que dicho pueblo es lo más cercano al infierno en este planeta), no me ha dejado de intrigar quién se lo halló y qué reacciones habrá tenido al espiar esa libreta.

El saco fue con el que me gradué de secundaria, pero eso no cuenta tanto como la libreta; ni siquiera para un nostálgico profesional como yo. Sobrevivió a que la extraviara en un camión urbano. Iba rumbo al psicólogo. Llevaba una gabardina y —no recuerdo por qué— me había metido la libreta en uno de sus bolsillos. Al principio me la pasé con la mano en contacto con la libreta para asegurarme de que no fuera a irse volando en un bache. Luego me confié y me dio lo mismo. Me bajé muy como si nada en San Jerónimo. Cuando el camión ya se había ido noté la ausencia de la libreta. Sentí algo parecido a lo que siento ahora que estoy sin PC. Me había resignado a lo inevitable cuando de lado a lado de la estación, una muchacha me gritó preguntándome si la libreta que llevaba agitando en una mano era mía.

También sobrevivió a la fuente de los leones. Me había quedado de ver ahí con Puellae. Ella llevaba una botella de agua, como es costumbre.  No recuerdo bien cómo fue (de seguro ella se acuerda mejor), pero la maldita botella de agua se cayó al agua. En mi afán de heroísmo lucidor quise recuperarla de inmediato. Puse la panza en la orilla de la fuente y haciendo un extraño movimiento gimnástico me estiré hacia la botella. Claro que me caí de hocico en el agua cuyo olor Puellae había calificado como "de tortuga". Me caí con la libreta, las plumas, el dinero y todo lo demás. Unos señores que iban pasando en ese momento frente a nosotros habían intentado correr para agarrarme de los pies antes de que me fuera de bruces al agua puerca... llegaron segundos tarde y la libreta fue a dar conmigo al agua.

Cosas así habíamos sobrevivido. Había sobrevivido a mi distracción y al infierno que es mi cuarto. La consideré extraviada sin remedio por mucho tiempo hasta que un día la hallé por casualidad, muy campante encima de una pila de libros.

Tenía escrito todo tipo de cosas. Desde la cuenta bancaria para pagar la inscripción del congreso de la AMIC en el 2008 (mismo que me permitió conocer Monterrey, enter otras valiosas cosas), hasta un montón de recordatorios escolares. Seguramente la persona que lea todo eso podría crearse una imagen mental fiable de lo que fui durante más de un año de mi vida; de mi personalidad, mis gustos y mis manías. Si la tiró después de ver que no tenía dinero en ella no; pero eso no es interesante y prefiero imaginar que la encontró alguien menos necesitado y más chismoso.

No soy idiota como para guardar dinero en libretas. Bueno, sí, pero sólo lo he hecho en la bolsa de mis Moleskinene™ unas dos veces. El punto es que ahí tenía cosas más valoradas para mí en lo sentimental que sucio papel moneda. Tenía, por ejemplo, los boletos de ida y vuelta a San Miguel de Allende del día que fui para conocer a Amanda, mi media hermana. O el chip del celular que me hallé justo en el momento y lugar en los que me le declaré a Puellae, junto con hojas que ella arrancaba de los árboles y me regalaba en ese entonces.

No me imagino que pensará el hipotético hallador al ver que usaba hojas de árbol, un chip de celular y dos boletos de Flecha Amarilla como separador de una libreta llena de borrones sin sentido. Puede que  una mente mucho más talentosa que la mía podría hacer un esfuerzo narrativo valioso a partir de una anécdota tan idiota como ésta.  Los exhorto/reto a que la escriban ustedes.

2 comentarios:

Sugar Kane dijo...

Ojala que la encuentres pronto, muchas cosas simples son las que más valor logran guardar, suerte.

Adriana Mojica dijo...

¡Hola!

Nada más para avisarte que Adrianápolis regresó :) Y dejarte un saludo grandote :)