lunes, 29 de marzo de 2010

Vengo a Villahermosa desde antes de tener uso de razón y hasta la fecha me sigue encantando venir.  Junto con Guanajuato, es mi ciudad favorita.  Extrañamente este fin de semana estuve dos días en Guanajuato e inmediatamente me vine a Villahermosa.

Escribo esto desde Tabasco y aunque no lo hiciera no podría ilustrarles el post porque todas las fotos que tenía de aquí (escaneadas) se fueron con la formateada y mi amado Windows XP.  Los que nunca han venido: confórmense con saber que es muy bonito.  Una de las sensaciones que más me gustan de viajar es cuando despierto a las seis de la mañana y veo, a través de la ventana empañada del camión, el verde inconfundible de este estado.  Siempre que vengo pasan cosas buenas.  La última vez que estuve aquí, por ejemplo (en febrero del año pasado), conocí por gtalk y mails a Puellae

Les cuento que es la primera vez que viajo tan lejos solo (ni siquiera el viaje Monterrey-León es tan largo).  Al principio tenía nervios pero ñe, todo salió como esperaba.  Salí de la casa a la hora marcada, llegué a la central de León a la hora marcada (del viernes hasta hoy he visitado centrales camioneras siete veces), llegué a México a la hora marcada, salí a la hora marcada... todo bien.  Lo único que me jodió fue que mi compañero en el viaje largo (de México a Villahermosa) era un obeso mórbido de botas blancas y cara de bulldog.  Del tipo que va a los bailes de Intocable y cosas así.  Debido a esto tuve que replegarme en mi asiento y el aire acondicionado estuvo congelándome el brazo y la cara durante 11 horas más o menos.  De hecho creo que estoy a punto de contraer una buena gripa.

Mientras no se me ocurra otra cosa qué postear, seguiré contando cómo me la paso en este viaje.

As: Lola - The Kinks.

Atte: Juan Ramón.

También me encuentran aquí.  Mis redes sociales están en la columna lateral.

jueves, 25 de marzo de 2010

Post desde las mac de la escuela: las tortas de dedo.

Al principio de los tiempos twitter no era tan popular como lo es ahora. En ese entonces el servidor de la universidad no bloqueaba a esa bonita red social. Como ahora es del diablo y nadie tiene permitido ver algo que sea del diablo en una escuela de inspiración cristiana, no puedo twittear mis estupideces. Lo que se me ocurrió, en cambio, es hacer algo inédito: un post desde las mac del centro de medios de la H. Universidad De La Salle Bajío. En esta ocasión les contaré una bonita anécdota sin chiste (como casi todo lo que cuento) acontecida hace casi exactamente tres años pero que todavía nos hace doblar de la risa cuando la recordamos.

En aquel entonces Jerónimo (el negro) vivía en unos departamentos en El Rosario y ahí se organizaban nuestros alcohólicos aquelarres. Tomábamos Padre Quino o California en vez de Tres Cañas o Tonayán. Nuestras tertulias se humedecían con cerveza en vez de alcohol de ficha roja. Hacíamos deporte: cada que teníamos un rato libre, especialmente después de terminadas las clases, jugábamos futbol en la cancha de básquet que está debajo de nuestra recién nombrada Facultad de Ciencias de la Comunicación y Mercadotecnia. Yo estaba flaco y El Muerto seguía vivo. Esa extraña utopía era entendible: estábamos en segundo semestre.

En una de nuestras consuetudinarias excursiones a aquel departamento en El Rosario (casi inaccesible a pie) se nos ocurrió pasar por unas tortas de carnitas a un establecimiento que estaba sobre el Blvd. Juan Alonso de Torres, en el rumbo de la Plaza Las Palmas. Creo (eso dice El Negro, que está a un lado mío) que siguen existiendo.

Como otro de los aspectos utópicos del ahora lejano 2007 era un iPod de ochenta gigas en mi posesión (y, como era juguete nuevo, mi vida se resumía en él), preferí no bajarme a acompañarlos por las tortas de carnitas. Me quedé escuchando canciones de Pedro Infante en el aparato de Apple mientras mis compañeros bajaban por los alimenticios enseres. Así que todo lo que les cuento es nomás de oídas risas repetidas a lo largo de tres años.

Se bajaron los compañeros del carro. Pidieron las tortas. Cuando estaban en eso el encargado, armado de impresionantes cuchillos, gorro blanco, delantal y bigote a la usanza de Gabino Barrera (en cuadro abultao) les espetaba frases intimidatorias:

-Noooooooo, jóvenes. ¡CÁLLATE LOS OJOS! [juro que dijo eso] Estas herramientas no son para cualquiera. Es muy peligroso tener estas herramientas como instrumentos de trabajos, edá- decía el pequeño empresario.

Seguía preparando las viandas. Machacaba carnitas, cortaba bolillos, preguntaba por los ingredientes requeridos. Un comportamiento normal en un taquero que se respete, pues.

-Nooooooooo, jóvenes. Esto no es para cualquiera. UN COMERCIANTE DEBE ESTAR EN TODO- fue la frase de advertencia que estaba dando cuando se cortó un dedo. Su intención era nada más cortar un inocente bolillo pero terminó agregándole salsa humana a nuestras tortas.

-¡Ay güey! A ver, tú- le dijo a su achichincle de cajón- encárgate de atender aquí a los jóvenes porque ya me rebané un dedo.

Salió disparado el comerciante (que debe estar en todo porque trabaja con peligrosísimas herramientas de trabajo: nunca lo olviden) a ponerse un curita de Hello Kitty o algo.

Al final, como siempre en aquel entonces, terminamos poniéndonos hasta la madre con vino tinto, jugando a las luchitas en un colchón y bailando canciones de Fidel Nadal.

As: El ruido característico de un salón de clases.

Atte: Juan Ramón.

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domingo, 21 de marzo de 2010

¿Por qué me gusta el tango? (Y ¿Qué sabes tú de tango?: Respuesta muy atrasada).

Alerta a posteriori: este post es cursi. Originalmente pensaba escribir sobre por qué me gusta el tango. Algo "analítico", etc. Luego me di cuenta de que ni siquiera sé a ciencia cierta por qué me gusta. Después recordé al anónimo malo y ya: salió este cursipost.

La salida del tango del arrabal para triunfar como baile de salón es, a mi gusto, sólo la caricaturización (¿Se acuerdan de Take The Lead?)de un género tan complejo que, como puede ser muy festivo, también puede ser profundamente melancólico. Recuerdo ahora que Borges, por ejemplo, renegaba de esa faceta melancólica del tango iniciada con "La Cumparsita" y compañía. Pero Borges renegaba de muchas cosas, como todos. Es un falso argumento de autoridad: aunque YHWH himself se me presentara en forma de corcholata de Coca-Cola y me dijera que aborrece ese mismo tufo cortavenas del tango que a Borges le fastidiaba, yo seguiría diciendo que la letra de Sur resume como pocas lo que para mí significa el tango, que Santos Discépolo es un poeta de la talla de los mejores de su patria y que prefiero escuchar Mano A Mano que El Choclo.

Como siempre: no se trata de ortodoxias cerradas sino de heterodoxias tolerantes; no de condenas lapidarias sino de gustos disímiles.

Cuando Piazzolla, Horacio Ferrer y Amelita Baltar presentaron en el Buenos Aires de la segunda mitad de la década de los sesenta su "Balada Para Un Loco", los ortodoxos de la vieja guardia (la misma que despreciaba el Borges de ¿viejísima? guardia; la del compadrito y el conventillo) se escandalizaron al punto de afirmar que eso no era tango. Piazzolla acuñó entonces el término más contemporáneo de "Canción de Buenos Aires".

No era necesario. Para mí y para muchos, lo que hizo Piazzolla fue tan "tango" como lo que pudo haber hecho Aníbal Troilo.  Tango del mejor. Es una de las pruebas, vivas hasta la fecha en la música, de que el tango es muy resistente a las clasificaciones arbitrarias.

Son sólo ejemplos de lo que decía en el primer párrafo: es difícil encerrar/juzgar algo tan rico y complejo como el tango. Seguro que muchas personas que sí sean muy versadas en el tema podrán dar sesudos argumentos sobre el estatus que merece el tango en la musicología... pero yo no.

Como un anónimo malo me dijo alguna vez hace casi un año: "Y¿Qué sabes tú de tango". Aquí mi menor respuesta: que me gusta mucho.

Y es que el tango es el distintivo sonido ronco del bandoneón, capaz de los ritmos más prehistóricos y picarescos tanto como de producir voces profundas y sofisticadas. Es la amplia gama de sentimientos que me despierta. Es la capacidad de provocarme imágenes que ni siquiera alcanzaban el grado de sospecha. Es Gardel diciendo "Yira, Yira". Es El Polaco Goyeneche cantando con las palabras de Cátulo Castillo "Ya sé, no me digás, tenés razón: la vida es una herida absurda" Es "Nostalgias de los años que han pasado,/arena que la vida se llevó/pesadumbre del barrio que ha cambiado/y amargura del sueño que murió" de Homero Manzi... En fin: no sé nada de tango (de diseño sé menos), pero lo disfruto como pocas cosas en esta vida.



Ahí está "Sur", para el que lo quiera oír.

As: Years Of Solitude - Ástor Piazzolla.

Atte: Juan Ramón.

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lunes, 15 de marzo de 2010

El Temible Chacharero Esnob.

En el centro abundan tipos vendiendo informalmente todo tipo de pendejadas. Las flores no pueden faltar ni aquí ni en ningún otro lado. Una vez Isaías (mi primo) le respondió do ofendido "ni que fuéramos jotos" a una doña que nos ofreció comprarle rosas. Alguna vez, para quedar bien con una ex novia, le regalé una rosa artificial en una cápsula chiquita llena de agua; también unos jarrones chinos miniaturas de $12. Así: aparte de las flores naturales le ofrecen lo que es la flor encapsulada, la flor con lucecita, el colguije, la pulsera, se la dejo barata para que se la lleve ¿Es lo menos? Sí, es lo menos.

A partir de hace más o menos un año un tipo se agregó a la ya de por sí compleja fauna de vendedores de baratijas. En ese entonces era identificable por su atuendo de chairo ultra: chaleco étnico, pantalón de mezclilla deslavada, huaraches... Perfectamente podría pasar desapercibido entre los numerosos grupos de mariguanos malabaristas que rondan el centro.

La primera vez que me atacó yo estaba sentado con Isaías en la plaza de Cervantes. Seguramente hablábamos de lo pinche que es la escuela, de por qué cada vez los maestros salen más imbéciles del cascarón o de las últimas pendejadas del pinchegobierno. Fue la primera vez que fui víctima de su modus operandi. Pongan atención:

-Hola chavos. ¿No les gustaría adquirir un bonito separador?- dice el tipo abriéndole a uno en la jeta una carpeta llena de lo que se supone vende.
-No, ahorita no- responde cordialmente el potencial cliente que lo quiera mandar a la jeringa de ADN que fecundó a la puta madre del vendedor.
-¡Miren!: hay fotos de paisajes, artísticas, PINTURAS, DE ARTE (¡!)- insiste el vendedor, siempre con la voz característicamente suave y pausada del esnob de "café cultural" (también abundan en el centro) o de diseñador gráfico fracasado que se va al cervantino a dibujar Quijotes con aerosol como el que yo tengo en mi cuarto jo, jo, jo.
-No, ahorita no.
-¿Podrías darme una razón, amigo?

Ahí llegamos al TERCER NIVEL (proposición-insistencia sorda-razón).

***

Cuando andaba con Cielo (Puellae), hace un año justamente, el Temible Chacharero Esnob se nos apareció muchas veces. La primera, después de la carcajada obligatoria luego de que el TCE se va, acordamos que la siguiente vez que se nos apareciera le íbamos a responder que no le comprábamos sus separadores porque no nos gustaba leer.

Por supuesto que se nos volvió a aparecer. Aplicamos el plan: al llegar al punto en que el TCE pregunta razones para la (me imagino) increíblemente rara reacción de repulsión hacia obtener sus separadores DE PAISAJES, Puellae y yo le dijimos que no nos gustaba leer.

Como que al principio sí lo tambaleamos con la respuesta. Creo recordar que primero hizo cara de extrañeza, luego pensó unos instantes y luego dijo:

-Pues sería una inmejorable oportunidad para empezar ¿No les parece?

¡Qué cabrón! Falló nuestro plan. Había quedado demostrado que nadie puede superar el tercer nivel discursivo del TCE.

***

Hubo una época en la que casi cada vez que iba al centro, con Puellae o con mis primos, se aparecía el TCE. Después desapareció por un tiempo hasta que este pasado sábado 13 de marzo, después de unas semanas sin vernos, Puellae y yo fuimos al centro. Aunque casi le puse una pistola en su ahora-greñuda-de-nuevo cabeza para que accediera a salir, al final cedió. Al final del día duramos un buen rato sentados en una de las fuentes del quiosco (la de los niños, no la que la que ella califica como "barraganesca").

La zona del quiosco es el paraíso de los vendedores de cosas inútiles. Ese día, por ejemplo, me burlé de un tipo que estaba a punto de comprarle a su novia (o prospecto o funda o lo que fuera) una rosa de cristal con lucecitas de discreto color morado, rosa y verde, para la señorita.

Andábamos en la plática derivativa clásica cuando se nos presentó el TCE desde su cueva en el más allá y comenzó su discurso de siempre (les juro que, palabra por palabra, siempre es exactamente igual).

Estuve a nada de soltar una carcajada bíblica en su cara cuando nos mostró su surtido rico de separadores. Volteaba a ver incrédulo a Puellae.

Al llegar al TERCER NIVEL, volvimos a aplicar la misma gracia: decirle que no leíamos ni los anuncios espectaculares. Supongo que ya más personas le han dicho lo mismo porque su reacción no fue la de la vez anterior e, inmediatamente, nos propuso:

-Pues puede servirles para el regalito, el detalle.
-No. Ahorita no.

Y es aquí donde el TCE pasó a un nivel de agresividad intelectual más intenso de los que ya de por sí aplica:

-A ver. Dame UN ARGUMENTO para no comprarme un separador y yo TE LO REFUTO.

WTF?! ¿Un argumento? ¿Quién se cree? ¿Bertrand Russell? ¿Un argumento para no comprar sus separadores con fotos de arte?

Volví a decirle el generalmente útil "No. Ahorita no. Gracias" y al fin cedió.

Antes de irse soltó una pequeña risa burlona y fue hasta entonces que Puellae y yo pudimos al fin medio morirnos de la risa y concretar algunas conclusiones:

  • La risa final, para mí, significó que ya nos ubica a fuerza de repetición, como nosotros a él. Aunque también cabe la posibilidad de que me considerara inferior por no haberle podido dar el solicitado ARGUMENTO.
  • Notamos que se fue en modo de rastreo (bien erguido, moviendo la cabeza para todos lados). Eso confirma lo que temíamos desde siempre: busca víctimas selectas; que según él sean como él mismo. ¿Me veré (nos veremos) tan mamón y esnob?
  • Dejó la ropa étnica por un look menos chairo y más como de los que se maravillan en los museos con manzanas en pedestales.
Puede ser que algún día, por fin, le compremos un separador.

As: El Abrojito - Aníbal Troilo.

Atte: Juan Ramón.

También mee pueden seguir aquí y preguntarme cosas acá. El blog comunitario está en los links.

miércoles, 10 de marzo de 2010

¡Pregúntenme cosas!

Pueden hacerlo de forma institucional aquí.

Gracias por su atención.

As: Cuando voy al trabajo - Víctor Jara.

Atte: Juan Ramón Velázquez Mora.

domingo, 7 de marzo de 2010

Stalkeo Atemorizante (post de regreso).


¡Estoy de vuelta! Y con más o menos buen ánimo. Resultó que la tarjeta maciza de la PC tenía un corto circuito y por eso había valido reata. Pero ya: todo acabó y estoy de vuelta en el mundo de los blogs y las redes sociales.

El primer post va a ser una vieja anécdota que quizá hable mal de mí, pero ya saben que me vale madres. Ahi va:

Era la tarde noche del lunes 19 del dos mil cinco . Yo estaba en el último tramo del quinto semestre de prepa. Había estado regularizando mis créditos de servicio social en el "Instituto de Desarrollo Humano de León". Estaba (lo sigue haciendo) en una casa cercana al arco de la calzada, casi en la esquina de la Pedro Moreno. El servicio trataba de hacerles entender a sujetos de mayor edad que la mía que "rima" se escribe con "erre de ratón". O que dos más dos son cuatro... y así. No es hipérbole; era un suplicio completamente verídico que ya trataré en alguna otra ocasión con más calma.

El 19 de diciembre del 2005 no me tocó educar imbéciles. Para entonces ellos ya se habían ido de vacaciones, pero yo todavía tenía que terminar mis créditos. Como no había tarados qué atender me ponían a hacer trabajos manuales. Digo, así se ahorraban a los maistros y todo.

La pendeja dictatorial (una tal Irma no sé qué) que gobierna el lugar junto con un tipo buena onda que casi no podía disimular su jotería, nos daba lecciones de yoga y tenía colgado un montón de certificados, diplomas y reconocimientos en un cuarto que, supongo, era su consultorio (los dos son psicólogos), un tal Marco, me pusieron a pintar el lugar. Se notaba que había sido una casa bonita antes de que llegaran ese par de pretenciosos queriendo salvar a la humanidad.

Ya había pintado cuartos desde días anteriores. Conocía la dinámica: me daban un galón de thinner, un bote de pintura amarilla o blanca, dos brochas viejas y periódico para que no manchara el piso. Primero extendía todo el periódico en el piso. Buena parte de la tarde me la pasé metido ahí pintando de blanco las paredes del cuarto más grande de la vieja casa.

Estaba por acabar el trabajo, ya era de noche, cuando una foto en un pedazo de periódico me llamó la atención. Era la sección de sociales. La nota trataba sobre una celebración de quince años. Siempre trata de eso o de bodas, por supuesto. Aunque ya era suscriptor de ese periódico, esa sección siempre la dejaba sin ver.

La cumpleañera de la nota en cuestión ocupaba el centro de la página casi a cuerpo entero. Llevaba un sobrio vestido color uva, una tiara pequeña, un peinado elegante y una sonrisa que hacía destacar lo groseramente guapa que estaba.

Inmediatamente arranqué como pude el pedazo de hoja que ocupaba la nota, lo releí muchas veces y lo guardé. Ya mi mente tenía el solo propósito de contactar con la chica de la foto a como diera lugar. El resto de aquel cuarto mugroso sin pintar lo terminé casi sin sentirlo. Se me habían alegrado los días por cuatro fotos de una nota común en la sección de sociales. Pensé emocionado en la remota (remotísima, seamos realistas) opción de que una fresa del Jassá pudiera conocer y hacerle caso a un pelafustán de la Salle Américas (la de los pobres, edá).


Llegué a la casa y automáticamente me dirigí al directorio telefónico. En la nota venían los nombres de ambos padres y no me costó ningún trabajo dar con ellos. Con el papá, por lo menos. A la mamá no la busqué. Vivían en Brisas del Campo; un fraccionamiento residencial (o sea una colonia privada para gente rica. ¿Qué la Jacinto López, Chapalita o El Guaje no son también fracciones urbanas para que vivan changos evolucionados?) en una zona periférica del sureste de la ciudad. Listo. Anoté los datos y me encerré en mi cuarto para redactarle una carta de seis cuartillas que considero, por lo poco que puedo recordar, una de las cosas más cursis que he escrito nunca (es mucho decir, créanlo . Pregúntenle a ésta.). Al final le escribí mi número de celular por si quería ponerse en contacto conmigo. Invité a dos primos al centro para que fueran testigos presenciales en mi triunfal ascenso al mundo del acoso iniciando por el Servicio Postal Mexicano.

No quiero ni pensar (en aquel entonces no se me ocurrió hacerlo) en el terror que pudo haber sentido el o la que recogiera y/o leyera la carta de un desconocido residente de San Sebas que, obsesionado con la foto de una nota de sociales, había metido las narices en el directorio y le había mandado una nota stalkeante a la guapa que cumplía quince años. Seguro: fui un pendejo. Pudieron hasta haber tomado medidas legales contra mí (ya tenía 16, la edad punible del estado de Guanajuato).

Podía ser sólo un acosador, pero sin duda podría ser más probablemente un tratante de blancas, un secuestrador, un extorsionista o yo qué sé. Sin embargo, mis días eran muy aciagos por esas épocas. Necesitaba poner en marcha cosas que le dieran más emoción al asunto y haberme embobado con una foto de sociales fue una buena oportunidad para mi bien intencionada voluntad. El caso suena típicamente a la frase que todo maestro tiene que escupirle desagradablemente al alumno que le quita el examen: "no hagas cosas buenas que parezcan malas".
***

Cierto día, pasado más o menos un mes de que hubiera puesto la carta en el buzón, me llegó un mensaje al celular. Extrañamente eso sucedió de nuevo en el nefasto Instituto de Desarrollo Humano mientras a mí se me pudría el hígado de coraje porque los ineptos a los que intentaba ayudar no podían escribir bien ni una puta palabra. El mensaje decía que si yo era Juan Ramón, el que le había mandado una carta.

En el hoyo de estulticia en donde estaba no nos dejaban usar el celular pero a mí me importó un pito. Inmediatamente llamé al número remitente, aunque no me contestaron. Decidí postergar la llamada hasta que llegara a mi casa y regresé a intentar enseñarles que cinco más tres son ocho a tipos dos o tres años mayores que yo.

Llegando a la casa marqué el número. Me respondió una voz femenina que correspondía con la edad que yo esperaba. Me dijo que en ese momento no estaba en su casa, que estaba con una amiga. Le pregunté cuál era el número de su casa y en cuánto tiempo podía marcarle allá. Me dio el número y me dijo que como en una media hora. Colgamos. Yo estaba infinitamente emocionado. Al parecer todo había salido muy bien. Pasara lo que pasara, al menos ella había leído mi carta y tenido curiosidad de hablarme.

Salté la cuerda esa media hora. Todavía no era ni un cuarto de lo sedentario y gordo que soy ahora y el ejercicio me ayudó a despejar la mente. Pasada la media hora le hablé. Me contestó la voz de la que creo era su madre.

-- Buenas noches. ¿Se encuentra Andrea?-- pregunté.
--¿De parte de quién?-- inquirió la voz, todavía amable.
-- De Juan Ramón. Ahorita no puede contestar, se está bañando.-- respondió la voz mucho más cortante.
--¿Como en cuánto tiempo puedo volverle a llamar?-- pregunté.
--Como en quince minutos.-- dijo ella.
--Gracias-- finalicé.

A pesar de haber usado mi tono más amable, cosa que se me dificulta mucho, había notado cierta tensión en esa breve conversación. Con la inquietud de que algo me hubiera salido mal, me puse a ver la TV por quince minutos exactos. Mi nerviosismo iba en aumento y ya no sabía qué esperar. La siguiente conversación le puso el último toque a esa extraña historia.

Marqué y volvió a contestar la misma voz.

--Buenas noches de nuevo. ¿Se encuentra Andrea?-- dije yo con el que es, supongo, la tesitura más estúpidamente nerviosa que jamás haya utilizado por teléfono.
--¿Tú eres el que le ha estado mandando cartas a mi hija?-- respondió ella, ahora evidentemente molesta. --Sí, soy yo; ¿Por qué?-- dije, fingiendo una seguridad que me encontraba a años luz de tener.
--Pues quiero que dejes de molestarla.
--¡Pero si ella me mandó un mensaje y me dio el número de su casa!-- exclamé ahora sí completamente vencido y extrañado. --¡Me dijo que estaba con una amiga y que le hablara cuando estuviera en su casa!!
--Era una amiga de mi hija.

Para ese punto yo ya no cabía en mi desconcierto. Lo que había aparentado haber marchado bien ahora era un vórtice de hachazos en el estómago.

--Además, ella no sabe quién es usted. Y ¡apenas tiene dieciséis años!-- dijo desafiante la mujer.
--¡Pues yo también!-- respondí con la esperanza de que eso sirviera de algo-- ¡Cumplo 17 en febrero! --¡Pero mi hija es una señorita!-- gritó ella --¡No quiero que la vuelva a molestar!
--Ok. Buenas noches.

No tenía intención de ponerme a discutir con una mamá paranoica. Tampoco soy alguien a quien le guste meterse en problemas. Con esa llamada se fue todo lo que supe de mi enamoramiento atemorizante con la quinceañera de la sección de sociales. A partir de entonces leo la sección con más atención, esperando encontrar algún indicio de ella, pero ha ido disminuyendo mucho de 4 años para acá. Ya desde hace mucho perdí la idiota esperanza de que cualquier miembro de esa familia volviera a permitirse aparecer en el diario. Quizá no vuelva a saber de esa mujer hasta que otra nota anuncie que se casa en la revista social de los viernes (exclusiva para suscriptores).

***
En el segundo semestre de la carrera, en el 2007, me tocó compartir salón de inglés con una amiga que, como descubrí gracias a la lista, compartía apellido con aquel amor platónico.

No es un apellido muy común en la ciudad. Son descendientes (eso lo aprendí un semestre después) de un médico aristocrático que fue prócer de la ciudad a finales del siglo XIX y principios del XX.

Como todos los plutócratas de la ciudad (supongo que también del país y del mundo), son como un club endogámico de acceso exclusivo. Nada cercano a lo que un "américo" de San Sebastián pudiera aspirar. Y menos si utiliza modus operandi de secuestrador mochadedos: valiosa lección que, creo, no he podido asimilar por completo todavía.


As: El Payador Perseguido - Atahualpa Yupanqui.

Atte: Juan Ramón Velázquez Mora.