domingo, 7 de marzo de 2010

Stalkeo Atemorizante (post de regreso).


¡Estoy de vuelta! Y con más o menos buen ánimo. Resultó que la tarjeta maciza de la PC tenía un corto circuito y por eso había valido reata. Pero ya: todo acabó y estoy de vuelta en el mundo de los blogs y las redes sociales.

El primer post va a ser una vieja anécdota que quizá hable mal de mí, pero ya saben que me vale madres. Ahi va:

Era la tarde noche del lunes 19 del dos mil cinco . Yo estaba en el último tramo del quinto semestre de prepa. Había estado regularizando mis créditos de servicio social en el "Instituto de Desarrollo Humano de León". Estaba (lo sigue haciendo) en una casa cercana al arco de la calzada, casi en la esquina de la Pedro Moreno. El servicio trataba de hacerles entender a sujetos de mayor edad que la mía que "rima" se escribe con "erre de ratón". O que dos más dos son cuatro... y así. No es hipérbole; era un suplicio completamente verídico que ya trataré en alguna otra ocasión con más calma.

El 19 de diciembre del 2005 no me tocó educar imbéciles. Para entonces ellos ya se habían ido de vacaciones, pero yo todavía tenía que terminar mis créditos. Como no había tarados qué atender me ponían a hacer trabajos manuales. Digo, así se ahorraban a los maistros y todo.

La pendeja dictatorial (una tal Irma no sé qué) que gobierna el lugar junto con un tipo buena onda que casi no podía disimular su jotería, nos daba lecciones de yoga y tenía colgado un montón de certificados, diplomas y reconocimientos en un cuarto que, supongo, era su consultorio (los dos son psicólogos), un tal Marco, me pusieron a pintar el lugar. Se notaba que había sido una casa bonita antes de que llegaran ese par de pretenciosos queriendo salvar a la humanidad.

Ya había pintado cuartos desde días anteriores. Conocía la dinámica: me daban un galón de thinner, un bote de pintura amarilla o blanca, dos brochas viejas y periódico para que no manchara el piso. Primero extendía todo el periódico en el piso. Buena parte de la tarde me la pasé metido ahí pintando de blanco las paredes del cuarto más grande de la vieja casa.

Estaba por acabar el trabajo, ya era de noche, cuando una foto en un pedazo de periódico me llamó la atención. Era la sección de sociales. La nota trataba sobre una celebración de quince años. Siempre trata de eso o de bodas, por supuesto. Aunque ya era suscriptor de ese periódico, esa sección siempre la dejaba sin ver.

La cumpleañera de la nota en cuestión ocupaba el centro de la página casi a cuerpo entero. Llevaba un sobrio vestido color uva, una tiara pequeña, un peinado elegante y una sonrisa que hacía destacar lo groseramente guapa que estaba.

Inmediatamente arranqué como pude el pedazo de hoja que ocupaba la nota, lo releí muchas veces y lo guardé. Ya mi mente tenía el solo propósito de contactar con la chica de la foto a como diera lugar. El resto de aquel cuarto mugroso sin pintar lo terminé casi sin sentirlo. Se me habían alegrado los días por cuatro fotos de una nota común en la sección de sociales. Pensé emocionado en la remota (remotísima, seamos realistas) opción de que una fresa del Jassá pudiera conocer y hacerle caso a un pelafustán de la Salle Américas (la de los pobres, edá).


Llegué a la casa y automáticamente me dirigí al directorio telefónico. En la nota venían los nombres de ambos padres y no me costó ningún trabajo dar con ellos. Con el papá, por lo menos. A la mamá no la busqué. Vivían en Brisas del Campo; un fraccionamiento residencial (o sea una colonia privada para gente rica. ¿Qué la Jacinto López, Chapalita o El Guaje no son también fracciones urbanas para que vivan changos evolucionados?) en una zona periférica del sureste de la ciudad. Listo. Anoté los datos y me encerré en mi cuarto para redactarle una carta de seis cuartillas que considero, por lo poco que puedo recordar, una de las cosas más cursis que he escrito nunca (es mucho decir, créanlo . Pregúntenle a ésta.). Al final le escribí mi número de celular por si quería ponerse en contacto conmigo. Invité a dos primos al centro para que fueran testigos presenciales en mi triunfal ascenso al mundo del acoso iniciando por el Servicio Postal Mexicano.

No quiero ni pensar (en aquel entonces no se me ocurrió hacerlo) en el terror que pudo haber sentido el o la que recogiera y/o leyera la carta de un desconocido residente de San Sebas que, obsesionado con la foto de una nota de sociales, había metido las narices en el directorio y le había mandado una nota stalkeante a la guapa que cumplía quince años. Seguro: fui un pendejo. Pudieron hasta haber tomado medidas legales contra mí (ya tenía 16, la edad punible del estado de Guanajuato).

Podía ser sólo un acosador, pero sin duda podría ser más probablemente un tratante de blancas, un secuestrador, un extorsionista o yo qué sé. Sin embargo, mis días eran muy aciagos por esas épocas. Necesitaba poner en marcha cosas que le dieran más emoción al asunto y haberme embobado con una foto de sociales fue una buena oportunidad para mi bien intencionada voluntad. El caso suena típicamente a la frase que todo maestro tiene que escupirle desagradablemente al alumno que le quita el examen: "no hagas cosas buenas que parezcan malas".
***

Cierto día, pasado más o menos un mes de que hubiera puesto la carta en el buzón, me llegó un mensaje al celular. Extrañamente eso sucedió de nuevo en el nefasto Instituto de Desarrollo Humano mientras a mí se me pudría el hígado de coraje porque los ineptos a los que intentaba ayudar no podían escribir bien ni una puta palabra. El mensaje decía que si yo era Juan Ramón, el que le había mandado una carta.

En el hoyo de estulticia en donde estaba no nos dejaban usar el celular pero a mí me importó un pito. Inmediatamente llamé al número remitente, aunque no me contestaron. Decidí postergar la llamada hasta que llegara a mi casa y regresé a intentar enseñarles que cinco más tres son ocho a tipos dos o tres años mayores que yo.

Llegando a la casa marqué el número. Me respondió una voz femenina que correspondía con la edad que yo esperaba. Me dijo que en ese momento no estaba en su casa, que estaba con una amiga. Le pregunté cuál era el número de su casa y en cuánto tiempo podía marcarle allá. Me dio el número y me dijo que como en una media hora. Colgamos. Yo estaba infinitamente emocionado. Al parecer todo había salido muy bien. Pasara lo que pasara, al menos ella había leído mi carta y tenido curiosidad de hablarme.

Salté la cuerda esa media hora. Todavía no era ni un cuarto de lo sedentario y gordo que soy ahora y el ejercicio me ayudó a despejar la mente. Pasada la media hora le hablé. Me contestó la voz de la que creo era su madre.

-- Buenas noches. ¿Se encuentra Andrea?-- pregunté.
--¿De parte de quién?-- inquirió la voz, todavía amable.
-- De Juan Ramón. Ahorita no puede contestar, se está bañando.-- respondió la voz mucho más cortante.
--¿Como en cuánto tiempo puedo volverle a llamar?-- pregunté.
--Como en quince minutos.-- dijo ella.
--Gracias-- finalicé.

A pesar de haber usado mi tono más amable, cosa que se me dificulta mucho, había notado cierta tensión en esa breve conversación. Con la inquietud de que algo me hubiera salido mal, me puse a ver la TV por quince minutos exactos. Mi nerviosismo iba en aumento y ya no sabía qué esperar. La siguiente conversación le puso el último toque a esa extraña historia.

Marqué y volvió a contestar la misma voz.

--Buenas noches de nuevo. ¿Se encuentra Andrea?-- dije yo con el que es, supongo, la tesitura más estúpidamente nerviosa que jamás haya utilizado por teléfono.
--¿Tú eres el que le ha estado mandando cartas a mi hija?-- respondió ella, ahora evidentemente molesta. --Sí, soy yo; ¿Por qué?-- dije, fingiendo una seguridad que me encontraba a años luz de tener.
--Pues quiero que dejes de molestarla.
--¡Pero si ella me mandó un mensaje y me dio el número de su casa!-- exclamé ahora sí completamente vencido y extrañado. --¡Me dijo que estaba con una amiga y que le hablara cuando estuviera en su casa!!
--Era una amiga de mi hija.

Para ese punto yo ya no cabía en mi desconcierto. Lo que había aparentado haber marchado bien ahora era un vórtice de hachazos en el estómago.

--Además, ella no sabe quién es usted. Y ¡apenas tiene dieciséis años!-- dijo desafiante la mujer.
--¡Pues yo también!-- respondí con la esperanza de que eso sirviera de algo-- ¡Cumplo 17 en febrero! --¡Pero mi hija es una señorita!-- gritó ella --¡No quiero que la vuelva a molestar!
--Ok. Buenas noches.

No tenía intención de ponerme a discutir con una mamá paranoica. Tampoco soy alguien a quien le guste meterse en problemas. Con esa llamada se fue todo lo que supe de mi enamoramiento atemorizante con la quinceañera de la sección de sociales. A partir de entonces leo la sección con más atención, esperando encontrar algún indicio de ella, pero ha ido disminuyendo mucho de 4 años para acá. Ya desde hace mucho perdí la idiota esperanza de que cualquier miembro de esa familia volviera a permitirse aparecer en el diario. Quizá no vuelva a saber de esa mujer hasta que otra nota anuncie que se casa en la revista social de los viernes (exclusiva para suscriptores).

***
En el segundo semestre de la carrera, en el 2007, me tocó compartir salón de inglés con una amiga que, como descubrí gracias a la lista, compartía apellido con aquel amor platónico.

No es un apellido muy común en la ciudad. Son descendientes (eso lo aprendí un semestre después) de un médico aristocrático que fue prócer de la ciudad a finales del siglo XIX y principios del XX.

Como todos los plutócratas de la ciudad (supongo que también del país y del mundo), son como un club endogámico de acceso exclusivo. Nada cercano a lo que un "américo" de San Sebastián pudiera aspirar. Y menos si utiliza modus operandi de secuestrador mochadedos: valiosa lección que, creo, no he podido asimilar por completo todavía.


As: El Payador Perseguido - Atahualpa Yupanqui.

Atte: Juan Ramón Velázquez Mora.

8 comentarios:

PashmiNa dijo...

oyeeee, qué bueno que estás de regreso a la blogósfera, ya me preguntaba qué habría sido de ti porque de pronto dejaste de llenar mi timeline en Twitter.. jajajaja


Oyeee no manches, qué coincidencia que te hayas vuelto a topar con ella años después, t historia parece como de novela jajajaja pero la verdad que sí, qué padre y te felicito!!

Saludos Juan Ramon y por cierto, me ataqué de risa cuando leí tu descripción de perfil jajajaja :D

"fauna Repugnante" jajajajaja

El Compañero. dijo...

Me la "topé" indirectamente. A Andrea Gutiérrez de Velasco en persona nunca la he conocido (supongo).

Y todo lo que digo en mi perfil es cierto y sincero 8)

Atte: Juan Ramón.

●• α и α r ! n c ó n •● dijo...

Wow. Jamás me imaginé que fuera tan atrevido, compañero, sabía que podía ser un cursi-romanticón pero jamás un stalker, ¡la verdad le admiro!

Ella se lo pierde. Y la mamá, ha de ser una señora con vagina rancia que como no le dan a ella, le da envidia que alguien busque a la hija. Jaja.

Anónimo dijo...

oye, ramón,¿sigues estudiando?

El Compañero. dijo...

Anita: ja, ja, ja, ja concuerdo con su teoría.

Anónimo malo: se supone que sí ¿por qué?

Atte: Juan Ramón.

Anónimo dijo...

Porque si la respuesta es SÍ, es justo porque tienes cabeza para ser agente de cambio.

Porque si la respuesta es NO, sería injusto por lo mismo.

Saludos.

Anónimo "Malo".

Anónimo dijo...

Curiosidad se escribe con "S".

Pendejo.

El Compañero. dijo...

No era el único error. Esta entrada la había dejado sin revisar desde que la publiqué pero ya está. Gracias por su increíblemente amable observación.

As: Fascinating Rythm - George Gershwin.

Atte: Juan Ramón.