viernes, 2 de abril de 2010

Mérida, un venado y Cancún (Yumká, Castaneda y Thoreau).

Después de los primeros días en Villahermosa, nos trasladamos a Mérida.  El camino por tierra es de más o menos unas siete horas.  Por lo menos eso es lo que hemos hecho las veces que me ha tocado ir.

Mérida nunca me ha gustado en ninguno de los sentidos en los que me podría gustar una ciudad.  Es demasiado pretenciosa, elitista e hinchada de localismo mamón como para que me caiga bien.  Sus "preciosas" construcciones a mí me dejan más frío y apático que los mosquitos que mato de madrugada y su exceso de franquicias me da náusea.  No es que odie Mérida (sigue siendo el sureste, no lo olviden), pero siempre que la supuesta belleza de algo es vociferada por tantas personas, no puede dejar de parecerme sospechoso.  De todos modos nunca he ido para allá para verle la jeta canterosa a la ciudad, sino para visitar a mis primas y mi primo.

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En el camino a Mérida, antes de llegar a Cd. del Carmen, hay un pueblo que debería tener el récord guiness por la mayor cantidad de topes per capita en este lado del sistema solar.  Íbamos por ahí y mi tío iba contando algunas anécdotas de la época en la que solía cazar venados.  Justo estábamos en eso cuando en un potrero de pasto bajo, paralelo al camino, mi tío alcanzó a ver a un venado joven corriendo a grandes brincos.  Duró por lo menos un minuto el venado corriendo a un lado de nosotros.

Cualquiera puede ir a un zoológico, por rascuache que sea, y ver venados.  ¡Ay mira qué bonitos, m'hijo, mira el venadito, mira su colita, mira sus cuernitos, mira!  Tengo siete años sin pisar ningún zoológico, pero fui las suficientes veces al de León como para recordar a venados y jirafas en cautiverio.  No recuerdo, sin embargo, haber visto nunca antes a uno en su estado natural.  Ni siquiera en el Yumká podríamos hablar de "estado natural" en toda regla (si no saben qué es el yumká no mamen.  Sus bocas se los agradecerán).

Fue algo muy bonito.  Cuando pasan cosas así (aunado a la extraña coincidencia de ir hablando de venados justo cuando lo vimos) uno alcanza a atisbar por qué varias culturas le rendían y rinden culto a ese animal a parte de las razones "normales" por las que las tribus primitivas suelen adorar animales comunes en su ecosistema.  Consulte al antropólogo rastafari de morral y huaraches que sea de su mayor confianza.  Fuera de eso yo puedo decir que es un animal muy gracioso; como sacado de una realidad aparte (si no conocen a castañeda, suspendan su abstinencia mamatoria y comiencen con las jaladas).

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Llegando a Mérida conseguí un tomo de relatos de Becket, una película de Godard y una indigestión tenebrosa por atascarme de comida en la noche.

En la mañana me levanté más a huevo que de ganas para ir a un restaurante "naturista" a comer huevos rancheros caros.  Mi manera de levantarme a huevo es: saltar de la cama-ponerme los pantalones-agarrar cualquier camisa-salir.

Salimos a Cancún, que está a unas tres horas de Mérida.  Aquí también me atasqué un spaghetti y tres bohemias que me dejaron con ganas de blasfemar contra el Dios Pisto y el Dios Comidadeverdad (no el Dios musgo que algunos teólogos y científicos modernos que estudian arquitectura adoran).

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Llegando a Cancún me puse a pensar en lo mucho que adoro el mar desde que era niño.  Me fascina.  Todo lo que tiene que ver con él me gusta.  TODO.  Sin embargo, pensé yo, jamás podría vivir en una playa.  Le quitaría el encanto.  Como todo: el mar tiene sus propias dosis.  Si lo tuviera a un paso de mí supongo que se le quitaría un poco el chiste y preferiría vivir rodeado del aire tóxico de León por toda la eternidad o mudarme al lago Walden (ya no les diré nada: si conocen o no a unos escritorcillos y a un zoológico las colitas de los niños y las niñas siguen siendo distintas y nada cambia en el planeta tierra.  Mucho menos influye en lo que hagan con su vida sexual, solitaria o en pareja).  Aparte, en las playas hay de dos: hay hoteles o no hay nada.  Me sorprendió ver que Cancún es una ciudad más o menos grande, pero no se diferencia demasiado de muchas otras ciudades con plazas comerciales y cosas así.  Lo que distingue a las PLAYAS son los hoteles o la nada.  Las suites  para políticos o las hamacas para marihuanos.  En cualquiera de los dos casos, se trata por definición de ambientes alejados de la civilización que todos conocemos, amamos, disfrutamos y utilizamos para postear cosas sin sentido a las tres  y media de la mañana.  Nadie respeta a alguien que diga que VIVE en, yo qué sé, Rincón de Guayabitos ¿O sí?

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Espero que mañana sí pueda ir a la playa para meterme al mar.  No lo hago desde hace cuatro años, cuando apenas contaba con unas tiernas (e incompletas) diecisiete primavera.

As: Algo de Christopher Von Uckermann en la TV (¿?).

Atte: Juan Ramón.

También me pueden leer aquí.

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