martes, 25 de mayo de 2010

La fiesta de la foto.

El viernes pasado mis compañeros de generación se tomaron la foto oficial de graduados.  Se me hizo de un gusto terrible el atuendo de toga y birrete (armable, por cierto: todo se pegaba con velcro y les cobraban si querían aventarlos hacia arriba como en final de película barata.  Si fuera algo con simbolismo académico real no se me haría tan fantoche, pero no es así.  De todos modos, como dijo Voltaire o alguien: defenderé con mi vida el derecho de todos a vestirse de payasos aunque a mí no me guste.  Lo mejor de sus atuendos fue ver a personalidades distinguidas del valemadrismo y la vida de vicio ataviadas como juez de la suprema corte.

La entrada principal de la universidad ofrece un fondo, creo, lo suficientemente cursi para una foto de estas características pero si a las mismas mentes maestras de los birretes armables no les hubiera parecido lo suficientemente chic siempre habría quedado la opción de fotomontarse frente a la Torre Eiffel o el Arco del Triunfo de París

Hacía un calor criminal, común en esta época del año.  No sé por qué demonios decidí ir vestido de riguroso negro hasta los calcetines pero sé, como consuelo, que los compañeros se sentían peor que yo con disfraces de Harry Potter encima.  Las mujeres incluso se fueron con tacón de pasarela (no sé por qué si la mayoría de sus piecitos no van a salir en la foto: un derecho reservado para las más chaparras).  Incluso los que estábamos ahí nomás de chismosos y esperando la anunciada borrachera ulterior terminamos con los pies deshechos porque el quilombo duró, sin exagerar, unas cuatro horas.

 Heme aquí, al centro, con dos de mis mejores amigos.  Uno de ellos vestido... pues así.

Insisto: todos, hasta los colados ronin como yo, terminamos muy hartos.  En cuanto pudimos nos alejamos de la universidad y nos encaminamos a la verdadera razón de la alegría: la embriaguez.  Destapamos las primeras caguamas de la noche en el departamento del tinaco asesino y luego fuimos a la sede oficial de la fiesta.  Yo fui por una garrafa del siempre fiel Tony (Tonayán.  Según su etiqueta: "Ingredientes: agua destilada, esencia de agave y alcohol etílico de calidad") porque lo que daban en la fiesta sabía a agua de tabique sin alcohol.

Había muchísima gente.  Personas que no acostumbran tomar estaban ahí, inexplicablemente.  Los que somos habituales procuramos tomar más de lo normal.  Un bacanal en forma.  Según yo era una fiesta como las que diario hay en esa ciudad dentro de la ciudad que es la zona de la universidad lasallista: llena de tipos eufóricos de toxinas y hormonas bailando y platicando/discutiendo estupideces (me enfrasqué en una pelea verbal sobre futbol, por ejemplo).  Aparte del número de invitados no creía ver nada que pudiera provocar la ira de nadie.

Esos eran mis gozosos pensamientos mientras platicaba de películas con unos amigos en la cocina hasta que todos comenzaron a entrar en bola y asustados.  Confusión general.  Entraron con las camisas o playeras tapándose la cara como si estuvieran en plena manifestación ateniense.  A los pocos minutos de ese éxodo masivo, los que habíamos estado exiliados todo el tiempo en la cocina, supimos que la noble policía leonesa había vuelto a hacer una de sus gracias.  Esta vez nos habían aventado latas de gas lacrimógeno como si fueran cazadores queriendo que un zorro saliera de su madriguera o como si nosotros fuéramos súbditos del Riot Dog.

Todo mundo empezó a toser como si estuvieran enfermos de enfisema terminal.  Los ojos llorosos estaban de moda.  Uno de los amigos con los que estaba en la cocina estaba casi igual o más ebrio que yo y nos burlamos de los escandalosos.  Pues claro: nosotros nos la habíamos pasado todo el tiempo en la cocina y no nos había tocado lo mero gacho.  Para terminar de acentuar nuestra mamonería alcohólica incluso prendimos unos delicados sin filtro.  Muy machines, según.

Después de un rato de desorden generalizado todos comenzamos a largarnos (fue ahí donde me di cuenta de que sí calaba el gas).  Acordamos regresar a la casa en donde habíamos destapado las primeras cervezas para seguir consumiendo sustancias enervantes.  Tardamos en irnos porque todo mundo se desperdigó y, como buenas personas que somos, nos preocupamos por los que no aparecían y no fuimos capaces de irnos hasta que los hallamos.

Ya de nuevo en calma y con más alcohol en las venas procuramos llegar a un consenso sobre lo que había pasado.  Sinceramente, incluso ahora que estoy rememorándolo, no sé exactamente por qué los policías llegaron a esos extremos.

Seguimos tomando no sé cuántas horas hasta que sólo quedábamos tres en el lugar y nos dormimos.  Había quedado con Elizabeth de ir la mañana siguiente a una marcha animalera en el centro, así que puse la alarma en el celular.  Me desperté antes de que sonara habiendo dormido unas inquietas tres horas, a lo mucho.  Lo primero que hice fue ir al refrigerador y tragarme una cerveza escarchada casi como reflejo automático.

As: You're Gonna Make Me Lonesome When You Go - Bob Dylan.

Atte: Juan Ramón.

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