jueves, 20 de mayo de 2010

Sobre Televisa y el derecho a la información.

Siempre están pasando cosas, eso es evidente.  Si son relevantes o no es cuestión de qué tanto nos salten a la vista por diversos factores.  Factores de relevancia les dicen.  Están delimitados por muchos señores y señoras que escriben (sobre) periodismo: vayan a la biblioteca más cercana y saquen cualquier manual sobre el tema.  Fuera de eso, creo que, por ejemplo, las noticias del ámbito político tienen relevancia porque las decisiones de un puñado de personas interfieren directamente en el modo de vida de muchísimas otras.  Es un criterio de relevancia prácticamente cuantitativo.  Quizá a nadie le importaría que a don Anastasio Uzcanga Ramírez le gusten mucho las actuaciones de Chabelo junto al Tío Gamboín, el viril oficio periodístico de Pepillo Origel o la deslumbrante belleza natural de Lucía Méndez; la cosa cambia cuando el personaje en cuestión no se llama Anastasio Uzcanga sino Juan Manuel Olíva Ramírez y gasta a lo loco en hacer una pachanga estilo Hollywood (con alfombra roja y todo, aunque usted no lo crea) en la Ciudad de México para "darle comienzo" a los festejos del bicentenario en Guanajuato y nombra como embajadores del estado a los mentados Chabelo, Lucía Méndez y Pepillo Origel (a este último, por cierto, le dieron las llaves de la ciudad en enero).

Pues lo mismo pasa cuando desaparece una figura política de alta importancia para la vida política de México como si se tratara de un activista social  o un militante de la guerrilla de Lucio Cabañas.  Es relevante, queremos ser informados al respecto.  No se trata de Don Agustín Fernández Solís, el viejito de la tienda de la esquina que corre a gritos a los "chamacos cabrones" cuando ya no tienen cambio para las maquinitas, trae una bolsa de meados colgando en un costado y fuma como reo, no: se trata de Diego Fernández de Cevallos, con todas las credenciales y medallitas que le conocemos.

Televisa decidió por medio de los portavoces oficiales del gobierno federal titulares de sus noticieros más atendidos que no informarán más sobre el caso.  Aducen respeto por la vida y sigilo para no interferir en las investigaciones hasta que se resuelva el caso.


Hemos estado acostumbrados a que las grandes empresas de medios de comunicación, especialmente las televisoras, traten casos similares (de mayor o menor relevancia pero similares al fin, con injerencia directa sobre vidas humanas e investigaciones criminales) como si fueran un episodio de las Kardashians o el nuevo reality con viejasbuenas/güeyesmamados que transmitan en MTV a la hora que vuestra merced sintonice el canal.

Podría mencionar joyas recientes del pudor informativo mexicano en las televisoras, como las tragedias producidas por terremotos, ídolos paraguayos con ojivas balísticas en la cabeza, niñas con capacidades diferentes encolchonadas, el niño Martí o la hija de Nelson Vargas.  Son todos casos similares que recordamos y para los que Televisa no mostró la mínima vergüenza y hasta ayudó a organizar aquellas farolísimas marchas para que las hijas del Tec se pasearan con sus recién comprados pantalones de algodón egipcio, pero prefiero recordar como ejemplo un caso más lejano: el mochaorejas.

Era tan extensiva, gore y alarmista la cobertura que Televisa (en ese tiempo mi abuelita se enojaba si le cambiaba "del dos", así que no sé si en las otras cadenas era igual) hizo del CASO DANIEL ARIZMENDI (A) "EL MOCHAOREEEEJAAAAAAS" que yo, con apenas ocho o nueve años, siendo un ferviente observante de la religión cristiana católica, apostólica y romana, me hice la costumbre de persignarme cada vez que abría la puerta de la casa.  Tenía un auténtico PAVOR IRRACIONAL a que el mochaorejas anduviera tras de mis diminutos pasos para secuestrarme, hágame usted el favor.  Por cierto: es la única superstición que conservo.  Me han dicho hipócrita por ello pero me vale.  Ya es una manía personal, como tantas otras, signarme antes de abrir la puerta de una casa.  Con la cobertura realizada con los otros casos mencionados más arriba no dudo ni un poco que haya muchos más niños comenzando a rezar antes de mover un dedo para salir de la casa.

El derecho a la información es un tema muy delicado y de trascendencia tan profunda como poco valorada.  Es una parte esencial para la formación de sociedades maduras y de sistemas políticos competentes con ciudadanos que sean capaces de regularlos para su propio beneficio (WÓRALEE).  Para empezar, y no es poca cosa.

Televisa, como empresa dedicada específicamente a lucrar con medios de comunicación masivos (con información, al final) tiene, teóricamente, la obligación de informar con veracidad, oportunidad, objetividad (discusión bizantina donde las haya, mejor no le piquemos a esa palabra), etc.  sobre hechos de relevancia noticiosa.  Esta responsabilidad no es, por supuesto, exclusiva de Televisa sino de, insisto, cualquier empresa de medios a la escala que sea.

La empresa en cuestión nunca ha realmente llevado a la práctica nada de eso.  Constantemente se ha ocupado de desmerecer el derecho a la información (y hasta a un entretenimiento ligeramente más higiénico para el pensamiento que cosas como Muévete u Otro Rollo, agregaría yo; pero gustos son gustos) que tenemos todos.  De una manera o de otra, así ha sido históricamente Televisa.  Es decir: no es una sorpresa.  Lo que me indigna de este caso en particular es que ahora, hipócrita y desveladamente, se asumen con tanta autosuficiencia y valemadrismo hacia todo lo que no sean ellos, que directamente se ponen en posición de falsa cautela hacia un seguimiento de noticia que nos interesa a todos.  Suena fuerte, pero se trata de VIOLAR (con carta institucional y todo de por medio) nuestro derecho a la información de la manera más obvia posible, sin las sutilezas de antaño.  ¿No?

As: El Trenecito - Tata Gervasio y el Conjunto Atardecer.

Atte: Juan Ramón.

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