domingo, 17 de octubre de 2010

Mi primera vez con un perro (perra, pues).

Antier, no recuerdo exactamente por qué, Kareve me dijo una frase quemada pero que tuvo repercusiones extrañas al día siguiente: "para todo hay una primera vez".

Siempre he sentido que soy una presencia agradable para la mayoría de los animales, excepto los gatos.  Hasta a los buenos mosquitos les gusta mi sangre.  De los que normalmente pueden hacer daño serio en la vida cotidiana, prácticamente ninguno es hostil conmigo.  Hasta ahora nunca me ha picado una abeja y, hasta ayer, nunca me había mordido un perro.

Había quedado de verme con mi papá en el centro.  Me levanté a temprano, me cambié... Incluso tuve tiempo para revisar tuíter y todo lo demás.  Salí con tranquilidad a recorrer la cuadra y media que separa mi casa del blvd. que tengo que cruzar para tomar el camión con rumbo al centro.  Llegando a la esquina de mi cuadra me detuve a saludar a una prima y una tía a las que tenía tiempo sin ver.  Me detuve porque no me reconocieron a primera vista (supongo que por la barba) y casi tuve que tropezarme con ellas para que me respondieran el saludo.  En los segundos en los que balbuceaba alguna tontería sentí un dolor medio gacho en el pie izquierdo.  Volteé y tenía a una perra pegada que, en cuanto vio que la vi, se fue.

Es una perra que he visto desde hace poco tiempo deambulando en esa esquina.  Me llamaba la atención que estuviera tan tetona y supuse desde siempre que estaba preñada.  Tiene una especie de caja ahí, en la esquina, que ( supongo) alguien le donó como refugio.

Después de dejar en paz mi jotil tobillo se retiró como si nada hubiera pasado a echarse en su bunker y se me quedó viendo con gravedad y flema.  Casi con indiferencia.  La misma cara que ponen esos animales cuando miran hacia ningún lado con las piernas cruzadas por delante.
Esta misma cara.

Mis parientes se mini escandalizaron.  Yo no sentí que hubiera sido tan grave, aunque me dolía.  Medio cojeando crucé el camión y alcancé camión a buena hora.  Llegué al kiosko justo a las 12:00.  Me puse a resolver el crucigrama del día, luego llegó mi papá.  Le dije que me había mordido un perro y que me llevara a la cruz roja para que vieran cómo diablos estaba y qué perros hacer.

Íbamos para allá cuando mi mamá me habló, como es su costumbre, histérica y gritando.  Le dije que se calmara, que según yo no era tan grave y que, de todos modos, ya íbamos rumbo a la cruz roja para que me revisaran y VIERAN QUÉ TAN PROFUNDA HABÍA SIDO LA MORDIDA.

Llegamos y, justo como pensé, no era nada que mereciera demasiada consideración.  Fue como si me hubiera dado un arañazo medio gacho con un clavo grueso, pero nada más.  Ni siquiera me estaba saliendo sangre.  Me lavaron la herida (creo que me dolió más que me estuvieran restregando con gasas impregnadas con sustancias olorosas y ardientes que la mordida misma), me pusieron una gasa y me recetaron antibióticos por siete días.

Mientras comíamos, volvió a hablar mi mamá con la misma actitud.  Le dije que se tranquilizara, que me habían dado pastillas y ya.  Que no era nada grave.

Cuando llegué a la casa, un primo me contó que había salido a ver qué escándalo estaba alterando la esquina (vivimos en la misma cuadra de la misma calle) y vio a dos patrullas y a mi mamá verdulereando.  Es en este punto en donde me empiezo a encabronar por cómo es mi mamá.  ¿Qué necesidad había de hacer todo ese quilombo por un simple rasguño?  También reafirmé una certeza sobre ella: escucha lo que quiere escuchar y cuando le conviene.  Siempre se justifica diciendo que está sorda.  Según ella yo le había dicho que mi herida era "profunda", tergiversando lo que puse en mayúsculas más arriba.  Aun así ¿qué tenía que hacer ahí la policía? ¿Para qué ir a hacer escándalo con gente desconocida de la misma colonia? Sé que debería estar agradecido porque mis familiares se preocupen por mí, pero... ¡Fue un rasguño!  Hasta eso cansa cuando es exagerado.  Supe luegoque la perra no estaba preñada, como creía, sino que estaba lactante.  ¡Mayor razón para justificarla! Pobre animal. 

Creo que, al final, la actitud de la perra y la de mi mamá fue exactamente la misma, pero la perra me rasguñó casi como advertencia para que no me metiera con su ecología y mi mamá, ante un estímulo parecido, hizo prejuicios sobre mi situación, lo exageró, y fue a buscar conflicto con semejantes.

Perros: 1.  Humanos: 0.
 CREEEEEEPY.

As: Sweethearts On Parade - Louis Armstrong.

Atte: Juan Ramón. 

lunes, 11 de octubre de 2010

De los pinches policías 2 (o La Gran Pérdida).

Todas las experiencias que he tenido con la policía de León han sido muy desagradables.  Creo que hay algo de inicio: representan todo lo que detesto.  El control, la disciplina, la cerrazón, la violencia, la ignorancia, las ganas de joder al próximo, el abuso de poder (porque autoridad no tienen ninguna, puercos), las corruptelas...  Todos conocemos bien ese campo semántico.  Una corporación que debería servir para protegernos a todos suele volcarse contra cualquiera que se les da la gana, tengan o no razones suficientes para hacerlo.  Son la encarnación más tangible del autoritarismo, de la barbarie más detestable.  Sus criterios suelen ser tan estrepitosamente estúpidos que pueden dejar asombrado al más distraído.

Pero para que este post no se vuelva uno de esos chorizos intragables que a veces espeto, mejor haré una enumeración de algunas experiencias que he tenido con los chotas y les dejo los juicios a los que me lean.

Aquí la segunda:

En segundo semestre convencí a mi mamá de que me comprara un iPod. En la materia de Sociología habíamos pagado, por iniciativa del maestro, unos podcasts como material didáctico.  El maestro nos pidió un reproductor mp3 como requisito de la clase y yo inventé que nos había exigido específicamente el de Apple.  Era muy dichoso.  Ya ni los viajes en camión se me hacían tan fastidiosos mientras estuviera escuchando música todo el tiempo.  Duré feliz y presumiendo el semestre entero.

El día del último examen final, organizamos una buena borrachera.  Recuerdo muy pocas cosas.  Por ejemplo, recuerdo que compraron whisky Label 5, que desde entonces me causa casi tanta reverencia como el "aguardiente" El Mecatito.  Lo que sé lo conozco por terceros.


Cuando ya me iba de la pachanga, me dio por correr como loco en medio de los bulevares.  Al parecrm una patrulla se percató de mi pequeño escándalo y nos interceptó al amigo que me acompañaba y a mí.  Nos revisó los bolsillos y mi morral.  Creo que nos dejó ir, pero en cuanto se fue yo seguí corriendo sin sentido.  Entonces me subió a la patrulla.  Todos mis amigos creían que había terminado en la Central de Policía e, incluso, le hablaron a mi mamá para que interviniera en el asunto.  No pisé CEPOL, pero tampoco sé cómo llegué a la casa.



Al día siguiente noté que ya no tenía iPod y se inauguró una de las penas más terribles por las que he pasado.  Casi fue como si se hubiera muerto alguien cercano.  Hasta la fecha sigo soñando que encuentro mi iPod de la misma forma en la que sueño, con frecuencia, que viven los muertos.
Ahí se ve el cable de los audífonos estrangulándome.  Y la cabeza flotante de un Bencho.

As: Nocturne #3 In B, Op. 9/3, CT 110 - Chopin.

Atte: Juan Ramón.

De los pinches policías 1 (o las fotografías más chafas de la historia).

Todas las experiencias que he tenido con la policía de León han sido muy desagradables.  Creo que hay algo de inicio: representan todo lo que detesto.  El control, la disciplina, la cerrazón, la violencia, la ignorancia, las ganas de joder al próximo, el abuso de poder (porque autoridad no tienen ninguna, puercos), las corruptelas...  Todos conocemos bien ese campo semántico.  Una corporación que debería servir para protegernos a todos suele volcarse contra cualquiera que se les da la gana, tengan o no razones suficientes para hacerlo.  Son la encarnación más tangible del autoritarismo, de la barbarie más detestable.  Sus criterios suelen ser tan estrepitosamente estúpidos que pueden dejar asombrado al más distraído.

Pero para que este post no se vuelva uno de esos chorizos intragables que a veces espeto, mejor haré una enumeración de algunas experiencias que he tenido con los chotas y les dejo los juicios a los que me lean.

Aquí la primera:

Cuando tomaba la clase de Fotografía, en el primer semestre de la carrera, normalmente aprovechábamos algunas clases para hacernos tontos tomando fotos.  Todavía me dan risa los de nuevo ingreso emocionándose con hormigas, ramas y charcos; cargando la cámara a todos lados.  Sobre todo porque yo era exactamente igual o peor.

Un buen día nublado, de los que se prestan para andar de pseudo artista fotográfico, se me ocurrió ir a tomar fotos a las "zonas residenciales" (eufemismo para "colonias de ricos") que rodean la parte no-estudiantil de la universidad.  Las mismas mamadas: charcos, animales, reflejos, nubes, contraluces, texturas sosas, insectos... A la hora de imprimir, todas las fotos resultaban una reverenda cagada y uno se daba golpes de pecho por haber malgastado el dinero de una forma tan estúpida, pero era divertido andar por la vida creyendo que algún día uno iba a tener una exitosa exposición de su obra fotográfica en el MoMA o algo así.

En ésas andaba yo, muy feliz, caminando en medio de las calles desiertas que caracterizan a las colonias que empiezan con la palabra "valle", "lomas", "jardines" o que incluyen la palabra "campestre" en su nombre.  Súbitamente me alcanzó uno de los policías en motocicleta que patrullan esas colonias.  Para aumentarle extrañeza al cuadro, recuerdo que en esa semana me dio la loquera de llevar puesto el uniforme de la Universidad, que sólo se usa en las prepas.  Como era primer semestre, no desentonaba tanto mi atuendo.  Me preguntó que qué estaba haciendo.  Yo, todo nervioso, le respondí que estaba tomando fotos para mi materia de Fotografía, que era alumno de la Universidad "de allá arriba", etc.  El tipo, aun con mi apariencia, no me creyó y pidió que le enseñara la credencial.  Fue ahí cuando recordé que, por despistado, había dejado el pedazo ese de plástico en la recepción del laboratorio de foto.  Un susurrante "putavergachingadamadre" me pasó por la mente.  Por suerte, también por mamón, en ese entonces cargaba todavía con una credencial de la preparatoria.  No mostré mucha debilidad y le enseñé ésa.  Si hubiera sido más observador y de verdad me hubiera querido joder se hubiera dado cuenta del truco, pero no.  Me dijo que fuera más discreto y ya.

¿De verdad me veía TANTO como un chalán de secuestradores?

Las fotos que tomé ese día son quizá las peores que tomé en toda mi vida, pero todavía las conservo.

Poco tiempo después me enteré por el periódico de una riña entre cholos en una colonia popular en la que mi mamá solía dar clases en las tardes hace algunos años.  Quemaron a un tipo vivo y la policía ni siquiera llegó mientras todo pasaba.

Esto lo recordé hoy, caminando por otra colonia fresa en compañía de Kareve:  vi dos patrulleros en menos de un minuto.

As: Coplas del Payador Perseguido.

Atte: Juan Ramón.