lunes, 11 de octubre de 2010

De los pinches policías 2 (o La Gran Pérdida).

Todas las experiencias que he tenido con la policía de León han sido muy desagradables.  Creo que hay algo de inicio: representan todo lo que detesto.  El control, la disciplina, la cerrazón, la violencia, la ignorancia, las ganas de joder al próximo, el abuso de poder (porque autoridad no tienen ninguna, puercos), las corruptelas...  Todos conocemos bien ese campo semántico.  Una corporación que debería servir para protegernos a todos suele volcarse contra cualquiera que se les da la gana, tengan o no razones suficientes para hacerlo.  Son la encarnación más tangible del autoritarismo, de la barbarie más detestable.  Sus criterios suelen ser tan estrepitosamente estúpidos que pueden dejar asombrado al más distraído.

Pero para que este post no se vuelva uno de esos chorizos intragables que a veces espeto, mejor haré una enumeración de algunas experiencias que he tenido con los chotas y les dejo los juicios a los que me lean.

Aquí la segunda:

En segundo semestre convencí a mi mamá de que me comprara un iPod. En la materia de Sociología habíamos pagado, por iniciativa del maestro, unos podcasts como material didáctico.  El maestro nos pidió un reproductor mp3 como requisito de la clase y yo inventé que nos había exigido específicamente el de Apple.  Era muy dichoso.  Ya ni los viajes en camión se me hacían tan fastidiosos mientras estuviera escuchando música todo el tiempo.  Duré feliz y presumiendo el semestre entero.

El día del último examen final, organizamos una buena borrachera.  Recuerdo muy pocas cosas.  Por ejemplo, recuerdo que compraron whisky Label 5, que desde entonces me causa casi tanta reverencia como el "aguardiente" El Mecatito.  Lo que sé lo conozco por terceros.


Cuando ya me iba de la pachanga, me dio por correr como loco en medio de los bulevares.  Al parecrm una patrulla se percató de mi pequeño escándalo y nos interceptó al amigo que me acompañaba y a mí.  Nos revisó los bolsillos y mi morral.  Creo que nos dejó ir, pero en cuanto se fue yo seguí corriendo sin sentido.  Entonces me subió a la patrulla.  Todos mis amigos creían que había terminado en la Central de Policía e, incluso, le hablaron a mi mamá para que interviniera en el asunto.  No pisé CEPOL, pero tampoco sé cómo llegué a la casa.



Al día siguiente noté que ya no tenía iPod y se inauguró una de las penas más terribles por las que he pasado.  Casi fue como si se hubiera muerto alguien cercano.  Hasta la fecha sigo soñando que encuentro mi iPod de la misma forma en la que sueño, con frecuencia, que viven los muertos.
Ahí se ve el cable de los audífonos estrangulándome.  Y la cabeza flotante de un Bencho.

As: Nocturne #3 In B, Op. 9/3, CT 110 - Chopin.

Atte: Juan Ramón.

5 comentarios:

El jero dijo...

hay una versión que afirma que ese día, más bien, esa noche probó la carne de prójimo y le encantó jajajaja.
Creo que esa fue la noche que después de dejar a alguien en la parada de los taxis de la salle y de regreso al depa del Vic se la hice de

El jero dijo...

(perdon, algo paso, ando bien aca.
Se la hice de pedo a un wey q estaba parado a fuera de su carro. Y de las mamadas que le decía el wey el joto se metió al carro y cerro puertas y ventanas.
Pinchi joto, ramón es joto.

El Compañero. dijo...

Nel güe, no fue ese día. Ese día que usted dice fue el de la Víc Vasca, que también fue en ese semestre y casi igual de memorable ja, ja, ja. Pero no fue ese mismo día.

Atte: Juan Ramón.

labatterie dijo...

Todos conocemos bien ese campo semántico.

paloma dijo...

jajaja yo hice lo mismo un ipod, pero pues loa abandone, jaja pero q tal a de ver estado la fiesta? jajaj ay juan ra lo q hace el alcohol jaja