martes, 30 de noviembre de 2010

De los pinches policías 3 (o La Confirmación).

Todas las experiencias que he tenido con la policía de León han sido muy desagradables.  Creo que hay algo de inicio: representan todo lo que detesto.  El control, la disciplina, la cerrazón, la violencia, la ignorancia, las ganas de joder al próximo, el abuso de poder (porque autoridad no tienen ninguna, puercos), las corruptelas...  Todos conocemos bien ese campo semántico.  Una corporación que debería servir para protegernos a todos suele volcarse contra cualquiera que se les da la gana, tengan o no razones suficientes para hacerlo.  Son la encarnación más tangible del autoritarismo, de la barbarie más detestable.  Sus criterios suelen ser tan estrepitosamente estúpidos que pueden dejar asombrado al más distraído.

Pero para que no se vuelva uno de esos chorizos intragables que a veces espeto, mejor haré una enumeración de algunas experiencias que he tenido con los chotas y les dejo los juicios a quienes me lean.

Aquí la tercera:


Mi primo Isaías, como yo, recibió el sacramento de la confirmación en la fe católica cuando ya no se creía ni una sola de las fantasiosas mentiras que los miembros de la iglesia reverencian.  Eligió como padrino a otro primo que, por diversas circunstancias, no pudo estar presente ni en las pláticas, ni en la ceremonia en sí.  Entonces fui yo el que tuvo que asistir a las dos cosas.

Hubo una noche en la que olvidé que al día siguiente era indispensable que fuera a las dichosas pláticas y me pasé la noche en vela, con una garrafa de Tres Cañas, viendo cosas en YouTube.  Ya en la mañana, obtuve la iluminación del santo espíritu y recordé que tenía que ir a esa cosa.  Me fui en vivo a casa de Isaías para irnos al templo.  Él vive en mi misma cuadra y el templo está como a dos, así que tampoco había demasiada premura.  Supongo que por eso lo encontré todavía en pijama.

En el templo apenas aguantamos un rato ese lenguaje tan espantoso que utilizan los adoctrinadores profesionales para tratar de convertir a gente normal en chicos misioneros-cuaresmales-quecantancosasdediosconguitarras.  Después de la mayor cuota de estoicismo de la que fuimos capaces, preferimos ocupar vagando todo el rato que iban a durar esas porquerías.  Fuimos por el otro primo que siempre salía con nosotros: Eliseo; pero antes de pasar por él le pedí a Isaías que me acompañara a la tienda de alcohol más cercana para comprar una nueva garrafa de Tres Cañas, pues ya me había acabado la anterior viendo pendejadas en la madrugada.

A Eliseo llegamos casi casi a levantarlo de la cama, pero no pudo ponernos pretextos para no salir porque todos los seres humanos sabemos que los sábados en la mañana sólo se ocupan para ver caricaturas o películas del santo cuando uno es niño.

Después de pasar por Eliseo, vino el problema de adónde ir.  Era muy temprano y ninguno de nosotros teníamos ganas de ir al centro.  Decidimos hacer algo que no hacíamos desde hace años: ir a la vía del tren.  Nuestra colonia está bastante cerca de la estación, así que "ir a la vía" no nos engendra problemas mayores a ser asaltados o cualquier otra cosa a las que uno se arriesga en estos días con el solo hecho de salir de casa.  Llegando a la vía, caminamos a la estación.  Ahí nos sentamos a ver pasar el tiempo y, mejor: a ver perros (que esos sí se ven de al devis).

Admiramos con atención las surtidas y siempre supremas poses con las que viven su vida los perros.  No importa si son "de la calle" o no: no conozco ni una persona con un céntimo de estilo del que tiene cualquier perro.  Así estuvimos: comentando fascinados tonterías sobre la superioridad canina.  Se nos fueron las horas hasta que recordamos que Isaías tenía que pasar lista en La Sagrada Familia (así se llama mi parroquia).

Íbamos regresando a la casa por el rumbo de la Plaza de Toros.  En eso vimos una patrulla nueva, con torretas muy nice y toda la cosa.  Les dije a mis primos:

--¿Ya vieron?

--Pinches rateros.  En vez de usar el dinero en cosas útiles lo usan para sus pinches patrullas, hijos de la chingada--respondió Eliseo.

--Imagínate que ahorita se dé de reversa y te cargue--agregó Isaías mientras volteábamos los tres a ver de nuevo a la patrulla y notábamos que Isaías no lleva ese nombre nomás porque sí.

El patrullero nos pidió primero que vaciáramos nuestros morrales y yo sentí cómo la sangre se me subía a la cabeza, la taquicardia y todo lo demás que pasa cuando los nervios se alteran.  Desde entonces supe que es bueno cargar siempre con muchos libros.  Ese morral tenía dos compartimentos: siempre metía la garrafa en uno y traía el otro retacado de libros, libretas o cualquier otra ñoñería.  Me hice el loco y sólo vacié la parte de los libros.  Mis primos no tenían nada que ocultar.  Aun así, nos manoseó a los tres y nos interrogó:

--¿De dónde vienen?

--De la vía--dijimos.

--¿Qué hacían ahí?

Por un momento pensé responderle "viendo perros", pero creí que eso podría empeorar la suspicacia; y los policías no se distinguen por su sensibilidad hacia las formas de vida ajenas a la suya.  Después de un breve pero muy incómodo silencio, a Isaías se le ocurrió la respuesta más sensata:

--Dando el rol.

Nos hizo sacar la lengua y nos olió los dedos y el aliento.  Mi en ese entonces omnipresente y delicada fragancia a charanda barata hizo que se me quedara viendo feo pero, antes de que me dijera algo, repliqué:

--Es que ando crudo.

--¿Andas crudo?-- preguntó, mientras a mí se me revolvían las tripas pensando si todos los policías son sordos o nada más les gusta parecer más pendejos de lo que ya se ven.

--Sí, ayer fui a una fiesta.

Nos preguntó nuestros nombres y nuestra dirección.  Jamás he entendido por qué interrogan, manosean, cachean y a veces hasta detienen sin razón a la gente que, usando su apestoso léxico, no "trae broncas".  Lo único que hicimos fue ver su maldita brand new flamante patrulla.  Nada más.

Llegamos a tiempo para que Isaías pasara lista y en el día de su confirmación nos la pasamos riendo de la anécdota de aquel día pero, sobre todo, de lo graciosos que son los rituales católicos.

Atte: Juan Ramón.

4 comentarios:

Kareve dijo...

El poli les olió los dedos???? wtf!!!?? me recordaste la primera vez que me bolsearon en la oruga (¿te acuerdas que te conté?) y el policia me dijo que yo tenia la culpa por traer morral abierto pffff y hasta se enojó y me regaño a mi! aparte se notaba a leguas su analfabetismo, estaba viejo y chimuelo y le terminé pidiendo $6 para poder irme a mi casa. Los perros son los dueños del universoooo. Karla. :)

El Compañero. dijo...

Sí, nos olió los dedos a los tres y nos hizo sacar la lengua.

Claro que me acuerdo de el atraco. Fue prácticamente la primera cosa de la que platicamos en persona 8) Me recordaste a una vez que un policía con la descripción que tú das le preguntó a mi mamá que si yo era su esposo :S

As: Blowin' In The Wind - Bob Dylan.

Atte: Juan Ramón.

labatterie dijo...

Llegué temprano al centro para alcanzar a bolearme los zapatos y comprar un mezcal porque.

Anónimo dijo...

Eso qué, goey. No mames. Estás para la chingada. Mejor pícate la nariz.