viernes, 7 de octubre de 2011

Beware.

Muchas personas creen que tienen que estar enteradas de todo y ganar las discusiones a toda costa.  Crean polémicas donde no las hay solamente para demostrarle a los demás que ellos tienen la razón en éste o aquel asunto.

No suelen tener ideas propiamente dichas, sino un nutrido cargamento de frases hechas, consignas y tarabillas que sueltan como metralla sin que nadie se los pida.  Creen estar dejando claro que todos los demás somos vulgares ignorantes sin algo que decir sobre nada.

Cuando su contrincante (real o adecuado a la ocasión) demuestra dominio suficiente sobre el tema que ellos decidieron sacar en ese momento, se retuercen como lombrices y recurren a todas las falacias conocidas.  De hecho, son un buen manual para estudiar lógica argumentativa. Sólo hace falta maniobrar con destreza sobre uno de los temas en los que ellos se sienten autoridades divinas para exprimirles hasta la última gota de estupidez que uno puede esperar de un diálogo entre seres humanos, junto con todas las argucias tramposas que prevería cualquier manual de retórica.

Esta descripción corresponde con facilidad a cualquier pedante que trate de meterse con nerviosismo en alguna plática, pero lo realmente peligroso de quienes hablo es que, aprovechándose de la ignorancia ajena, suelen estar en puestos de supuesta autoridad, desde donde tienen el púlpito y los feligreses necesarios para  realizar lo que siempre han necesitado: que los reconozcan como una clase superior a la de los simples terrícolas.

Algunos terminan ejerciendo como ministros religiosos.  Otros varios solucionan su vida volviéndose charlatanes y, por lo que me ha tocado ver, el grueso de esta gente terminan de profesores o políticos.  Puestos en los que, aparte de la autoridad que se autoproporcionan, tienen la que las organizaciones les dan.  Peor: tienen poder para que esa falsa autoridad tenga efectos tangibles en tus calificaciones, tu trabajo, tus planes de vida, tus preferencias (incluso las sexuales) y, en resumen, tu vida.

Ya están ahí y seguirán estando.  Hay que tener cuidado.

As: Java - Juan Cedrón.

Atte: Juan Ramón.

lunes, 3 de octubre de 2011

Fugaz.

Estaba viendo los bailes del Festival de Danza Folklórica junto con Kareve, enfrente de la casa de la cultura.  Prendí un cigarro y casi inmediatamente llegó un cholo con el pelo al ras y diseños de estrellas rapados en él.  Como no podía o no quería hablar, me hizo señas para que le regalara un cigarro.  Me dio flojera prender otro y le di el que apenas había comenzado.  De una planilla de calcomanías sacó dos.  A ella le pegó la que decía "ERES MI FANTACIA" (sic) y a mí la de "Contigo hasta el Fin" (sic).  Luego se fue.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Una mera curiosidad.

Resucité mi viejo fotolog nada más porque ahora tengo muchas más fotos propias que nunca.  Es un vergonzoso archivo de intimidades y tests estúpidos que me llegaban, especialmente de cuando tenía veinte años o menos (por algo se llama "moncho 17", qué horror).  Por suerte sé que a casi nadie le interesa.

Éste es el enlace: http://www.fotolog.com/moncho17  (Antes incluso estaba en la lista de links de la derecha).

La primera de muchas cursilerías que desfilarán de nuevo por ahí.  
Atte: Juan Ramón

miércoles, 14 de septiembre de 2011

El viejo corral.



Por supuesto que yo no recuerdo los tiempos casi mitológicos en los que -cuentan- la vida era más sencilla, de campo, por estos rumbos.  No hay modo de que recuerde pozos de agua al aire libre, patos, hortalizas, calles y pisos de pura tierra, mulas, carretas, chivos, etc.  Si embargo, recuerdo bien otras cosas y también he sido testigo de algunos cambios.

Todavía recuerdo que en el patio de mi casa había muchos animales.  Era un corral en el sentido literal y le seguimos diciendo así tal cual: "el corral", aunque ya sólo lo habiten ratones, alacranes, grillos, gatos furtivos y tortugas en una tina con agua.  Antes había un chiquero con puercos que me daban un poco de miedo pero también me fascinaban.  Muchos gallos y gallinas se correteaban por todos lados.  En cuanto a plantas, parecía una selva.  Sigue habiendo mucha vegetación, pero ya más domesticada en macetas.  Había una zona a la que mis primos y yo llamábamos "el otro corral" porque daba un poco la impresión de estar apartado de todo lo demás.  Me gustaba mucho jugar ahí, aunque era el lado más peligroso.  Estaba lleno con montones de más de metro y medio, de fierros viejos y cacharros oxidados.  Había hasta una estufa pequeña que utilizábamos para jugar a la casita.  Me encantaba encaramarme a las montañas de chatarra para husmear y descubrir artilugios raros, aunque nunca supe para qué servía la mayoría.  Después de todo estaban arrumbados y nadie los usó jamás, pero a mí me iban de maravilla para jugar a lo que fuera que se me ocurriera.

Diez años antes de ver una película de Indiana Jones por primera vez, uno de mis juegos favoritos era el de  buscar tesoros.  Aunque para mí no era ningún juego: estaba convencido de que en alguna parte de la casa (el corral era el lugar obvio para cometer mi cruzada) había una fortuna oculta por alguien mucho tiempo atrás.  Recorrí todo el lugar hurgando y escarbando hasta que por fin hallé una caja vieja de madera que no tenía nada dentro pero que satisfizo mi búsqueda del tesoro.  Todavía la conservo y uso.

Hacia el 95 mi mamá empezó a hacer la primera de innumerables remodelaciones a la casa y empezó por el corral.  De esa manera me fui despidiendo de la cordillera de fierros viejos, de los animales, de las plantas creciendo por sin ningún lado y de muchas de las cosas que me encantaban de ese lugar cuando era niño.

Todo lo que el viejo corral le dijo a mi infancia se ha perdido de uno u otro modo en el ámbito físico del lugar que habito, pero ha perdurado en mí en la medida en que forma parte de lo que yo entiendo por vivir.  Vivir feliz; vida donde el juego, por pueril y fantasioso que sea, termina por descubrirnos tesoros.


(Todas las fotos son mías).

As: Levitate Me - Pixies.

Atte: Juan Ramón.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Babosadas que pueblan mi cuarto.


  Como anoche no podía dormir, me puse a buscar mi guante de billar.  Apenas comenzaba  la búsqueda cuando di con el caballito y me pregunté si todavía serviría.  Lo tengo desde hace como diez años y su chiste es que si le pones una pila en la panza y le subes la cola es capaz de caminar de forma autónoma.  Según yo ya no funcionaba, pero carezco de pilas útiles en mi cuarto para comprobarlo y fue hasta que lo tenía todo despanzurrado cuando se me ocurrió la genial idea de ir por una del control de la tele.

  Ya había conseguido mi ansiada somnolencia pero tuve que desarmar y volver a armar al puto caballo varias veces debido a errores minúsculos que arruinaban toda la operación.  En determinado punto pude hacerlo funcionar perfectamente y debí haberlo dejado por la paz en ese momento; pero me habían sobrado como tres tornillos y la necedad no me permitió darme por vencido.  La última vez que lo armé ya no quiso funcionar y terminé rompiéndole una pata por accidente.  Ahora respeto mucho más a todos los relojeros del mundo.  Si manosear las piezas de un pobre caballo de juguete es UNA CHINGA, no quiero ni pensar en la joda de los que mantienen funcionando al Big Ben o algo así.

No me quiero deshacer de él, pero eso es lo que hacen con los caballos fracturados en las películas (y en las canciones de Bronco) :(



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Elizabeth se fue a la playa y lo único que me trajo fue una pinche langosta con un imán en el vientre que terminó pegada en una lata de mi escritorio.  A Kareve le trajo una taza para su adicción compartida: el café.  Discriminan, pues, a quienes encontramos más disfrute en un vaso de agua que en un menjurje de color sospechoso que además te quema la lengua y te hace ver colores cuando cierras los ojos.

El camioncito también es una lata (literalmente) y originalmente contenía unos dulces muy sabrosos.  Ahora lo uso para tener algunos papeles a la mano.

El caleidoscopio con vestido Pollock me lo hizo Kareve y lo quiero mucho más que a la mayoría de las cosas que tengo.



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¿Apoco no rifa este tecolote? Era de los que mueven la cabeza con el aire, pero ahora la tiene eternamente inclinada hacia adelante. Como ya está muy viejo, lo tendría que someter a una delicada intervención quirúrgica para librarlo de sus afecciones en el pescuezo y la experiencia con el caballo me dejó lo suficientemente nervioso como para no volver a meterle mano a otro de mis tiliches en un buen rato.


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No recuerdo si alguien me dio esa piedra o yo la recogí.  Tampoco recuerdo por qué me pareció buena idea tenerla en un librero.

El monito es el único sobreviviente de una amplia colección de sellos que trollearon las hojas de mis libros para colorear (hace mucho tiempo de eso, como podrán imaginarse).


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La máscara de coyote es una cuatro ojos amiga de todos los niños asustadizos.

El dibujo fue el regalo artesanal de una ex novia para mi cumpleaños 18 o 19 (no recuerdo bien).  También fue el  pretexto para uno de los episodios de patanería machista más detestables que tuve con ella.


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Quise compartirles las formas de rosetón de catedral LaVeyana que uno ve cuando se asoma al caleidoscopio que Kareve me hizo pero es muy difícil y sólo salió esto:




As: Bullet With Butterfly Wings - The Smashing Pumpkins.

Atte: Juan Ramón.

lunes, 29 de agosto de 2011

De Los Pinches Policías 5 (la última y nos vamos o "porque me los quiero chingar")


Todas las experiencias que he tenido con la policía han sido muy desagradables.  Creo que hay algo de inicio: representan todo lo que detesto.  El control, la disciplina, la cerrazón, la violencia, la ignorancia, las ganas de joder al próximo, el abuso de poder (porque autoridad no tienen ninguna, puercos), las corruptelas...  Todos conocemos bien ese campo semántico.  Una corporación que debería servir para protegernos a todos suele volcarse contra cualquiera que se les da la gana, tengan o no razones suficientes para hacerlo.  Son la encarnación más tangible del autoritarismo, de la barbarie más detestable.  Sus criterios suelen ser tan estrepitosamente estúpidos que pueden dejar asombrado al más distraído.

Pero para que no se vuelva uno de esos chorizos intragables que a veces espeto, mejor haré una enumeración de algunas experiencias que he tenido con los chotas y les dejo los juicios a quienes me lean.

Aquí la quinta, última y peor:

¿Usted se llevaría detenido a este humilde e inocente servidor de la viña de señor?


La noche comenzó con una lata de Coca-Cola.  Estaba platicando con mi novia de ese entonces en la entrada de la universidad, cuando la lata pasó por encima de nuestras cabezas, se estrelló en la reja y fue continuada por gritos y una desbandada de personas detrás de nosotros.

Me costó trabajo localizarlos, pero luego de despedirme di con mis amigos, que estaban cenando tacos cerca de ahí.  Resultó que uno de ellos había sido el terrorista de la lata y el grito que yo no había podido distinguir había sido un fino, elocuente "¡De mi tragan, putos!".  Supongo que esto es suficiente para ilustrar que mientras yo andaba de mandilón, mis amigos se ponían una épica pachi-peda a la que ya no tardé más en unirme.  Fuimos por caguamas y por mi fiel tri-cañé (a.k.a. "Tres Cañas", una charanda de 14 varos que ya no venden aquí).  Después de un rato llegó la hora de renovar las provisiones alcohólicas.

En el brevísimo camino rumbo al carro que nos llevaría al supermercado llegó la primera patrulla, luego una camioneta, etc.  La mayoría de mis amigos corrieron a la casa donde estábamos y de los que nos quedamos afuera, sólo uno tuvo el ánimo de confrontar a los chotas y preguntarles qué habíamos hecho para que  llegaran haciendo semejante escándalo.  La respuesta ofrecida, acorde al tono amable y considerado que siempre tienen los protectores de la ciudadanía leonesa fue: "porque me los quiero chingar".  Lo único fuera de lo normal que teníamos era mi garrafa de 3 cañas, que había tenido la intención de llevar al carro para echar tragos en el camino.

Y nos cargaron.  Nada más a otro compañero y a mí.  Otro amigo los intimidó identificando sus nombres y números de placa.  Supongo que por eso a él lo dejaron.  Los otros dos éramos demasiado pacíficos como para ponernos al tú por tú con uno de esos puercos.

A mí me esposaron de una mano, mientras que a mi otro compañero lo esposaron de las dos, como crucificándolo.

Todo el camino se fueron burlando de nosotros; frenando intempestivamente para que se nos apretaran las esposas, etc.

No sé por qué, nos llevaron al mirador de San Juan Bosco y nos cambiaron de vehículo.  Nos subieron a una "perrera" cargada de cholos y nos trajeron paseando otro buen rato por no sé dónde.  Los frenones fueron peores en este segundo recorrido y ahora eran los cholos los que jodían, en especial a mi compañero, diciéndole cosas como "dame dinero gordito"o "dame pa' salirme", que lo orillaron a esconderse la cartera en los huevos, según me confesaría después.

Llegamos a CEPOL al fin, después del largo paseo.  Justo cuando me estaban preguntando mis datos, vi que uno de mis amigos estaba ahí dentro discutiendo con alguien.  De repente nos dijeron que ya nos podíamos ir y nos guiaron a la salida.  Mis otros amigos habían pagado la multa y así, la arbitrariedad de nuestra detención fue directamente proporcional a la rapidez con la que pasamos por los separos.

***

Estoy más que seguro de que la inmensa mayoría de los integrantes de las clases populares de León han tenido experiencias similares (y mucho peores, por supuesto) a las que me han sucedido a mí y que les he narrado en este blog.  Porque además estos guardianes del orden son bastante selectivos en lo que a color de piel o zona económica de la ciudad se refiere.

Para serles sincero, no creo llegar a vivir lo suficiente como para ver mejoras en los aspectos que nos avergüenzan de la cultura y vida nacionales.  Ni siquiera en un aspecto tan elemental como los cuerpos de seguridad.

As: Yola My Blues Away - Skip James.

Atte: Juan Ramón.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Post chiquito y nostálgico.


Recuerdo que con esta canción traté de musicalizar el único intento de podcast que he hecho.  Era una plática con un borracho sin hogar bien buena onda a quien había conocido algunas semanas antes de grabarlo.  Se llamaba Lorenzo y me gustaba platicar de todo con él.  De noche se sentaba en la Plaza de Cervantes (¿sí se llama así?), frente al Teatro Doblado para tomar tranquilo su mezcal El Mecatito.

Dudo que alguien haya oído ese intento fallido de podcast y no sé si alguien lo conserve.  Yo no lo hago, aunque sospecho que lo tuvieron por lo menos tres personas  (una de ellas el que esto escribe).

A Lorenzo lo dejé de ver por el centro de buenas a primeras.  Sospecho que se murió.

Atte: Juan Ramón.

martes, 23 de agosto de 2011

Billares del centro.

Nota: entrada larga.




La primera vez que jugué billar fue porque estaba enamorado de la prima de mi mejor amigo, quien fue también la causa de las únicas cinco veces que falté a la secundaria sin estar enfermo.  Ella estudiaba en la ETI (Escuela Secundaria Técnica 1), en el centro de la ciudad, así que me bajaba del camión en la cercana Av. Miguel Alemán, mucho antes de llegar a mi secundaria del Coecillo.  El objeto de esa negligencia académica de aquel entonces era quedarme aplastado en una banca afuera de la ETI tocando la guitarra para ver si alcanzaba a ver a la ya mencionada prima o incluso platicar con ella.  El objetivo se cumplió todas las veces.

En una de ésas salió junto con un montón de compañeros suyos antes de que terminara el día de clases.  Para lo que se estaban echando la pinta era para ir al "Club Diamante", que está como a una cuadra de la ETI.  Los seguí con reservas pues, para empezar, la entrada al lugar parecía más de casa de citas que de ameno billar de adolescentes pinteros.  Tenía como tres o cuatro pisos y al que los acompañé fue al último.  El lugar estaba lleno de viejos caramboleros y tenía sólo unas 4 mesas de pool para los despistados que se pasaban el piso anterior, que era en donde había música a todo volumen y no mesas de carambola con viejillos sombrerudos.  Mi amor de verano primavera y yo nos sentamos en una banca a hacernos güeyes (las costumbres arraigadas se cultivan desde temprano) mientras los demás se entretenían en las mesas.  En cierto punto nos llegó el turno de jugar y aguantando estoicamente las humillaciones que propiciaba mi ineptitud (recuerden que estos eran los tiempos universalmente humillantes de la secundaria) jugué mi primer partida de pool.

Aunque no sabía muy bien de qué iba todo, no se me quitó la curiosidad por ver qué tan entretenido era en realidad todo aquello.  Así, pronto le pedí a la prima con la que más me juntaba entonces que me acompañara.  Pronto le empezamos a agarrar el gusto de verdad al juego y prácticamente cada tarde pasaba por ella para ir al Club Diamante.

Nos íbamos siempre hasta el último piso al que había ido la primera vez.  La mayoría de los que jugaban eran los mismos ancianos jugando carambola que vi durante años siempre que fui a ese lugar.  Pocas veces había gente de menor edad que no fueramos nosotros y, aunque no jugábamos carambola, llegamos a llevarnos bien con los parroquianos de siempre.

En ese entonces quería agotar las posibilidades de cualquier cosa nueva que experimentara. Así consumí la mayor cantidad de marcas de cigarrillos que pude, recorrí con un amigo todas las tiendas de discos del centro y también pasé por muchos de los billares de aquel entonces en esa misma zona.

La búsqueda del billar que mejor combinara precio y ambiente me llevó al Círculo Leonés Mutualista de la calle Madero, en donde por muchos años mantuvieron la tarifa de $8 la hora en sus mesas de billar.  La mayor parte de las veces que fui, especialmente al principio, no había nadie más jugando ni pool ni nada.  Los tacos estaban muy chuecos y las mesas (como todo lo demás, incluido el edificio) muy viejas y desvencijadas.  Pero el precio era bueno y no había música idiota ni gente que quisiera ponerla.  Al principio había una o dos mesas de carambola que nadie usaba porque a los viejos del Círculo Leonés les gusta mucho más ir a jugar ajedrez o dominó.  Un día a mi prima y a mí se nos ocurrió pedir un ruedo de tres bolas para ver qué tal nos iba.  Por supuesto, nos fue terrible.  Tanto así que un viejo que estaba al otro lado del ventanal que da a la sala principal comenzó a burlarse cruelmente de nosotros después de ver nuestras jugadas por poco tiempo.  Cuando descubrí al Círculo Leonés comencé a jugar más y mejor.  También reservé a los otros billares (hasta al Diamante) para ocasiones especiales.
Foto actual de la sala principal del Círculo Leonés Mutualista.  Est. 1901.

Cuando no entraba a jugar, entraba a hacer lo que yo llamo "intercambio de líquidos" al baño.  O sea, vaciar bebidas alcohólicas fuertes en recipientes inocuos sin ser visto para pasármela bebiendo en la calle sin ser molestado; especialmente en latabotellas.  Nunca me cobraron porque el cuidador me conocía de casi diario, por años.  Algunas veces también usé ese lugar para lo que está diseñado.

Invité ahí a prácticamente todo el que se dejara, en todas las ocasiones posibles.  Por ejemplo: mi primera "cita" con esta loca fue una ida al centro en el carro de un buen amigo con latabotella y mezcal incluido, aun conociendo el hecho de que ella no sabía ni le interesaba aprender a jugar.  A mis amigos les atraía el precio de la cerveza ($11) y las buenas micheladas que hacían.  Por desgracia, a un puberto bobalicón se le ocurrió emborracharse un día ahí con dos cervezas, su mamá se molestó con los del lugar y ya no pudieron vender alcohol otra vez.  Hasta pusieron letreros que prohibían introducir bebidas alcohólicas, cosa que a mí nunca me importó.  Después algunos adultos bobalicones aprobaron leyes anti fumadores que le quitaron un poco de ambiente a los billares.  Todos se preocuparon por poner letreros de no fumar, pero por fortuna no a todos les importó cumplir con la norma.

 La mano que comenzó el juego es mía y la foto la tomó Ruy, mi enemigo mortal, en el Círculo Leonés.


Ya desde entonces también me di cuenta de que los que suelen acudir a los billares son varios grupos de personas bien diferenciados entre sí.  Primero el grupo hegemónico: los darketos de billar.  Usan todas las señas de identidad exterior que los ubican como darkies (las greñas de araña, las cadenas y adornos como de mariachi, el terciopelo, las mochilitas de ataúd, el maquillaje, las puffy shirts...) y or más variedad que haya en los tocadiscos, cuando entres a un billar dominado por este subgrupo sabrás que es así porque desde varios metros antes de entrar puedes escuchar a Bunbury, solista o con Héroes, y así seguir por unos 20 minutos.  Después lo más probable es que pasen a otros veinte minutos de la finísima banda El Tri, para cerrar su hora de mesa con los últimos y sofocantes veinte minutos de Caifanes/Jaguares.  Hay algunas concesiones en el orden y puede que, por error, hasta pongan otra cosa de calidad nunca demasiado alejada del canon tradicional de estos sujetos.

La célebre puffy shirt de Seinfeld, para que se den una idea de lo que digo.

Para más señas: son la misma clase de inadaptados que cuando van a algún bar con banda en vivo siempre gritan "¡LA CHISPA ADECUAAADAAAAAAA!" o "LA CÉLULA QUE EXPLOOOOTAAAAAAA!" y luego las corean con los ojos cerrados.  Son los que les escriben el repertorio a los güeyes de colita que se suben a cantar "rock" a los camiones.  A esta advocación también se le conoce como "darketo de bar".

Luego están los caramboleros veteranos.  Seguramente fueron los "vagos" de su época de juventud y, con el tiempo, lo único que les siguió gustando de sus pasadas diversiones fue la carambola.  También juegan pool a veces, con absoluta maestría.  Pero en donde realmente pueden demostrar qué chicharrones truenan más es en el arduo cálculo de las tres bolas.  Asisten eternamente al mismo billar y siempre serán los mismos hasta que sean sustituidos, conforme se mueran, por los señores que todavía no llegan a su nivel de vejez y reatez para el juego, pero que pronto serán el relevo generacional que perpetúe la tradición.  Siempre se parecen y hablan del mismo modo aunque sus billares habituales estén a kilómetros de distancia.

Después están los cholos y vagos verdaderos, quienes están concentrados en ir a jugar y hacerlo bien.  Normalmente su modo de juego es una forma de brutalidad primitiva mezclada con las tanteadas finas que impone la práctica constante.  Saben cómo, dónde y cuándo pegarle a las bolas, pero les fascina hacerlo más recio que cualquiera.  Entre más fuerte les peguen, mejor.  Entre más suenen, mejor todavía.  Esto se demuestra especialmente en el tiro de apertura.  Sospecho que son los principales responsables de que las bolas de todos los billares estén cascadas.  Acostumbran jugar apostando.

Hay un subgénero reciente que avanza insistentemente.  Viste como reggaetonero/jerseyshorero wanna be (con playeras que se les pegan a la panza, alhajas de pasta con diamantina plateada y pelos parados) y solamente van a lucirse con las mujeres despanzurradas y llenas de estrías que les acompañan.  Puede que algunos sean buenos jugando, pero ésta no es su característica definitoria.  Ésa es, más bien, el hecho de que se esté oyendo lo que se esté oyendo, cuando ellos llegan tiene que dejar de oírse y todos los demás tienen que soportar música grupera o de banda durante la siguiente hora.  Desde la dupla Bukis/Temerarios hasta las peores bajezas del duranguense y "La Tronadora-Arrolladora-Vergadora-Papanatadora el regreso".


***

El tiempo pasó y ya nunca volví a jugar billar con tanta frecuencia como antes.  Las conversaciones de mezcal en las bancas del centro sustituyeron al gusto por las mesas y ahora sólo iba muy de vez en cuando.  Pero incluso así, tenía confianza en que todo estuviera más o menos igual para cuando se me antojara ir a los lugares que acostumbraba.  Pero todo cambia (hasta los billares del centro) y yo sigo resistiéndome a hacerlo.

La semana pasada fui con Kareve al centro y como casi no teníamos tiempo decidimos que estaba bien ir a jugar billar a algún lado.  Mi primera reacción fue llevarla al Círculo, hasta que recordé que apenas unas semanas atrás un primo me había contado que ya no había billar ahí.  El pasillo de las mesas estaba cerrado.  Tampoco dejaban pasar a los baños; ni siquiera pagando.  Decidí llevarla al Diamante.

Para empezar, la puerta como de casa de citas ya no existía.  Ahora había una más amplia y, por lo menos al principio, con nuevas escaleras.  Después de unos cuantos metros hacia arriba todo seguía como antes.  Pero algo no me cuadraba: había letreros en las paredes de "pool hasta el último piso".  Mal augurio.  Se supone que ese piso era el de los viejos caramboleros con apenas unas mesas de pool.  Yo subía hasta ese piso precisamente porque estaba vacunado contra los gruperos, chicos cool, cholos, pseudo roqueros o darquetos de billar que molestaran con su música o su mera presencia.  Mi mal presentimiento se volvió certeza cuando, al acercarme, comencé a escuchar a Búnbury.  Aparte, ya estando ahí, nadie se acercó a atendernos.  Justo cuando nos íbamos, alguien se acercó y elegimos mesa.  El orden de la música después de la sarta de Bunbury siguió así: El Tri, una banda punk española que no sé cuál sea y (cuando ya casi nos íbamos) música de banda.  Ya no sé si volveré a jugar billar en el centro de nuevo.

As: Stormy Weather - Pixies.

Atte: Juan Ramón.

domingo, 24 de julio de 2011

Sobre música empolvada.


Dicen que el jazz es un género de versatilidad infinita y por lo tanto capaz de abarcar a las infinitas variaciones en el ánimo. Se dice que el blues está basado en un esquema cercano a la inmovilidad, aunque no por eso carece de sutilezas que —por otro lado— lo han llevado a ser también un estilo inabarcable.

Incluso con las dificultades que puedan presentar para asimilarse, ambos géneros comparten una resonancia profunda y accesible.  No es casualidad que los cantos de los antiguos esclavos puedan sostenerse en pie y hacer vibrar las emociones de hoy: son sufrimiento extremo elevado al carácter de arte universal.  Son el lamento hecho júbilo, la desdicha convertida en el primer material de un baile gozoso que repite sus pasos sin cansarse nunca.  (El blues y el jazz extienden sus ramas desde las raíces más primitivas del miedo y la desesperación)

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 Uno tendría que ser imbécil para negar el genio de nombres eternos como Charlie Parker o San John Coltrane —profetas iluminados por el ardor de una vida que no por pasajera dejaron de eternizar en música. Pero en el oído atrofiado por escuchar todo el tiempo a "La Trakalosa" y similares, las libaciones de ambrosía que nos dejaron artistas como los mencionados difícilmente podrán superar la categoría de fondo para las horas muertas en la sala del dentista.  Es estéril tratar de criticar —ya no digamos remediar— esa actitud aquí y ahora. Lo que digo, al fin, no va dirigido a esas orejas. Va para los que saben que el jazz provoca una secreta complicidad entre sus escuchas frecuentes; que su consumo tiene mucho de saber iniciático, de sabiduría enterregada.  Para los que alcancen a percibir lo que sus tonos tienen de fantasmal y diabólico.  Los demonios que conjura un solo enloquecido de trompeta o saxofón no suelen ser amigables, pero el alcance de esta música no estaría completo sin su propia región de espectros. Un arte que recorra almas no puede soslayar que están amasadas en contradicción.

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Cuando escuchamos a Skip James o a Robert Johnson ahuyentar ánimas o mujeres participamos, sin apenas darnos cuenta, en un ritual de comunión con los viejos padres del mundo, estamos acudiendo al encuentro con lo más elemental de nosotros mismos a través de otros.  Alan Moore dice que el antiguo papel del chamán en las tribus primitivas ha sido tomado hoy por el artista que, usando los símbolos propios de su oficio, también produce un cambio en la configuración de las consciencias.  El trance que pueden inducir un puñado de discos empolvados por sótanos pacientes no tiene nada que envidiarle al de cualquier mago vudú, o al de un aleluyo envenenado de fe.

lunes, 30 de mayo de 2011

Viacrucis de Chapalita.


Nunca había podido ir a ningún viacrucis, procesión o cualquiera de esas cosas que se acostumbran en semana santa.  Sólo a veces, por tv, veía el viacrucis de Iztapalapa, que no dejaba de ser una opción más de la tv abierta en esos días, junto con los veinte peplums de siempre y los homenajes a Pedro Infante.

Aun así, siempre había querido asistir a uno.  Antes por devoción, ahora sólo por curiosidad.  Este año aproveché que Kareve vive justo por donde se hace uno de los viacrucis más tradicionales de la ciudad y desde hace meses quedé con ella para acompañarla a tomar fotos.

Mi ídolo.

Desde que iba caminando rumbo a casa de Kareve, al pasar por el templo, vi los escenarios montados. Pensé que los viacrucis son, ante todo, obras de teatro. Obras de teatro populares, religiosas: teatro primordial. Las actividades de semana santa son dramáticas como la misma festividad o, en sí, la historia bíblica de la pasión de cristo. Que el teatro se haya modificado con el tiempo no le quita el ser una necesidad.

Sin obras "bicentenarias", ni luces, ni reglas de etiqueta, los viacrucis son muestras actuales del teatro original.  La gente chifla, se ríe, grita, escupe, se pelea o fuma.  A nadie se le pide apagar su celular;  ni siquiera a los actores. A la mujer que hacía de María Magdalena le sonó el tono de "I don't speak americano" a todo volumen y con toda naturalidad se limitó a apagar el aparato. 

El sol de abril rostiza y no hay sitio para comodidades pero, por lo que vi, hay escarnio público para el que trata de ser civilizado.  Una mujer se la pasó gritando como loca "¡BAJEN LAS PINCHES SOMBRILLAS!" por un buen rato, sin ningún efecto en la gente que no quiere volverse más morenita.  Tampoco hay demasiado lugar para la exactitud histórica, ni es gran problema que el greñudo interpretando a Cristo tenga un tatuaje cholo en el brazo derecho. No todos los católicos son tan obsesivos como Mel Gibson, que desde que hizo su película sobre el tema ha dejado huella en estas cosas; muestra de eso fue que, aparte de los personajes habituales, había un personaje pseudo andrógino, con capucha, que no hacia nada más que andar por ahí, como en la película. Se supone que es el diablo.

Por morbo, fervor o lo que sea, la gente que asiste a un acto como éste comparte el gusto por escaparse un poco de la vida común y atestiguar una historia que no por conocida deja de estar llena de brutalidad y dramatismo, aspectos caros para todos aquí.


Todas las fotos cortesía de Kareve.

Atte: Juan Ramón.

martes, 24 de mayo de 2011

Bob Dylan: 70 años.

  En el último año han habido cambios sustanciales en mi vida.  Todos sus ámbitos han dado giros inesperados y los he acompañado con música (sé que estarán de acuerdo conmigo en afirmar que de otra manera todo es peor).  De entre todo lo que he oí, sólo Bob Dylan tuvo la resonancia suficiente como para cambiar mi manera de ver las cosas, para hacer eco exacto de lo que me sucede o para hacerme sentir o pensar cosas que no había descubierto antes en mí; todo con canciones que he escuchado repetidamente desde hace más de un lustro.

  Es un caso curioso el de un artista que justo hoy cumple 70 años de vida y que lleva unos 50 de ellos montado en un escenario, dedicándose a su arte.  Es alguien a quien se le atribuye la estatura de mito inalcanzable, profeta generacional, bardo iluminado...  Pero todos esos epítetos se derrumban y a la vez toman forma gracias al mismo hecho: en todo este tiempo, su labor ha tenido la fuerza para gritar o susurrarle cosas a personas de tiempos y circunstancias muy diferentes.  También Robert Allen Zimmerman, como el mundo, ha dado muchos giros desde que decidió cambiarse el nombre; pero los que acudimos a su música seguimos internándola en el ámbito más íntimo de nosotros mismos.

  Para alguien que ha hecho de la indefinición un carácter y de las arenas movedizas un material de construcción, el mérito de seguir activo (en sentido literal y en el sentido en el que su música lo hace estarlo, independientemente de su presencia física) no es de ningún modo menor.  Es algo que merece todos los homenajes, públicos y privados.  En estos días están abundando los primeros, quizá por la atracción psicológica que ejercen las décadas cerradas: retrospectivas, artículos, alabanzas, tributos, exposiciones, etc... Todo contribuye a seguirle colgando títulos grandilocuentes que, por otra parte, nunca han logrado opacar al gusto de beber directamente de sus discos y sentir junto con él que there are many here among us who feel that life is but a joke.

Los dejo con la que es quizá la mejor versión que se le haya hecho a alguna de sus canciones:


Atte: Juan Ramón.

lunes, 23 de mayo de 2011

La ciudad y el laberinto.

Comparar a las ciudades con los laberintos es un cliché absurdo: la ciudad y el laberinto se contraponen en sus fines, que son su esencia: uno está hecho intencionalmente para perderse y la otra para no hacerlo.  Uno es caos y la otra trata de incorporar un orden riguroso para los quehaceres del hombre.  Sin embargo, todas las ciudades tienen siempre algo (más o menos) de laberinto, que me hace regresar una y otra vez a las razones por las que esa comparación está muy presente en nosotros, aunque nos gane el pudor y no la digamos.

Lo que surge como cosmos, entre más grande se haga, siempre termina engendrando alguna dosis de entropía, que está en constante pugna con el equilibrio original y de algún modo engendra el frágil equilibrio entre sufrimiento y estabilidad que se nos impone a los que vivimos en las ciudades por la fuerza de los hábitos.  Hábitos de vigilia que, aunque nos incomode, suelen mermar en los sueños.  Es muy frecuente, por ejemplo, que ensoñando sepa que estoy recorriendo la ciuda de León. Sé que estoy en León, pero muchas  de las veces más bien se trata de una mezcla entre León, Guanajuato capital, o alguna ciudad completamente imaginaria que sólo por costumbre pienso que refleja los ambientes a los que me he acostumbrado durante toda la vida.

Además de su absurdo y su odinariedad, también se puede argumentar en contra de esta tesis que, a pesar de su degeneración caótica, las ciudades carecen del minotaurio necesario para redondear la historia.  Pero, de nuevo, es sólo la inercia de los días la que nos brina esta ilusión; la que nos hace olvidar que el ruidoso minotauro son tanto esos días, como las calles, como los que vivimos en ellas.

Atte: Juan Ramón.

sábado, 23 de abril de 2011

Ocho de abril del 2011.

Después de apagar la computadora en la madrugada, normalmente me dedico a leer un rato antes de dormir.  Suelo tener una lectura fija, pero ese día sentí ganas fuertes de ver un libro.  No quería buscar nada, no había curiosidad de ningún tipo.  Pura mecánica, pura voluntad sin extinguir.

Lo tomé para recordar algunos párrafos que me habían gustado cuando lo leí por primera vez.  Recordé que había pasado como tres días buscando una página al principio para terminar pegándome en la frente y hallar lo que buscaba al final del libro.  Era algo sobre el Che, sobre cómo a algunas personas no se les da la seriedad y qué bueno que sea así.  Si la vida es incómoda, lo sería más si no hubieran algunos con el gusto de plantarse la semilla de la locura en la cabeza de vez en cuando.

Cuando lo dejé, revisé la primera hoja.  Me decía, con mi propia letra, la razón del impulso: "Este libro es propiedad de Juan Ramón.  Villahermosa, Tabasco; a jueves 8 de abril del 2010".

As: Signos - Soda Stereo.

Atte: Juan Ramón.

miércoles, 6 de abril de 2011

El Pescado.

Tengo tal obsesión por acumular cosas sin tomar en cuenta su utilidad que más de una vez me he metido en situaciones absurdas que no hubieran sucedido si no se me hubiera ocurrido, por ejemplo, meter un pez muerto en mi cartuchera.

A partir de segundo de secundaria prácticamente todos los días tomaba el mismo camino saliendo de la escuela.  Sólo caminaba una cuadra y media en plena "zona piel" y llegaba a la parda del camión.  Tantas veces caminé ese pedazo que ya tenía plenamente identificados a todos los locales, las personas y hasta los olores.  El de una panadería, por ejemplo, que todavía existe y cada que se pasa por ahí llega a la banqueta el aroma del horno.  A un lado había una tienda de peces que siempre tenía su pedazo de banqueta encharcado.  Recuerdo que una vez el dueño me regaló unos peces por ir a comprarle algo.  Pensar en mí mismo con una mochila casi de mi tamaño (no dejé de llevar todos los libros diario a la escuela hasta que entré a la universidad) y una bolsa de peces en la mano me provoca pena.  Pena ajena, en cierto modo.

Durante toda mi infancia había querido ser científico.  Originalmente mi intención era ser químico, pero el gusto se me quitó gracias a un maestro de secundaria.  Entonces me di cuenta de que tenía más aptitudes para la biología.  Me interesé especialmente por la anatomía, fisiología y otros asuntos parecidos.

No quiero echarle la culpa a la ciencia de mi estupidez, pero lo que hizo que decidiera meter un pescado tirado en la banqueta en mi cartuchera fue un afán puramente científico.  Pensé que sería una buena idea guardar el pez ahí ese viernes de cuaresma y ponerlo en formol llegando a la casa.  El objetivo final era diseccionarlo, claro está.

Puede que por el calor o por la debilidad de mi vocación hacia las ciencias dejara la cartuchera (con todo y pescado) dentro de la mochila.  Al llegar a la casa, rápido fui a la cocina por agua y comida, olvidando completamente el hecho de que había guardado un animal muerto de especial fetidez junto con mis útiles escolares.

Otro problema fue mi absoluto desinterés por la vida escolar.  Seguramente tenía tarea ese fin de semana y si hubiera tenido por lo menos la intención de hacerla, me habría  acercado a la mochila y habría notado el hedor mortal que, por desgracia, no descubrí hasta el lunes en la mañana.

Ya no me quedan excusas para justificar lo estúpido que fue el hecho de que esa mañana no me hubiera preocupado por lo menos de sacar al pescado (o la cartuchera completa) de mi mochila.  No se lo puedo echar encima a otra cosa que no sea mi imbecilidad pura y dura.

No pasó mucho tiempo para que el salón entero se diera cuenta de que algo estaba podrido en el reino del 2° "A".  Por suerte todos creían que alguien se estaba pedorreando. Incluso una maestra aprovechó el escándalo para bromear al respecto.  Yo consideré un triunfo personal el que a nadie se le pudiera ocurrir que uno de sus compañeros fuera capaz de recoger un pez muerto de la banqueta y guardarlo tres días en su mochila.

En el recreo les comenté con todo detalle el asunto a los únicos dos amigos que tenía entonces.  Después de que se burlaran de mí un buen rato, seguíamos sin llegar a una solución.  No podía arriesgarme a confesar una estupidez de ese tamaño y ellos no iban a arriesgar su poco prestigio ayudando a que se supiera.  Decidimos que aguantaríamos (y haríamos aguantar al resto del salón) el olor de un cadáver putrefacto de pescado y, al final del día, nos dirigiríamos con la mayor rapidez a una construcción cercana y tiraríamos al animal en un tambo con agua.  No sé por qué elegimos ese final.  Quizá queríamos que el alma del pez descansara en paz en su elemento, en desagravio por haber estado aprisionada tres días con plumas y lápices entre paredes de plástico verde.

Así lo hicimos.


Nunca volví a usar esa cartuchera.  Aunque traté de quitarle el hedor con todos los medios a mi alcance, años después todavía asomaba la nariz con curiosidad y el espíritu penetrante del pescado seguía ahí.  Muy tenue, pero ahí estaba.

Desistí de las ciencias exactas y terminé estudiando una carrera de al mentis por la que no siento el menor aprecio.  En eso también acepto la responsabilidad de mi memez, pero no me resisto al gusto de imaginar que ese animal podrido tuvo algo que ver.



As: Coplas del Payador Perseguido - Jorge Cafrune}

Atte: Juan Ramón.

jueves, 31 de marzo de 2011

De los pinches policías 4 (o Grandes Ideas).

Todas las experiencias que he tenido con la policía han sido muy desagradables.  Creo que hay algo de inicio: representan todo lo que detesto.  El control, la disciplina, la cerrazón, la violencia, la ignorancia, las ganas de joder al próximo, el abuso de poder (porque autoridad no tienen ninguna, puercos), las corruptelas...  Todos conocemos bien ese campo semántico.  Una corporación que debería servir para protegernos a todos suele volcarse contra cualquiera que se les da la gana, tengan o no razones suficientes para hacerlo.  Son la encarnación más tangible del autoritarismo, de la barbarie más detestable.  Sus criterios suelen ser tan estrepitosamente estúpidos que pueden dejar asombrado al más distraído.

Pero para que no se vuelva uno de esos chorizos intragables que a veces espeto, mejor haré una enumeración de algunas experiencias que he tenido con los chotas y les dejo los juicios a quienes me lean.

Aquí la cuarta:

(Gracias a mi Kareve por dejarme usar su foto)

Todos sabemos lo difícil que es dar con una buena idea.  Incluso en temas y situaciones que uno cree manejar con holgura, las ideas muchas veces no fluyen.  Esto puede provocar situaciones muy embarazosas pero, por fortuna, a veces mis amigos tienen ideas tan brillantes que nadie puede resistirse a ellas.  Su practicidad, su elegancia, su sencillez, no pueden ser refutadas.  Un ejemplo muy claro:  estamos en casa de alguien embriagándonos; de pronto notamos que no tomamos precauciones y nuestros suministros se han acabado.  En vez de desesperarnos, a uno de nosotros se le ocurre emprender un viaje exprés a la 'ciudad' hermana de Lagos de Moreno, Jalisco con el propósito de conseguir más alcohol y poder continuar la borrachera como se debe.  ¿Qué se le puede reprochar a esa proposición? Lagos queda apenas a una media hora de camino.  Perfectamente borrachos, viajar en una carretera de doble sentido y con muchas curvas peligrosas no nos produce el menor temor.  Sólo vamos por más cervezas, regresamos y ya está.  A tomar hasta que amanezca.Ya otras veces se han ido a Guanajuato nada más por el gusto de emborracharse lejos de casa, pero yo no he participado.

Llegando a Lagos, el compañero (laguense) que propuso el viaje se descontrola y no sabe encontrar la fuente de provisiones.  Es entonces cuando se nos ocurre otra límpida idea: preguntarle a un policía.  Se supone que están ahí para ayudarnos sin importar si estamos sobrios o no.  Entonces vamos dando tumbos por el centro del pueblo buscando a un policía.  Al compañero laguense se le ocurre una maravillosa tercera idea: hacerse pasar por un turista extranjero.  Es conocido que en este país somos más corteses con los forasteros.  De un momento a otro y aprovechando su excelente conocimiento del inglés, mi amigo se convierte en canadiense.

Los policías no parecen compartir el entusiasmo de nuestra genial cadena de ingenio y, en vez de brindarnos auxilio, nos someten y nos cachean mientras otros policías miran, con los fusiles cargados.  Mi amigo lago-canadiense se pone a discutir con otro policía que, por lo visto, no domina el inglés ni el buen humor:

-Do you know where is the malicón?
-Ya chavo, saquen las broncas.
-Excuse me! I don't speak spanish!  I am canadian! Do you know where the malicón is?
-Ya no te hagas güey, compadre.
-I don't understand what you'r saying, dude! I'm canadian!

Y así, por una media hora.

Como sólo perdíamos el tiempo con esos policías ignorantes y sin aprecio por nuestra brillantez, varios de nosotros, con mucho dolor, tratamos de convencer a nuestro compañero de abandonar la genial idea del canadiense.  Después de un rato, nos dejan ir sin mayor problema.

De regreso a León, mientras nos lamentamos por habernos encontrado con personas tan descorteces, se nos revienta una llanta en plena carretera apenas a unos kilómetros de la entrada a la ciudad.  Nos preparamos para una noche más larga y difícil de lo que habíamos esperado.

Es muy difícil dar con buenas ideas y podrán decir lo que quieran de las que tuvimos ese día... pero que nadie me niegue que emborracharse con los amigos siempre estará entre las ocurrencias más dichosas en la vida de todos.  ¡Salud!

As: Radio Free Europe - R.E.M.

Atte: Juan Ramón.

viernes, 4 de marzo de 2011

La raíz secreta.

Casi nunca pongo citas en este blog porque no es mi intención repetir a los otros para compensar el trabajo de pensar y escribir algo por cuenta propia.  La diferencia es que ahora acabo de leer un párrafo que me deslumbró.  Se trata de una revelación que ya no voy a poder desconocer; una que, al fin, procede de algo que siento como EL espíritu.  Se trata de la última cosa que dice Borges en la última página del último segmento (acerca del tiempo) de "J.L. Borges-Osvaldo Ferrari. Reencuentro.  Diálogos inéditos" editado por Señales en 1999.

«Es que quizá seamos eternos.  Todo es posible.  Hay algo en nosotros que está más allá de las vicisitudes de nuestras historias.  Y eso uno lo siente cuando a uno le ha ocurrido algo terrible; a mí me ha pasado, por ejemplo, bueno, una mujer me ha dejado, y yo me he sentido normalmente desesperado.  Y luego he pensado: qué puede importarme lo que le sucedió a un escritor sudamericano, llamado Jorge Luis Borges, durante el siglo XX.  Es decir, hay algo en mí, algo en mí eterno, que es ajeno a mis circunstancias, a mi nombre, y a mis aventuras o desventuras.  Creo que eso lo hemos sentido todos, ¿no?, y creo que es un sentimiento verdadero: el de una raíz secreta, que uno lleva, y que está más allá de los hechos sucesivos del vivir.»

sábado, 26 de febrero de 2011

Enésimo post de regreso (y de año nuevo y de cumpleaños...)

Aunque en realidad no abandoné el blog para volver haciéndole una reestructuración profunda que nada más me quitaba lectores, como acostumbraba, sí dejé de escribir un BUEN rato.  La razón principal, creo, fueron las vacaciones de otoño-invierno.  Normalmente era en las vacaciones cuando escribía más, porque no tenía nada que hacer.  Pero ahora SÍ tenía qué hacer y con quién estar, así que actualizar el blog me empezó a importar cada vez menos.  Ahora que regresé a la escuela (llevo tres semanas de vuelta en ese tedio insoportable) y que acabo de cumplir años (22, el martes), quizá sea una buena ocasión para escribir algo de nuevo.

***
"Días de parque", cortesía de Puella LaTortuga.

Eso de los cumpleaños nunca me había causado conflictos.  Al contrario: yo siempre fui muy feliz en ellos... hasta que cumplí 20.  De repente entendí que estaba dejando de ser un teenager y tenía que comenzar a dejarme un poco de pendejadas que ya no me iban.  Si ya de por sí era un nostálgico muy desagradable, los dos años que han pasado desde entonces lo han incrementado pero también, por suerte, le han dado otra perspectiva al asunto.

Entre más cumpleaños he tenido, más me he dado cuenta de que es muy difícil vivir ubicado en una época concreta.  Desde niños nos acostumbramos a usar expresiones como "hace veinte años", "el año pasado" o "cuando era chico" casi sin darnos cuenta de que esas mismas expresiones son tan relativas como los tiempos a los que hacen referencia y que seguramente serán usadas también para referirse al momento en que las pronunciamos por última vez, aunque haya sido hoy mismo.  Por ejemplo: cuando era niño la imagen mental que me ocupaba la cabeza cuando alguien decía "hace como veinte años" era un número setenta gigante, verde, como hecho en WordArt.  Al cambiar de década me vi que eso tenía que empezar a cambiar.  Y lo hizo.  Y así seguirá siendo.  Uno no termina de ser consciente de estar viviendo "a finales de los noventa" o "a mediados del 2007".  La rueda del tiempo sigue su curso y es imposible darse cuenta de eso hasta que haya girado lo suficiente como para poder ver sus secciones en perspectiva.

El tiempo como continua sucesión de tangentes de esa rueda se parece, en algún sentido, a asomarse por un caleidoscopio.  Los elementos de la vida de los hombres han sido esencialmente los mismos desde que la civilización comenzó a habitar el planeta; los puntos elementales de la condición humana son una docena de combinaciones infinitas: las cuentas de vidrio dentro del cilindro son las mismas pocas, siempre.  Pero al girar, chocar y reflejarse, pueden ser capaces de producir formas de impresionante, irrepetible belleza; aunque también de profunda turbación.

Mi caleidoscopio personal dio vueltas muy afortunadas el año pasado.  Aunque en muchos aspectos el 2010 no tuvo nada de especial y en otros (mi vida escolar, por ejemplo) estuvo francamente en los momentos más bajos de toda mi vida, no me puedo quejar:  haber conocido a esta muchacha es de lo más lindo que me pudo haber brindado el interminable juego de espejos que vivimos todos.  Salud por eso y feliz año nuevo (atrasado) a los tres perdidos que me leen.

As: The Legend Of John Henry's Hammer - Johnny Cash.

Atte: Juan Ramón.