sábado, 23 de abril de 2011

Ocho de abril del 2011.

Después de apagar la computadora en la madrugada, normalmente me dedico a leer un rato antes de dormir.  Suelo tener una lectura fija, pero ese día sentí ganas fuertes de ver un libro.  No quería buscar nada, no había curiosidad de ningún tipo.  Pura mecánica, pura voluntad sin extinguir.

Lo tomé para recordar algunos párrafos que me habían gustado cuando lo leí por primera vez.  Recordé que había pasado como tres días buscando una página al principio para terminar pegándome en la frente y hallar lo que buscaba al final del libro.  Era algo sobre el Che, sobre cómo a algunas personas no se les da la seriedad y qué bueno que sea así.  Si la vida es incómoda, lo sería más si no hubieran algunos con el gusto de plantarse la semilla de la locura en la cabeza de vez en cuando.

Cuando lo dejé, revisé la primera hoja.  Me decía, con mi propia letra, la razón del impulso: "Este libro es propiedad de Juan Ramón.  Villahermosa, Tabasco; a jueves 8 de abril del 2010".

As: Signos - Soda Stereo.

Atte: Juan Ramón.

miércoles, 6 de abril de 2011

El Pescado.

Tengo tal obsesión por acumular cosas sin tomar en cuenta su utilidad que más de una vez me he metido en situaciones absurdas que no hubieran sucedido si no se me hubiera ocurrido, por ejemplo, meter un pez muerto en mi cartuchera.

A partir de segundo de secundaria prácticamente todos los días tomaba el mismo camino saliendo de la escuela.  Sólo caminaba una cuadra y media en plena "zona piel" y llegaba a la parda del camión.  Tantas veces caminé ese pedazo que ya tenía plenamente identificados a todos los locales, las personas y hasta los olores.  El de una panadería, por ejemplo, que todavía existe y cada que se pasa por ahí llega a la banqueta el aroma del horno.  A un lado había una tienda de peces que siempre tenía su pedazo de banqueta encharcado.  Recuerdo que una vez el dueño me regaló unos peces por ir a comprarle algo.  Pensar en mí mismo con una mochila casi de mi tamaño (no dejé de llevar todos los libros diario a la escuela hasta que entré a la universidad) y una bolsa de peces en la mano me provoca pena.  Pena ajena, en cierto modo.

Durante toda mi infancia había querido ser científico.  Originalmente mi intención era ser químico, pero el gusto se me quitó gracias a un maestro de secundaria.  Entonces me di cuenta de que tenía más aptitudes para la biología.  Me interesé especialmente por la anatomía, fisiología y otros asuntos parecidos.

No quiero echarle la culpa a la ciencia de mi estupidez, pero lo que hizo que decidiera meter un pescado tirado en la banqueta en mi cartuchera fue un afán puramente científico.  Pensé que sería una buena idea guardar el pez ahí ese viernes de cuaresma y ponerlo en formol llegando a la casa.  El objetivo final era diseccionarlo, claro está.

Puede que por el calor o por la debilidad de mi vocación hacia las ciencias dejara la cartuchera (con todo y pescado) dentro de la mochila.  Al llegar a la casa, rápido fui a la cocina por agua y comida, olvidando completamente el hecho de que había guardado un animal muerto de especial fetidez junto con mis útiles escolares.

Otro problema fue mi absoluto desinterés por la vida escolar.  Seguramente tenía tarea ese fin de semana y si hubiera tenido por lo menos la intención de hacerla, me habría  acercado a la mochila y habría notado el hedor mortal que, por desgracia, no descubrí hasta el lunes en la mañana.

Ya no me quedan excusas para justificar lo estúpido que fue el hecho de que esa mañana no me hubiera preocupado por lo menos de sacar al pescado (o la cartuchera completa) de mi mochila.  No se lo puedo echar encima a otra cosa que no sea mi imbecilidad pura y dura.

No pasó mucho tiempo para que el salón entero se diera cuenta de que algo estaba podrido en el reino del 2° "A".  Por suerte todos creían que alguien se estaba pedorreando. Incluso una maestra aprovechó el escándalo para bromear al respecto.  Yo consideré un triunfo personal el que a nadie se le pudiera ocurrir que uno de sus compañeros fuera capaz de recoger un pez muerto de la banqueta y guardarlo tres días en su mochila.

En el recreo les comenté con todo detalle el asunto a los únicos dos amigos que tenía entonces.  Después de que se burlaran de mí un buen rato, seguíamos sin llegar a una solución.  No podía arriesgarme a confesar una estupidez de ese tamaño y ellos no iban a arriesgar su poco prestigio ayudando a que se supiera.  Decidimos que aguantaríamos (y haríamos aguantar al resto del salón) el olor de un cadáver putrefacto de pescado y, al final del día, nos dirigiríamos con la mayor rapidez a una construcción cercana y tiraríamos al animal en un tambo con agua.  No sé por qué elegimos ese final.  Quizá queríamos que el alma del pez descansara en paz en su elemento, en desagravio por haber estado aprisionada tres días con plumas y lápices entre paredes de plástico verde.

Así lo hicimos.


Nunca volví a usar esa cartuchera.  Aunque traté de quitarle el hedor con todos los medios a mi alcance, años después todavía asomaba la nariz con curiosidad y el espíritu penetrante del pescado seguía ahí.  Muy tenue, pero ahí estaba.

Desistí de las ciencias exactas y terminé estudiando una carrera de al mentis por la que no siento el menor aprecio.  En eso también acepto la responsabilidad de mi memez, pero no me resisto al gusto de imaginar que ese animal podrido tuvo algo que ver.



As: Coplas del Payador Perseguido - Jorge Cafrune}

Atte: Juan Ramón.