lunes, 23 de mayo de 2011

La ciudad y el laberinto.

Comparar a las ciudades con los laberintos es un cliché absurdo: la ciudad y el laberinto se contraponen en sus fines, que son su esencia: uno está hecho intencionalmente para perderse y la otra para no hacerlo.  Uno es caos y la otra trata de incorporar un orden riguroso para los quehaceres del hombre.  Sin embargo, todas las ciudades tienen siempre algo (más o menos) de laberinto, que me hace regresar una y otra vez a las razones por las que esa comparación está muy presente en nosotros, aunque nos gane el pudor y no la digamos.

Lo que surge como cosmos, entre más grande se haga, siempre termina engendrando alguna dosis de entropía, que está en constante pugna con el equilibrio original y de algún modo engendra el frágil equilibrio entre sufrimiento y estabilidad que se nos impone a los que vivimos en las ciudades por la fuerza de los hábitos.  Hábitos de vigilia que, aunque nos incomode, suelen mermar en los sueños.  Es muy frecuente, por ejemplo, que ensoñando sepa que estoy recorriendo la ciuda de León. Sé que estoy en León, pero muchas  de las veces más bien se trata de una mezcla entre León, Guanajuato capital, o alguna ciudad completamente imaginaria que sólo por costumbre pienso que refleja los ambientes a los que me he acostumbrado durante toda la vida.

Además de su absurdo y su odinariedad, también se puede argumentar en contra de esta tesis que, a pesar de su degeneración caótica, las ciudades carecen del minotaurio necesario para redondear la historia.  Pero, de nuevo, es sólo la inercia de los días la que nos brina esta ilusión; la que nos hace olvidar que el ruidoso minotauro son tanto esos días, como las calles, como los que vivimos en ellas.

Atte: Juan Ramón.

1 comentario:

Kareve dijo...

Los laberintos quizá caen en cliché justamente porque uno los recorre una y otra vez hasta el infinito, a veces, sin darce cuenta. Kareve.