domingo, 24 de julio de 2011

Sobre música empolvada.


Dicen que el jazz es un género de versatilidad infinita y por lo tanto capaz de abarcar a las infinitas variaciones en el ánimo. Se dice que el blues está basado en un esquema cercano a la inmovilidad, aunque no por eso carece de sutilezas que —por otro lado— lo han llevado a ser también un estilo inabarcable.

Incluso con las dificultades que puedan presentar para asimilarse, ambos géneros comparten una resonancia profunda y accesible.  No es casualidad que los cantos de los antiguos esclavos puedan sostenerse en pie y hacer vibrar las emociones de hoy: son sufrimiento extremo elevado al carácter de arte universal.  Son el lamento hecho júbilo, la desdicha convertida en el primer material de un baile gozoso que repite sus pasos sin cansarse nunca.  (El blues y el jazz extienden sus ramas desde las raíces más primitivas del miedo y la desesperación)

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 Uno tendría que ser imbécil para negar el genio de nombres eternos como Charlie Parker o San John Coltrane —profetas iluminados por el ardor de una vida que no por pasajera dejaron de eternizar en música. Pero en el oído atrofiado por escuchar todo el tiempo a "La Trakalosa" y similares, las libaciones de ambrosía que nos dejaron artistas como los mencionados difícilmente podrán superar la categoría de fondo para las horas muertas en la sala del dentista.  Es estéril tratar de criticar —ya no digamos remediar— esa actitud aquí y ahora. Lo que digo, al fin, no va dirigido a esas orejas. Va para los que saben que el jazz provoca una secreta complicidad entre sus escuchas frecuentes; que su consumo tiene mucho de saber iniciático, de sabiduría enterregada.  Para los que alcancen a percibir lo que sus tonos tienen de fantasmal y diabólico.  Los demonios que conjura un solo enloquecido de trompeta o saxofón no suelen ser amigables, pero el alcance de esta música no estaría completo sin su propia región de espectros. Un arte que recorra almas no puede soslayar que están amasadas en contradicción.

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Cuando escuchamos a Skip James o a Robert Johnson ahuyentar ánimas o mujeres participamos, sin apenas darnos cuenta, en un ritual de comunión con los viejos padres del mundo, estamos acudiendo al encuentro con lo más elemental de nosotros mismos a través de otros.  Alan Moore dice que el antiguo papel del chamán en las tribus primitivas ha sido tomado hoy por el artista que, usando los símbolos propios de su oficio, también produce un cambio en la configuración de las consciencias.  El trance que pueden inducir un puñado de discos empolvados por sótanos pacientes no tiene nada que envidiarle al de cualquier mago vudú, o al de un aleluyo envenenado de fe.

6 comentarios:

Paulo dijo...

Muy chido compañero, el hecho para mi es que gracias a que existen ambos cuesta menos vivir.

Hay intérpretes de blues mejores que de jazz y viceversa.

PD: Siga escribiendo compañero. Creo que usted es al único bloggero que realmente sigo.

Atte: Paulo

Paulo dijo...

Quise decir posteando. Sé que escribe jeje.

El Compañero. dijo...

Muchas gracias por seguir leyendo, aunque sea el post más mamón de la historia compañero ja, ja, ja. Trataré de postear más seguido. Saludos y a ver cuándo se arma un cotorreo.

Atte: Juan Ramón.

Anónimo dijo...

Yo creo que si es mamón pero deberías de ser más jaja qué tiene de malo!
Qué chidas reflexiones me diste

Paulo dijo...

Hoy iba pensando/viviendo toda esa transgresión dimensional que logra el jazz cuando escuchaba este disco de guanajuato a león, y luego me encuentro con su acertada y compartida reflexión compañero.

http://www.youtube.com/watch?v=6WY4b5ccSUg

El Compañero. dijo...

La pura lumbre, compañero. Gracias por leer (otra vez).