lunes, 29 de agosto de 2011

De Los Pinches Policías 5 (la última y nos vamos o "porque me los quiero chingar")


Todas las experiencias que he tenido con la policía han sido muy desagradables.  Creo que hay algo de inicio: representan todo lo que detesto.  El control, la disciplina, la cerrazón, la violencia, la ignorancia, las ganas de joder al próximo, el abuso de poder (porque autoridad no tienen ninguna, puercos), las corruptelas...  Todos conocemos bien ese campo semántico.  Una corporación que debería servir para protegernos a todos suele volcarse contra cualquiera que se les da la gana, tengan o no razones suficientes para hacerlo.  Son la encarnación más tangible del autoritarismo, de la barbarie más detestable.  Sus criterios suelen ser tan estrepitosamente estúpidos que pueden dejar asombrado al más distraído.

Pero para que no se vuelva uno de esos chorizos intragables que a veces espeto, mejor haré una enumeración de algunas experiencias que he tenido con los chotas y les dejo los juicios a quienes me lean.

Aquí la quinta, última y peor:

¿Usted se llevaría detenido a este humilde e inocente servidor de la viña de señor?


La noche comenzó con una lata de Coca-Cola.  Estaba platicando con mi novia de ese entonces en la entrada de la universidad, cuando la lata pasó por encima de nuestras cabezas, se estrelló en la reja y fue continuada por gritos y una desbandada de personas detrás de nosotros.

Me costó trabajo localizarlos, pero luego de despedirme di con mis amigos, que estaban cenando tacos cerca de ahí.  Resultó que uno de ellos había sido el terrorista de la lata y el grito que yo no había podido distinguir había sido un fino, elocuente "¡De mi tragan, putos!".  Supongo que esto es suficiente para ilustrar que mientras yo andaba de mandilón, mis amigos se ponían una épica pachi-peda a la que ya no tardé más en unirme.  Fuimos por caguamas y por mi fiel tri-cañé (a.k.a. "Tres Cañas", una charanda de 14 varos que ya no venden aquí).  Después de un rato llegó la hora de renovar las provisiones alcohólicas.

En el brevísimo camino rumbo al carro que nos llevaría al supermercado llegó la primera patrulla, luego una camioneta, etc.  La mayoría de mis amigos corrieron a la casa donde estábamos y de los que nos quedamos afuera, sólo uno tuvo el ánimo de confrontar a los chotas y preguntarles qué habíamos hecho para que  llegaran haciendo semejante escándalo.  La respuesta ofrecida, acorde al tono amable y considerado que siempre tienen los protectores de la ciudadanía leonesa fue: "porque me los quiero chingar".  Lo único fuera de lo normal que teníamos era mi garrafa de 3 cañas, que había tenido la intención de llevar al carro para echar tragos en el camino.

Y nos cargaron.  Nada más a otro compañero y a mí.  Otro amigo los intimidó identificando sus nombres y números de placa.  Supongo que por eso a él lo dejaron.  Los otros dos éramos demasiado pacíficos como para ponernos al tú por tú con uno de esos puercos.

A mí me esposaron de una mano, mientras que a mi otro compañero lo esposaron de las dos, como crucificándolo.

Todo el camino se fueron burlando de nosotros; frenando intempestivamente para que se nos apretaran las esposas, etc.

No sé por qué, nos llevaron al mirador de San Juan Bosco y nos cambiaron de vehículo.  Nos subieron a una "perrera" cargada de cholos y nos trajeron paseando otro buen rato por no sé dónde.  Los frenones fueron peores en este segundo recorrido y ahora eran los cholos los que jodían, en especial a mi compañero, diciéndole cosas como "dame dinero gordito"o "dame pa' salirme", que lo orillaron a esconderse la cartera en los huevos, según me confesaría después.

Llegamos a CEPOL al fin, después del largo paseo.  Justo cuando me estaban preguntando mis datos, vi que uno de mis amigos estaba ahí dentro discutiendo con alguien.  De repente nos dijeron que ya nos podíamos ir y nos guiaron a la salida.  Mis otros amigos habían pagado la multa y así, la arbitrariedad de nuestra detención fue directamente proporcional a la rapidez con la que pasamos por los separos.

***

Estoy más que seguro de que la inmensa mayoría de los integrantes de las clases populares de León han tenido experiencias similares (y mucho peores, por supuesto) a las que me han sucedido a mí y que les he narrado en este blog.  Porque además estos guardianes del orden son bastante selectivos en lo que a color de piel o zona económica de la ciudad se refiere.

Para serles sincero, no creo llegar a vivir lo suficiente como para ver mejoras en los aspectos que nos avergüenzan de la cultura y vida nacionales.  Ni siquiera en un aspecto tan elemental como los cuerpos de seguridad.

As: Yola My Blues Away - Skip James.

Atte: Juan Ramón.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Post chiquito y nostálgico.


Recuerdo que con esta canción traté de musicalizar el único intento de podcast que he hecho.  Era una plática con un borracho sin hogar bien buena onda a quien había conocido algunas semanas antes de grabarlo.  Se llamaba Lorenzo y me gustaba platicar de todo con él.  De noche se sentaba en la Plaza de Cervantes (¿sí se llama así?), frente al Teatro Doblado para tomar tranquilo su mezcal El Mecatito.

Dudo que alguien haya oído ese intento fallido de podcast y no sé si alguien lo conserve.  Yo no lo hago, aunque sospecho que lo tuvieron por lo menos tres personas  (una de ellas el que esto escribe).

A Lorenzo lo dejé de ver por el centro de buenas a primeras.  Sospecho que se murió.

Atte: Juan Ramón.

martes, 23 de agosto de 2011

Billares del centro.

Nota: entrada larga.




La primera vez que jugué billar fue porque estaba enamorado de la prima de mi mejor amigo, quien fue también la causa de las únicas cinco veces que falté a la secundaria sin estar enfermo.  Ella estudiaba en la ETI (Escuela Secundaria Técnica 1), en el centro de la ciudad, así que me bajaba del camión en la cercana Av. Miguel Alemán, mucho antes de llegar a mi secundaria del Coecillo.  El objeto de esa negligencia académica de aquel entonces era quedarme aplastado en una banca afuera de la ETI tocando la guitarra para ver si alcanzaba a ver a la ya mencionada prima o incluso platicar con ella.  El objetivo se cumplió todas las veces.

En una de ésas salió junto con un montón de compañeros suyos antes de que terminara el día de clases.  Para lo que se estaban echando la pinta era para ir al "Club Diamante", que está como a una cuadra de la ETI.  Los seguí con reservas pues, para empezar, la entrada al lugar parecía más de casa de citas que de ameno billar de adolescentes pinteros.  Tenía como tres o cuatro pisos y al que los acompañé fue al último.  El lugar estaba lleno de viejos caramboleros y tenía sólo unas 4 mesas de pool para los despistados que se pasaban el piso anterior, que era en donde había música a todo volumen y no mesas de carambola con viejillos sombrerudos.  Mi amor de verano primavera y yo nos sentamos en una banca a hacernos güeyes (las costumbres arraigadas se cultivan desde temprano) mientras los demás se entretenían en las mesas.  En cierto punto nos llegó el turno de jugar y aguantando estoicamente las humillaciones que propiciaba mi ineptitud (recuerden que estos eran los tiempos universalmente humillantes de la secundaria) jugué mi primer partida de pool.

Aunque no sabía muy bien de qué iba todo, no se me quitó la curiosidad por ver qué tan entretenido era en realidad todo aquello.  Así, pronto le pedí a la prima con la que más me juntaba entonces que me acompañara.  Pronto le empezamos a agarrar el gusto de verdad al juego y prácticamente cada tarde pasaba por ella para ir al Club Diamante.

Nos íbamos siempre hasta el último piso al que había ido la primera vez.  La mayoría de los que jugaban eran los mismos ancianos jugando carambola que vi durante años siempre que fui a ese lugar.  Pocas veces había gente de menor edad que no fueramos nosotros y, aunque no jugábamos carambola, llegamos a llevarnos bien con los parroquianos de siempre.

En ese entonces quería agotar las posibilidades de cualquier cosa nueva que experimentara. Así consumí la mayor cantidad de marcas de cigarrillos que pude, recorrí con un amigo todas las tiendas de discos del centro y también pasé por muchos de los billares de aquel entonces en esa misma zona.

La búsqueda del billar que mejor combinara precio y ambiente me llevó al Círculo Leonés Mutualista de la calle Madero, en donde por muchos años mantuvieron la tarifa de $8 la hora en sus mesas de billar.  La mayor parte de las veces que fui, especialmente al principio, no había nadie más jugando ni pool ni nada.  Los tacos estaban muy chuecos y las mesas (como todo lo demás, incluido el edificio) muy viejas y desvencijadas.  Pero el precio era bueno y no había música idiota ni gente que quisiera ponerla.  Al principio había una o dos mesas de carambola que nadie usaba porque a los viejos del Círculo Leonés les gusta mucho más ir a jugar ajedrez o dominó.  Un día a mi prima y a mí se nos ocurrió pedir un ruedo de tres bolas para ver qué tal nos iba.  Por supuesto, nos fue terrible.  Tanto así que un viejo que estaba al otro lado del ventanal que da a la sala principal comenzó a burlarse cruelmente de nosotros después de ver nuestras jugadas por poco tiempo.  Cuando descubrí al Círculo Leonés comencé a jugar más y mejor.  También reservé a los otros billares (hasta al Diamante) para ocasiones especiales.
Foto actual de la sala principal del Círculo Leonés Mutualista.  Est. 1901.

Cuando no entraba a jugar, entraba a hacer lo que yo llamo "intercambio de líquidos" al baño.  O sea, vaciar bebidas alcohólicas fuertes en recipientes inocuos sin ser visto para pasármela bebiendo en la calle sin ser molestado; especialmente en latabotellas.  Nunca me cobraron porque el cuidador me conocía de casi diario, por años.  Algunas veces también usé ese lugar para lo que está diseñado.

Invité ahí a prácticamente todo el que se dejara, en todas las ocasiones posibles.  Por ejemplo: mi primera "cita" con esta loca fue una ida al centro en el carro de un buen amigo con latabotella y mezcal incluido, aun conociendo el hecho de que ella no sabía ni le interesaba aprender a jugar.  A mis amigos les atraía el precio de la cerveza ($11) y las buenas micheladas que hacían.  Por desgracia, a un puberto bobalicón se le ocurrió emborracharse un día ahí con dos cervezas, su mamá se molestó con los del lugar y ya no pudieron vender alcohol otra vez.  Hasta pusieron letreros que prohibían introducir bebidas alcohólicas, cosa que a mí nunca me importó.  Después algunos adultos bobalicones aprobaron leyes anti fumadores que le quitaron un poco de ambiente a los billares.  Todos se preocuparon por poner letreros de no fumar, pero por fortuna no a todos les importó cumplir con la norma.

 La mano que comenzó el juego es mía y la foto la tomó Ruy, mi enemigo mortal, en el Círculo Leonés.


Ya desde entonces también me di cuenta de que los que suelen acudir a los billares son varios grupos de personas bien diferenciados entre sí.  Primero el grupo hegemónico: los darketos de billar.  Usan todas las señas de identidad exterior que los ubican como darkies (las greñas de araña, las cadenas y adornos como de mariachi, el terciopelo, las mochilitas de ataúd, el maquillaje, las puffy shirts...) y or más variedad que haya en los tocadiscos, cuando entres a un billar dominado por este subgrupo sabrás que es así porque desde varios metros antes de entrar puedes escuchar a Bunbury, solista o con Héroes, y así seguir por unos 20 minutos.  Después lo más probable es que pasen a otros veinte minutos de la finísima banda El Tri, para cerrar su hora de mesa con los últimos y sofocantes veinte minutos de Caifanes/Jaguares.  Hay algunas concesiones en el orden y puede que, por error, hasta pongan otra cosa de calidad nunca demasiado alejada del canon tradicional de estos sujetos.

La célebre puffy shirt de Seinfeld, para que se den una idea de lo que digo.

Para más señas: son la misma clase de inadaptados que cuando van a algún bar con banda en vivo siempre gritan "¡LA CHISPA ADECUAAADAAAAAAA!" o "LA CÉLULA QUE EXPLOOOOTAAAAAAA!" y luego las corean con los ojos cerrados.  Son los que les escriben el repertorio a los güeyes de colita que se suben a cantar "rock" a los camiones.  A esta advocación también se le conoce como "darketo de bar".

Luego están los caramboleros veteranos.  Seguramente fueron los "vagos" de su época de juventud y, con el tiempo, lo único que les siguió gustando de sus pasadas diversiones fue la carambola.  También juegan pool a veces, con absoluta maestría.  Pero en donde realmente pueden demostrar qué chicharrones truenan más es en el arduo cálculo de las tres bolas.  Asisten eternamente al mismo billar y siempre serán los mismos hasta que sean sustituidos, conforme se mueran, por los señores que todavía no llegan a su nivel de vejez y reatez para el juego, pero que pronto serán el relevo generacional que perpetúe la tradición.  Siempre se parecen y hablan del mismo modo aunque sus billares habituales estén a kilómetros de distancia.

Después están los cholos y vagos verdaderos, quienes están concentrados en ir a jugar y hacerlo bien.  Normalmente su modo de juego es una forma de brutalidad primitiva mezclada con las tanteadas finas que impone la práctica constante.  Saben cómo, dónde y cuándo pegarle a las bolas, pero les fascina hacerlo más recio que cualquiera.  Entre más fuerte les peguen, mejor.  Entre más suenen, mejor todavía.  Esto se demuestra especialmente en el tiro de apertura.  Sospecho que son los principales responsables de que las bolas de todos los billares estén cascadas.  Acostumbran jugar apostando.

Hay un subgénero reciente que avanza insistentemente.  Viste como reggaetonero/jerseyshorero wanna be (con playeras que se les pegan a la panza, alhajas de pasta con diamantina plateada y pelos parados) y solamente van a lucirse con las mujeres despanzurradas y llenas de estrías que les acompañan.  Puede que algunos sean buenos jugando, pero ésta no es su característica definitoria.  Ésa es, más bien, el hecho de que se esté oyendo lo que se esté oyendo, cuando ellos llegan tiene que dejar de oírse y todos los demás tienen que soportar música grupera o de banda durante la siguiente hora.  Desde la dupla Bukis/Temerarios hasta las peores bajezas del duranguense y "La Tronadora-Arrolladora-Vergadora-Papanatadora el regreso".


***

El tiempo pasó y ya nunca volví a jugar billar con tanta frecuencia como antes.  Las conversaciones de mezcal en las bancas del centro sustituyeron al gusto por las mesas y ahora sólo iba muy de vez en cuando.  Pero incluso así, tenía confianza en que todo estuviera más o menos igual para cuando se me antojara ir a los lugares que acostumbraba.  Pero todo cambia (hasta los billares del centro) y yo sigo resistiéndome a hacerlo.

La semana pasada fui con Kareve al centro y como casi no teníamos tiempo decidimos que estaba bien ir a jugar billar a algún lado.  Mi primera reacción fue llevarla al Círculo, hasta que recordé que apenas unas semanas atrás un primo me había contado que ya no había billar ahí.  El pasillo de las mesas estaba cerrado.  Tampoco dejaban pasar a los baños; ni siquiera pagando.  Decidí llevarla al Diamante.

Para empezar, la puerta como de casa de citas ya no existía.  Ahora había una más amplia y, por lo menos al principio, con nuevas escaleras.  Después de unos cuantos metros hacia arriba todo seguía como antes.  Pero algo no me cuadraba: había letreros en las paredes de "pool hasta el último piso".  Mal augurio.  Se supone que ese piso era el de los viejos caramboleros con apenas unas mesas de pool.  Yo subía hasta ese piso precisamente porque estaba vacunado contra los gruperos, chicos cool, cholos, pseudo roqueros o darquetos de billar que molestaran con su música o su mera presencia.  Mi mal presentimiento se volvió certeza cuando, al acercarme, comencé a escuchar a Búnbury.  Aparte, ya estando ahí, nadie se acercó a atendernos.  Justo cuando nos íbamos, alguien se acercó y elegimos mesa.  El orden de la música después de la sarta de Bunbury siguió así: El Tri, una banda punk española que no sé cuál sea y (cuando ya casi nos íbamos) música de banda.  Ya no sé si volveré a jugar billar en el centro de nuevo.

As: Stormy Weather - Pixies.

Atte: Juan Ramón.