martes, 23 de agosto de 2011

Billares del centro.

Nota: entrada larga.




La primera vez que jugué billar fue porque estaba enamorado de la prima de mi mejor amigo, quien fue también la causa de las únicas cinco veces que falté a la secundaria sin estar enfermo.  Ella estudiaba en la ETI (Escuela Secundaria Técnica 1), en el centro de la ciudad, así que me bajaba del camión en la cercana Av. Miguel Alemán, mucho antes de llegar a mi secundaria del Coecillo.  El objeto de esa negligencia académica de aquel entonces era quedarme aplastado en una banca afuera de la ETI tocando la guitarra para ver si alcanzaba a ver a la ya mencionada prima o incluso platicar con ella.  El objetivo se cumplió todas las veces.

En una de ésas salió junto con un montón de compañeros suyos antes de que terminara el día de clases.  Para lo que se estaban echando la pinta era para ir al "Club Diamante", que está como a una cuadra de la ETI.  Los seguí con reservas pues, para empezar, la entrada al lugar parecía más de casa de citas que de ameno billar de adolescentes pinteros.  Tenía como tres o cuatro pisos y al que los acompañé fue al último.  El lugar estaba lleno de viejos caramboleros y tenía sólo unas 4 mesas de pool para los despistados que se pasaban el piso anterior, que era en donde había música a todo volumen y no mesas de carambola con viejillos sombrerudos.  Mi amor de verano primavera y yo nos sentamos en una banca a hacernos güeyes (las costumbres arraigadas se cultivan desde temprano) mientras los demás se entretenían en las mesas.  En cierto punto nos llegó el turno de jugar y aguantando estoicamente las humillaciones que propiciaba mi ineptitud (recuerden que estos eran los tiempos universalmente humillantes de la secundaria) jugué mi primer partida de pool.

Aunque no sabía muy bien de qué iba todo, no se me quitó la curiosidad por ver qué tan entretenido era en realidad todo aquello.  Así, pronto le pedí a la prima con la que más me juntaba entonces que me acompañara.  Pronto le empezamos a agarrar el gusto de verdad al juego y prácticamente cada tarde pasaba por ella para ir al Club Diamante.

Nos íbamos siempre hasta el último piso al que había ido la primera vez.  La mayoría de los que jugaban eran los mismos ancianos jugando carambola que vi durante años siempre que fui a ese lugar.  Pocas veces había gente de menor edad que no fueramos nosotros y, aunque no jugábamos carambola, llegamos a llevarnos bien con los parroquianos de siempre.

En ese entonces quería agotar las posibilidades de cualquier cosa nueva que experimentara. Así consumí la mayor cantidad de marcas de cigarrillos que pude, recorrí con un amigo todas las tiendas de discos del centro y también pasé por muchos de los billares de aquel entonces en esa misma zona.

La búsqueda del billar que mejor combinara precio y ambiente me llevó al Círculo Leonés Mutualista de la calle Madero, en donde por muchos años mantuvieron la tarifa de $8 la hora en sus mesas de billar.  La mayor parte de las veces que fui, especialmente al principio, no había nadie más jugando ni pool ni nada.  Los tacos estaban muy chuecos y las mesas (como todo lo demás, incluido el edificio) muy viejas y desvencijadas.  Pero el precio era bueno y no había música idiota ni gente que quisiera ponerla.  Al principio había una o dos mesas de carambola que nadie usaba porque a los viejos del Círculo Leonés les gusta mucho más ir a jugar ajedrez o dominó.  Un día a mi prima y a mí se nos ocurrió pedir un ruedo de tres bolas para ver qué tal nos iba.  Por supuesto, nos fue terrible.  Tanto así que un viejo que estaba al otro lado del ventanal que da a la sala principal comenzó a burlarse cruelmente de nosotros después de ver nuestras jugadas por poco tiempo.  Cuando descubrí al Círculo Leonés comencé a jugar más y mejor.  También reservé a los otros billares (hasta al Diamante) para ocasiones especiales.
Foto actual de la sala principal del Círculo Leonés Mutualista.  Est. 1901.

Cuando no entraba a jugar, entraba a hacer lo que yo llamo "intercambio de líquidos" al baño.  O sea, vaciar bebidas alcohólicas fuertes en recipientes inocuos sin ser visto para pasármela bebiendo en la calle sin ser molestado; especialmente en latabotellas.  Nunca me cobraron porque el cuidador me conocía de casi diario, por años.  Algunas veces también usé ese lugar para lo que está diseñado.

Invité ahí a prácticamente todo el que se dejara, en todas las ocasiones posibles.  Por ejemplo: mi primera "cita" con esta loca fue una ida al centro en el carro de un buen amigo con latabotella y mezcal incluido, aun conociendo el hecho de que ella no sabía ni le interesaba aprender a jugar.  A mis amigos les atraía el precio de la cerveza ($11) y las buenas micheladas que hacían.  Por desgracia, a un puberto bobalicón se le ocurrió emborracharse un día ahí con dos cervezas, su mamá se molestó con los del lugar y ya no pudieron vender alcohol otra vez.  Hasta pusieron letreros que prohibían introducir bebidas alcohólicas, cosa que a mí nunca me importó.  Después algunos adultos bobalicones aprobaron leyes anti fumadores que le quitaron un poco de ambiente a los billares.  Todos se preocuparon por poner letreros de no fumar, pero por fortuna no a todos les importó cumplir con la norma.

 La mano que comenzó el juego es mía y la foto la tomó Ruy, mi enemigo mortal, en el Círculo Leonés.


Ya desde entonces también me di cuenta de que los que suelen acudir a los billares son varios grupos de personas bien diferenciados entre sí.  Primero el grupo hegemónico: los darketos de billar.  Usan todas las señas de identidad exterior que los ubican como darkies (las greñas de araña, las cadenas y adornos como de mariachi, el terciopelo, las mochilitas de ataúd, el maquillaje, las puffy shirts...) y or más variedad que haya en los tocadiscos, cuando entres a un billar dominado por este subgrupo sabrás que es así porque desde varios metros antes de entrar puedes escuchar a Bunbury, solista o con Héroes, y así seguir por unos 20 minutos.  Después lo más probable es que pasen a otros veinte minutos de la finísima banda El Tri, para cerrar su hora de mesa con los últimos y sofocantes veinte minutos de Caifanes/Jaguares.  Hay algunas concesiones en el orden y puede que, por error, hasta pongan otra cosa de calidad nunca demasiado alejada del canon tradicional de estos sujetos.

La célebre puffy shirt de Seinfeld, para que se den una idea de lo que digo.

Para más señas: son la misma clase de inadaptados que cuando van a algún bar con banda en vivo siempre gritan "¡LA CHISPA ADECUAAADAAAAAAA!" o "LA CÉLULA QUE EXPLOOOOTAAAAAAA!" y luego las corean con los ojos cerrados.  Son los que les escriben el repertorio a los güeyes de colita que se suben a cantar "rock" a los camiones.  A esta advocación también se le conoce como "darketo de bar".

Luego están los caramboleros veteranos.  Seguramente fueron los "vagos" de su época de juventud y, con el tiempo, lo único que les siguió gustando de sus pasadas diversiones fue la carambola.  También juegan pool a veces, con absoluta maestría.  Pero en donde realmente pueden demostrar qué chicharrones truenan más es en el arduo cálculo de las tres bolas.  Asisten eternamente al mismo billar y siempre serán los mismos hasta que sean sustituidos, conforme se mueran, por los señores que todavía no llegan a su nivel de vejez y reatez para el juego, pero que pronto serán el relevo generacional que perpetúe la tradición.  Siempre se parecen y hablan del mismo modo aunque sus billares habituales estén a kilómetros de distancia.

Después están los cholos y vagos verdaderos, quienes están concentrados en ir a jugar y hacerlo bien.  Normalmente su modo de juego es una forma de brutalidad primitiva mezclada con las tanteadas finas que impone la práctica constante.  Saben cómo, dónde y cuándo pegarle a las bolas, pero les fascina hacerlo más recio que cualquiera.  Entre más fuerte les peguen, mejor.  Entre más suenen, mejor todavía.  Esto se demuestra especialmente en el tiro de apertura.  Sospecho que son los principales responsables de que las bolas de todos los billares estén cascadas.  Acostumbran jugar apostando.

Hay un subgénero reciente que avanza insistentemente.  Viste como reggaetonero/jerseyshorero wanna be (con playeras que se les pegan a la panza, alhajas de pasta con diamantina plateada y pelos parados) y solamente van a lucirse con las mujeres despanzurradas y llenas de estrías que les acompañan.  Puede que algunos sean buenos jugando, pero ésta no es su característica definitoria.  Ésa es, más bien, el hecho de que se esté oyendo lo que se esté oyendo, cuando ellos llegan tiene que dejar de oírse y todos los demás tienen que soportar música grupera o de banda durante la siguiente hora.  Desde la dupla Bukis/Temerarios hasta las peores bajezas del duranguense y "La Tronadora-Arrolladora-Vergadora-Papanatadora el regreso".


***

El tiempo pasó y ya nunca volví a jugar billar con tanta frecuencia como antes.  Las conversaciones de mezcal en las bancas del centro sustituyeron al gusto por las mesas y ahora sólo iba muy de vez en cuando.  Pero incluso así, tenía confianza en que todo estuviera más o menos igual para cuando se me antojara ir a los lugares que acostumbraba.  Pero todo cambia (hasta los billares del centro) y yo sigo resistiéndome a hacerlo.

La semana pasada fui con Kareve al centro y como casi no teníamos tiempo decidimos que estaba bien ir a jugar billar a algún lado.  Mi primera reacción fue llevarla al Círculo, hasta que recordé que apenas unas semanas atrás un primo me había contado que ya no había billar ahí.  El pasillo de las mesas estaba cerrado.  Tampoco dejaban pasar a los baños; ni siquiera pagando.  Decidí llevarla al Diamante.

Para empezar, la puerta como de casa de citas ya no existía.  Ahora había una más amplia y, por lo menos al principio, con nuevas escaleras.  Después de unos cuantos metros hacia arriba todo seguía como antes.  Pero algo no me cuadraba: había letreros en las paredes de "pool hasta el último piso".  Mal augurio.  Se supone que ese piso era el de los viejos caramboleros con apenas unas mesas de pool.  Yo subía hasta ese piso precisamente porque estaba vacunado contra los gruperos, chicos cool, cholos, pseudo roqueros o darquetos de billar que molestaran con su música o su mera presencia.  Mi mal presentimiento se volvió certeza cuando, al acercarme, comencé a escuchar a Búnbury.  Aparte, ya estando ahí, nadie se acercó a atendernos.  Justo cuando nos íbamos, alguien se acercó y elegimos mesa.  El orden de la música después de la sarta de Bunbury siguió así: El Tri, una banda punk española que no sé cuál sea y (cuando ya casi nos íbamos) música de banda.  Ya no sé si volveré a jugar billar en el centro de nuevo.

As: Stormy Weather - Pixies.

Atte: Juan Ramón.

5 comentarios:

Kareve dijo...

Me cala (machín) jeje tu combinación de fondo azul y letra blanca :( hasta ahorita me sentí con la confianza de decirte jaja. Me acordé de la impresionante banda toronja ¿o cómo era? eres medio mamón y segregalista. Ojalá algún día seas rico y tengas tu propia mesa de billar en tu casa y me invites a jugar para no juntarme con esos nacos apestosos morenitos, jajajajajaja ;)

Anónimo dijo...

OYE HIJO.. DE TU CHIN.. MAD. CUANDO HABLES DEL "CIRCULO LEONES MUTUALISTA" TIENES QUE LAVARTE EL HOCICO CON LEJIA, YA QUE AUNQUE JUGAMOS PURO VIEJITO, ES EL MEJOR LUGAR PARA LA CONVIVENCIA Y CREO QUE TU ERES UNA LACRA EN SERIO Y MEJOR NI TE PARES AL CENTRO NI A NINGUN OTRO LADO. Y MENOS CON LOS JOTOS QUE TE JUNTAS, QUE ES LA PRIMA DE MI AMIGO, MEJOR DI QUE ES EL AMIGO QUE TE ARRIMA, NO TE HAGAS. SE CONOCE A LEGUAS EL TIPO QUE ERES.

E. Latortuga dijo...

El temible hombre de los separadores himself. ¿Ah no? Perdón... xD

dante manrique dijo...

amigo a lo mejor jamas vas a leer esto ya hace tres años de tu ultimo comentario lei lo de las cervezas de a 11 era yo el que las vendia chales, estaba bien morrito, y por cierto la acusación fue que el chavo se puso borracho ahí con un vodka de ahí fue que llego fisca y pues una cosa llevo a otra muy buenas tus anécdotas .... me moviste un poco los recuerdos

El Compañero. dijo...

Muchas gracias por leer, Dante. Lo importante es que podemos recordar, ¿no?

Atte: Juan Ramón.