viernes, 30 de septiembre de 2011

Una mera curiosidad.

Resucité mi viejo fotolog nada más porque ahora tengo muchas más fotos propias que nunca.  Es un vergonzoso archivo de intimidades y tests estúpidos que me llegaban, especialmente de cuando tenía veinte años o menos (por algo se llama "moncho 17", qué horror).  Por suerte sé que a casi nadie le interesa.

Éste es el enlace: http://www.fotolog.com/moncho17  (Antes incluso estaba en la lista de links de la derecha).

La primera de muchas cursilerías que desfilarán de nuevo por ahí.  
Atte: Juan Ramón

miércoles, 14 de septiembre de 2011

El viejo corral.



Por supuesto que yo no recuerdo los tiempos casi mitológicos en los que -cuentan- la vida era más sencilla, de campo, por estos rumbos.  No hay modo de que recuerde pozos de agua al aire libre, patos, hortalizas, calles y pisos de pura tierra, mulas, carretas, chivos, etc.  Si embargo, recuerdo bien otras cosas y también he sido testigo de algunos cambios.

Todavía recuerdo que en el patio de mi casa había muchos animales.  Era un corral en el sentido literal y le seguimos diciendo así tal cual: "el corral", aunque ya sólo lo habiten ratones, alacranes, grillos, gatos furtivos y tortugas en una tina con agua.  Antes había un chiquero con puercos que me daban un poco de miedo pero también me fascinaban.  Muchos gallos y gallinas se correteaban por todos lados.  En cuanto a plantas, parecía una selva.  Sigue habiendo mucha vegetación, pero ya más domesticada en macetas.  Había una zona a la que mis primos y yo llamábamos "el otro corral" porque daba un poco la impresión de estar apartado de todo lo demás.  Me gustaba mucho jugar ahí, aunque era el lado más peligroso.  Estaba lleno con montones de más de metro y medio, de fierros viejos y cacharros oxidados.  Había hasta una estufa pequeña que utilizábamos para jugar a la casita.  Me encantaba encaramarme a las montañas de chatarra para husmear y descubrir artilugios raros, aunque nunca supe para qué servía la mayoría.  Después de todo estaban arrumbados y nadie los usó jamás, pero a mí me iban de maravilla para jugar a lo que fuera que se me ocurriera.

Diez años antes de ver una película de Indiana Jones por primera vez, uno de mis juegos favoritos era el de  buscar tesoros.  Aunque para mí no era ningún juego: estaba convencido de que en alguna parte de la casa (el corral era el lugar obvio para cometer mi cruzada) había una fortuna oculta por alguien mucho tiempo atrás.  Recorrí todo el lugar hurgando y escarbando hasta que por fin hallé una caja vieja de madera que no tenía nada dentro pero que satisfizo mi búsqueda del tesoro.  Todavía la conservo y uso.

Hacia el 95 mi mamá empezó a hacer la primera de innumerables remodelaciones a la casa y empezó por el corral.  De esa manera me fui despidiendo de la cordillera de fierros viejos, de los animales, de las plantas creciendo por sin ningún lado y de muchas de las cosas que me encantaban de ese lugar cuando era niño.

Todo lo que el viejo corral le dijo a mi infancia se ha perdido de uno u otro modo en el ámbito físico del lugar que habito, pero ha perdurado en mí en la medida en que forma parte de lo que yo entiendo por vivir.  Vivir feliz; vida donde el juego, por pueril y fantasioso que sea, termina por descubrirnos tesoros.


(Todas las fotos son mías).

As: Levitate Me - Pixies.

Atte: Juan Ramón.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Babosadas que pueblan mi cuarto.


  Como anoche no podía dormir, me puse a buscar mi guante de billar.  Apenas comenzaba  la búsqueda cuando di con el caballito y me pregunté si todavía serviría.  Lo tengo desde hace como diez años y su chiste es que si le pones una pila en la panza y le subes la cola es capaz de caminar de forma autónoma.  Según yo ya no funcionaba, pero carezco de pilas útiles en mi cuarto para comprobarlo y fue hasta que lo tenía todo despanzurrado cuando se me ocurrió la genial idea de ir por una del control de la tele.

  Ya había conseguido mi ansiada somnolencia pero tuve que desarmar y volver a armar al puto caballo varias veces debido a errores minúsculos que arruinaban toda la operación.  En determinado punto pude hacerlo funcionar perfectamente y debí haberlo dejado por la paz en ese momento; pero me habían sobrado como tres tornillos y la necedad no me permitió darme por vencido.  La última vez que lo armé ya no quiso funcionar y terminé rompiéndole una pata por accidente.  Ahora respeto mucho más a todos los relojeros del mundo.  Si manosear las piezas de un pobre caballo de juguete es UNA CHINGA, no quiero ni pensar en la joda de los que mantienen funcionando al Big Ben o algo así.

No me quiero deshacer de él, pero eso es lo que hacen con los caballos fracturados en las películas (y en las canciones de Bronco) :(



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Elizabeth se fue a la playa y lo único que me trajo fue una pinche langosta con un imán en el vientre que terminó pegada en una lata de mi escritorio.  A Kareve le trajo una taza para su adicción compartida: el café.  Discriminan, pues, a quienes encontramos más disfrute en un vaso de agua que en un menjurje de color sospechoso que además te quema la lengua y te hace ver colores cuando cierras los ojos.

El camioncito también es una lata (literalmente) y originalmente contenía unos dulces muy sabrosos.  Ahora lo uso para tener algunos papeles a la mano.

El caleidoscopio con vestido Pollock me lo hizo Kareve y lo quiero mucho más que a la mayoría de las cosas que tengo.



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¿Apoco no rifa este tecolote? Era de los que mueven la cabeza con el aire, pero ahora la tiene eternamente inclinada hacia adelante. Como ya está muy viejo, lo tendría que someter a una delicada intervención quirúrgica para librarlo de sus afecciones en el pescuezo y la experiencia con el caballo me dejó lo suficientemente nervioso como para no volver a meterle mano a otro de mis tiliches en un buen rato.


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No recuerdo si alguien me dio esa piedra o yo la recogí.  Tampoco recuerdo por qué me pareció buena idea tenerla en un librero.

El monito es el único sobreviviente de una amplia colección de sellos que trollearon las hojas de mis libros para colorear (hace mucho tiempo de eso, como podrán imaginarse).


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La máscara de coyote es una cuatro ojos amiga de todos los niños asustadizos.

El dibujo fue el regalo artesanal de una ex novia para mi cumpleaños 18 o 19 (no recuerdo bien).  También fue el  pretexto para uno de los episodios de patanería machista más detestables que tuve con ella.


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Quise compartirles las formas de rosetón de catedral LaVeyana que uno ve cuando se asoma al caleidoscopio que Kareve me hizo pero es muy difícil y sólo salió esto:




As: Bullet With Butterfly Wings - The Smashing Pumpkins.

Atte: Juan Ramón.