lunes, 12 de noviembre de 2012

Elogio del error y del papel.


El 12 de noviembre debería ser declarado día oficial de la nostalgia.  Desde hace décadas se festeja en esa fecha el día nacional del libro, conmemorando el natalicio de Sor Juana Inés de la Cruz.  Cuando empezó a celebrarse la gente seguía usando el servicio postal y supongo que no se les ocurrió que iban a dejar de hacerlo pronto.  Desde hace mucho se festeja en esa misma fecha el día del cartero.  La gente de mi generación no es muy consciente de ninguno de los dos festejos, pero el día del cartero está olvidado por completo.  La mera presencia de los carteros es vista con desconfianza por su tufo a fantasma que todavía no sabe que está muerto.

Los libros aún no levantan tantas sospechas de putrefacción.  En un país donde hay millones de personas sin acceso a la alimentación, me parece cuando menos incómodo seguir el debate de moda en países más afortunados acerca de la desaparición del libro de papel frente al avance del electrónico; pero creo que no es una cuestión menor.  La desaparición del libro de papel no significaría (aunque algunos viejitos berrinchudos como Vargas Llosa sostengan lo contrario) el estertor final de la civilización en Occidente ni nada parecido, pero sí tendría otras implicaciones.

La imprenta forma parte del mundo ahora tanto como lo hicieron los mamuts antes de extinguirse.  Todos nos empobreceríamos al privarnos de un campo semántico tan inabarcable como el que suscita la palabra impresa.  Es como la muerte de un idioma: al desaparecer una lengua se apaga también una manera particular de ver el mundo, con sus propias sutilezas intraducibles.  Lo mismo pasará cuando se cambien los formatos de lectura para siempre y el papel con tinta se vuelva un anacronismo.  Las realidades que lo acompañan se manejarán también con guantes de algodón, pasando a ocupar anaqueles en vez de almas.  Sé que la extinción y la transmutación son partes inevitables de la existencia toda, pero para nosotros también es ineludible la pesadumbre ante las pérdidas y la añoranza de lo que ya no es.

El día del cartero, para algunos, sigue siendo la hora de dejarle dinero en el sobrecito que te dan con la leyenda "12 de noviembre-día-del-cartero" estampada. Sin embargo, el mundo postal ya experimentó la reducción casi total a pieza de museo de un modo más radical que los libros.  El hecho de que existan tantos tipos de letra manuscrita como personas sobre la tierra ha sido entregado al olvido por las uniformes Arial, Helvética, Courier, Comic Sans y sus etcéteras.  La incertidumbre previa a recibir un sobre en la puerta se ha sustituido por la eficacia inmediata de las máquinas y sus pulsos binarios.

La falibilidad conduce a la empatía, al recuerdo (memento mori) de que siempre puede haber un bicho en el sistema.  Los yerros son propulsores de la rebelión, baluartes de la pluralidad y pequeños emisarios del caos que intentamos domar todos los días.  Por eso los nostálgicos inflamados de lugares comunes —como yo— preferimos una hoja borroneada a la falsa asepsia del backspace.

No se trata tampoco de iniciar la revolución de la tinta o entregarse con fe ciega a las enseñanzas de Tyler Durden (His Name Was Robert Paulson!).  Aun los enfermos de nostalgias incurables agradecemos las ventajas que ofrece el presente.  Estoy publicando esto en un blog y he llevado una vida muy activa en internet desde que supe qué era.  Eso no me impide cultivar algunos actos personales de resistencia.  Lo importante siempre será no olvidar todo lo que nos ha conformado.  Nunca traicionar el hecho de que lo gozado y padecido fue preludiado por los que ahora son fantasmas al borde de la evanescencia.

Atte:.

domingo, 28 de octubre de 2012

Estado del arte.

Durante los seis años que duré bebiendo alcohol, lo que mayor sufrimiento me causaba era sentir que no era libre.  Creo que si hay algo sustancial en nosotros es la capacidad para acertar y errar deliberadamente.  Podemos -o por lo menos tenemos la ilusión de que así es- escaparnos de nuestros dictados genéticos para actuar fuera de las restricciones que vienen "de fábrica".

Cuando me embriagaba ni siquiera sentía que fuera yo el que cometía las estupideces.  Gran parte del remordimiento de entonces se debía a que mi yo "normal" se sentía escindido del yo "borracho" aunque  fuéramos el mismo.  Es algo como una posesión; un mal espiritual cuyo síntoma más visible es la desmesura.  Lo que me dolía era no poder actuar o dejar de hacer lo que fuera si no era asumiendo que debía estar embriagado siempre, como si eso no afectara en nada mi conducta.  Y aunque los dolores de cabeza y las culpas estuvieran ahí a diario, la voluntad se hallaba tan torcida que ni siquiera eso bastaba para ver que cualquier justificación era ridícula.

Estoy cumpliendo un año sin haber tomado una gota de alcohol.  Hace apenas doce meses nunca hubiera imaginado escribir esa frase con sinceridad, pero así es.  No necesité un contador tonto en el blog como en varios de mis intentos anteriores.  En este tiempo he cometido errores y aciertos acaso más profundos que los que había perpetrado en los años de embriaguez.  Me duelen profundamente los unos y me enorgullecen los otros, como siempre.  La diferencia sustantiva es que ahora los siento completamente míos.  Los fallos han sido terribles y muchas veces dudo si merezco ser el autor ineludible de mis actos.  La carga de ser libre no es sencilla y aprender a vivir con uno mismo sin escapes o coartadas es quizá la labor más complicada que hay.  Sin embargo, estoy convencido de que ese trabajo, por arduo que sea, es el más remunerado.  Si los tropezones son peores significa que todavía tengo muchos dragones a los que asesinar antes de encontrar lo que vale la pena de mí mismo.

Hace un año, en la cruda de mi última borrachera, regresé temblando a la casa con uno de los sentimientos de vacuidad más horribles que he sentido jamás.  En el camino traté de serenarme y recordar (como en la famosa y bella escena de Manhattan) cuáles son las cosas que para mí hacían que valiera la pena seguir vivo.  Recuerdo algunas con certeza, entre ellas la luz del otoño y Louis Armstrong (sí, también como en la película).  Llegando prendí la computadora y puse esta canción:




Llegó un nuevo otoño y yo sigo aquí.  Su luz me sigue poniendo melancólico pero feliz al mismo tiempo; por ser capaz de verla y por saber que todas las personas que todavía me quieren a pesar de mí la ven también.  Siento que ahora mis acciones me pertenecen un poco más que hace un año, para bien o para mal.

Los tiempos cambian, como dice Bob Dylan.

Atte: Juan Ramón.

lunes, 16 de julio de 2012

Tabasco dos mil...doce.


Ya había dicho esto en un viejo post, pero no importa: una de las cosas que más disfruto de viajar a Villahermosa es abrir los ojos por la mañana, en el camión, y descubrir que amanecí en otro mundo.  Al cerrarlos alcanzaba a ver por la ventana montes muy oscuros, recordaba la central de Córdoba, tenía tapados los oídos por la altura de Orizaba.  Cuando despierto el vidrio está empañado, signo de que el frío que padecí durante las muchas horas de camino ahora no es más que un engaño.  Las gotas resbalando en el cristal son una modesta bienvenida a las aguas de Tabasco.  Y el verde, que lo abarca casi todo (lo que no es verde es agua y viceversa): incontenible, afanado en brotar por donde quiera.  Las primeras bocanadas de aire bajando del camión son asfixiantes, confirman la ilusión marca ADO.  El agua da un segundo saludo, hostil, colándose a los pulmones en la respiración de una atmósfera cargada con los que parecen ser todos los ríos, todas las lluvias, todos los pantanos.

 La humanidad y la naturaleza de Tabasco manan inagotables, indiferentes al sentido común.  Los puentes carreteros parecen imitaciones de una ruina olmeca, llenos de plantas y de moho creciendo en cualquier pedazo.  Quien haya exiliado a las plantas de la infraestructura carretera evidentemente no le puso suficiente atención al sureste.  Los animales tampoco tienen demasiado interés en respetar los compartimentos de la razón; no es raro encontrar cocodrilos tomando el sol a orillas de la laguna que atraviesa parte de Villahermosa —y que se llama, por cierto, "de las ilusiones". 

Ya puestos a hablar de espejismos, no resulta muy difícil imaginar la época en la que a Villahermosa sólo se llegaba por agua.  La ciudad que Graham Greene comparó con Venecia antes de que el sol y el calor de la mañana siguiente lo forzaran a retractarse.  La misma época en que Garrido Canabal se dedicaba a destruir iglesias,  fusilar curas y hacer fogatas con santos y crucifijos: la mesura no existe aquí ni para la razón.

Quizá la palabra que mejor defina a este lugar sea inundación. No como catástrofe, sino como un permanente desbordamiento de todo lo que pueda escapársele al dique de la normalidad:  colores, vegetación, lluvias, fervores, calor, ríos, el petróleo.  Todo está brotando todo el tiempo de quién sabe dónde.  Como si la muerte nunca pasara por aquí.


As: I Can't Believe You're In - Charlie Parker.
Atte: Juan Ramón.



martes, 10 de julio de 2012

Disciplina.





Aunque insistamos en dividirnos en categorías del tipo "a mí me gustan las películas de miedo / a mí las de robots que explotan / a mí las 'de amor' " o "yo escucho de todo / es que tú escuchas pura música en inglés[?] y a mí casi no me gusta", una de las cosas más interesantes de estar vivo es darse cuenta de que las etiquetas sólo sirven pegadas en las botellas.  Puede haber aguien que diga disfrutar exclusivamente del "cine de arte"[???], sea lo que sea eso, y no ser un imbécil; hay personas, por lo demás normales, que votan por el PRI convencidos de que nos hacen un bien a todos.  Esa insólita diversidad, muchas veces plagada de contradicciones, también está en el interior de todos.  En los demás es más fácil de notar, pero tarde o temprano descubrimos esa misma clase de categorías barrocas y muchas veces contrapuestas en la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Conforme pasan los años vamos estructurando pequeñas cajoneras internas con información cada vez más detallada sobre nuestras actitudes ante todo lo que se nos cruce por los sentidos: gustos, manías, aversiones, etc.  Todas relacionadas entre sí en una red de permutaciones tan complejas que sólo pueden arrojar la conclusión que ya dije: las etiquetas sólo sirven en las botellas.  ¿Realmente dice algo de ti el hecho de que, por decir algo, prefieras Family Guy por encima de los Simpsons?  Supongo que sí, pero no por el hecho en sí, sino por otro montón de preferencias detrás de ésa, que a su vez obedecen a categorías mayores, etc.  Esa red de cruces innumerables es lo que somos.  No éste o aquél nodo, sino todo junto.

Pero otra vez me perdí en las tonterías con las que me enredé tratando de explicar en esta entrada por qué me enmaraño tan fácil.  A lo que quería llegar era a que por más complicado que sea el tejido que nos permite sentir que somos nosotros mismos, hay cosas que nos determinan más que otras.  ¿Me estoy contradiciendo?  Seguramente: es normal.

En el último mes me he dado cuenta de que uno de los rasgos de personalidad que más han influido el curso de mi vida es un gravísimo problema con la disciplina.  Hay algo muy repelente en el hecho de acanalar la vida con rutinas impuestas (o autoimpuestas) que no me permite ser constante con nada.


Tengo recuerdos vagos de mi infancia temprana y uno de los más claros es el de no querer hacer la tarea del kinder, que mayormente consistía en hacer planas y más planas de letras (recuerdo con molestia especial a la erre, no sé por qué).  Lloraba y mi mamá, que es maestra, trataba de hacerme ver la satisfacción del deber cumplido mientras yo pensaba que no tenía sentido llevar a cabo una actividad tan enajenante cuando había tesoros enterrados en mi propio patio.

Y es que el ejemplo mayor de la disciplina, para gente de mi edad, son las labores escolares.  Llevo por lo menos 15 años conviviendo con ellas pero siempre he sentido que la mayoría de las tareas y las clases no sirven para absolutamente nada.  Ni los maestros.  Ni las escuelas.  Si uno quiere aprender algo lo aprende porque le gusta y porque se le da la gana, fin de la historia.  Se puede leer, se puede hacer lo que sea necesario sin tener que desembolsar un solo peso en colegiaturas o impuestos.  En caso de considerarse necesario se puede incluso buscar a personas que sepan más sobre el tema y quieran guiarlo a uno.  Pero si lo que se busca es ser alguien en la vida, algo, una persona de bien, un hombre/mujer de provecho o cualquiera de esas cosas indefinibles que nos dicen las mamás, se supone que tenemos que pasar por  los ritos institucionales, tan engorrosos y lentos como la incorporación de una cucaracha puesta panza arriba.

Pero ése es nada más el aspecto más visible de mis problemas con la disciplina.  Hay otras actividades menos absurdas que la escuela (la mayoría de los aspectos de la vida, por lo que sé) que también me cuesta muchísimo atender.  El ejemplo más a la mano que se me ocurre ahora es este mismo blog.  Ha cambiado de nombre por lo menos dos veces, he tratado de seguir ejes temáticos, me he puesto cuotas mensuales, lo he rediseñado... y nada ha sido suficiente para que me aplaste a ESCRIBIR en él con regularidad.  Nada absolutamente.  Pero escribir es algo que disfruto de alguna manera, aunque me parezca difícil como el carajo.  ¿Cuál es el problema entonces?  Repito: me parece DIFÍCIL como el carajo.  Ése es el asunto.  No basta con que me guste: además debe ser fácil.  Si todo el mundo fuera como yo, el camino desde la humanidad actual hasta la que se imaginaron los autores de Wall-E se acortaría geométricamente.


No tengo la fuerza de voluntad suficiente ni para dormirme temprano y en vacaciones el problema aumenta.  A veces, cuando trato de dormirme ya muy avanzada la madrugada, el sueño se esfuma no sé por qué a quién sabe dónde.  En esos casos trato de aplicar el método Elizabeth: no dormir en absoluto y tratar de aguantar en estado zómbico lo más posible hasta que llegue la hora en que duerme la gente decente.


De hecho, escribir este post fue sólo una manera de no quedarme dormido a media mañana, además de (como ya lo habrán notado) confesar públicamente, aunque con rodeos, esta límpida verdad: soy un huevón irredento.






As: Temptation - New Order.

Atte: Juan Ramón.

viernes, 1 de junio de 2012

Buen ánimo.


La cara de foto corre por cuenta de Satchmo.  Yo no compito.

Para empezar, estando en la prepa todavía hacía mis trabajos a máquina.  Siempre me daba pena preguntar al principio de los cursos si los trabajos sólo podían entregarse en computadora, porque yo no tenía una en casa y los cibercafés todavía no eran tan accesibles.  La mayoría me respondía que sí, pero mamones nunca han faltado en el mundo.

Cuando al fin pude tener mi PC (en febrero del 2006), no tuve la precaución de verificar si tenía tarjeta para internet inalámbrico, sobre todo porque ni siquiera tenía idea de qué fuera eso.  Cuando me di cuenta, sobre todo al entrar a la universidad, de que mis necesiades habían virado, una lap era demasiado pedir tomando en cuenta que apenas me habían comprado la de escritorio.
No es que mi casa sea grande o tenebrosa y el traslado desde mi cuarto hasta "la otra sala" (así le decimos aquí al cuarto en donde tenía la PC) fuera especialmente terrible: es una cuestión de intimidad, de espacio vital.  De poner una distancia aunque sea tenue entre la perpetua observación cuervo-parental y el lo-que-se-me-dé-la-gana.  De irse ganando un poco de independencia, aunque sea de a poco y en la propia casa.  De tener cualquier chunche que uno quiera a la mano sin necesidad de ir de un lado a otro, de escuchar música como la gente ha escuchado música por años y no en archivitos carentes de alma sin necesidad de cargar el aparato de una parte a otra.  Ahora mismo, para celebrar, puse un disco de Louis Armstrong que compré hace poco; nuevo pero viejo. Sólo lo había tocado unas dos o tres veces antes de ésta, que es ocasión para celebrar.

Quizá la panza me crezca por eliminar la distancia entre mi cuarto y La Otra Sala, disminuyendo así unos metros a los 10 que incluye mi rutina de ejercicio diario.  Pero también puede que me cambie el humor lo suficiente como para animarme a salir a correr.  Así de poderoso es para mí el simple cambio de una computadora de escritorio a una portátil.

A veces cuando iba a casa de Kareve (con frecuencia, de hecho) le decía que le cambiaba su cuarto por el mío.  Y no es que prefiriera especialmente sus cosas a las mías, o que no me importen mis objetos, etc.  sino que ella siempre ha tenido la computadora ahí mismo, mientras que yo al principio tenía incluso que salir de mi casa.  Ahora trataré de no envidiar cuartos y de darles un consejo tonto de tía católica borracha: ¡Valoren!

As: I Ain't Got Nobody - Louis Armstrong.

Atte: Juan Ramón.







domingo, 20 de mayo de 2012

Un juego pueril.


     Una de las frustraciones principales que experimento cuando me dispongo a redactar un texto (o cuando tengo solamente el deseo de hacerlo) es la incapacidad, mezclada con inutilidad, que experimento al trasladar algo que por naturaleza es difuso y movedizo hacia un medio que trata desesperadamente de evitar  la indeterminación en aras del registro y la simplicidad.  Las categorías lógicas, determinadas por nuestras vivencias como si fueran un conjunto de axiomas, teoremas y conjuntos, se sustituyen en nuestra verdadera interioridad por asociaciones  impredecibles que varían enormemente de una persona a otra, de una habitación a otra, de una hora a otra, etc.  Los conceptos unívocos, si alguna vez tuvieron validez, abren paso ahora a un diccionario personal en constante metamorfosis : una lava alquímica de disolvencias que, sin embargo, nos produce la ilusión de ser siempre los mismos.  

     Quizá exagero al sugerir que todo el pensamiento es tan inasible como yo lo experimento.  Puede que sea simple falta de concentración, de orden o hasta de pensamiento en sí, pero extrapolo mi experiencia porque es la única a la que puedo acceder directamente.  Y en mí los pensamientos se ajustan al desvarío.  Por más formal que sea el tema sobre el que pienso, mis evocaciones terminan saltando de un lado a otro sin que yo pueda impedirlo (o me esfuerce mucho por lograrlo).  Creo que, teniendo las cargas simbólicas adecuadas, siempre llega un momento en el que la digresión es inevitable.  Todo puede relacionarse con todo en más o menos pasos, dependiendo de nuestros horizontes de sentido y de nuestra memoria.  


     Esto me recuerda a que cuando era niño "inventé" un juego (pongo las comillas porque es imposible que sólo se me haya ocurrido a mí).  Se llamaba "Conexiones" y trataba de aprovechar el asombro que me produce esa cualidad saltarina de la evocación.  Se trataba simplemente de decir lo primero que se viniera a la mente al detonar una palabra y de ahí seguir la cadena ayudado por el otro participante.  Ahora, por ejemplo, se me ocurre pensar en la palabra "uñas" porque estoy viendo las mías justo ahora.  Supongamos que ésa es también la palabra que hubiera aparecido en la mente de mi hipotético interlocutor en nuestra imaginaria sesión de "conexiones".  Al sólo rozar suavemente el concepto "uñas", mi cerebro despliega rápidamente un catálogo amplísimo de imágenes, vivencias, recuerdos, olores, colores, otros conceptos, etc.  El juego continúa al elegir algo revelador o asombroso, sin lógica aparente, para descubrir después las razones detrás de la elección y, a partir de la respuesta, el otro elaborará otra conexión insólita (para todos los demás por lo menos) y  así sucesivamente.  En este caso ("uñas"), mi respuesta sería "rojo", supongo que por el hecho de que de chico me impresionaron las uñas largas de mi mamá, que además iban siempre pintadas con alguna variación de ese color.  A partir de "mamá", el segundo jugador elaboraría otra conexión del mismo tipo.  Creo que el juego es capaz de darnos una impresión general de algún rincón del mecanismo en el alma de la otra persona, dependiendo de su apertura y su sinceridad.  Nos asoma por un momento a la compleja maraña de símbolos que conforman a la persona frente a nosotros y, en otro nivel, puede desencadenar pláticas muy interesantes cuando se creían agotados los temas de conversación, a la manera en que comenzó este párrafo.


As: Sprawl II (Mountains Beyond Mountains) - Arcade Fire.

Atte: Juan Ramón.

lunes, 30 de abril de 2012

Los pollitos.


Fui a comer al Pollo Feliz.  La fecha y el lugar son relevantes porque en ese lugar solían o suelen regalar pollitos vivos el 30 de abril.  En una de esas veces, cuando tenía unos siete años y la fecha de mi primera comunión se acercaba, también fui a comer Pollo Feliz con mi mamá el día del niño.  Salí muy contento con mis pollitos amarillos, que fueron mi bien más preciado durante esos días.

Llegó el día de mi primera comunión.  Había sido un muy destacado alumno en el catecismo y me habían ensuciado tan bien las neuronas que hasta pregonaba que iba a ser sacerdote cuando creciera.  Por suerte fue una de las vocaciones efímeras de mi infancia, como la de torero o la de "inventor"; pero mi abuelita y mi mamá estaban tan contentas que me organizaron una fiesta en el patio por haber comido la dichosa oblea.  Hubo el pastel y las hordas de primos que siempre se juntaban en mi casa.  Por desgracia para mi ego el cielo se nubló y tuvimos que terminar la sesión de pleitesía al nuevo miembro de la grey anticipadamente. Los pollitos estaban encargados con un primo, quien puntualmente los olvidó en el patio.  Cuando llegué de la escuela al día siguiente la noticia era que los había matado la lluvia.

Algunos años después, ya estando en secundaria, me volvieron a regalar pollitos vivos en el Pollo Feliz.  Esta vez los cuidé con mucho más esmero, al grado de que nos los comimos a casi todos en un cumpleaños.

As: (Nice Dream) - Radiohead.

Atte: Juan Ramón.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Solar Quartet.


Existe una discusión sobre qué tan determinante es el papel del receptor en el proceso de creación artística.  Hay quienes creen que el artista debe ser un alquimista aislado en su torre, efectuando transmutaciones legendarias sin apenas reparar en lo que sucede afuera de su universo.  Hay otros que afirman que ninguna obra de arte es entendible sin sus circunstancias y que el público debe estar siempre en la mente del artista, quien sólo es un propiciador de efectos.  Es justo la clase de discusiones que provocan dolores de cabeza y vehementes peticiones de principio precisamente entre quienes no nos dedicamos al arte ni a la alquimia.  Para mí, el objetivo del artista debe apuntar más bien a alguien que reciba (escuche, lea, vea) sus obras de forma activa, participando con su propia humanidad; no al que simplemente espera ser complacido, sino al que completa por sí mismo lo que se le ofrece.

Solar Quartet no deja de responder al compromiso primordial que un artista debe tener hacia su propio arte, pero tampoco considera como meras abstracciones a quienes los escuchamos.  Es una música hecha para exigir a las audiencias.  Se supone que éstas son maduras, dispuestas a participar, no los monigotes que suelen asistir a los rituales de la seriedad cooltural.  No se permiten concesiones, pero tampoco exponen un galimatías esotérico.  Sus piezas son de artillería: ser trata de minar la complacencia, la mediocridad.

¿Con qué otro género podrían llevar a cabo esta visión sino con el jazz?  Aparte de ser muy competentes en las -por llamarlas de algún modo- estructuras del género, los miembros de Solar Quartet aprovechan la versatilidad que les ofrece para intercalar formatos que los que parcelan la música consideran exóticos, sin darse cuenta de que el alma que los recorre es una sola.  Las cadencias más reconocibles de, por ejemplo, el huapango, toman sentido en medio de los brillantes solos que apuntalan la improvisación.  De la aparente deriva caótica de piezas como "Quetzalcóatl", poco a poco se van desmadejando los motivos que sirven de sostén a las composiciones.  Hay también piezas ("En Un Suspiro", "N.A.") que montándose más decididamente en el avant-garde provocan escenas de excitación, melancolía o introspección profundamente emotivas.  También aportan al repertorio las piezas que en fluida celebración permiten imaginar el júbilo que deben experimentar estos músicos ejerciendo su arte.  Así, "Atl" ha sido usada en distintas ocasiones como pieza final y clímax de sus recitales.

A mí me produce una sincera satisfacción el hecho de disfrutar a una banda así en esta ciudad, cuya mediocridad muchas veces parece invadirlo todo.  No es ése el caso de Solar Quartet, quienes con su música abren una grieta por donde vislumbrar que las cosas, para que realmente valga la pena gozarlas, deben hacerse con calidad, talento, amor por la vida y pasión por lo que se hace.

*****

Para los que quieran saber más de la banda, les dejo una entrevista al pianista, Adalberto Tovar, hecha por mi compa El Jero y un video.  Disfruten.

-La entrevista aquí:  

-El video:



Atte: Juan Ramón.

lunes, 5 de marzo de 2012

Sabor chino.


   Volví a comer estos chicles.  Recuerdo que antes me compraba unos cuatro paquetes cada vez que iba a ver una película a los Cinépolis de Centro Max.  Ya diez años de eso, caray.  De cuando mi mundo no abarcaba mucho más que la secundaria, mis dos únicos amigos de entonces, Tolkien y The Beatles.

   En el fondo sigo siendo un ñoño intimidable y las cosas que más me mueven siguen siendo muy pocas.  Quizá el sabor de la relevancia tiene la costumbre de presentarse en dosis tan elementales como un paquete de chicles chinos.  No lo sé, pero ahora ese paquete rojo me transmite un golpe inmediatamente emocional; una sacudida contra la inercia.  Es un testamento de que lo más común (una canción, una piedra, un garabato, un nombre) nos puede otorgar, aunque sea de modo fugaz, un refugio contra el olvido.

As: Sur - Edmundo Rivero.

Atte: Juan Ramón.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Relatividad.




   Una de las cosas que más me atemoriza sobre el hecho de crecer es darme cuenta de que la relatividad del tiempo es algo tan concreto como el vaso de agua que me estoy tomando.  Cuando era niño acostumbraba hacerme imágenes mentales para que la cuenta del tiempo no se me complicara.  Así, "hace veinte años" significaba "los setenta" y "los setenta" significaba señores bailando en una disco: "los setenta (señores bailando en una disco)" = "veinte años atrás".  Cuando llegó el año 2000 una preocupación mucho mayor al hecho de que posiblemente el mundo se acabara era la de tener que cambiar mi configuración para que "hace veinte años" equivaliera a "los ochenta".

  Cuando estaba en los últimos semestres de la carrera con mi generación original (2006-2010) me fui dando cuenta, poco a poco, en pláticas de borrachos, de que "hace veinte años" ahora implicaba fechas en las que ya nosotros empezábamos a vivir y recordar.  De pronto esos veinte años ya no eran solamente una abstracción aplicable a cosas pasadas de moda, sino también a mí mismo.  Parte de mí comenzaba a quedarse en el pasado y la cuenta de los años se volvía cada vez más dolorosa. Un vistazo al interior me descubrió muy distinto a todo lo que había imaginado que sería para entonces.

  Conociendo a mis contemporáneos me di cuenta de que el sentimiento de frustración por no ser todo lo que esperábamos y la perspectiva cada vez más real  de que nunca llegaríamos a serlo es la norma.  Es la definición más llana de una crisis de la edad, que era otro de esos términos que siempre leía en las revistas y que comprendía sólo en niveles distintos al de la vivencia.  Crisis no significaba más que una palabra repetida con mucha frecuencia en los noticieros.  Las palabras también son relativas cuando nos damos cuenta de que su fuerza puede rebasar la del mero uso del lenguaje para terminar de anidar en el misterio que es estar vivo.

   "Hace veinte años" cambia de significado con cada minuto que pasa, pero yo no terminé de comprenderlo con cabalidad hasta que esos veinte años me sucedieron a mí y lo único que pude darles como respuesta fue una borrachera perpetua y sin sentido.  El tiempo es relativo, sí, pero eso no le quita rigor para exigir el pago de cuentas.  Haber cruzado el umbral de las dos décadas podría bastarle a cualquiera, si es sensato, para darse cuenta de que esas crisis de la edad no son sino las facturas que la vida nos exige de vez en cuando por dejarnos habitarla.  La mejor cara que uno puede ofrecer, como a cualquier abonero, es la del pago puntual.  La evasión sólo aumenta la cuenta y los intereses se acumulan hasta apisonarnos tan bien contra el suelo que a veces cuesta distinguir algún pedazo propio entre lo que la estampida del relativo pero salvaje tiempo deja atrás.

As: I'm Happy Just To Dance With You - The Beatles.

Atte: Juan Ramón.

viernes, 6 de enero de 2012

Christopher Hitchens (1949-2011)

Hitchens murió por una neumonía derivada del cáncer el jueves 15 de diciembre. El constante cigarro, el interminable vaso de whisky.  Cuando anunció que tenía cáncer  surgieron muchos ridículos diciendo cosas como que Dios le había dado el cáncer de esófago como represalia por utilizar su penetrante voz para blasfemar contra el sagrado Nombre —cosa que hizo con mucha prominencia pero nunca, que yo supiera, utilizando su tracto digestivo para ello.  Hubo otros que expresaron su apoyo y públicamente pidieron oraciones para su recuperación.  Esto lo vi en una entrevista y me intrigó la respuesta que pudiera ofrecer para algo así.  Lo que hizo fue agradecer la solidaridad, pero aseguró que no iba a ser por magia de ningún tipo que él pudiera librarse de su enfermedad. También dijo estar seguro de que nunca se retractaría de lo dicho o lo hecho y que, en caso de que fuera así, la entidad que lo hiciera no iba a ser Christopher Hitchens sino alguien mas, seguramente con el cáncer extendido a sus funciones cerebrales.

El Hitchens  que escuchamos y leímos era alguien que parecía estar constantemente buscándole el lado difícil a las cosas, el lado que podía causar problemas y encontrando siempre las saildas más complicadas, los vericuetos más sinuosos y las palabras más auténticas.  Se notaba que estaba en un constante cuestionamiento interior, seña del verdadero sabio. Podía frasear con maestría cualquier párrafo, fuera sobre Dios, Norcorea o las minucias de la elaboración del té.  Siempre elegante y prosódico, meticuloso y armado con una envidiable claridad de pensamiento.

 La muerte le llegó más pronto de lo que esperábamos y, hasta donde sabemos, fue leal a su vida.  Ahora se convierte en un signo de moralidad y congruencia intelectual para todos los que decidimos ir por el mundo libres de las trabas que imponen el pensamiento irracional y las visiones distorsionadas del mundo; sin estar sujetos a las ataduras que producen vivir en la creencia sin evidencia y la negación a la crítica, la duda, la información.  Será un símbolo también para todos aquellos convencidos de que el nuestro es un universo moral que no puede darse el lujo de relativizarse ni de faltar a las citas que la honestidad y la coherencia nos exigen a todos.  Por todo eso, gracias al gran Hitchens.  Espero que podamos honrar la memoria de su vida y su pensamiento con la misma altura con la que él vivió y pensó.



Atte: Juan Ramón.