miércoles, 29 de febrero de 2012

Relatividad.




   Una de las cosas que más me atemoriza sobre el hecho de crecer es darme cuenta de que la relatividad del tiempo es algo tan concreto como el vaso de agua que me estoy tomando.  Cuando era niño acostumbraba hacerme imágenes mentales para que la cuenta del tiempo no se me complicara.  Así, "hace veinte años" significaba "los setenta" y "los setenta" significaba señores bailando en una disco: "los setenta (señores bailando en una disco)" = "veinte años atrás".  Cuando llegó el año 2000 una preocupación mucho mayor al hecho de que posiblemente el mundo se acabara era la de tener que cambiar mi configuración para que "hace veinte años" equivaliera a "los ochenta".

  Cuando estaba en los últimos semestres de la carrera con mi generación original (2006-2010) me fui dando cuenta, poco a poco, en pláticas de borrachos, de que "hace veinte años" ahora implicaba fechas en las que ya nosotros empezábamos a vivir y recordar.  De pronto esos veinte años ya no eran solamente una abstracción aplicable a cosas pasadas de moda, sino también a mí mismo.  Parte de mí comenzaba a quedarse en el pasado y la cuenta de los años se volvía cada vez más dolorosa. Un vistazo al interior me descubrió muy distinto a todo lo que había imaginado que sería para entonces.

  Conociendo a mis contemporáneos me di cuenta de que el sentimiento de frustración por no ser todo lo que esperábamos y la perspectiva cada vez más real  de que nunca llegaríamos a serlo es la norma.  Es la definición más llana de una crisis de la edad, que era otro de esos términos que siempre leía en las revistas y que comprendía sólo en niveles distintos al de la vivencia.  Crisis no significaba más que una palabra repetida con mucha frecuencia en los noticieros.  Las palabras también son relativas cuando nos damos cuenta de que su fuerza puede rebasar la del mero uso del lenguaje para terminar de anidar en el misterio que es estar vivo.

   "Hace veinte años" cambia de significado con cada minuto que pasa, pero yo no terminé de comprenderlo con cabalidad hasta que esos veinte años me sucedieron a mí y lo único que pude darles como respuesta fue una borrachera perpetua y sin sentido.  El tiempo es relativo, sí, pero eso no le quita rigor para exigir el pago de cuentas.  Haber cruzado el umbral de las dos décadas podría bastarle a cualquiera, si es sensato, para darse cuenta de que esas crisis de la edad no son sino las facturas que la vida nos exige de vez en cuando por dejarnos habitarla.  La mejor cara que uno puede ofrecer, como a cualquier abonero, es la del pago puntual.  La evasión sólo aumenta la cuenta y los intereses se acumulan hasta apisonarnos tan bien contra el suelo que a veces cuesta distinguir algún pedazo propio entre lo que la estampida del relativo pero salvaje tiempo deja atrás.

As: I'm Happy Just To Dance With You - The Beatles.

Atte: Juan Ramón.