lunes, 12 de noviembre de 2012

Elogio del error y del papel.


El 12 de noviembre debería ser declarado día oficial de la nostalgia.  Desde hace décadas se festeja en esa fecha el día nacional del libro, conmemorando el natalicio de Sor Juana Inés de la Cruz.  Cuando empezó a celebrarse la gente seguía usando el servicio postal y supongo que no se les ocurrió que iban a dejar de hacerlo pronto.  Desde hace mucho se festeja en esa misma fecha el día del cartero.  La gente de mi generación no es muy consciente de ninguno de los dos festejos, pero el día del cartero está olvidado por completo.  La mera presencia de los carteros es vista con desconfianza por su tufo a fantasma que todavía no sabe que está muerto.

Los libros aún no levantan tantas sospechas de putrefacción.  En un país donde hay millones de personas sin acceso a la alimentación, me parece cuando menos incómodo seguir el debate de moda en países más afortunados acerca de la desaparición del libro de papel frente al avance del electrónico; pero creo que no es una cuestión menor.  La desaparición del libro de papel no significaría (aunque algunos viejitos berrinchudos como Vargas Llosa sostengan lo contrario) el estertor final de la civilización en Occidente ni nada parecido, pero sí tendría otras implicaciones.

La imprenta forma parte del mundo ahora tanto como lo hicieron los mamuts antes de extinguirse.  Todos nos empobreceríamos al privarnos de un campo semántico tan inabarcable como el que suscita la palabra impresa.  Es como la muerte de un idioma: al desaparecer una lengua se apaga también una manera particular de ver el mundo, con sus propias sutilezas intraducibles.  Lo mismo pasará cuando se cambien los formatos de lectura para siempre y el papel con tinta se vuelva un anacronismo.  Las realidades que lo acompañan se manejarán también con guantes de algodón, pasando a ocupar anaqueles en vez de almas.  Sé que la extinción y la transmutación son partes inevitables de la existencia toda, pero para nosotros también es ineludible la pesadumbre ante las pérdidas y la añoranza de lo que ya no es.

El día del cartero, para algunos, sigue siendo la hora de dejarle dinero en el sobrecito que te dan con la leyenda "12 de noviembre-día-del-cartero" estampada. Sin embargo, el mundo postal ya experimentó la reducción casi total a pieza de museo de un modo más radical que los libros.  El hecho de que existan tantos tipos de letra manuscrita como personas sobre la tierra ha sido entregado al olvido por las uniformes Arial, Helvética, Courier, Comic Sans y sus etcéteras.  La incertidumbre previa a recibir un sobre en la puerta se ha sustituido por la eficacia inmediata de las máquinas y sus pulsos binarios.

La falibilidad conduce a la empatía, al recuerdo (memento mori) de que siempre puede haber un bicho en el sistema.  Los yerros son propulsores de la rebelión, baluartes de la pluralidad y pequeños emisarios del caos que intentamos domar todos los días.  Por eso los nostálgicos inflamados de lugares comunes —como yo— preferimos una hoja borroneada a la falsa asepsia del backspace.

No se trata tampoco de iniciar la revolución de la tinta o entregarse con fe ciega a las enseñanzas de Tyler Durden (His Name Was Robert Paulson!).  Aun los enfermos de nostalgias incurables agradecemos las ventajas que ofrece el presente.  Estoy publicando esto en un blog y he llevado una vida muy activa en internet desde que supe qué era.  Eso no me impide cultivar algunos actos personales de resistencia.  Lo importante siempre será no olvidar todo lo que nos ha conformado.  Nunca traicionar el hecho de que lo gozado y padecido fue preludiado por los que ahora son fantasmas al borde de la evanescencia.

Atte:.