martes, 31 de diciembre de 2013

Último día del 2013.

Cada momento que pasa es inédito —nos dice la evidencia.  A pesar de que a veces nos engañemos creyendo que la mayor parte de los días se parecen, nunca hay un instante igual al anterior.  Todo cambia todo el tiempo.  Pero aun así hay cosas más nuevas que otras, primeras veces más memorables que las primeras veces que estamos experimentando toda la vida.  Para mí este año hubo bodas, viajes, desengaños, azares y esperanzas que sería tan imposible tratar de desmenuzar como de sintetizar.

Resumir es una tarea de necios.  Todo está lleno de sutilezas, de acotaciones, de riquezas.  En la dicha hay dolor y viceversa, siempre.  En medio del tono de extrema jodidez que tuvo la mayor parte del año, hubo días llenos de emoción (como el 10 de agosto).  Días que me recordaron el otro lado de la vida, el que puede brindarnos lo mejor y más atesorable.

Nunca voy a volver a olvidar el cumpleaños de Bob Dylan.

Que el siguiente año refute mi pesimismo y las cosas se pongan cada vez mejor.

¿Qué demonios tienen todos contra U2? ¿Qué demonios tienen todos contra las películas del Hobbit? Se agradecen las explicaciones.

Atte: Juan Ramón.

PD: este año se recordará como el último que tuvo Breaking Bad al aire.  En mi corazón (lo he dicho en ocasiones) esa serie ya es como los Beatles, Star Wars o Tolkien.  Nuestras tragedias o victorias personales palidecen al lado de tanta grandeza.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

El diablo es una calabaza.

El San Miguel Arcángel que está en el corral de mi casa.

Nunca tuve bien claro a qué se dedicaba mi tío pero recuerdo que siempre traía cubetas con desperdicios para los puercos que teníamos en la casa.  Las cargaba en un guacal que tenía montado en la parrilla trasera de su bicicleta, con la que se movilizaba a todas partes.

El tiempo en que mi tío y yo nos llevamos bien se reduce a mi primera infancia y la memoria es un asunto complicado, sobre todo cuando se trata de esa época.  Recuerdo —por ejemplo— con mucha claridad que me hacía tronarle los dedos de las manos.  Yo ni siquiera sabía que existía esa extraña costumbre que consiste en provocar ruidos con las falanges propias sin que se desbarate la estructura ósea por completo.  Hay otras cosas que no recuerdo tan claramente o que no sé si me las inventé con el paso del tiempo.  Lo que quiero contar entra en la segunda categoría.

Un día mi tío me dijo que nos fuéramos a a dar una vuelta. Me subí al guacal, que ya no tenía cubetas llenas de desperdicios pero seguía oliendo como si las tuviera.  Siento que en esa época estamos más cerca de los perritos que de los humanos, lo cual puede ser encantador pero también inconveniente.  Al recordar esos paseos me imagino como si tuviera orejas largas, la lengua (también muy larga) moviéndose con el viento por fuera de mi hocico elongado, contento, sentado entre el aroma de algo que ahora podría describir como vómito de puerco.

Íbamos con rumbo a San Miguel, el barrio vecino.  Fue el año que estuve yendo a un colegio por aquel rumbo, así que más o menos sabía dónde me encontraba.  Creí que me iba a pasear por la escuela sin detenerme a pensar en la posibilidad de que el mundo no se redujera a los lugares que tenían que ver conmigo.  Me sorprendí cuando comenzó a detener la bicicleta frente a la fachada del templo. Se bajó frente a un nicho con la imagen de San Miguel Arcángel venciendo a Satanás.

—Mira, ése que está ahí abajo es el diablo.  —me dijo mi tío.

—¿Cuál es el diablo? No veo —le respondí.

—Ése, el rojo.  ¿Qué no lo ves? Se me hace que nada más te estás haciendo.

—No tío, de veras no lo veo.  ¿Es eso ahí abajo que parece como una calabaza? ¿O es un camote?

—¡¿Cuál calabaza?! Yo no veo ninguna calabaza. ¡Mira! ¡Mira! ¡Fíjate bien! ¡Ahí está! ¡Es rojo y tiene cuernos!

—¡Ah, sí! ¡Ya lo vi bien! —exclamé sin dejar de ver a la calabaza, a pesar de los vehementes esfuerzos de mi tío por que volteara a ver al "enemigo malo".

—¿Ya viste? Si te portas mal, cuando te mueras va a venir por ti y te va a llevar al infierno —remató y de alguna manera sentí miedo de la calabaza que veía.

Así, un paseo en bicicleta resultó ser mi primer lección de espiritualidad: el demonio tiene forma de calabaza.



As: Tony's Theme - Pixies.

Atte: Juan Ramón.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Te extrañamos, John.

El retrato (regalo de mi papá) que tengo enfrente todos los días.

Hoy me desperté muy tarde (es domingo, digo).  Después del inevitable mal humor me di como tres segundos para pensar en qué disco llevarme para escuchar en el camino.  Casi por instinto agarré el "Lennon Legend".  Digo casi porque no fue hasta que regresaba a la casa, varias horas después, cuando recordé que hace 33 años un loco imbécil asesinó a una de las personas más importantes de mi vida.  Porque John Lennon es una de las personas más importantes de mi vida.  Forma parte de ese grupo de seres humanos a los que no puedo dejar de recordar ni un solo día.  Por una u otra razón siempre hay algo que hace que los tenga presentes.  Algunos están vivos, pero muchos también están muertos.

Nací ocho años y cacho después de su asesinato.  Nunca respiramos el mismo aire ni anduvimos bajo el mismo sol, pero me gusta pensar que eso es lo de menos.  John Lennon, sin jamás tener la más leve sospecha de mi existencia, la afectó para siempre.  Sé que desde hace décadas existen muchos millones de personas como yo; personas que no podrían entender nada de lo que son sin la vida y obra de Lennon.  Es un gran motivo de alegría saber que el poder y la belleza de su arte han conmovido a tantos seres humanos a través del tiempo, sin que su presencia física sea necesaria.  Eso no quita el que todos desearíamos que estuviera vivo.  Porque a pesar de que, como dije, jamás sospechó tan ingente cantidad de individualidades (es imposible, no era un dios aunque nos lo quieran hacer creer), nos afectó y sigue afectándonos a todos.  Es patrimonio de la humanidad, pues.  Todos extrañarían a la muralla China si de repente algún neoliberal desquiciado (valga la redundancia) se pusiera a dinamitarla de la noche a la mañana, a pesar de que la mayoría de nosotros no ha estado nunca ahí.  Pues lo mismo con John Lennon.

Nos haces mucha falta, hombre.

Atte: Juan Ramón.

viernes, 29 de noviembre de 2013

George el clarividente.



El carisma de George Harrison está en los bordes de lo sobrenatural.  A diferencia de lo que sucede con sus compañeros de banda, su atractivo no se puede reducir con facilidad, ni siquiera a nivel de percepción popular.  El epíteto de "el callado"— que han querido endilgarle desde hace décadas— no nos dice demasiado; ni siquiera es verdad.  George habló mucho y bien.  Mejor dicho: cantó y compuso mucho y muy bien.  El registro de sus composiciones siempre fue más amplio, sin duda más profundo, que el de cualquiera de las personas con las que se rodeó en su carrera artística.  Porque George sabía ver con totalidad: detrás, entre, a través.  Sus canciones van desde la alegría contemplativa de Here Comes the Sun hasta la rabieta satírica de Taxman.  Y eso si hablamos únicamente de su carrera con los Beatles.  Es cosa conocida que el All Things Must Pass salta por encima de cualquier álbum solista de sus compañeros con una facilidad pasmosa.

Creo que, en el fondo, su aproximación a lo trascendente no se trataba de repetir mantras, sino de saber paladear los asombros más íntimos y compartirlos después con los demás, intactos.  Sus flirteos con el New Age y los guruísmos orientales no fueron más que los juegos con los que se entretenía su inocencia —inocencia de un dios niño que convierte pajarracos de barro en aves coloridas con un pase de manos. Vean la portada de Revolver.  La mirada de George es la de una deidad serena, contrastante con la humanidad sulfurosa de sus compañeros.  En cualquier caso, la relación con oriente daría buenos frutos en su arte.  Desde la primera vez  que escuché el Sgt. Pepper's, la inclusión de Within You Without You me dejó perplejo pero al mismo tiempo cargado de, repito, serenidad.  Fue algo totalmente distinto.

Pero todas las cosas pasan y la mirada sideral de George Harrison soltó a este mundo hace exactamente doce años.  De entre los que seguimos aquí con frecuencia surge uno más que descubre un nuevo rincón de sí mismo gracias a sus obras.




Atte: Juan Ramón.

jueves, 28 de noviembre de 2013

La estación.


Mi casa no queda muy lejos de la estación; se puede llegar caminando si así se desea. De niño me parecía un lugar a medio abandonar.  Quiero decir que es un lugar muy viejo, que se ve viejo y que no le preocupa a nadie, pero que todavía tiene gente rondando y bicicletas recargadas en sus paredes. ¿Qué  hay adentro de la estación? Quién sabe.  Por fuera tiene telarañas en los techos.

Del otro lado de la vía viven "indios", según me decían de chico.  Cuando yo les conté lo mismo a mis primos me confesaron que a ellos les habían contado ya ese dato y se imaginaban apaches con arco y flechas como los de las películas de vaqueros.

Jamás he cruzado hacia aquel lado de la vía.  Algunas veces he soñado que me interno en el caserío y prefiero quedarme con esas versiones: pueden ser distintas sin esforzarse y aparecen a (in)voluntad.

***

En algún momento de los noventa fui con mi mamá para preguntar por destinos y horarios.  Ya me imaginaba viajando en tren.  Anticipaba con emoción ser parte de las personas que (nunca he sabido si esto también es ensoñación) una vez vi bajarse de los vagones en la estación cuando era aun más pequeño.  Ansiaba unírmeles.  El tren es enorme, viejo y de colores.  Que además pueda recorrer grandes distancias con personas encima es el colmo de la genialidad.


Quien nos atendió lo hizo detrás de unas rejas y frente a un pequeño pizarrón negro que tenía escrito "México-Cd. Juárez", una distancia en kilómetros, luego en millas, un horario y una fecha que terminaba en 1995.  Nos dijo que esas anotaciones indicaban el último tren de pasajeros que había parado ahí.

***


La estación está en la orilla sur de uno de los barrios más antiguos —y peligrosos— de León.  Caminar hacia allá es enfrentarse con que la ciudad se transforma en algo inesperado.  Si se va por la calle común, se recorren lugares que bien podrían servir de escenario para el fin de los tiempos.  Naves industriales y viejas bodegas abandonadas entre calles llenas de polvo por las que no parece haber pasado nadie en décadas.  Si se llega caminando por la vía del tren hay que atravesar baldíos de carrizos enormes y pastizales por donde tampoco parece haber ningún rastro de humanidad reciente.  En esa opción del camino  uno se entrega a la hipnosis de ir poniendo los pies sobre los durmientes, de ver pasar la grava manchada de aceite.  Sembradíos de un lado y mezquites del otro.  El trance comienza a quebrarse cuando los silos industriales anuncian a la estación.  Apenas antes de llegar hay vagones huérfanos y vías alternas reflejando en su fierro viejo la luz de la tarde como no me ha tocado ver en otro lado.







Atte: Juan Ramón.

PD: las fotos son mías.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Hurgando...

... en mis viejos correos electrónicos di con esta cita de Joseph Campbell que hace algunos años transcribí y que esta noche me escupió en la cara —acto que mi amigo Rafa (alias "El Guapo") una vez propuso como método infalible para iniciar una pelea.  Nada más.
"El inconsciente manda a la mente toda clase de brumas, seres extraños, terrores e imágenes engañosas, ya sea en sueños, a la luz del día o de la locura, porque el reino de los humanos oculta, bajo el suelo del pequeño compartimento que llamamos conciencia, insospechadas cuevas de Aladino.  No hay en ellas solamente joyas, sino peligrosos genios: fuerzas psicológicas inconvenientes o reprimidas que no hemos pensado o que no nos hemos atrevido a integrar a nuestras vidas, y que pueden permanecer imperceptibles.  Pero por otra parte, una palabra casual, el olor de un paisaje, el sabor de una taza de té o la mirada de un ojo pueden tocar un resorte mágico y entonces empiezan a aparecer en la conciencia mensajeros peligrosos.  Son peligrosos porque amenazan la estructura de seguridad que hemos construido para nosotros y nuestras familias.  Pero también son diabólicamente fascinantes porque llevan las llaves que abren el reino entero de la aventura deseada y temida del descubrimiento del yo.  La destrucción del mundo que nos hemos construido y en el que vivimos, y de nosotros con él; pero después una maravillosa reconstrucción de la vida humana, más limpia, más atrevida, más espaciosa y plena... ésa es la tentación, la promesa y el terror de esos perturbadores visitantes nocturnos del reino mitológico que llevamos adentro"

Atte: Juan Ramón.

miércoles, 16 de octubre de 2013

El espíritu vive en el exilio.


“[...]you grew up wanting to go somewhere else.  It made you hungry.  So, art was a great golden vision.  For us, we wouldn’t have called it art; we would have called it Rock and Roll”.
Paul McCartney.









Decidí que pasara lo que pasara, iba a salir de la casa.  Solo o acompañado, la cosa era no pasarme todo el día tomando refresco, viendo Daria y posteando/leyendo cosas sobre Breaking Bad.  Aprovechar para terminar de leer el libro y quizá darle otra oportunidad a uno de esos álbumes cuyas canciones siempre skipeo cuando las programa el shuffle.  Un álbum como Exile on Main St., por ejemplo.  Nunca lo había escuchado completo, en parte por la enorme carga de intimidación que lleva encima.  Nada malo me podía pasar, a pesar de que la última vez que lo había intentado terminé con dolor de cabeza y mejor lo dejé así.

Salí, tomé el camión, me compré una gran Coca-Cola y me senté en una banca de la plaza principal. 

Pongo el disco (es un decir, y me recuerda al hecho de que mi mamá les sigue diciendo “discos” hasta a las grabaciones telefónicas).  Me concentro.  Tengo mucho tiempo sin poner este empeño en escuchar un álbum de principio a fin.  Solía hacerlo más cuando aún compraba (je) discos, pero mis signos son mis signos y sin un pedazo de plástico redondo en una caja y sin un aparato donde tocarlo todo me parece irreal, como el zumbido de fondo que sale del salón de fiestas en la esquina de mi cuadra cada sábado de boda o quince años; nada muy digno de atención.

Los Stones.  Una de esas bandas que son literalmente más grandes que la vida.  Por lo menos más grandes que MI visa, eso seguro.  Mucho más grandes, viejos y pellejudos.  Buen lugar para buscar cubetazos de frescura.  El disco más resacoso y encerrado de todos; posiblemente el más críptico y feo.  Un descuido legendario que también es, por alguna razón, el pedazo de su discografía que más elogios desaforados recibe.  «Buen lugar para la frescura» repito.

Comienza el riff, ése sí familiar, de Rocks Off.  Las canciones pasan junto con la luz de la tarde, junto con la gente; aunque no todos los que pasan caen de lleno en esa categoría genérica:  veo pasar al ex de mi novia, a un antiguo mejor amigo, a un amigo a secas.  Ninguno parece haber notado mi presencia.  Yo también me siento un poco exiliado, Mick, Keith.  Un poco ajeno, sentado ahí, solo, en el jardín principal.  ¿Qué importa? La tarde es de octubre.  Cada nota equivale a una luz más dorada y una luna más brillante.




Recuerdo cuando compré  Sticky Fingers y Let It Bleed.  Fue en la época cuando mi amigo Ruy y yo hacíamos expediciones regulares a todas las disquerías del centro.  Con esos álbumes jamás tuve discusiones, recelos ni prejuicios.  Nos dimos la mano desde el principio y hasta ahora seguimos riendo, llorando y abrazándonos cada que volvemos a encontrarnos.

También recuerdo que entonces tenía una vida.  ¡Yo tenía una vida antes de todo esto!  Tenía una vida, tenía una vida.  Una que me gustaba llevar a mi manera sin preocuparme demasiado por nada.  Antes del alcohol, de las relaciones destructoras, de que los cuatro años de universidad más tres de fósil me terminaran de chupar el alma, antes de la rehabilitación y del aburrimiento, de la lenta degradación de todos mis ámbitos, antes de dañar a gente que quiero… Listas autocompasivas de lado, yo acostumbraba ser un tipo con un nivel razonable de alegrías y esperanzas, no uno al que le cuesta tanto trabajo dormir, despertar y, en general, seguir viviendo.  Como el álbum, mi vida no termina de mejorar; cuando menos no gracias al rato que llevo ahí escuchándolo y moviendo el zapato.  Todo parece/suena arruinado por malas decisiones.

Exile on Main St. no es un álbum producido por la banda de rock más grande (de edad) del mundo en el momento más bizarro de su madurez artística.  No se trata tampoco de canciones que recomiendes a tus amigos para poner en YouTube mientras nos emborrachamos.  Ni siquiera es el tipo de canciones que escuchas a oscuras, con audífonos, debajo de la cama.  Tampoco son las melodías que silbas o los riffs/solos ideales para lucir tus habilidades con la air guitar.  Ni siquiera son los tonos que se asocian fácilmente con una época o un amor perdidos.

«A ese puto de Jagger no se le entiende nada y aquí se le entiende menos.  No tengo idea de lo que está sucediendo» me digo.  Pero este álbum no es una pastilla efervescente, es la cruda en sí y hay que aguantarla hasta que...

De pronto me quedo en trance.  Los ritmos comienzan a agitar oscuridades primitivas.  Esta música es un gran incendio desaliñado sin motivos para menguar. Los valores de producción se convierten en el más banal de los asuntos.  No es una simple grabación: es un fenómeno espiritual.  Tampoco es un rito agradable, ni perfumado con incienso y disfraces bordados.  Es uno presidido por el dolor y el placer que da cantarlo. Se trata de un acto mágico, una invocación ritual;  una clave capaz de descifrar ciertos mundos, ciertas criaturas que nos habitan a todos los que le hemos dado algún grado de importancia al rock en nuestras vidas.  Percibo la música que sale de mis audífonos como si alguien se arrancara el corazón con las manos y lo ofreciera frente a los ojos sin que haya dejado de palpitar.  Es humano, definitivo, brutal: es Rock and Roll.  No tiene porqué ser bonito ni comprensible

***

La equivocación cuando se batalla contra el hastío es esperar a que las salidas se aparezcan, a que haya un letrero que diga “Exit” y una gran puerta de palanca dispuesta a abrirse apenas se la presione un poco.  No digo que eso no suceda.  Puede pasar, incluso a menudo.  Lo que digo es que esa actitud es un poco falacia de cherry picking. Nos quedamos nada más con lo que nos conviene o lo que nos gusta creer y olvidamos todo lo demás.  Las veces que el azar nos sacude las recordamos más que las que nos construimos por mérito propio.  Damos por hecho que todas las salidas del hastío deben tener ese elemento sorpresa cuando es mucho más efectivo hacer las cosas por nosotros mismos.  Es como si nos pusiéramos a esperar la lluvia con la boca abierta cada que tenemos sed.  La lluvia caerá alguna vez y lo recordaremos con asombro, pero también hay que aprender a propiciar los milagros.

***

La gente sigue pasando, la noche ya se completó y tengo que tomar el camión junto con los que sean... pero yo ya no soy el mismo que entró tambaleante al Exile....  Tomé el sentirme miserable como un pretexto para experimentar algo nuevo por decisión propia. Salí de mi casa y escuché un disco que no se me había terminado de revelar.  Los frutos son inversamente proporcionales al esfuerzo, me siento muy distinto. 

Los Stones me regalaron una experiencia de vida a través de un disco que fue hecho hace más de cuarenta años pero no los aparenta.  El plástico no envejece tanto como el cuero, por suerte para todos.  Los bytes quién sabe si siquiera existan.  Ahora siento que lo farragoso también puede ser precioso, basta con sumergirse muy adentro, sentir que se hace algo con las posibilidades.


Exile on Main St. reitera y queda como testimonio de que siempre se debe hacer lo que se puede con lo que se tiene. Gracias a él creo haber entendido que la vida tampoco tiene porqué ser bonita o comprensible, sólo tiene que vivirse con espíritu.  Y el espíritu tiene una morada que es exilio: exilio en la calle principal.





Atte: Juan Ramón.

martes, 21 de mayo de 2013

Cosas que me gustan (Plumas Fuente).

Mis recuerdos suelen estar dañados, alterados o perdidos, pero el primer acercamiento que recuerdo fue cuando mi maestro de dibujo en la secundaria nos pidió llevar tintero y plumilla.  Me tomé muy en serio eso de escribir con algo que no fuera uno de los tres bolígrafos que le compraba diario al amigo que hacía negocio vendiendo plumas y lápices.  Compraba tres plumas bic diario porque el menor uso que les daba era rayar; más bien las usaba como mordederas para niño grande.  No es fácil aguantar tantas horas de Instituto Leonés a la semana, así que mordía las plumas hasta reducirlas a pedazos filosos con un largo tubito de tinta en medio que a veces usaba para tomar apuntes o pintar garabatos.  El plumín y el tintero, sin embargo, parecían antiguos y ya desde entonces sentía que cualquier cosa merecedora de ese calificativo está más cerca de lo permanente —más que un bolígrafo de plástico mordido.  El simple acto de escribir era más insólito que los tres pedazos industriales que masticaba de 8:00 a 14:00.  Podía haber elaboración, ritual, hasta peligro en el hecho de rayar hojas con un palito.  Aunque la curiosidad ya me había llevado a entender cómo funcionaban los bolígrafos por medio de llenarme el hocico de tinta, no pasaba de algunas burlas de los más cercanos y limpiarme la lengua con una hoja de libreta arrancada a la velocidad pertinente.  Cuando descubrí los tinteros comenzó a mancharse el piso del salón, la ropa, las manos... El maestro de dibujo nos había advertido que lleváramos cinta adhesiva para fijar el frasquito y evitar bochornos.  Yo pensé que eso le restaba gracia al asunto y prescindí de lo que consideraba una vulgaridad.  Eso sí, una vez tuve la precaución de decirle a mi compañera de enfrente:

—Mildred, no vaya a voltear porque con el cabello me puede voltear el frasco de...

—¿Qué?— dijo al voltear, llevándose el tintero con su melena.

Mano a la cara, orejas rojas y pedir permiso para ir por un mechudo.

***

Antes de entrar a la prepa vi en una tienda un paquete de plumas caligráficas Sheaffer.  Se lo pedí a mi mamá, quien pensó que estaría bien tener unas plumas decentes para la prepa.  Yo no sabía ni siquiera qué eran las plumas caligráficas, pero me dediqué con emoción a hacer letras de todo tipo.  Eran tres: punto fino, medio y grueso.  Años después sabría que eran del modelo "No Nonsense" moderno, que es de plástico traslúcido y tapa a presión.  Decidí dejarlas en la casa para escribir cartas y hacerle regalos ñoños a mi novia y seguí escribiendo con bolígrafos bic en la escuela.  Ya no tenía a mi proveedor permanente, así que fue en esa época de los primeros semestres de la prepa cuando presencié el extrañísimo caso de que se agotara el tubito con tinta en una de esas plumas.  Los reto a recordar alguna vez que hayan visto lo mismo.  Si  es que recuerdan más de una, seguro esas veces se pueden contar con una sola mano.

Un día, andando por el centro, entré a una papelería y pregunté si tenían plumas fuente.  Me sorprendió ver que sí y comencé a comprar unas Pilot Varsity para usar en la escuela.  Entonces no sabía que podían rellenarse de tinta, así que las tiraba en cuanto se terminaban.  En febrero, después de nueve años de no verlas, un amigo me regaló una pluma igual  y fue cuando descubrí que podían volver a usarse.

***

Cuando entré a la universidad estaba muy ocupado bebiendo mezcal barato como para perder el tiempo en mis antiguas nerdeces.  Me volvió a importar un pito con qué escribía hasta que  descubrí una libreta que me gustó mucho.  El homúnculo esnob que domina mis actos desde dentro del cráneo me dijo que no era decente usar una libreta tan guapa con un bolígrafo corriente.  Saliendo de la feria del libro en donde hallé la libreta fui directo a Office Depot y me compré la pluma fuente más barata que encontré: una bic plateada de $50 que no recuerdo cómo perdí.

Un año después, Elizabeth me regaló una Inoxcrom de tortuguitas que casi no me duró porque cometí la idiotez de rellenarle un cartucho con tinta china.  Fue gracias a ese error que empecé a hurgarles las entrañas a mis plumas.  Gracias a tantas ganas de resucitar la pluma de tortuguitas me di cuenta de cómo funcionan las plumas fuente y me creí con capacidad de meterles mano.

La primera pluma que rescaté fue una sin marca de laca roja marmoleada.  Desesperado por no tener una pluma decente, mi memoria reactivó uno de los recuerdos dañados de los que hablé al principio.  Me la había regalado una tía en los noventa y nada más estaba empolvándose en mi cuarto.  La limpié, le puse un cartucho y vi que funcionaba muy bien.  El plumín era flexible, cosa rarísima en una pluma sin marca.  Tampoco recuerdo cómo fue que me deshice de ella.




***

El domingo 19 de julio del 2010 estaba viendo American Splendor en la computadora.  En eso llegó un primo y le dije que tenía que verla, así que volví a ponerla desde el comienzo.  Todo iba bien hasta que el lector chafa de mi computadora no pudo superar un rayón en el disco.  No importó mucho porque después puse el concierto de los Pixies en Newport y después decidimos ir al centro.  Tenía dinero y le dije a mi primo que me acompañara al Sanborns de Plaza León.  Salí de ahí con una antología de Horacio Quiroga (a quien no había oído siquiera mencionar hasta unas semanas antes) y la segunda Parker Vector que tuve.  La primera la había perdido en la feria de ese año y luego había tenido —por poco tiempo— una Lamy Safari que le regalé al roomie de un amigo en una borrachera nada más porque me dijo que era arquitecto (¿?).  El día terminó cuando regresé a la casa esperando poder platicarle a alguien que ya tenía un libro de Horacio Quiroga, cababa de comprar una pluma increíble y Toy Story 3 —la segunda película que veía en 3d— me había humedecido los ojos.

***

Los objetos significan mucho para mí, soy un especialista para otorgarles sentidos que sólo yo puedo recuperar.   Será por el miedo pánico que le tengo al olvido que renuncié a la idea detrás de utilizar algo desechable y sin personalidad para el acto de escribir, que se supone debe estar más cerca del estilo y la permanencia.  Si yo no puedo ser útil, bello o perdurable, por lo menos me gusta que las cosas que uso sí lo sean.  Son (ustedes disculpen) horrocruxes, pues.  Hoy tengo 13 plumas fuente de distinta ralea.  Aunque algunas estén retiradas, las sigo atesorando como si fueran canciones.

Mis plumas fuente.


As: Highlands - Bob Dylan.

Atte: Juan Ramón.



miércoles, 20 de marzo de 2013

Cosas que me gustan (Hitchcock).

Hitchcock.

Me ha gustado ir al cine toda la vida.  Cada miércoles tenía la esperanza de ir al salir de mis clases de música y muchas veces se cumplía.  Recuerdo haber visto demasiada basura en salas antes de los diez años: "Selena", "Evita", "The Waterboy", "Dumb & Dumber", "Starship Troopers"...  También recuerdo algunas maravillas como Toy Story —que me sigue impresionando— o el reestreno de Star Wars.  Todavía no existían en León los cines con muchas salas y aquéllos a los que iba entonces ahora son bodegas o importadoras chinas.  Nadie se acuerda de que las salas del cine Galerías eran las primeras letras del alfabeto griego.

Alan Moore dice que la ficción es hipnotizar cuidadosamente a alguien, luego llevarlo delicadamente al sótano de la casa, despertarlo brutalmente a batazos y que nos agradezca al salir.  Yo entraba al cine y me dejaba hipnotizar con mansedumbre aunque fuera por la estúpida cara de Adam Sandler jugando futbol americano.  Nunca sospeché que las películas pudieran distinguirse por otra cosa que ser "de caricaturas"o "de personas".

En Diciembre del 99 le pedí a mi mamá que me comprara la Cine Premiere.  Era la fiebre de Toy Story 2 y yo quería enterarme de todo.  Resultó que en ese número los colaboradores de la revista habían listado sus diez películas favoritas para crear un promedio de las mejores películas de la historia —según ellos.  Era la clase de cosa que todo mundo hacía en el fin de milenio.  Fue en ese listado donde me encontré con nombres de películas y directores que nunca nadie me había mencionado pero que al parecer todos veneraban.  Todavía no tenía bien claro qué era un director de cine pero aprendí rápido y vi que había un nombre que se repetía mucho en todas las listas: Alfred Hitchcock (no tengo la revista a la mano, pero creo que "Vértigo" fue la supuesta mejor película de la historia según la Cine Premiere mexicana en el 99)[Update: ya la encontré y Vertigo es el segundo lugar.  La primera, para no perder la costumbre, es Citizen Kane].  No aguanté la curiosidad por mucho tiempo y, aunque no había videocasetera en la casa, aproveché la primera oportunidad que tuve para conseguir lo que pudiera del tal señor ese.  La primera que pude ver fue "Psycho".  Me di cuenta de que eso era una verdadera buena película. Fue la primera que se elevó de entre los sedantes de hora y media que acostumbraba ver sin cuestionarles nada. Representó una vuelta completa en mi modo de ver el cine y el mundo; un primer asomo de criterio propio.

Desde entonces hasta ahora ya han pasado muchos años y mi gusto por el cine sigue inalterable.  Ya no iría sin coerción a ver una película de Adam Sandler o Jennifer Lopez, porque Hitchcock me enseñó también a gastar el dinero con sabiduría y no dejarme dar de palos por cualquier mequetrefe —tiene que ser uno con talento.

As: Tweedle Dee & Tweedle Dum - Bob Dylan.

Atte: Juan Ramón.

martes, 19 de marzo de 2013

Cosas que me gustan (Caleidoscopios).

He estado releyendo mi blog con cariño y asombro.  El cariño es porque ya tengo varios años con él (unos 6) y a pesar de diversos abandonos, regresos, cambios de nombre, rediseños... sigue siendo el mismo.  No creo en tachonear el pasado: somos también ese que fuimos.  Al principio subía unos dizque "poemas" espantosos que ahora me dan muchísima vergüenza, pero así era yo en aquel entonces.  Ese bloguero poeta de quinta sigue siendo parte de mí tanto como cualquier otro Juan Ramón en cualquier momento de estos seis años, no tengo por qué negarlo o rechazarlo.  El que haya cambiado lo suficiente como para descubrir lo ridículo que era no me hace tener el impulso de aniquilación del que hablaba en el post anterior.  Mejor me asumo y vivo tanto las cosas guapas de mí como las más espantosas.  Sólo Superman es súper bueno y súper guapo y súper todo.  Yo no puedo ser otra cosa que lo que acostumbro señalar aquí con impudicia.

El asombro es por darme cuenta de cuánto he cambiado, a pesar de todo.  Al principio tuve una pequeña racha en la que me proponía secciones que no duraban más de tres posts con cuatro líneas cada uno.  Alguna de ellas se llamó "Cosas por las que vale la pena vivir", que luego se redujo a la bonita etiqueta "Cosas Buenas" y a su no tan agraciada compañera "Cosas Pinches".  Hoy, leyendo los posts diarios de Adivitola, se me ocurrió retomar la mala costumbre de hacer listas de cosas que me gustan y también de las que no.  Estoy pasando por un rato muy malo y creo que recordar lo bueno que tiene el mundo para ofrecer nunca es pérdida de tiempo.

Empiezo diciéndoles que me gustan mucho:


Los Caleidoscopios.

Atte: Juan Ramón.

viernes, 15 de marzo de 2013

Autómata de la desdicha.

 Mis expectativas sobre la vida universitaria se habían disparado, alimentadas por una masa de clichés y malentendidos que había estado acumulando durante varios años.  En el tiempo anterior a mi primer día de clases me dormía muy tarde viendo las películas que programaban en el canal cinco de madrugada.  Me mordía los dedos más que nunca y los nervios se me fueron estirando hasta que, llegado el momento, me levanté a las cinco de la mañana pensando "bueno, ahora sí va en serio la jugada".  Pensé que la madurez se me iba a abrir en el momento en que pusiera un pie como alumno en las aulas universitarias.  Sería una buena ocasión para despedirme de la adolescencia.  Soy un tipo ritualista y ningún rito apreciable puede renunciar a la música.  ¿Qué representaba mejor lo que sentía?  Los Beatles, por supuesto.  Habían sido mi pase hacia algo parecido a na identidad y sin su presencia mi vida hubiera sido algo muy diferente.  Pude haber conocido y gustado de otras cosas en el amino, pero los Beatles seguían siendo lo más puro; su música se había conectado conmigo de golpe y sin pedir permiso: directo a mí y a lo que me afectaba.  Pero no iba a poner nada demasiado sofisticado, sino apenas el segundo disco que les escuché: "A Hard Day's Night".  Era música joven, fascinada con el porvenir.  Un disco excelente, aunque obscurecido por los grandes highlights de su carrera, que vendrían poco después.  Esto lo pienso ahora, pero entonces fue un empuje casi irracional el que me hizo elegir ese disco como el condenado a recordarme siempre ese día.  Era agosto del 2006 y sentía que la época en la que todo mi mundo se cifraba en John, Paul, George y Ringo (seis años atrás de eso) era una de las cosas a las que les soltaba la mano.

Nunca he tenido mucha imaginación, ni mucho menos poderes premonitorios.  Para mí el pasado es lo único que activa imágenes en la cabeza.  Jamás habría podido elucubrar siquiera lo que pasaría horas después cuando, incluso antes de la primera clase, la coordinadora me amenazó con no dejarme entrar al día siguiente si no me cortaba el pelo.  Bienvenido a la vida adulta en versión LaSalle.  Lo siguiente, hasta el momento en que escribo esto, se le hubiera escapado hasta a la bola de cristal más afinada.  Por ejemplo; que repetiría ese ritual del regreso a clases 12 veces más (en lugar de las 7 previstas).  En cada uno de esos retornos puse el "A Hard Day's Night" antes de salir de la casa el primer día.  Fue hasta esta decimocuarta ocasión cuando un hecho me asaltó: había pasado más tiempo desde mi entrada a la carrera que el que había transcurrido desde entonces hasta la época en la que escuché el "A Hard Day's Night"recién salido de la tienda.

Mis poderes de escritura no son muy buenos, así que no sé si lo que dije se entienda. Explico otra vez: en el 2006 yo ya veía con nostalgia la época de mi beatlemania más acentuada. Volteaba a ver aquel entonces con una sonrisa de suficiencia que ahora interpreto como de una insoportable ingenuidad. Y desde el 2006 hasta ahora ha pasado aún más tiempo del que entonces me parecía permisible para la añoranza.  No he sabido todavía si este hecho debe tener importancia más allá de esclarecer que mi tendencia a desdeñar el presente —hasta no ver que se ha desvanecido lo suficiente para idealizarlo— no sólo ha perdurado en mi catálogo de defectos emocionales, sino que se ha acentuado.  Noto entonces que hay partes de mí que me acompañan todo el tiempo, cualesquiera que sean las circunstancias.

 A los 17 años escuchaba a los Beatles con la misma reverencia con que los escuché a los 11 y con la que los escucho justo ahora, a los 24.  Me definieron como persona y ahora son parte de mí como lo han sido y serán de millones de personas muerta, vivas y por nacer. De lo mejor de nosotros, quiero apuntar.  Por otro lado, el que soy una máquina de nostalgia —más sus arreglos y variaciones— es tan cierto ahora como hace 7 años.  También es parte de mí y de otros millones de personas.  No es un lado del que me sienta orgulloso, pero todavía no encuentro una manera eficaz para evitar ser yo que no implique aniquilarse.

¿De qué sirven estas pequeñas certidumbres sobre uno mismo? ¿De qué sirve errar, tratar de enmendarnos, volver a asumir que no tiene caso negarse y todas estas dosis de azoro que nos pasan por las tripas de vez en vez? ¿Tienen que servir para algo?  ¿Tengo que servir para algo?  Entonces George empieza a cantar "Here Comes The Sun", como dando una palmada en el hombro mientras dice que no hay por qué arruinarse y volverse un autómata de la desdicha.  Las respuestas nadie las conocerá, pero un azar improbable propició el que tú, que habitas bajo el mismo sol, me estés leyendo ahora y con eso basta por el momento.


As: Because - The Beatles.

Atte: Juan Ramón.

martes, 1 de enero de 2013

Corte de caja.


Años atrás me gustaba hacer listas en año nuevo; cuestionarios meméticos para chismorrear sobre lo que habíamos hecho o dejado de hacer durante los 365 días anteriores.  No estaba mal para cuando todavía no me daba cuenta de que crecer significaba, aparte de todo, acostumbrarse a que todo fuera cada vez peor.

Lo curioso de los problemas es que uno los siente igual siempre.  Cuando tenía siete u ocho años me parecía un asunto de primer orden el que mi mamá no me dejara más tiempo en casa de una tía para ver TV por cable o jugar "Capulinita" en el Atari.  Era una situación merecedora del llanto más sincero.  También lloré la primera vez que reprobé un examen (que, por cierto, ni siquiera tenía valor curricular).  En el mundo de un niño son cosas que se sienten hondo.  A estas no sé qué tan breves alturas de mi vida, los problemas que tengo me parecen terribles, insoportables.  Tengo la seguridad de que en el futuro voy a voltear a ver con una sonrisa mamona al Juan Ramón del 2012, para entonces tan extraño como a mí me parece el Juan Ramón de 1997 o del 2009, y me darán ganas de darle una palmadita en la espalda diciendo "¿Te parece insufrible?  No sabes lo que te espera".  Como cuando te les adelantas a tus amigos en una serie de TV y ves cómo se emocionan por cosas que tú ya ni siquiera recordabas.  No sé si esto debería reconfortarme u obligarme a tomar unas cubas de Pinol con Maestro Limpio y Clorex antes de que acabe el invierno.


***


You and I have memories 
Longer than the road that stretches out ahead 


No me acompleja decir que, hasta ahora, el 2012 ha sido el año más difícil de toda mi vida.  Como dije en un post anterior: en mi primer año completo de abstinencia he cometido errores gravísimos.  No es lugar para el arrepentimiento, pero sí quiero pedir disculpas públicas a todas las personas para quienes mi presencia en su vida fue nociva.  Sepan que nunca nada fue producto de la malicia o la frialdad.  Mis malas acciones pueden haber surgido de la deshonestidad, el temor al cambio, la soberbia, la baja autoestima,  la poca capacidad que tengo para hacer contacto emocional con los demás, la inmadurez, la intolerancia o la vil y llana estupidez.  Mi lista de defectos es todavía más amplia, pero no incluye nunca a la maldad calculada y ventajosa.  El hecho de que no tengo madera para ser criminal ni mártir fue una de las grandes lecciones de este año y este párrafo no hace sino confirmarlo.  Perdón de nuevo y siempre.


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Para las personas que gustan de desdeñar la evidencia y me siguen considerando (o comenzaron a hacerlo este año) alguien digno de compartir un pedazo de vida con ustedes, mi gratitud interminable.  Deberían revisar nuestra amistad y pensar de nuevo si quieren arriesgarse a que mi superpoder de lastimar y alejar a las personas que más quiero se active otra vez.  Si su cordura ya se resquebrajó tanto como para querer mantener nuestras relaciones, de nuevo mi más profunda gratitud.  Tienen sus razones para quererme tal como yo tengo las mías para corresponderles en la pobre medida de mis posibilidades.


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Que el año que viene sea mejor para todos.



Atte: Juan Ramón.