martes, 1 de enero de 2013

Corte de caja.


Años atrás me gustaba hacer listas en año nuevo; cuestionarios meméticos para chismorrear sobre lo que habíamos hecho o dejado de hacer durante los 365 días anteriores.  No estaba mal para cuando todavía no me daba cuenta de que crecer significaba, aparte de todo, acostumbrarse a que todo fuera cada vez peor.

Lo curioso de los problemas es que uno los siente igual siempre.  Cuando tenía siete u ocho años me parecía un asunto de primer orden el que mi mamá no me dejara más tiempo en casa de una tía para ver TV por cable o jugar "Capulinita" en el Atari.  Era una situación merecedora del llanto más sincero.  También lloré la primera vez que reprobé un examen (que, por cierto, ni siquiera tenía valor curricular).  En el mundo de un niño son cosas que se sienten hondo.  A estas no sé qué tan breves alturas de mi vida, los problemas que tengo me parecen terribles, insoportables.  Tengo la seguridad de que en el futuro voy a voltear a ver con una sonrisa mamona al Juan Ramón del 2012, para entonces tan extraño como a mí me parece el Juan Ramón de 1997 o del 2009, y me darán ganas de darle una palmadita en la espalda diciendo "¿Te parece insufrible?  No sabes lo que te espera".  Como cuando te les adelantas a tus amigos en una serie de TV y ves cómo se emocionan por cosas que tú ya ni siquiera recordabas.  No sé si esto debería reconfortarme u obligarme a tomar unas cubas de Pinol con Maestro Limpio y Clorex antes de que acabe el invierno.


***


You and I have memories 
Longer than the road that stretches out ahead 


No me acompleja decir que, hasta ahora, el 2012 ha sido el año más difícil de toda mi vida.  Como dije en un post anterior: en mi primer año completo de abstinencia he cometido errores gravísimos.  No es lugar para el arrepentimiento, pero sí quiero pedir disculpas públicas a todas las personas para quienes mi presencia en su vida fue nociva.  Sepan que nunca nada fue producto de la malicia o la frialdad.  Mis malas acciones pueden haber surgido de la deshonestidad, el temor al cambio, la soberbia, la baja autoestima,  la poca capacidad que tengo para hacer contacto emocional con los demás, la inmadurez, la intolerancia o la vil y llana estupidez.  Mi lista de defectos es todavía más amplia, pero no incluye nunca a la maldad calculada y ventajosa.  El hecho de que no tengo madera para ser criminal ni mártir fue una de las grandes lecciones de este año y este párrafo no hace sino confirmarlo.  Perdón de nuevo y siempre.


***



Para las personas que gustan de desdeñar la evidencia y me siguen considerando (o comenzaron a hacerlo este año) alguien digno de compartir un pedazo de vida con ustedes, mi gratitud interminable.  Deberían revisar nuestra amistad y pensar de nuevo si quieren arriesgarse a que mi superpoder de lastimar y alejar a las personas que más quiero se active otra vez.  Si su cordura ya se resquebrajó tanto como para querer mantener nuestras relaciones, de nuevo mi más profunda gratitud.  Tienen sus razones para quererme tal como yo tengo las mías para corresponderles en la pobre medida de mis posibilidades.


***


Que el año que viene sea mejor para todos.



Atte: Juan Ramón.