miércoles, 20 de marzo de 2013

Cosas que me gustan (Hitchcock).

Hitchcock.

Me ha gustado ir al cine toda la vida.  Cada miércoles tenía la esperanza de ir al salir de mis clases de música y muchas veces se cumplía.  Recuerdo haber visto demasiada basura en salas antes de los diez años: "Selena", "Evita", "The Waterboy", "Dumb & Dumber", "Starship Troopers"...  También recuerdo algunas maravillas como Toy Story —que me sigue impresionando— o el reestreno de Star Wars.  Todavía no existían en León los cines con muchas salas y aquéllos a los que iba entonces ahora son bodegas o importadoras chinas.  Nadie se acuerda de que las salas del cine Galerías eran las primeras letras del alfabeto griego.

Alan Moore dice que la ficción es hipnotizar cuidadosamente a alguien, luego llevarlo delicadamente al sótano de la casa, despertarlo brutalmente a batazos y que nos agradezca al salir.  Yo entraba al cine y me dejaba hipnotizar con mansedumbre aunque fuera por la estúpida cara de Adam Sandler jugando futbol americano.  Nunca sospeché que las películas pudieran distinguirse por otra cosa que ser "de caricaturas"o "de personas".

En Diciembre del 99 le pedí a mi mamá que me comprara la Cine Premiere.  Era la fiebre de Toy Story 2 y yo quería enterarme de todo.  Resultó que en ese número los colaboradores de la revista habían listado sus diez películas favoritas para crear un promedio de las mejores películas de la historia —según ellos.  Era la clase de cosa que todo mundo hacía en el fin de milenio.  Fue en ese listado donde me encontré con nombres de películas y directores que nunca nadie me había mencionado pero que al parecer todos veneraban.  Todavía no tenía bien claro qué era un director de cine pero aprendí rápido y vi que había un nombre que se repetía mucho en todas las listas: Alfred Hitchcock (no tengo la revista a la mano, pero creo que "Vértigo" fue la supuesta mejor película de la historia según la Cine Premiere mexicana en el 99)[Update: ya la encontré y Vertigo es el segundo lugar.  La primera, para no perder la costumbre, es Citizen Kane].  No aguanté la curiosidad por mucho tiempo y, aunque no había videocasetera en la casa, aproveché la primera oportunidad que tuve para conseguir lo que pudiera del tal señor ese.  La primera que pude ver fue "Psycho".  Me di cuenta de que eso era una verdadera buena película. Fue la primera que se elevó de entre los sedantes de hora y media que acostumbraba ver sin cuestionarles nada. Representó una vuelta completa en mi modo de ver el cine y el mundo; un primer asomo de criterio propio.

Desde entonces hasta ahora ya han pasado muchos años y mi gusto por el cine sigue inalterable.  Ya no iría sin coerción a ver una película de Adam Sandler o Jennifer Lopez, porque Hitchcock me enseñó también a gastar el dinero con sabiduría y no dejarme dar de palos por cualquier mequetrefe —tiene que ser uno con talento.

As: Tweedle Dee & Tweedle Dum - Bob Dylan.

Atte: Juan Ramón.

martes, 19 de marzo de 2013

Cosas que me gustan (Caleidoscopios).

He estado releyendo mi blog con cariño y asombro.  El cariño es porque ya tengo varios años con él (unos 6) y a pesar de diversos abandonos, regresos, cambios de nombre, rediseños... sigue siendo el mismo.  No creo en tachonear el pasado: somos también ese que fuimos.  Al principio subía unos dizque "poemas" espantosos que ahora me dan muchísima vergüenza, pero así era yo en aquel entonces.  Ese bloguero poeta de quinta sigue siendo parte de mí tanto como cualquier otro Juan Ramón en cualquier momento de estos seis años, no tengo por qué negarlo o rechazarlo.  El que haya cambiado lo suficiente como para descubrir lo ridículo que era no me hace tener el impulso de aniquilación del que hablaba en el post anterior.  Mejor me asumo y vivo tanto las cosas guapas de mí como las más espantosas.  Sólo Superman es súper bueno y súper guapo y súper todo.  Yo no puedo ser otra cosa que lo que acostumbro señalar aquí con impudicia.

El asombro es por darme cuenta de cuánto he cambiado, a pesar de todo.  Al principio tuve una pequeña racha en la que me proponía secciones que no duraban más de tres posts con cuatro líneas cada uno.  Alguna de ellas se llamó "Cosas por las que vale la pena vivir", que luego se redujo a la bonita etiqueta "Cosas Buenas" y a su no tan agraciada compañera "Cosas Pinches".  Hoy, leyendo los posts diarios de Adivitola, se me ocurrió retomar la mala costumbre de hacer listas de cosas que me gustan y también de las que no.  Estoy pasando por un rato muy malo y creo que recordar lo bueno que tiene el mundo para ofrecer nunca es pérdida de tiempo.

Empiezo diciéndoles que me gustan mucho:


Los Caleidoscopios.

Atte: Juan Ramón.

viernes, 15 de marzo de 2013

Autómata de la desdicha.

 Mis expectativas sobre la vida universitaria se habían disparado, alimentadas por una masa de clichés y malentendidos que había estado acumulando durante varios años.  En el tiempo anterior a mi primer día de clases me dormía muy tarde viendo las películas que programaban en el canal cinco de madrugada.  Me mordía los dedos más que nunca y los nervios se me fueron estirando hasta que, llegado el momento, me levanté a las cinco de la mañana pensando "bueno, ahora sí va en serio la jugada".  Pensé que la madurez se me iba a abrir en el momento en que pusiera un pie como alumno en las aulas universitarias.  Sería una buena ocasión para despedirme de la adolescencia.  Soy un tipo ritualista y ningún rito apreciable puede renunciar a la música.  ¿Qué representaba mejor lo que sentía?  Los Beatles, por supuesto.  Habían sido mi pase hacia algo parecido a na identidad y sin su presencia mi vida hubiera sido algo muy diferente.  Pude haber conocido y gustado de otras cosas en el amino, pero los Beatles seguían siendo lo más puro; su música se había conectado conmigo de golpe y sin pedir permiso: directo a mí y a lo que me afectaba.  Pero no iba a poner nada demasiado sofisticado, sino apenas el segundo disco que les escuché: "A Hard Day's Night".  Era música joven, fascinada con el porvenir.  Un disco excelente, aunque obscurecido por los grandes highlights de su carrera, que vendrían poco después.  Esto lo pienso ahora, pero entonces fue un empuje casi irracional el que me hizo elegir ese disco como el condenado a recordarme siempre ese día.  Era agosto del 2006 y sentía que la época en la que todo mi mundo se cifraba en John, Paul, George y Ringo (seis años atrás de eso) era una de las cosas a las que les soltaba la mano.

Nunca he tenido mucha imaginación, ni mucho menos poderes premonitorios.  Para mí el pasado es lo único que activa imágenes en la cabeza.  Jamás habría podido elucubrar siquiera lo que pasaría horas después cuando, incluso antes de la primera clase, la coordinadora me amenazó con no dejarme entrar al día siguiente si no me cortaba el pelo.  Bienvenido a la vida adulta en versión LaSalle.  Lo siguiente, hasta el momento en que escribo esto, se le hubiera escapado hasta a la bola de cristal más afinada.  Por ejemplo; que repetiría ese ritual del regreso a clases 12 veces más (en lugar de las 7 previstas).  En cada uno de esos retornos puse el "A Hard Day's Night" antes de salir de la casa el primer día.  Fue hasta esta decimocuarta ocasión cuando un hecho me asaltó: había pasado más tiempo desde mi entrada a la carrera que el que había transcurrido desde entonces hasta la época en la que escuché el "A Hard Day's Night"recién salido de la tienda.

Mis poderes de escritura no son muy buenos, así que no sé si lo que dije se entienda. Explico otra vez: en el 2006 yo ya veía con nostalgia la época de mi beatlemania más acentuada. Volteaba a ver aquel entonces con una sonrisa de suficiencia que ahora interpreto como de una insoportable ingenuidad. Y desde el 2006 hasta ahora ha pasado aún más tiempo del que entonces me parecía permisible para la añoranza.  No he sabido todavía si este hecho debe tener importancia más allá de esclarecer que mi tendencia a desdeñar el presente —hasta no ver que se ha desvanecido lo suficiente para idealizarlo— no sólo ha perdurado en mi catálogo de defectos emocionales, sino que se ha acentuado.  Noto entonces que hay partes de mí que me acompañan todo el tiempo, cualesquiera que sean las circunstancias.

 A los 17 años escuchaba a los Beatles con la misma reverencia con que los escuché a los 11 y con la que los escucho justo ahora, a los 24.  Me definieron como persona y ahora son parte de mí como lo han sido y serán de millones de personas muerta, vivas y por nacer. De lo mejor de nosotros, quiero apuntar.  Por otro lado, el que soy una máquina de nostalgia —más sus arreglos y variaciones— es tan cierto ahora como hace 7 años.  También es parte de mí y de otros millones de personas.  No es un lado del que me sienta orgulloso, pero todavía no encuentro una manera eficaz para evitar ser yo que no implique aniquilarse.

¿De qué sirven estas pequeñas certidumbres sobre uno mismo? ¿De qué sirve errar, tratar de enmendarnos, volver a asumir que no tiene caso negarse y todas estas dosis de azoro que nos pasan por las tripas de vez en vez? ¿Tienen que servir para algo?  ¿Tengo que servir para algo?  Entonces George empieza a cantar "Here Comes The Sun", como dando una palmada en el hombro mientras dice que no hay por qué arruinarse y volverse un autómata de la desdicha.  Las respuestas nadie las conocerá, pero un azar improbable propició el que tú, que habitas bajo el mismo sol, me estés leyendo ahora y con eso basta por el momento.


As: Because - The Beatles.

Atte: Juan Ramón.