martes, 21 de mayo de 2013

Cosas que me gustan (Plumas Fuente).

Mis recuerdos suelen estar dañados, alterados o perdidos, pero el primer acercamiento que recuerdo fue cuando mi maestro de dibujo en la secundaria nos pidió llevar tintero y plumilla.  Me tomé muy en serio eso de escribir con algo que no fuera uno de los tres bolígrafos que le compraba diario al amigo que hacía negocio vendiendo plumas y lápices.  Compraba tres plumas bic diario porque el menor uso que les daba era rayar; más bien las usaba como mordederas para niño grande.  No es fácil aguantar tantas horas de Instituto Leonés a la semana, así que mordía las plumas hasta reducirlas a pedazos filosos con un largo tubito de tinta en medio que a veces usaba para tomar apuntes o pintar garabatos.  El plumín y el tintero, sin embargo, parecían antiguos y ya desde entonces sentía que cualquier cosa merecedora de ese calificativo está más cerca de lo permanente —más que un bolígrafo de plástico mordido.  El simple acto de escribir era más insólito que los tres pedazos industriales que masticaba de 8:00 a 14:00.  Podía haber elaboración, ritual, hasta peligro en el hecho de rayar hojas con un palito.  Aunque la curiosidad ya me había llevado a entender cómo funcionaban los bolígrafos por medio de llenarme el hocico de tinta, no pasaba de algunas burlas de los más cercanos y limpiarme la lengua con una hoja de libreta arrancada a la velocidad pertinente.  Cuando descubrí los tinteros comenzó a mancharse el piso del salón, la ropa, las manos... El maestro de dibujo nos había advertido que lleváramos cinta adhesiva para fijar el frasquito y evitar bochornos.  Yo pensé que eso le restaba gracia al asunto y prescindí de lo que consideraba una vulgaridad.  Eso sí, una vez tuve la precaución de decirle a mi compañera de enfrente:

—Mildred, no vaya a voltear porque con el cabello me puede voltear el frasco de...

—¿Qué?— dijo al voltear, llevándose el tintero con su melena.

Mano a la cara, orejas rojas y pedir permiso para ir por un mechudo.

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Antes de entrar a la prepa vi en una tienda un paquete de plumas caligráficas Sheaffer.  Se lo pedí a mi mamá, quien pensó que estaría bien tener unas plumas decentes para la prepa.  Yo no sabía ni siquiera qué eran las plumas caligráficas, pero me dediqué con emoción a hacer letras de todo tipo.  Eran tres: punto fino, medio y grueso.  Años después sabría que eran del modelo "No Nonsense" moderno, que es de plástico traslúcido y tapa a presión.  Decidí dejarlas en la casa para escribir cartas y hacerle regalos ñoños a mi novia y seguí escribiendo con bolígrafos bic en la escuela.  Ya no tenía a mi proveedor permanente, así que fue en esa época de los primeros semestres de la prepa cuando presencié el extrañísimo caso de que se agotara el tubito con tinta en una de esas plumas.  Los reto a recordar alguna vez que hayan visto lo mismo.  Si  es que recuerdan más de una, seguro esas veces se pueden contar con una sola mano.

Un día, andando por el centro, entré a una papelería y pregunté si tenían plumas fuente.  Me sorprendió ver que sí y comencé a comprar unas Pilot Varsity para usar en la escuela.  Entonces no sabía que podían rellenarse de tinta, así que las tiraba en cuanto se terminaban.  En febrero, después de nueve años de no verlas, un amigo me regaló una pluma igual  y fue cuando descubrí que podían volver a usarse.

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Cuando entré a la universidad estaba muy ocupado bebiendo mezcal barato como para perder el tiempo en mis antiguas nerdeces.  Me volvió a importar un pito con qué escribía hasta que  descubrí una libreta que me gustó mucho.  El homúnculo esnob que domina mis actos desde dentro del cráneo me dijo que no era decente usar una libreta tan guapa con un bolígrafo corriente.  Saliendo de la feria del libro en donde hallé la libreta fui directo a Office Depot y me compré la pluma fuente más barata que encontré: una bic plateada de $50 que no recuerdo cómo perdí.

Un año después, Elizabeth me regaló una Inoxcrom de tortuguitas que casi no me duró porque cometí la idiotez de rellenarle un cartucho con tinta china.  Fue gracias a ese error que empecé a hurgarles las entrañas a mis plumas.  Gracias a tantas ganas de resucitar la pluma de tortuguitas me di cuenta de cómo funcionan las plumas fuente y me creí con capacidad de meterles mano.

La primera pluma que rescaté fue una sin marca de laca roja marmoleada.  Desesperado por no tener una pluma decente, mi memoria reactivó uno de los recuerdos dañados de los que hablé al principio.  Me la había regalado una tía en los noventa y nada más estaba empolvándose en mi cuarto.  La limpié, le puse un cartucho y vi que funcionaba muy bien.  El plumín era flexible, cosa rarísima en una pluma sin marca.  Tampoco recuerdo cómo fue que me deshice de ella.




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El domingo 19 de julio del 2010 estaba viendo American Splendor en la computadora.  En eso llegó un primo y le dije que tenía que verla, así que volví a ponerla desde el comienzo.  Todo iba bien hasta que el lector chafa de mi computadora no pudo superar un rayón en el disco.  No importó mucho porque después puse el concierto de los Pixies en Newport y después decidimos ir al centro.  Tenía dinero y le dije a mi primo que me acompañara al Sanborns de Plaza León.  Salí de ahí con una antología de Horacio Quiroga (a quien no había oído siquiera mencionar hasta unas semanas antes) y la segunda Parker Vector que tuve.  La primera la había perdido en la feria de ese año y luego había tenido —por poco tiempo— una Lamy Safari que le regalé al roomie de un amigo en una borrachera nada más porque me dijo que era arquitecto (¿?).  El día terminó cuando regresé a la casa esperando poder platicarle a alguien que ya tenía un libro de Horacio Quiroga, cababa de comprar una pluma increíble y Toy Story 3 —la segunda película que veía en 3d— me había humedecido los ojos.

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Los objetos significan mucho para mí, soy un especialista para otorgarles sentidos que sólo yo puedo recuperar.   Será por el miedo pánico que le tengo al olvido que renuncié a la idea detrás de utilizar algo desechable y sin personalidad para el acto de escribir, que se supone debe estar más cerca del estilo y la permanencia.  Si yo no puedo ser útil, bello o perdurable, por lo menos me gusta que las cosas que uso sí lo sean.  Son (ustedes disculpen) horrocruxes, pues.  Hoy tengo 13 plumas fuente de distinta ralea.  Aunque algunas estén retiradas, las sigo atesorando como si fueran canciones.

Mis plumas fuente.


As: Highlands - Bob Dylan.

Atte: Juan Ramón.