miércoles, 16 de octubre de 2013

El espíritu vive en el exilio.


“[...]you grew up wanting to go somewhere else.  It made you hungry.  So, art was a great golden vision.  For us, we wouldn’t have called it art; we would have called it Rock and Roll”.
Paul McCartney.









Decidí que pasara lo que pasara, iba a salir de la casa.  Solo o acompañado, la cosa era no pasarme todo el día tomando refresco, viendo Daria y posteando/leyendo cosas sobre Breaking Bad.  Aprovechar para terminar de leer el libro y quizá darle otra oportunidad a uno de esos álbumes cuyas canciones siempre skipeo cuando las programa el shuffle.  Un álbum como Exile on Main St., por ejemplo.  Nunca lo había escuchado completo, en parte por la enorme carga de intimidación que lleva encima.  Nada malo me podía pasar, a pesar de que la última vez que lo había intentado terminé con dolor de cabeza y mejor lo dejé así.

Salí, tomé el camión, me compré una gran Coca-Cola y me senté en una banca de la plaza principal. 

Pongo el disco (es un decir, y me recuerda al hecho de que mi mamá les sigue diciendo “discos” hasta a las grabaciones telefónicas).  Me concentro.  Tengo mucho tiempo sin poner este empeño en escuchar un álbum de principio a fin.  Solía hacerlo más cuando aún compraba (je) discos, pero mis signos son mis signos y sin un pedazo de plástico redondo en una caja y sin un aparato donde tocarlo todo me parece irreal, como el zumbido de fondo que sale del salón de fiestas en la esquina de mi cuadra cada sábado de boda o quince años; nada muy digno de atención.

Los Stones.  Una de esas bandas que son literalmente más grandes que la vida.  Por lo menos más grandes que MI visa, eso seguro.  Mucho más grandes, viejos y pellejudos.  Buen lugar para buscar cubetazos de frescura.  El disco más resacoso y encerrado de todos; posiblemente el más críptico y feo.  Un descuido legendario que también es, por alguna razón, el pedazo de su discografía que más elogios desaforados recibe.  «Buen lugar para la frescura» repito.

Comienza el riff, ése sí familiar, de Rocks Off.  Las canciones pasan junto con la luz de la tarde, junto con la gente; aunque no todos los que pasan caen de lleno en esa categoría genérica:  veo pasar al ex de mi novia, a un antiguo mejor amigo, a un amigo a secas.  Ninguno parece haber notado mi presencia.  Yo también me siento un poco exiliado, Mick, Keith.  Un poco ajeno, sentado ahí, solo, en el jardín principal.  ¿Qué importa? La tarde es de octubre.  Cada nota equivale a una luz más dorada y una luna más brillante.




Recuerdo cuando compré  Sticky Fingers y Let It Bleed.  Fue en la época cuando mi amigo Ruy y yo hacíamos expediciones regulares a todas las disquerías del centro.  Con esos álbumes jamás tuve discusiones, recelos ni prejuicios.  Nos dimos la mano desde el principio y hasta ahora seguimos riendo, llorando y abrazándonos cada que volvemos a encontrarnos.

También recuerdo que entonces tenía una vida.  ¡Yo tenía una vida antes de todo esto!  Tenía una vida, tenía una vida.  Una que me gustaba llevar a mi manera sin preocuparme demasiado por nada.  Antes del alcohol, de las relaciones destructoras, de que los cuatro años de universidad más tres de fósil me terminaran de chupar el alma, antes de la rehabilitación y del aburrimiento, de la lenta degradación de todos mis ámbitos, antes de dañar a gente que quiero… Listas autocompasivas de lado, yo acostumbraba ser un tipo con un nivel razonable de alegrías y esperanzas, no uno al que le cuesta tanto trabajo dormir, despertar y, en general, seguir viviendo.  Como el álbum, mi vida no termina de mejorar; cuando menos no gracias al rato que llevo ahí escuchándolo y moviendo el zapato.  Todo parece/suena arruinado por malas decisiones.

Exile on Main St. no es un álbum producido por la banda de rock más grande (de edad) del mundo en el momento más bizarro de su madurez artística.  No se trata tampoco de canciones que recomiendes a tus amigos para poner en YouTube mientras nos emborrachamos.  Ni siquiera es el tipo de canciones que escuchas a oscuras, con audífonos, debajo de la cama.  Tampoco son las melodías que silbas o los riffs/solos ideales para lucir tus habilidades con la air guitar.  Ni siquiera son los tonos que se asocian fácilmente con una época o un amor perdidos.

«A ese puto de Jagger no se le entiende nada y aquí se le entiende menos.  No tengo idea de lo que está sucediendo» me digo.  Pero este álbum no es una pastilla efervescente, es la cruda en sí y hay que aguantarla hasta que...

De pronto me quedo en trance.  Los ritmos comienzan a agitar oscuridades primitivas.  Esta música es un gran incendio desaliñado sin motivos para menguar. Los valores de producción se convierten en el más banal de los asuntos.  No es una simple grabación: es un fenómeno espiritual.  Tampoco es un rito agradable, ni perfumado con incienso y disfraces bordados.  Es uno presidido por el dolor y el placer que da cantarlo. Se trata de un acto mágico, una invocación ritual;  una clave capaz de descifrar ciertos mundos, ciertas criaturas que nos habitan a todos los que le hemos dado algún grado de importancia al rock en nuestras vidas.  Percibo la música que sale de mis audífonos como si alguien se arrancara el corazón con las manos y lo ofreciera frente a los ojos sin que haya dejado de palpitar.  Es humano, definitivo, brutal: es Rock and Roll.  No tiene porqué ser bonito ni comprensible

***

La equivocación cuando se batalla contra el hastío es esperar a que las salidas se aparezcan, a que haya un letrero que diga “Exit” y una gran puerta de palanca dispuesta a abrirse apenas se la presione un poco.  No digo que eso no suceda.  Puede pasar, incluso a menudo.  Lo que digo es que esa actitud es un poco falacia de cherry picking. Nos quedamos nada más con lo que nos conviene o lo que nos gusta creer y olvidamos todo lo demás.  Las veces que el azar nos sacude las recordamos más que las que nos construimos por mérito propio.  Damos por hecho que todas las salidas del hastío deben tener ese elemento sorpresa cuando es mucho más efectivo hacer las cosas por nosotros mismos.  Es como si nos pusiéramos a esperar la lluvia con la boca abierta cada que tenemos sed.  La lluvia caerá alguna vez y lo recordaremos con asombro, pero también hay que aprender a propiciar los milagros.

***

La gente sigue pasando, la noche ya se completó y tengo que tomar el camión junto con los que sean... pero yo ya no soy el mismo que entró tambaleante al Exile....  Tomé el sentirme miserable como un pretexto para experimentar algo nuevo por decisión propia. Salí de mi casa y escuché un disco que no se me había terminado de revelar.  Los frutos son inversamente proporcionales al esfuerzo, me siento muy distinto. 

Los Stones me regalaron una experiencia de vida a través de un disco que fue hecho hace más de cuarenta años pero no los aparenta.  El plástico no envejece tanto como el cuero, por suerte para todos.  Los bytes quién sabe si siquiera existan.  Ahora siento que lo farragoso también puede ser precioso, basta con sumergirse muy adentro, sentir que se hace algo con las posibilidades.


Exile on Main St. reitera y queda como testimonio de que siempre se debe hacer lo que se puede con lo que se tiene. Gracias a él creo haber entendido que la vida tampoco tiene porqué ser bonita o comprensible, sólo tiene que vivirse con espíritu.  Y el espíritu tiene una morada que es exilio: exilio en la calle principal.





Atte: Juan Ramón.