viernes, 29 de noviembre de 2013

George el clarividente.



El carisma de George Harrison está en los bordes de lo sobrenatural.  A diferencia de lo que sucede con sus compañeros de banda, su atractivo no se puede reducir con facilidad, ni siquiera a nivel de percepción popular.  El epíteto de "el callado"— que han querido endilgarle desde hace décadas— no nos dice demasiado; ni siquiera es verdad.  George habló mucho y bien.  Mejor dicho: cantó y compuso mucho y muy bien.  El registro de sus composiciones siempre fue más amplio, sin duda más profundo, que el de cualquiera de las personas con las que se rodeó en su carrera artística.  Porque George sabía ver con totalidad: detrás, entre, a través.  Sus canciones van desde la alegría contemplativa de Here Comes the Sun hasta la rabieta satírica de Taxman.  Y eso si hablamos únicamente de su carrera con los Beatles.  Es cosa conocida que el All Things Must Pass salta por encima de cualquier álbum solista de sus compañeros con una facilidad pasmosa.

Creo que, en el fondo, su aproximación a lo trascendente no se trataba de repetir mantras, sino de saber paladear los asombros más íntimos y compartirlos después con los demás, intactos.  Sus flirteos con el New Age y los guruísmos orientales no fueron más que los juegos con los que se entretenía su inocencia —inocencia de un dios niño que convierte pajarracos de barro en aves coloridas con un pase de manos. Vean la portada de Revolver.  La mirada de George es la de una deidad serena, contrastante con la humanidad sulfurosa de sus compañeros.  En cualquier caso, la relación con oriente daría buenos frutos en su arte.  Desde la primera vez  que escuché el Sgt. Pepper's, la inclusión de Within You Without You me dejó perplejo pero al mismo tiempo cargado de, repito, serenidad.  Fue algo totalmente distinto.

Pero todas las cosas pasan y la mirada sideral de George Harrison soltó a este mundo hace exactamente doce años.  De entre los que seguimos aquí con frecuencia surge uno más que descubre un nuevo rincón de sí mismo gracias a sus obras.




Atte: Juan Ramón.

jueves, 28 de noviembre de 2013

La estación.


Mi casa no queda muy lejos de la estación; se puede llegar caminando si así se desea. De niño me parecía un lugar a medio abandonar.  Quiero decir que es un lugar muy viejo, que se ve viejo y que no le preocupa a nadie, pero que todavía tiene gente rondando y bicicletas recargadas en sus paredes. ¿Qué  hay adentro de la estación? Quién sabe.  Por fuera tiene telarañas en los techos.

Del otro lado de la vía viven "indios", según me decían de chico.  Cuando yo les conté lo mismo a mis primos me confesaron que a ellos les habían contado ya ese dato y se imaginaban apaches con arco y flechas como los de las películas de vaqueros.

Jamás he cruzado hacia aquel lado de la vía.  Algunas veces he soñado que me interno en el caserío y prefiero quedarme con esas versiones: pueden ser distintas sin esforzarse y aparecen a (in)voluntad.

***

En algún momento de los noventa fui con mi mamá para preguntar por destinos y horarios.  Ya me imaginaba viajando en tren.  Anticipaba con emoción ser parte de las personas que (nunca he sabido si esto también es ensoñación) una vez vi bajarse de los vagones en la estación cuando era aun más pequeño.  Ansiaba unírmeles.  El tren es enorme, viejo y de colores.  Que además pueda recorrer grandes distancias con personas encima es el colmo de la genialidad.


Quien nos atendió lo hizo detrás de unas rejas y frente a un pequeño pizarrón negro que tenía escrito "México-Cd. Juárez", una distancia en kilómetros, luego en millas, un horario y una fecha que terminaba en 1995.  Nos dijo que esas anotaciones indicaban el último tren de pasajeros que había parado ahí.

***


La estación está en la orilla sur de uno de los barrios más antiguos —y peligrosos— de León.  Caminar hacia allá es enfrentarse con que la ciudad se transforma en algo inesperado.  Si se va por la calle común, se recorren lugares que bien podrían servir de escenario para el fin de los tiempos.  Naves industriales y viejas bodegas abandonadas entre calles llenas de polvo por las que no parece haber pasado nadie en décadas.  Si se llega caminando por la vía del tren hay que atravesar baldíos de carrizos enormes y pastizales por donde tampoco parece haber ningún rastro de humanidad reciente.  En esa opción del camino  uno se entrega a la hipnosis de ir poniendo los pies sobre los durmientes, de ver pasar la grava manchada de aceite.  Sembradíos de un lado y mezquites del otro.  El trance comienza a quebrarse cuando los silos industriales anuncian a la estación.  Apenas antes de llegar hay vagones huérfanos y vías alternas reflejando en su fierro viejo la luz de la tarde como no me ha tocado ver en otro lado.







Atte: Juan Ramón.

PD: las fotos son mías.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Hurgando...

... en mis viejos correos electrónicos di con esta cita de Joseph Campbell que hace algunos años transcribí y que esta noche me escupió en la cara —acto que mi amigo Rafa (alias "El Guapo") una vez propuso como método infalible para iniciar una pelea.  Nada más.
"El inconsciente manda a la mente toda clase de brumas, seres extraños, terrores e imágenes engañosas, ya sea en sueños, a la luz del día o de la locura, porque el reino de los humanos oculta, bajo el suelo del pequeño compartimento que llamamos conciencia, insospechadas cuevas de Aladino.  No hay en ellas solamente joyas, sino peligrosos genios: fuerzas psicológicas inconvenientes o reprimidas que no hemos pensado o que no nos hemos atrevido a integrar a nuestras vidas, y que pueden permanecer imperceptibles.  Pero por otra parte, una palabra casual, el olor de un paisaje, el sabor de una taza de té o la mirada de un ojo pueden tocar un resorte mágico y entonces empiezan a aparecer en la conciencia mensajeros peligrosos.  Son peligrosos porque amenazan la estructura de seguridad que hemos construido para nosotros y nuestras familias.  Pero también son diabólicamente fascinantes porque llevan las llaves que abren el reino entero de la aventura deseada y temida del descubrimiento del yo.  La destrucción del mundo que nos hemos construido y en el que vivimos, y de nosotros con él; pero después una maravillosa reconstrucción de la vida humana, más limpia, más atrevida, más espaciosa y plena... ésa es la tentación, la promesa y el terror de esos perturbadores visitantes nocturnos del reino mitológico que llevamos adentro"

Atte: Juan Ramón.