jueves, 28 de noviembre de 2013

La estación.


Mi casa no queda muy lejos de la estación; se puede llegar caminando si así se desea. De niño me parecía un lugar a medio abandonar.  Quiero decir que es un lugar muy viejo, que se ve viejo y que no le preocupa a nadie, pero que todavía tiene gente rondando y bicicletas recargadas en sus paredes. ¿Qué  hay adentro de la estación? Quién sabe.  Por fuera tiene telarañas en los techos.

Del otro lado de la vía viven "indios", según me decían de chico.  Cuando yo les conté lo mismo a mis primos me confesaron que a ellos les habían contado ya ese dato y se imaginaban apaches con arco y flechas como los de las películas de vaqueros.

Jamás he cruzado hacia aquel lado de la vía.  Algunas veces he soñado que me interno en el caserío y prefiero quedarme con esas versiones: pueden ser distintas sin esforzarse y aparecen a (in)voluntad.

***

En algún momento de los noventa fui con mi mamá para preguntar por destinos y horarios.  Ya me imaginaba viajando en tren.  Anticipaba con emoción ser parte de las personas que (nunca he sabido si esto también es ensoñación) una vez vi bajarse de los vagones en la estación cuando era aun más pequeño.  Ansiaba unírmeles.  El tren es enorme, viejo y de colores.  Que además pueda recorrer grandes distancias con personas encima es el colmo de la genialidad.


Quien nos atendió lo hizo detrás de unas rejas y frente a un pequeño pizarrón negro que tenía escrito "México-Cd. Juárez", una distancia en kilómetros, luego en millas, un horario y una fecha que terminaba en 1995.  Nos dijo que esas anotaciones indicaban el último tren de pasajeros que había parado ahí.

***


La estación está en la orilla sur de uno de los barrios más antiguos —y peligrosos— de León.  Caminar hacia allá es enfrentarse con que la ciudad se transforma en algo inesperado.  Si se va por la calle común, se recorren lugares que bien podrían servir de escenario para el fin de los tiempos.  Naves industriales y viejas bodegas abandonadas entre calles llenas de polvo por las que no parece haber pasado nadie en décadas.  Si se llega caminando por la vía del tren hay que atravesar baldíos de carrizos enormes y pastizales por donde tampoco parece haber ningún rastro de humanidad reciente.  En esa opción del camino  uno se entrega a la hipnosis de ir poniendo los pies sobre los durmientes, de ver pasar la grava manchada de aceite.  Sembradíos de un lado y mezquites del otro.  El trance comienza a quebrarse cuando los silos industriales anuncian a la estación.  Apenas antes de llegar hay vagones huérfanos y vías alternas reflejando en su fierro viejo la luz de la tarde como no me ha tocado ver en otro lado.







Atte: Juan Ramón.

PD: las fotos son mías.

6 comentarios:

Elizabeth G.L. dijo...

:( yo nunca he ido a la vía en León... y cuando era niña soñaba que estaba atrás de mi casa (bueno, más que soñarlo lo daba por hecho: que estaba justo atrás de los muros traseros de los patios de mi cuadra, luego, lo soñaba).

Don Belianís dijo...

Me acordé de algo muy simpático (¿y acertado?) que escribió Monterroso: la economía, la eficacia política, la velocidad del desarrollo de un país..., son análogos al estado de sus trenes.

Don Belianís dijo...

P.S. Las fotos están padres, pero ciertamente tienen algo difícil de mirarse por mucho rato.

El Compañero. dijo...

Ciely: pues casi casi es literal lo que soñabas.

Compañero: Monterroso tan sabio y certero como siempre. Por cierto que el 94 y el 95 fueron años trágicos.

Gracias por sus comentarios 8D

Atte: Juan Ramón.

Anónimo dijo...

Creo que es una buena etnografía :D además de que esas vías tienen su historia dos veces fui saliendo de la secundaria, ya sabrá usted!
Qué bonitas fotos Juan, saludos!

El Compañero. dijo...

Gracias, anónimo bueno :)

As: Two Of Us - The Beatles.

Atte: Juan Ramón.