miércoles, 11 de diciembre de 2013

El diablo es una calabaza.

El San Miguel Arcángel que está en el corral de mi casa.

Nunca tuve bien claro a qué se dedicaba mi tío pero recuerdo que siempre traía cubetas con desperdicios para los puercos que teníamos en la casa.  Las cargaba en un guacal que tenía montado en la parrilla trasera de su bicicleta, con la que se movilizaba a todas partes.

El tiempo en que mi tío y yo nos llevamos bien se reduce a mi primera infancia y la memoria es un asunto complicado, sobre todo cuando se trata de esa época.  Recuerdo —por ejemplo— con mucha claridad que me hacía tronarle los dedos de las manos.  Yo ni siquiera sabía que existía esa extraña costumbre que consiste en provocar ruidos con las falanges propias sin que se desbarate la estructura ósea por completo.  Hay otras cosas que no recuerdo tan claramente o que no sé si me las inventé con el paso del tiempo.  Lo que quiero contar entra en la segunda categoría.

Un día mi tío me dijo que nos fuéramos a a dar una vuelta. Me subí al guacal, que ya no tenía cubetas llenas de desperdicios pero seguía oliendo como si las tuviera.  Siento que en esa época estamos más cerca de los perritos que de los humanos, lo cual puede ser encantador pero también inconveniente.  Al recordar esos paseos me imagino como si tuviera orejas largas, la lengua (también muy larga) moviéndose con el viento por fuera de mi hocico elongado, contento, sentado entre el aroma de algo que ahora podría describir como vómito de puerco.

Íbamos con rumbo a San Miguel, el barrio vecino.  Fue el año que estuve yendo a un colegio por aquel rumbo, así que más o menos sabía dónde me encontraba.  Creí que me iba a pasear por la escuela sin detenerme a pensar en la posibilidad de que el mundo no se redujera a los lugares que tenían que ver conmigo.  Me sorprendí cuando comenzó a detener la bicicleta frente a la fachada del templo. Se bajó frente a un nicho con la imagen de San Miguel Arcángel venciendo a Satanás.

—Mira, ése que está ahí abajo es el diablo.  —me dijo mi tío.

—¿Cuál es el diablo? No veo —le respondí.

—Ése, el rojo.  ¿Qué no lo ves? Se me hace que nada más te estás haciendo.

—No tío, de veras no lo veo.  ¿Es eso ahí abajo que parece como una calabaza? ¿O es un camote?

—¡¿Cuál calabaza?! Yo no veo ninguna calabaza. ¡Mira! ¡Mira! ¡Fíjate bien! ¡Ahí está! ¡Es rojo y tiene cuernos!

—¡Ah, sí! ¡Ya lo vi bien! —exclamé sin dejar de ver a la calabaza, a pesar de los vehementes esfuerzos de mi tío por que volteara a ver al "enemigo malo".

—¿Ya viste? Si te portas mal, cuando te mueras va a venir por ti y te va a llevar al infierno —remató y de alguna manera sentí miedo de la calabaza que veía.

Así, un paseo en bicicleta resultó ser mi primer lección de espiritualidad: el demonio tiene forma de calabaza.



As: Tony's Theme - Pixies.

Atte: Juan Ramón.

2 comentarios:

Vargas dijo...

Jajajajajajjaa (':
(Cuento con que los comentarios con carcajadas sean bien vistos por acá).

El Compañero. dijo...

Son más que bienvenidos. Un ejemplo: jajajajajajaja :D

;)