lunes, 20 de octubre de 2014

Imaginarios.


 Por más estupendo que suene «escribo sólo para mí» o «nunca pienso en quién me leerá», la verdad es que para escribir cualquier cosa tienes que esforzarte por inventar mínimo a dos personas que nunca dejarán de existir sólo en tu mente. 

 Primero: el que escribe.  No importa si estás reclinado sobre un pergamino iluminado solamente por una vela que languidece, con una pluma de ganso en la mano, detrás de un escritorio y enfrente de libreros repletos de densos volúmenes.  Tampoco importa si eres un estudiante de secundaria con el uniforme pegado a la piel por el sudor después del recreo, escribiendo con una Bic mordisqueada sobre un pupitre de triplay lleno de referencias percudidas a amores adolescentes de los que no se sabe nada más.  Esas personas, sus existencias corporales, reales, no importan.  Importa lo que sucede en el interior.  Ahí estos dos pueden intercambiar papeles, congelar un instante o hacer lo que sea, ser quien sea.  Ese "alguien" que no es ellos le dirá cosas a otro "alguien" que tampoco está ahí realmente —sintiendo el calor de la vela o de la mañana de escuela.  

Segundo: el que lee.  Puede estar basado en una persona verdadera, pero lo crucial es la imagen a la hora de escribir, no la persona real desde la que partimos para crearla. Le escribes a la idea de esa persona, no al conjunto de huesos y carne que se despierta, y come, y duerme.  También puedes dirigirte al monigote "alguien"; ese "alguien" borroso y gris que se produce en tu cabeza cuando te hablan de una persona que no conoces.  La idea confusa de "persona" que tienes hasta antes de endilgar un rostro y unas particularidades a ese maniquí amorfo.  También se puede dirigir un texto hacia una multitud, o la humanidad entera; a lo que pensamos como "una multitud" o "la humanidad entera".  

Pero nada de eso —insisto— es real.  Sólo es real, en sentido estricto, el sonido de la pluma rasgando el papel, los gritos de los compañeros en el patio, la música que sale de las bocinas, el tacto de los dedos sobre un teclado.  Sólo es real-real el intento casi siempre fallido de organizar veintitantos signos en símbolos con la intención de que sean reproducido dentro de la mente de "alguien" más.  Aquí estamos, en la siempre porosa barrera entre lo tangible y lo ficticio.  Pero hay ocasiones en las que descubres que podría haber personas, individuos concretos, que toman un tiempo de sus preciosas vidas para recrear las cosas que decidiste colgar por aquí o por allá.  Algunas veces estas personas tienen nombres, rostros, pasiones, cumplen años...  Otras veces sólo son dueños de una pasión irrefrenable por el insulto y la grosería.  De todos modos, este hecho no deja de ser maravilloso.  Con cosas así presentándose en tu vida, el aburrimiento o el desencanto se revelan como los únicos crímenes imperdonables de los que serás capaz.

As: Bela Lugosi's Dead - Bauhaus.

{La foto es mía.}

lunes, 29 de septiembre de 2014

Breaking Bad (o los motivos de la ficción).

Hace exactamente un año se transmitió el último episodio de Breaking Bad.  Hayamos llegado tarde o temprano a la historia, sin duda fue una que nos cautivó a todos, nos dio una golpiza y luego nos dejó sintiendo que la vida no tenía sentido si no podíamos seguir viendo las aventuras de Walter & Co.  Para conmemorar ese primer aniversario (¿luctuoso? Nah, esta clase de cosas no es que nunca mueran, sino que duran por generaciones enteras), posteo esta versión hojalateada de un pequeño artículo sobre el asunto que escribí el año pasado.

Gracias a la buena voluntad de los amigos, este artículo se publicó originalmente en la honorabilísima revista Spazz.


«You see, technically, chemistry is the study of matter, but I prefer to see it as the study of change: Electrons change their energy levels. Molecules change their bonds. Elements combine and change into compounds. But that’s all of life, right? It’s the constant, it’s the cycle. It’s solution, dissolution. Just over and over and over. It is growth, then decay, then transformation. It is fascinating, really.»
Walter White.

El aumento geométrico de la audiencia y su éxito universal de público y crítica no serán las únicas particularidades destacables en una serie cuya premisa me sonó cuando menos boba la primera vez que supe de ella: un profesor de química sobrecalificado es diagnosticado con cáncer terminal y decide utilizar su experiencia para fabricar metanfetamina cristalizada de altísima calidad.  Ése es el argumento de la serie de televisión más aclamada de la historia.  A mí sólo me hizo soltar trompetillas durante mucho tiempo, hasta que decidí experimentar directamente el asunto.  «Además es el papá de Malcolm», decía.  Suponía mucho y desconocía incluso más. Bastó el primer episodio para que se me cerraran las escapatorias a su narrativa.  En aquel primer momento de disfrute puro se me hubiera dificultado más articular qué era lo que no me permitía dejar de seguir poniendo un episodio tras otro.  Era gozo puro, un tren imparable.  Ahora sé que no se trataba únicamente de los cliffhangers, o su calidad como producto audiovisual; he ido entendiendo que la potencia de Breaking Bad reside en la fuerza elemental que las ficciones ejercen sobre la psique humana.



El protagonista —Walter White— describe indirectamente el abordaje narrativo de la serie durante un discurso que da a sus alumnos (ver el video de arriba para más señas).  El objeto de la química —les dice— es, en sentido estricto, la materia; pero él prefiere verla como la ciencia del cambio: crecimiento, decadencia, transformación... Esa breve secuencia es la verdadera declaración de principios de la serie. Los realizadores hicieron algo que, por lo que sé, no había sido intentado en esa escala dentro del formato de serial televisivo: convertir a la metamorfosis de un personaje y sus circunstancias en el centro de la narrativa.  Hasta Breaking Bad las series habían apostado por centrarse en el formato, el género y la estructura de sus episodios.  Los personajes no eran más que meros dispositivos, útiles en cuanto ponían en acción las variaciones del planteamiento central en cada capítulo.  Breaking Bad, por su parte, nos recuerda y lleva a cabo una función primordial de la ficción: ser un campo abierto para la experimentación con el alma.  Tal como se haría en un laboratorio alquímico, la ficción tiene el poder y el deber de crear homúnculos imaginarios.  Entre más parecidos sean a los hombres de verdad, más cerca podremos sentir lo que nos transmiten; y eso sólo puede probarlo un creador de ficciones al introducir sus homúnculos dentro del experimento —el set de circunstancias imaginarias para sus seres imaginarios.  Después sólo resta ver cómo reaccionan.  Las transformaciones están en el núcleo de todo lo que nos hace personas y las ficciones como Breaking Bad son el conjuro que nos permite, por medio de complicados (aunque no por eso inexplicables, como creen algunos) mecanismos, experimentar posibilidades de la situación humana a las que no podríamos acceder en una sola vida si no fuera por ellas: lo horrendo, lo bellísimo, lo bondadoso, lo malvado… La lista es interminable y las maneras en que todos esos aspectos pueden ser presentados es lo que sigue nutriendo al arte —al arte de la ficción en especial, y sobre todo a nuestra necesidad de consumirla.

De los temas tratados en la serie, el gran titular es el mal.  Breaking Bad nos dice que la maldad —por monstruosa que parezca— es una actividad con orígenes, motivaciones y consecuencias para quien lo practica y para quienes están bajo su influencia.  La premisa sencilla que describí al principio es la puesta en escena del experimento que nos acercará —a través del cristal— a ver qué hay en el fondo del crimen y la corrupción.  Como lo han hecho otros artistas (Leonard Cohen en “All There Is To Know About Adolf Eichmann”, por ejemplo), los autores de Breaking Bad nos recuerdan que el mal no es un exotismo, sino una muestra esencial de lo que somos.  Detrás del crimen siempre hay motivos, sean legítimos o no.  La destrucción y la miseria moral pueden ser tareas emprendidas minuciosamente por cualquiera de nosotros si somos puestos en las circunstancias adecuadas.



Cualquier aparato de ficción competente debe —creo— darnos la impresión de que desintegrar sus elementos sería una tarea imposible, tal como sucede con la vida que tenemos que realizar a diario.  Breaking Bad es más que competente gravitando al rededor del mal y la transformación. Sin embargo, quisiera destacar uno de los elementos subterráneos más importantes de su dramaturgia: el papel del azar en todo lo que nos ocurre.  A pesar de estar calculada hasta niveles obsesivos de detalle, la narración nos abruma  desde el principio con una sensación de caos que parece irreversible. «¡¿Cómo demonios pueden salir de algo así?! ¡¿Qué carajos se puede contar después de esto?!» pensamos. Breaking Bad es sobre las decisiones, las omisiones (que son igual de importantes) y sus consecuencias; pero también acerca de la multitud de cosas que no están bajo control directo de la voluntad.  A mi ver, ambos elementos se entrelazan y tejen el dibujo completo de lo que significa ser humano en nuestros propios paquetes de circunstancias. Un dibujo que hemos tratado de calcular, descifrar y predecir desde todos los puntos de vista imaginables, incluso en contra de la intuición que nos dicta lo imposible de la empresa.  Hasta ahora, una de las mejores formas que hemos descubierto para ese fin es operar imitaciones más o menos hábiles de este curioso mundo con sus curiosos habitantes, y Breaking Bad finge muy bien ser real.  La cantidad de matices y de detalles cruzando el escenario sin mostrar ningún sentido aparente para después revelarse como cruciales nos recuerda con mucha fidelidad el modo en que vemos nuestra propias vidas “verdaderas”, ésas a las que somos arrojados con lagañas todos los días.

Nosotros, como los personajes que vemos y leemos, también nos transformarnos.  Muchas veces es difícil hacer que nuestra satisfacción alcance al ritmo de nuestras propias mutaciones.  Nadie ha dejado de sorprenderse cuando ve fotos viejas de sí mismo, o cuando recuerda las cosas que hacía y decía apenas unos años atrás.  “Si hubiera sabido”, pensamos.  “Si hubiera tenido una ventana a través de la cual ver qué es lo que me podía pasar si seguía así”, decimos.  La ficción es esa ventana y, aunque no todos podemos ser los reyes de la metanfentamina en el southwest, sí podemos aprender mucho de nosotros mismos a través de lo que nos ofrecen las ficciones.  Dicho todo esto, creo que Breaking Bad es una ventana muy lujosa.



domingo, 7 de septiembre de 2014

#10bookschallenge.

Tres amigas me pidieron que listara diez libros.  No estoy muy seguro del criterio a seguir porque he visto muchas variaciones, así que elegí uno que simplemente me gustó: libros que me cambiaron la vida.  Lecturas de las que salí siendo alguien distinto, cada vez más parecido a mí.  Me encantan los juegos y las listas arbitrarias, así que obviando los reparos usuales, les cuento (por orden de aparición):



-Rius.
No menciono ningún libro en particular porque, aunque no los leí todos (¿Quién lo ha hecho?), sí leí muchos.  Rondaba por la casa desde que me acuerdo, así que seguramente fue de las primeras cosas que agarré para leer.  Pasé por tres fases de lectura bien distintas, conforme fueron llegándome: su ecologismo-newagero-vegetarianista militante, la educación política y la difusión del pensamiento crítico.  Como muchas personas, me volví ateo y de izquierda gracias a sus monos. Es una presencia tan ubicua que a veces se nos olvida, pero Rius es el gran educador de México.


-"Narraciones extraordinarias" de Edgar Allan Poe. 
Mi maestra de quinto de primaria —que también era mi mamá— tuvo la idea de organizar una biblioteca en el aula.  Nos pidió a todos los alumnos que lleváramos uno o varios libros para compartir con quien quisiera tomarlos del anaquel improvisado que pusimos en un rincón del salón.  Una compañera llevó un libro muy extraño, con páginas de papel revolución y el dibujo de un cadáver descuartizado y verde en la portada.  No tenía idea de quién fuera el autor, pero el primer cuento (sobre un gato, el alcohol, la locura...) fue también la primera inmersión en un vórtice del que todavía no salgo



-"Las flores del mal" de Charles Baudelaire.
¿Quien se resiste a un título como ése? Yo nunca he sabido cómo combatir las tentaciones.  Descubrir que  Satanás, el vino, la perversidad o las mujeres diabólicas eran motivos para la poesía tan (o más) potentes como el perfume de las flores fue (primero) un pretexto para escandalizar a mi maestra de sexto de primaria —mi mamá, otra vez— y (después) un combustible perenne para el espíritu.



-"Final del juego" de Julio Cortázar.
Después de haber chapoteado en los Beatles y en Tolkien hasta que se me pusieron las manos de viejito, mi papá decidió que era momento de ayudarme a nadar en otras aguas.  Dijo que me iba a comprar un libro de Cortázar.  Me habló de él con tal entusiasmo que mi interés no pudo sino activarse con la misma intensidad.  El libro fue "Final del juego".  El golpe recibido me sacudió tanto que todavía no termina de zumbar.  La lectura de cosas como "La continuidad de los parques", "La noche boca arriba" o "Axolotl"  fue una experiencia iniciática.  A los catorce años entendí, gracias a este libro, que la literatura podía ser más, mucho más, de lo que creía hasta entonces.  Todavía me estremece pensar en el misterio que encierra «leer con los ojos a los muertos» (como dijo el que dijo); que un señor argentino de hace medio siglo haya podido condensar en palabras  una visión del mundo tan reveladora y ctónica a la vez, tan resonante para quien era yo en el 2003, en  León, sobrepasó el límite de lo que pude soportar y me lancé directo a la admiración sin límites —hacia Julio y hacia un poder secreto, hecho de palabras, que diluía la ya de por sí porosa división entre la imaginación y el mundo tal y como lo experimentamos todos los días.



-"El arco y la lira" de Octavio Paz.
Otra recomendación de mi papá.  La Poética de Octavio Paz, su manera de entenderlo todo a través del lenguaje, su lumbre devastadora, me hicieron vislumbrar otra vez el abismo que apenas arañamos.  La otra orilla.  Pasión por el misterio; traer un poco de su sombra al breve contenedor de las vidas humanas.



-"Ficciones" de Jorge Luis Borges.
De Cortázar brinqué a Borges, no sin dificultad.  Lo primero que leí fue la edición facsimilar del manuscrito de "El Aleph" (el cuento) que el Colegio de México  publicó en 2001.  Lo leí en el 2004 y me dejó un poco bastante frío.  Uno o dos años después di con los sonetos que le dedicó al ajedrez y fue hasta entonces que sentí una enorme fascinación por la inteligencia y el conocimiento de un hombre genial puesto al servicio del asombro y la catalogación de maravillas.  Una vez más mi papá entró al quite y me regaló en un combo "Ficciones" y "El Aleph".  La capacidad de Borges para construir laberintos de bolsillo brilla en este libro que desde el título indica lo que es: puro cuento.



-"Cómo acercarse a la poesía" de Ethel Krauze.
Acompañé a mi mamá a la secundaria que está por mi casa.  No recuerdo a qué asunto iba y en realidad no tenía muchas ganas de acompañarla, así que preferí pasar el tiempo en la pequeña biblioteca del lugar.  Ahí encontré una edición escolar de "Cómo acercarse a la poesía".  

Conocía la colección "Cómo acercarse a..." porque durante algún tiempo pensé dedicarme a la medicina y había comprado "Cómo acercarse a la medicina" en la librería Educal —que en aquel entonces atendía el papá de mi amigo Ruy.  El número dedicado a la poesía me sorprendió al descubrir que no se trataba de un manual técnico ni nada parecido.  La misma Ethel Krauze declaraba su alejamiento intencional de esa clase de aproximación.  Decía que la única manera honesta que se le ocurría para hablar de la poesía era contar cómo había sido su propio acercamiento.  

El libro es impecable y, sobre todo, me emocionó al descubrir que había personas capaces de expresar con mucha elocuencia las cosas que a mí también me pasaban.  Ella habla de una especie de melancolía, una pesadez plomiza —pero bella— que sucede al descubrir un verso poderoso, una historia resonante.  Sigo leyendo este libro cada vez que me siento desanimado: me recuerda que siempre hay una multitud de razones para la pasión.



-"Aura" de Carlos Fuentes.
 En una clase de español en secundaria me habían obligado a leer "La muerte de Artemio Cruz" y no entendí nada.  No estaba acostumbrado a una literatura tan arriesgada, tan capaz de brincar de una persona a otra, de un tiempo a otro.  Terminé confundido y vociferando que era una porquería inentendible.  Años después me compré "Aura" por pura curiosidad y, ahora sí, el estilo moderno de Fuentes me golpeó como debía.  Era, además, una historia de fantasmas, brujas, doppelgängers, reencarnación... Un misterio que aparentaba ser interminable —hecho curioso para un libro que puede leerse en tres idas al baño.



-"Watchmen" de Alan Moore y Dave Gibbons.
A veces creo que unir imágenes a la palabra escrita es, si se hace bien, la manera más poderosa que hay para comunicarse.  Empecé a leer cómics desde que aprendí a leer, y aunque nunca he sido un coleccionista obsesivo, existen pocas cosas que disfrute más.  Leí muchos cómics antes de llegar —tarde o temprano— al maestro absoluto del medio y a una de sus obras maestras.  Casi sentí que todo lo anterior había sido un rodeo.

  Los temas de Watchmen son profundos y amplios: la naturaleza del tiempo y el espacio, el sentido de la vida, el absoluto, Dios (su ausencia), las pasiones, la complejidad astronómica de la existencia humana... Parece fácil hablar de cosas que a todos nos importan, pero sólo un artista superior es capaz de darles el brillo que se merecen a través de una historia, un material y una estructura que parecieran inevitables.  En "Watchmen" la relojería funciona porque no falta ni sobra nada.  En las grandes obras de arte —no creo que a estas alturas alguien ponga reparos a que un cómic lo sea— la forma es lo mismo que el fondo.  Y el brujo de Northampton se regocija, infinito.



-"La Ilíada" de Homero.
Todo viene de los griegos, eso nos lo dicen al inicio de cualquier clase sobre cualquier cosa —clases en las que vemos  con mucha frecuencia títulos que no pasan de ser una línea sobre un libro de texto: nombres de libros que son como ciudades intimidantes en las que uno prefiere no entrar solo por miedo a perderse de inmediato.  Por suerte nadie nunca me exigió leer a Homero por obligación.  Llegué, como a todos los demás libros de esta lista, por pura curiosidad.  Y la recompensa fue enorme.  Es un libro bellísimo, lleno de poesía, violencia y magia.  Los dioses y los hombres siendo lo que son: aliados y enemigos; padres e hijos; guerreros y cantores.  El tono —elevadísimo, nunca desfallece— acompañó un momento de mi vida en el que yo también sentía que los dioses habitaban este mundo.

Fue el primero de los tres únicos libros que me han hecho llorar.

martes, 26 de agosto de 2014

Cortázar, mago maestro.




(Publicado originalmente en Disonancia )

  Nunca voy a olvidar las primeras veces que lo leí.  Me ocurrió lo que ahora reconozco como el signo más claro de que algo me gusta: quise que todos lo conocieran, lo leyeran, se entusiasmaran como yo.  (Ésa es la razón por la que casi no tengo sus libros, los he ido regalando.)  Lo que escribió brilló como debe brillar en la literatura el lenguaje opacado por el uso diario;  parecía que su conciencia abarcaba todo lo decible y más allá;  no había posibilidad que se le escapara a sus artes de clarividente.  Lo bebí para sentir que la vida era nueva, que se podía acceder a otras dimensiones a través de algo tan prosaico como un libro y sus componentes.  Una palabra, un sonido que vibra en la conciencia, un concepto que araña una cuerda específica del acorde, con el mayor cálculo.  Cruzando el umbral de sus palabras se me otorgaron revelaciones irrenunciables, una clase distinta de vivir. 
Aprendí nuevas maneras de reír, soñar, sorprenderme... Fue y será un artífice de la admiración ante el entendimiento profundo del mundo y quienes lo habitamos.  Estoy seguro de que ese poder lo obtuvo, en primer lugar, de la impresión que en él mismo causó el arte —o, dicho mejor: la magia.

Llaves y puertas, avanzar, cruzar, dar pasos improbables.  Su mundo es el corredor de lo posible, no el del apoltronamiento conformista.  Por eso siempre he vuelto a él en los ratos más terribles de mi vida.  Siempre que estoy a punto de dar otro salto mortal está ahí, en forma de aparición espectral, para decirme que cualquier camino es transitable, que lo importante es cargar la mochila y seguir ahí.  Maestro de la risa y la sorpresa, del juego y de su sombra —la vida.  Lo honro y nunca dejo de agradecerle por todo esto.  Ya no podría entender nada de lo que soy sin la manera en la que me enseñó a creer en el asombro, en la espiral perpetua del azar que nos lleva de un lado a otro, como agua en un tornillo.  Ese asombro, ese entendimiento alterno de las cosas, es el estado al que todos los que jugamos en serio aspiramos a tener durante todo el match.  Pero no es fácil; requiere compromiso y, como él mismo dijo, “darse a fondo, como cuando se nada o se duerme o se quiere”.  No todos tenemos la entrega ni la determinación necesarias, pero en la lucha estamos.

sábado, 19 de julio de 2014

Hace cuatro años.



Puse "American Splendor" en el reproductor de la computadora.  Hasta muy poco antes de eso no conocía a Harvey Pekar.  No lo olvido: la primera vez que supe de él fui rápido a Wikipedia sólo para descubrir que justo en esos momentos se estaba confirmando la noticia de su muerte.  Sentí —esto no es extraño— que lo había asesinado.  No era la primera vez que sentía algo similar en ese verano.  Semanas antes, 
casi inmediatamente después de ser invocados en sendas conversaciones, habían muerto Carlos Monsiváis y Gabriel Vargas.  

Hacia la mitad de la película llegó mi primo a la casa.  Le conté entusiasmado, dije que le iba a encantar.  Volví a ponerla desde el comienzo pero llegó un punto donde la imagen se detuvo.  Hicimos lo que se pudimos y la película seguía congelándose en el mismo momento.  Le dije a mi primo que ni modo, podíamos ver el concierto acústico de los Pixies en Newport. Lo vimos.  Nos emocionamos.


En eso llegaron desde lejos mi prima y mi tía.  Era domingo y mi tía nos dio dinero.  Casi no vemos a mi tía.  Le dije a mi primo que fuéramos al centro.  Había visto una pluma que quería.  Una Parker Vector igual a la que había perdido en la feria de ese año.  Meses antes había regalado mi Lamy Safari en una borrachera, así que me encontraba sin pluma decente y aproveché la oportunidad de aquel día.  Compré la pluma y dos libros: "Lástima de Cuba" de Rius y una "Antología de cuentos" de Horacio Quiroga.  Tampoco hacía mucho que me había enterado de quién era ese uruguayo.


Seguimos vagando por el centro hasta que mi prima recién llegada me habló por teléfono para invitarnos al cine.  Nos tomamos unas cervezas antes de entrar a ver Toy Story 3 —maravillosa, divertida... Sigue siendo una de las muy pocas películas que me han hecho lagrimear.  Cuando acabó, yo sólo ansiaba llegar a la casa y conectarme a internet para platicar de Quiroga, de la pluma, de Toy Story, de Harvey Pekar...


Todavía no entiendo muy bien por qué recuerdo ese día de hace cuatro años con tanta claridad y tanto cariño.  Creo que me sentía feliz.

miércoles, 2 de julio de 2014

Qué juguete me gustaría ser.


Hace poco una amiga me hizo una pregunta de lo más extraña: "¿Qué juguete te gustaría ser?"  Saltándome cualquier reparo sobre la imposibilidad de ser algo distinto a mí, lo primero que pensé fue: ¿Por qué un juguete?  Después de todo, la pregunta podría tener innumerables variaciones:  ¿Qué tipo de mineral te gustaría ser? ¿Con cuál papel te identificas más? ¿Cuál es tu falla tectónica favorita?  Todas preguntas viables cuyas respuestas dirían algo sobre nosotros, algo quizás desconocido hasta entonces.  Pero de entre todas las opciones que podemos elegir para hacer una pregunta similar, creo que la de los juguetes propiciaría respuestas más profundas.

Porque primero está la infancia.  Es el inicio, el punto de fuga.  Todo lo que hemos sido deriva de nuestros primeros años.  Los hábitos más arraigados, las pasiones más intensas... Todo está cifrado en esa época de balbuceos y maravillas.  Después, el juego.  Jugar es la actividad más disfrutable y —puede ser— más importante que existe.  Hacer algo por el mero gusto de hacerlo, inventar códigos para la ocasión, crear un mundo peculiar, distinto al de siempre, etcétera. Todo eso distingue al juego y a todo lo que en verdad vale la pena de estar vivo.  Tercero: los juguetes, que son instrumentos diseñados por nosotros o por alguien más para acompañar esas actividades.  No es igual un carro a control remoto que un montón de palos y lodo, pero lo que hace a un juguete no es el plástico, los colores o el uso de baterías. Un juguete existe cuando se juega con él, y para eso nos sirve absolutamente todo lo que esté a nuestro alcance.

Para querer ser un juguete en particular se pueden considerar muchas variables: ¿puedo ser un juguete con el que nunca he jugado? ¿Estamos suponiendo que los juguetes llevan una compleja vida consciente (como en la serie de Toy Story, bendita sea) o son inertes? Sería un fastidio enumerar todos los criterios posibles para responder la simple pregunta de mi amiga.  Sin embargo las reglas de los juegos tienen la virtud de permitirse ser tan incoherentes como se quiera; no se les exige consistencia como a todo lo demás (aunque la consistencia de todo lo demás siempre nos produzca sospechas).  Con todo esto dicho, voy a elegir el juguete que me gustaría ser por medio de un mero capricho, sin desmenuzar demasiados pormenores.



Me gustaría ser un robotcito bailarín chino que obtuve hace no mucho tiempo.  Creo que los robots son fascinantes y admirables por igual.  Fabricar estos dispositivos es la forma definitiva del juego.  Se dota a una serie de partes con un propósito específico y autónomo; se trata de que éste se realice con más exactitud que la habitual pero imitando en lo posible las formas comunes.

La vida está naturalmente desprovista de sentido, e incluso siendo capaces de inventar (como jugando) funciones para la existencia, nuestra condición de humanos está llena de fallas.  Los errores consiguientes a tener voluntad propia contribuyen a la veloz degradación de nuestras mejores intenciones.  Un robot, en cambio, no tiene más que cumplir aquéllas para las que fue diseñado. La existencia de los robots tiene por propósito tener propósito. Los robots no son, en ese sentido, más que una versión anhelante de nosotros mismos.

Sin dudas, sin preocupaciones ni excesos de confianza, la función de mi robot es bailar cuando se lo pido —cuando le doy cuerda— y mostrarse gozoso mientras lo hace.  Si no sólo aguarda, con la misma expresión alegre, a que lo active otra vez.  No desespera, no desea, no teme.  Esto es algo tan lejano a mi propia vida que, si de desear se trata, yo desearía ser mi robot.





Lo envidio muchísimo.

jueves, 5 de junio de 2014

El sol de las nueve.


"En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco 
perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página 
al dar las tres de la tarde, muere"
Julio Cortázar, en "Instrucciones-ejemplos sobre la forma de tener miedo".


Esa noche soñé que caminaba por una enorme llanura desierta.  En lo más alto había un sol inmóvil, penetrante.  Alguien me decía "¿Sabes qué es lo raro? Son las nueve de la noche".  Yo volteaba a ver mi reloj de bolsillo (un sueño, después de todo) y verificaba que, efectivamente, eran las nueve de la noche.  No las once, ni las ocho y media, ni las diez menos cuarto: las nueve en punto, de la noche y con un sol ardiente.  Sabía que era de noche y sin embargo el sol estaba haciendo malabares de crepúsculo sobre el desierto.  Desperté, aunque la extrañeza se quedó todo el día.

Por la tarde fui al centro.  No sabía qué llevarme para leer, así que eché mano al libro pendiente que tuve más cerca.  Estaba nublado, había llovido y la verdad es que no me gusta estar encerrado en días así.


Cuando llegué a la plaza principal vi que en un rincón minúsculo las nubes dejaban ver  un cielo muy azul, como de mañana.  Revisé el reloj y noté que ya eran cerca de las ocho de la noche. Recordé que el sol no se mete a la misma hora todo el año, recordé el sueño que había estado zumbándome en el cráneo todo el día.


El libro que había tomado era de cuentos.  Leí el primero y me encantó.  Pasé al segundo, que trataba sobre la súbita desaparición del mar.  Llegué a este fragmento:



Se hicieron muchos altos para comer y beber, y yo sentía que algo no funcionaba bien, quiero decir, dentro de todo lo que funcionaba mal había algo que me tenía especialmente inquieto y no podía darme cuenta de qué cosa era.  Evaristo, en cambio, lo sabía.  Era el sol.
—¿Te das cuenta?— me dijo de pronto, y sentí una repentina atracción por ese ser delgado, miope, con cara de pez, la frente llena de sudor, los dientes grandes y desparejos—.  Son las nueve de la noche.

El párrafo siguiente sólo agudizó mis temores:



El sol se limitaba a cambiar de color, sin moverse de su sitio sobre mi cabeza.  En ocasiones tomaba esa coloración de las puestas, un naranja violento y comestible, y parecía hincharse o deformarse.  Pero no se movía de allí.

Dejé de leer.

sábado, 24 de mayo de 2014

EL artista.



No me malinterpreten: creo que por el mero hecho de ser humanos todos tenemos una relación profunda con la música.  Sin embargo, he llegado a pensar que una de las razones para la enorme diversidad de actitudes convocadas por ella se debe a que, a lo bruto, todos cabemos en dos grandes categorías: a los que les importa mucho la música y a los que no tanto.  Así, creo que también hay música que importa mucho y música que no importa tanto.  Música que se hace con arte y música hecha sólo con oficio y a veces ni eso.  No se tata de géneros (ambos estratos pueden convivir en la etiqueta que sea), se trata de una opción vital.  Hay quienes asumen un lado u otro, tanto en el lado de los productores como en el de los consumidores.  Creo también que la clase de música que importa puede distinguirse muchas veces por el impacto que tiene sobre el mundo, sobre la vida de las personas.  No tiene tanto que ver con el número de afectados sino con la hondura de las marcas que deja.  Hay canciones, discos, artistas que pueden significar más que familias o patrias.  Hay artistas que moldean el mundo en uno u otro sentido.  Algunos literalmente cambian la manera de asumirse y comportarse a nivel mundial; otros lo logran con un puñado de oyentes.  Lo que los une es que, sin importar si es en un concierto multitudinario o a través de la copia de la copia en cassette de un demo único, esas personas logran conmovernos, hacernos un poco más humanos.  Por su obrar podemos darnos paso a situaciones y escenarios interiores que antes no sospechábamos.  Conforme vamos viviendo más, descubrimos que tal o cual artista ya le puso acordes a eso que estamos pasando, ya hizo una letra exacta para acompañarnos.  Muchas otras veces el artista inventa esas situaciones.  Hay obras que son la experiencia en sí, que no se parecen a nada o que, si lo hacen, es de un modo completamente nuevo.  


Desde mis quince años hasta los 25, Bob Dylan ha correspondido con todos los reducidos ideales que pudiera tener sobre el deber y la labor de un artista.  Digo "artista" y no "poeta" o "músico" porque su caudal no se reduce al ámbito de la música popular del siglo XX (de la que es el compositor más potente, nada menos), sino que corresponde al departamento más amplio del enriquecimiento y transformación de vidas.  Ha compuesto canciones pertinentes para cada situación posible y lo ha hecho mejor que nadie.  O por lo menos ésa es la ilusión que produce: es el artífice perfecto.  Dylan como ilusionista.  Dylan como alquimista.  Dylan como blusero del delta.  Dylan como amo del disfraz.  Dylan como hijo del Midwest. Dylan como "artista del trapecio".


 Hace exactamente un año entré en uno de esos parajes inéditos que se presentan cada tanto en la vida de todos.  Uno muy doloroso.  Creo que de entonces a este momento he podido —para mi sorpresa— irlo asumiendo cada vez mejor.  Procurarme las cosas y personas que necesito en mi parcela de existencia ha sido el curso central para seguir siendo sin traicionarme y sin claudicar.


Para mí Bob Dylan —con su lenguaje afilado, con su música precisa— ha sido savia nutriente un año más.  Celebro con muchísima gratitud su presencia en tantos mundos; sobre todo en el mío, donde me ha empujado a celebrar también mi vida, sus melancolías, desengaños, y agazapadas venturas.

viernes, 16 de mayo de 2014

RIP H.R. Giger.

En Suiza parece que la razón y la civilización han hecho de las suyas sin obstáculos. En el fondo, el orden que aparenta prevalecer en ese lugar no es más que un velo para las fuerzas oscuras del inconsciente y la naturaleza.  La tierra de la tipografía Helvetica, los relojes exactísimos, los bancos y las calles impecables, es también el suelo donde nacieron —entre otros— el alquimista Paracelso, el (no por ficticio menos real) filósofo natural Viktor Frankenstein, Carl Gustav Jung y la dietiliamida del ácido lisérgico (mejor conocida por sus siglas: LSD), sintetizada por el químico badenés Albert Hoffman.  Este matrimonio entre la eficiencia moderna y las potencias contenidas de lo desconocido puebla notablemente los paisajes y criaturas “biomecánicas” con que Hans Rudolf "Ruedi" Giger (Coira, 1940-2014) pobló las fantasías de tantos.


Autor de estilo muy personal, ampliamente imitado, Giger debe su atractivo a saber intercalar miedos y ansiedades propios de la vida ultratecnologizada —productos de la revolución industrial— con los veneros más universales de la sexualidad, lo inquietante, lo apenas humano que sugieren sus rostros hieráticos, fauces y fetos. Reducirlo al mero “creador del monstruo de Alien” sería un crimen bárbaro contra un artista tan perturbador como popular; sus creaciones bien podrían llenar las pesadillas de una civilización entera.

Giger encontró la muerte por un azar nefasto, irracional: las complicaciones clínicas de una caída le pusieron fin a su peculiar manera de animar lo que Goya llamó, mejor que nadie, “el sueño de la razón”— que, ya sabemos, produce monstruos.


martes, 6 de mayo de 2014

Again...




Hace diez años empecé a conocer y escuchar mucha de la música que me sigue importando hasta ahora.  Como no soy un arriesgado aventurero sónico en permanente búsqueda de nuevas experiencias, ni mucho menos un "melómano" fanfarrón que lleve como estandarte lo peculiar de sus descubrimientos, la música común que me pegó a los quince años sigue siendo la música que prefiero.  Esto no quiere decir que mis gustos hayan permanecido invariables o que mi psicología siga siendo la misma de alguien con sólo tres lustros de experiencia en este mundo, no.  Al contrario.  En estos diez años he vivido cosas que entonces ni siquiera podía imaginar.  Muchas expectativas se derrumbaron, otras nacieron; entré, salí, regresé... En ese entonces creía que para estas fechas iba a estar conduciendo un Mini Cooper y gastando todo lo que ganara en discos.  La realidad es que sigo sin saber manejar o lo que es ganar unos centavos con esfuerzo propio.  Ni coche, ni discos, ni nada.

¿Entonces qué me sigue diciendo esa música, que entonces me pareció una revelación y ahora considero parte de mi intimidad profunda?  Quizá tuve suerte en elegir música que en vez de derrumbarse junto con mis aspiraciones se fuera enriqueciendo y hasta clarificando.

Un ejemplo: en aquel entonces creía conocer como mi cara de qué iba lo que Ian Curtis y Joy Division bramaban en "Love Will Tear Us Apart".  Mis primeros sufrimientos amorosos tuvieron frecuencia continua y por lo tanto –creí– yo sabía de lo que Ian hablaba.  Ahora me da un poco de vergüenza confesar estas cosas, haber siquiera pensado semejante despropósito.  Sigo sin entender la canción, sin haber experimentado las cosas que provocaron su creación, pero estoy seguro de que puedo sacar más conexiones en claro de ella que en aquel entonces.  "Love Will Tear Us Apart" me habla mejor ahora, lo que me hace esperar que en otros diez años tenga aun más resonancia y así sucesivamente.  También me hace creer que por eso bandas como Joy Division y artistas como Ian Curtis siguen ganando vidas atentas a su arte con cada generación.  

No creo que esto sólo suceda con la música que yo escucho. Lo más probable es que todas las personas y los tonos que las acompañan tengan eso misterioso; algo que cambia tanto como perdura: una ligera ilusión de eternidad en la que se puede participar con tan sólo ir escuchando, ir viviendo.

domingo, 16 de febrero de 2014

Curiosidad.

"So play the game "Existence" to the end
Of the beginning, of the beginning, of the beginning, of the beginning, of the beginning "
John Lennon.



La experimentación por definición incluye la posibilidad del éxito tanto como la del fracaso.  Puede ampliar de un golpe lo que sabemos y sentimos sobre el mundo o puede dejarnos una frustración difícil de superar.  Sin importar el resultado final, el objetivo de experimentar es ampliar la forma en que percibimos la realidad expandiendo los límites del conocimiento y el ámbito de la experiencia —dentro del cual la experiencia del arte ocupa un lugar central.  Experimentar es, pues, afinar la conciencia de forma efectiva, sin tintes absurdos de New Age ni orientalismos machacones.  La experimentación es la puesta en marcha de la curiosidad, la aplicación del deseo de saber qué hay en la otra orilla y arriesgarse a saberlo de primera mano.  A veces, por supuesto, el río nos puede arrastrar en su corriente antes de que podamos llegar al otro lado.  Otras veces sí logramos llegar a la ansiada ribera y entonces es cuando la vida humana cobra su más profundo sentido, por pequeño que sea el experimento.

Tomorrow Never Knows es testimonio memorable de una sola ocasión en que la curiosidad y el riesgo condujeron a una nueva manera de vivir.  Una conjunción de factores (la fama, la industria, lo que sea) funcionaron como un gran amplificador cultural y, a través de canciones como ésta, sociedades enteras cambiaron su forma de percibir la música, la juventud, el mundo.  Los Beatles alteraron —insisto— la conciencia de la humanidad.

En muchas ocasiones los cambios más intensos comienzan por simples curiosidades, por ganas sencillas.  Curiosidad como la que nos lleva a poner los pies en el suelo después de haber atravesado un continente de locuras durante la noche, o ánimos como los que no dejan que la tristeza acabe de matarnos cuando las circunstancias se ponen bravas.  Cuando se acaba la curiosidad por saber qué tienen las cosas (y qué tenemos nosotros) para ofrecer es cuando vivir pierde en verdad nuestro interés.  Mientras, por mal o plano que vaya todo, deberíamos evitar ejercer el derecho a estar aburridos y poner en práctica con más frecuencia la necesidad de saber qué hay más allá.

Atte: Juan Ramón.