sábado, 24 de mayo de 2014

EL artista.



No me malinterpreten: creo que por el mero hecho de ser humanos todos tenemos una relación profunda con la música.  Sin embargo, he llegado a pensar que una de las razones para la enorme diversidad de actitudes convocadas por ella se debe a que, a lo bruto, todos cabemos en dos grandes categorías: a los que les importa mucho la música y a los que no tanto.  Así, creo que también hay música que importa mucho y música que no importa tanto.  Música que se hace con arte y música hecha sólo con oficio y a veces ni eso.  No se tata de géneros (ambos estratos pueden convivir en la etiqueta que sea), se trata de una opción vital.  Hay quienes asumen un lado u otro, tanto en el lado de los productores como en el de los consumidores.  Creo también que la clase de música que importa puede distinguirse muchas veces por el impacto que tiene sobre el mundo, sobre la vida de las personas.  No tiene tanto que ver con el número de afectados sino con la hondura de las marcas que deja.  Hay canciones, discos, artistas que pueden significar más que familias o patrias.  Hay artistas que moldean el mundo en uno u otro sentido.  Algunos literalmente cambian la manera de asumirse y comportarse a nivel mundial; otros lo logran con un puñado de oyentes.  Lo que los une es que, sin importar si es en un concierto multitudinario o a través de la copia de la copia en cassette de un demo único, esas personas logran conmovernos, hacernos un poco más humanos.  Por su obrar podemos darnos paso a situaciones y escenarios interiores que antes no sospechábamos.  Conforme vamos viviendo más, descubrimos que tal o cual artista ya le puso acordes a eso que estamos pasando, ya hizo una letra exacta para acompañarnos.  Muchas otras veces el artista inventa esas situaciones.  Hay obras que son la experiencia en sí, que no se parecen a nada o que, si lo hacen, es de un modo completamente nuevo.  


Desde mis quince años hasta los 25, Bob Dylan ha correspondido con todos los reducidos ideales que pudiera tener sobre el deber y la labor de un artista.  Digo "artista" y no "poeta" o "músico" porque su caudal no se reduce al ámbito de la música popular del siglo XX (de la que es el compositor más potente, nada menos), sino que corresponde al departamento más amplio del enriquecimiento y transformación de vidas.  Ha compuesto canciones pertinentes para cada situación posible y lo ha hecho mejor que nadie.  O por lo menos ésa es la ilusión que produce: es el artífice perfecto.  Dylan como ilusionista.  Dylan como alquimista.  Dylan como blusero del delta.  Dylan como amo del disfraz.  Dylan como hijo del Midwest. Dylan como "artista del trapecio".


 Hace exactamente un año entré en uno de esos parajes inéditos que se presentan cada tanto en la vida de todos.  Uno muy doloroso.  Creo que de entonces a este momento he podido —para mi sorpresa— irlo asumiendo cada vez mejor.  Procurarme las cosas y personas que necesito en mi parcela de existencia ha sido el curso central para seguir siendo sin traicionarme y sin claudicar.


Para mí Bob Dylan —con su lenguaje afilado, con su música precisa— ha sido savia nutriente un año más.  Celebro con muchísima gratitud su presencia en tantos mundos; sobre todo en el mío, donde me ha empujado a celebrar también mi vida, sus melancolías, desengaños, y agazapadas venturas.

viernes, 16 de mayo de 2014

RIP H.R. Giger.

En Suiza parece que la razón y la civilización han hecho de las suyas sin obstáculos. En el fondo, el orden que aparenta prevalecer en ese lugar no es más que un velo para las fuerzas oscuras del inconsciente y la naturaleza.  La tierra de la tipografía Helvetica, los relojes exactísimos, los bancos y las calles impecables, es también el suelo donde nacieron —entre otros— el alquimista Paracelso, el (no por ficticio menos real) filósofo natural Viktor Frankenstein, Carl Gustav Jung y la dietiliamida del ácido lisérgico (mejor conocida por sus siglas: LSD), sintetizada por el químico badenés Albert Hoffman.  Este matrimonio entre la eficiencia moderna y las potencias contenidas de lo desconocido puebla notablemente los paisajes y criaturas “biomecánicas” con que Hans Rudolf "Ruedi" Giger (Coira, 1940-2014) pobló las fantasías de tantos.


Autor de estilo muy personal, ampliamente imitado, Giger debe su atractivo a saber intercalar miedos y ansiedades propios de la vida ultratecnologizada —productos de la revolución industrial— con los veneros más universales de la sexualidad, lo inquietante, lo apenas humano que sugieren sus rostros hieráticos, fauces y fetos. Reducirlo al mero “creador del monstruo de Alien” sería un crimen bárbaro contra un artista tan perturbador como popular; sus creaciones bien podrían llenar las pesadillas de una civilización entera.

Giger encontró la muerte por un azar nefasto, irracional: las complicaciones clínicas de una caída le pusieron fin a su peculiar manera de animar lo que Goya llamó, mejor que nadie, “el sueño de la razón”— que, ya sabemos, produce monstruos.


martes, 6 de mayo de 2014

Again...




Hace diez años empecé a conocer y escuchar mucha de la música que me sigue importando hasta ahora.  Como no soy un arriesgado aventurero sónico en permanente búsqueda de nuevas experiencias, ni mucho menos un "melómano" fanfarrón que lleve como estandarte lo peculiar de sus descubrimientos, la música común que me pegó a los quince años sigue siendo la música que prefiero.  Esto no quiere decir que mis gustos hayan permanecido invariables o que mi psicología siga siendo la misma de alguien con sólo tres lustros de experiencia en este mundo, no.  Al contrario.  En estos diez años he vivido cosas que entonces ni siquiera podía imaginar.  Muchas expectativas se derrumbaron, otras nacieron; entré, salí, regresé... En ese entonces creía que para estas fechas iba a estar conduciendo un Mini Cooper y gastando todo lo que ganara en discos.  La realidad es que sigo sin saber manejar o lo que es ganar unos centavos con esfuerzo propio.  Ni coche, ni discos, ni nada.

¿Entonces qué me sigue diciendo esa música, que entonces me pareció una revelación y ahora considero parte de mi intimidad profunda?  Quizá tuve suerte en elegir música que en vez de derrumbarse junto con mis aspiraciones se fuera enriqueciendo y hasta clarificando.

Un ejemplo: en aquel entonces creía conocer como mi cara de qué iba lo que Ian Curtis y Joy Division bramaban en "Love Will Tear Us Apart".  Mis primeros sufrimientos amorosos tuvieron frecuencia continua y por lo tanto –creí– yo sabía de lo que Ian hablaba.  Ahora me da un poco de vergüenza confesar estas cosas, haber siquiera pensado semejante despropósito.  Sigo sin entender la canción, sin haber experimentado las cosas que provocaron su creación, pero estoy seguro de que puedo sacar más conexiones en claro de ella que en aquel entonces.  "Love Will Tear Us Apart" me habla mejor ahora, lo que me hace esperar que en otros diez años tenga aun más resonancia y así sucesivamente.  También me hace creer que por eso bandas como Joy Division y artistas como Ian Curtis siguen ganando vidas atentas a su arte con cada generación.  

No creo que esto sólo suceda con la música que yo escucho. Lo más probable es que todas las personas y los tonos que las acompañan tengan eso misterioso; algo que cambia tanto como perdura: una ligera ilusión de eternidad en la que se puede participar con tan sólo ir escuchando, ir viviendo.