viernes, 16 de mayo de 2014

RIP H.R. Giger.

En Suiza parece que la razón y la civilización han hecho de las suyas sin obstáculos. En el fondo, el orden que aparenta prevalecer en ese lugar no es más que un velo para las fuerzas oscuras del inconsciente y la naturaleza.  La tierra de la tipografía Helvetica, los relojes exactísimos, los bancos y las calles impecables, es también el suelo donde nacieron —entre otros— el alquimista Paracelso, el (no por ficticio menos real) filósofo natural Viktor Frankenstein, Carl Gustav Jung y la dietiliamida del ácido lisérgico (mejor conocida por sus siglas: LSD), sintetizada por el químico badenés Albert Hoffman.  Este matrimonio entre la eficiencia moderna y las potencias contenidas de lo desconocido puebla notablemente los paisajes y criaturas “biomecánicas” con que Hans Rudolf "Ruedi" Giger (Coira, 1940-2014) pobló las fantasías de tantos.


Autor de estilo muy personal, ampliamente imitado, Giger debe su atractivo a saber intercalar miedos y ansiedades propios de la vida ultratecnologizada —productos de la revolución industrial— con los veneros más universales de la sexualidad, lo inquietante, lo apenas humano que sugieren sus rostros hieráticos, fauces y fetos. Reducirlo al mero “creador del monstruo de Alien” sería un crimen bárbaro contra un artista tan perturbador como popular; sus creaciones bien podrían llenar las pesadillas de una civilización entera.

Giger encontró la muerte por un azar nefasto, irracional: las complicaciones clínicas de una caída le pusieron fin a su peculiar manera de animar lo que Goya llamó, mejor que nadie, “el sueño de la razón”— que, ya sabemos, produce monstruos.


1 comentario:

Anónimo dijo...

¿Ahora no hay «azotadeces»?

Se va un grande, tan anónimo a veces. Se va de una forma parecida a José Emilio Pacheco, ¿no? Parece que una vida llamativa no puede ser finalizada de una forma discreta.

Me parece peculiar que en el mismo país dueño del funcionalismo (al menos en el diseño) y la austeridad de elementos como bandera, haya coexistido con un artista tan minucioso con su obra, con el uso casi obsesivo del detalle.

Ruy