jueves, 5 de junio de 2014

El sol de las nueve.


"En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco 
perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página 
al dar las tres de la tarde, muere"
Julio Cortázar, en "Instrucciones-ejemplos sobre la forma de tener miedo".


Esa noche soñé que caminaba por una enorme llanura desierta.  En lo más alto había un sol inmóvil, penetrante.  Alguien me decía "¿Sabes qué es lo raro? Son las nueve de la noche".  Yo volteaba a ver mi reloj de bolsillo (un sueño, después de todo) y verificaba que, efectivamente, eran las nueve de la noche.  No las once, ni las ocho y media, ni las diez menos cuarto: las nueve en punto, de la noche y con un sol ardiente.  Sabía que era de noche y sin embargo el sol estaba haciendo malabares de crepúsculo sobre el desierto.  Desperté, aunque la extrañeza se quedó todo el día.

Por la tarde fui al centro.  No sabía qué llevarme para leer, así que eché mano al libro pendiente que tuve más cerca.  Estaba nublado, había llovido y la verdad es que no me gusta estar encerrado en días así.


Cuando llegué a la plaza principal vi que en un rincón minúsculo las nubes dejaban ver  un cielo muy azul, como de mañana.  Revisé el reloj y noté que ya eran cerca de las ocho de la noche. Recordé que el sol no se mete a la misma hora todo el año, recordé el sueño que había estado zumbándome en el cráneo todo el día.


El libro que había tomado era de cuentos.  Leí el primero y me encantó.  Pasé al segundo, que trataba sobre la súbita desaparición del mar.  Llegué a este fragmento:



Se hicieron muchos altos para comer y beber, y yo sentía que algo no funcionaba bien, quiero decir, dentro de todo lo que funcionaba mal había algo que me tenía especialmente inquieto y no podía darme cuenta de qué cosa era.  Evaristo, en cambio, lo sabía.  Era el sol.
—¿Te das cuenta?— me dijo de pronto, y sentí una repentina atracción por ese ser delgado, miope, con cara de pez, la frente llena de sudor, los dientes grandes y desparejos—.  Son las nueve de la noche.

El párrafo siguiente sólo agudizó mis temores:



El sol se limitaba a cambiar de color, sin moverse de su sitio sobre mi cabeza.  En ocasiones tomaba esa coloración de las puestas, un naranja violento y comestible, y parecía hincharse o deformarse.  Pero no se movía de allí.

Dejé de leer.