sábado, 19 de julio de 2014

Hace cuatro años.



Puse "American Splendor" en el reproductor de la computadora.  Hasta muy poco antes de eso no conocía a Harvey Pekar.  No lo olvido: la primera vez que supe de él fui rápido a Wikipedia sólo para descubrir que justo en esos momentos se estaba confirmando la noticia de su muerte.  Sentí —esto no es extraño— que lo había asesinado.  No era la primera vez que sentía algo similar en ese verano.  Semanas antes, 
casi inmediatamente después de ser invocados en sendas conversaciones, habían muerto Carlos Monsiváis y Gabriel Vargas.  

Hacia la mitad de la película llegó mi primo a la casa.  Le conté entusiasmado, dije que le iba a encantar.  Volví a ponerla desde el comienzo pero llegó un punto donde la imagen se detuvo.  Hicimos lo que se pudimos y la película seguía congelándose en el mismo momento.  Le dije a mi primo que ni modo, podíamos ver el concierto acústico de los Pixies en Newport. Lo vimos.  Nos emocionamos.


En eso llegaron desde lejos mi prima y mi tía.  Era domingo y mi tía nos dio dinero.  Casi no vemos a mi tía.  Le dije a mi primo que fuéramos al centro.  Había visto una pluma que quería.  Una Parker Vector igual a la que había perdido en la feria de ese año.  Meses antes había regalado mi Lamy Safari en una borrachera, así que me encontraba sin pluma decente y aproveché la oportunidad de aquel día.  Compré la pluma y dos libros: "Lástima de Cuba" de Rius y una "Antología de cuentos" de Horacio Quiroga.  Tampoco hacía mucho que me había enterado de quién era ese uruguayo.


Seguimos vagando por el centro hasta que mi prima recién llegada me habló por teléfono para invitarnos al cine.  Nos tomamos unas cervezas antes de entrar a ver Toy Story 3 —maravillosa, divertida... Sigue siendo una de las muy pocas películas que me han hecho lagrimear.  Cuando acabó, yo sólo ansiaba llegar a la casa y conectarme a internet para platicar de Quiroga, de la pluma, de Toy Story, de Harvey Pekar...


Todavía no entiendo muy bien por qué recuerdo ese día de hace cuatro años con tanta claridad y tanto cariño.  Creo que me sentía feliz.

miércoles, 2 de julio de 2014

Qué juguete me gustaría ser.


Hace poco una amiga me hizo una pregunta de lo más extraña: "¿Qué juguete te gustaría ser?"  Saltándome cualquier reparo sobre la imposibilidad de ser algo distinto a mí, lo primero que pensé fue: ¿Por qué un juguete?  Después de todo, la pregunta podría tener innumerables variaciones:  ¿Qué tipo de mineral te gustaría ser? ¿Con cuál papel te identificas más? ¿Cuál es tu falla tectónica favorita?  Todas preguntas viables cuyas respuestas dirían algo sobre nosotros, algo quizás desconocido hasta entonces.  Pero de entre todas las opciones que podemos elegir para hacer una pregunta similar, creo que la de los juguetes propiciaría respuestas más profundas.

Porque primero está la infancia.  Es el inicio, el punto de fuga.  Todo lo que hemos sido deriva de nuestros primeros años.  Los hábitos más arraigados, las pasiones más intensas... Todo está cifrado en esa época de balbuceos y maravillas.  Después, el juego.  Jugar es la actividad más disfrutable y —puede ser— más importante que existe.  Hacer algo por el mero gusto de hacerlo, inventar códigos para la ocasión, crear un mundo peculiar, distinto al de siempre, etcétera. Todo eso distingue al juego y a todo lo que en verdad vale la pena de estar vivo.  Tercero: los juguetes, que son instrumentos diseñados por nosotros o por alguien más para acompañar esas actividades.  No es igual un carro a control remoto que un montón de palos y lodo, pero lo que hace a un juguete no es el plástico, los colores o el uso de baterías. Un juguete existe cuando se juega con él, y para eso nos sirve absolutamente todo lo que esté a nuestro alcance.

Para querer ser un juguete en particular se pueden considerar muchas variables: ¿puedo ser un juguete con el que nunca he jugado? ¿Estamos suponiendo que los juguetes llevan una compleja vida consciente (como en la serie de Toy Story, bendita sea) o son inertes? Sería un fastidio enumerar todos los criterios posibles para responder la simple pregunta de mi amiga.  Sin embargo las reglas de los juegos tienen la virtud de permitirse ser tan incoherentes como se quiera; no se les exige consistencia como a todo lo demás (aunque la consistencia de todo lo demás siempre nos produzca sospechas).  Con todo esto dicho, voy a elegir el juguete que me gustaría ser por medio de un mero capricho, sin desmenuzar demasiados pormenores.



Me gustaría ser un robotcito bailarín chino que obtuve hace no mucho tiempo.  Creo que los robots son fascinantes y admirables por igual.  Fabricar estos dispositivos es la forma definitiva del juego.  Se dota a una serie de partes con un propósito específico y autónomo; se trata de que éste se realice con más exactitud que la habitual pero imitando en lo posible las formas comunes.

La vida está naturalmente desprovista de sentido, e incluso siendo capaces de inventar (como jugando) funciones para la existencia, nuestra condición de humanos está llena de fallas.  Los errores consiguientes a tener voluntad propia contribuyen a la veloz degradación de nuestras mejores intenciones.  Un robot, en cambio, no tiene más que cumplir aquéllas para las que fue diseñado. La existencia de los robots tiene por propósito tener propósito. Los robots no son, en ese sentido, más que una versión anhelante de nosotros mismos.

Sin dudas, sin preocupaciones ni excesos de confianza, la función de mi robot es bailar cuando se lo pido —cuando le doy cuerda— y mostrarse gozoso mientras lo hace.  Si no sólo aguarda, con la misma expresión alegre, a que lo active otra vez.  No desespera, no desea, no teme.  Esto es algo tan lejano a mi propia vida que, si de desear se trata, yo desearía ser mi robot.





Lo envidio muchísimo.