lunes, 29 de septiembre de 2014

Breaking Bad (o los motivos de la ficción).

Hace exactamente un año se transmitió el último episodio de Breaking Bad.  Hayamos llegado tarde o temprano a la historia, sin duda fue una que nos cautivó a todos, nos dio una golpiza y luego nos dejó sintiendo que la vida no tenía sentido si no podíamos seguir viendo las aventuras de Walter & Co.  Para conmemorar ese primer aniversario (¿luctuoso? Nah, esta clase de cosas no es que nunca mueran, sino que duran por generaciones enteras), posteo esta versión hojalateada de un pequeño artículo sobre el asunto que escribí el año pasado.

Gracias a la buena voluntad de los amigos, este artículo se publicó originalmente en la honorabilísima revista Spazz.


«You see, technically, chemistry is the study of matter, but I prefer to see it as the study of change: Electrons change their energy levels. Molecules change their bonds. Elements combine and change into compounds. But that’s all of life, right? It’s the constant, it’s the cycle. It’s solution, dissolution. Just over and over and over. It is growth, then decay, then transformation. It is fascinating, really.»
Walter White.

El aumento geométrico de la audiencia y su éxito universal de público y crítica no serán las únicas particularidades destacables en una serie cuya premisa me sonó cuando menos boba la primera vez que supe de ella: un profesor de química sobrecalificado es diagnosticado con cáncer terminal y decide utilizar su experiencia para fabricar metanfetamina cristalizada de altísima calidad.  Ése es el argumento de la serie de televisión más aclamada de la historia.  A mí sólo me hizo soltar trompetillas durante mucho tiempo, hasta que decidí experimentar directamente el asunto.  «Además es el papá de Malcolm», decía.  Suponía mucho y desconocía incluso más. Bastó el primer episodio para que se me cerraran las escapatorias a su narrativa.  En aquel primer momento de disfrute puro se me hubiera dificultado más articular qué era lo que no me permitía dejar de seguir poniendo un episodio tras otro.  Era gozo puro, un tren imparable.  Ahora sé que no se trataba únicamente de los cliffhangers, o su calidad como producto audiovisual; he ido entendiendo que la potencia de Breaking Bad reside en la fuerza elemental que las ficciones ejercen sobre la psique humana.



El protagonista —Walter White— describe indirectamente el abordaje narrativo de la serie durante un discurso que da a sus alumnos (ver el video de arriba para más señas).  El objeto de la química —les dice— es, en sentido estricto, la materia; pero él prefiere verla como la ciencia del cambio: crecimiento, decadencia, transformación... Esa breve secuencia es la verdadera declaración de principios de la serie. Los realizadores hicieron algo que, por lo que sé, no había sido intentado en esa escala dentro del formato de serial televisivo: convertir a la metamorfosis de un personaje y sus circunstancias en el centro de la narrativa.  Hasta Breaking Bad las series habían apostado por centrarse en el formato, el género y la estructura de sus episodios.  Los personajes no eran más que meros dispositivos, útiles en cuanto ponían en acción las variaciones del planteamiento central en cada capítulo.  Breaking Bad, por su parte, nos recuerda y lleva a cabo una función primordial de la ficción: ser un campo abierto para la experimentación con el alma.  Tal como se haría en un laboratorio alquímico, la ficción tiene el poder y el deber de crear homúnculos imaginarios.  Entre más parecidos sean a los hombres de verdad, más cerca podremos sentir lo que nos transmiten; y eso sólo puede probarlo un creador de ficciones al introducir sus homúnculos dentro del experimento —el set de circunstancias imaginarias para sus seres imaginarios.  Después sólo resta ver cómo reaccionan.  Las transformaciones están en el núcleo de todo lo que nos hace personas y las ficciones como Breaking Bad son el conjuro que nos permite, por medio de complicados (aunque no por eso inexplicables, como creen algunos) mecanismos, experimentar posibilidades de la situación humana a las que no podríamos acceder en una sola vida si no fuera por ellas: lo horrendo, lo bellísimo, lo bondadoso, lo malvado… La lista es interminable y las maneras en que todos esos aspectos pueden ser presentados es lo que sigue nutriendo al arte —al arte de la ficción en especial, y sobre todo a nuestra necesidad de consumirla.

De los temas tratados en la serie, el gran titular es el mal.  Breaking Bad nos dice que la maldad —por monstruosa que parezca— es una actividad con orígenes, motivaciones y consecuencias para quien lo practica y para quienes están bajo su influencia.  La premisa sencilla que describí al principio es la puesta en escena del experimento que nos acercará —a través del cristal— a ver qué hay en el fondo del crimen y la corrupción.  Como lo han hecho otros artistas (Leonard Cohen en “All There Is To Know About Adolf Eichmann”, por ejemplo), los autores de Breaking Bad nos recuerdan que el mal no es un exotismo, sino una muestra esencial de lo que somos.  Detrás del crimen siempre hay motivos, sean legítimos o no.  La destrucción y la miseria moral pueden ser tareas emprendidas minuciosamente por cualquiera de nosotros si somos puestos en las circunstancias adecuadas.



Cualquier aparato de ficción competente debe —creo— darnos la impresión de que desintegrar sus elementos sería una tarea imposible, tal como sucede con la vida que tenemos que realizar a diario.  Breaking Bad es más que competente gravitando al rededor del mal y la transformación. Sin embargo, quisiera destacar uno de los elementos subterráneos más importantes de su dramaturgia: el papel del azar en todo lo que nos ocurre.  A pesar de estar calculada hasta niveles obsesivos de detalle, la narración nos abruma  desde el principio con una sensación de caos que parece irreversible. «¡¿Cómo demonios pueden salir de algo así?! ¡¿Qué carajos se puede contar después de esto?!» pensamos. Breaking Bad es sobre las decisiones, las omisiones (que son igual de importantes) y sus consecuencias; pero también acerca de la multitud de cosas que no están bajo control directo de la voluntad.  A mi ver, ambos elementos se entrelazan y tejen el dibujo completo de lo que significa ser humano en nuestros propios paquetes de circunstancias. Un dibujo que hemos tratado de calcular, descifrar y predecir desde todos los puntos de vista imaginables, incluso en contra de la intuición que nos dicta lo imposible de la empresa.  Hasta ahora, una de las mejores formas que hemos descubierto para ese fin es operar imitaciones más o menos hábiles de este curioso mundo con sus curiosos habitantes, y Breaking Bad finge muy bien ser real.  La cantidad de matices y de detalles cruzando el escenario sin mostrar ningún sentido aparente para después revelarse como cruciales nos recuerda con mucha fidelidad el modo en que vemos nuestra propias vidas “verdaderas”, ésas a las que somos arrojados con lagañas todos los días.

Nosotros, como los personajes que vemos y leemos, también nos transformarnos.  Muchas veces es difícil hacer que nuestra satisfacción alcance al ritmo de nuestras propias mutaciones.  Nadie ha dejado de sorprenderse cuando ve fotos viejas de sí mismo, o cuando recuerda las cosas que hacía y decía apenas unos años atrás.  “Si hubiera sabido”, pensamos.  “Si hubiera tenido una ventana a través de la cual ver qué es lo que me podía pasar si seguía así”, decimos.  La ficción es esa ventana y, aunque no todos podemos ser los reyes de la metanfentamina en el southwest, sí podemos aprender mucho de nosotros mismos a través de lo que nos ofrecen las ficciones.  Dicho todo esto, creo que Breaking Bad es una ventana muy lujosa.



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