lunes, 20 de octubre de 2014

Imaginarios.


 Por más estupendo que suene «escribo sólo para mí» o «nunca pienso en quién me leerá», la verdad es que para escribir cualquier cosa tienes que esforzarte por inventar mínimo a dos personas que nunca dejarán de existir sólo en tu mente. 

 Primero: el que escribe.  No importa si estás reclinado sobre un pergamino iluminado solamente por una vela que languidece, con una pluma de ganso en la mano, detrás de un escritorio y enfrente de libreros repletos de densos volúmenes.  Tampoco importa si eres un estudiante de secundaria con el uniforme pegado a la piel por el sudor después del recreo, escribiendo con una Bic mordisqueada sobre un pupitre de triplay lleno de referencias percudidas a amores adolescentes de los que no se sabe nada más.  Esas personas, sus existencias corporales, reales, no importan.  Importa lo que sucede en el interior.  Ahí estos dos pueden intercambiar papeles, congelar un instante o hacer lo que sea, ser quien sea.  Ese "alguien" que no es ellos le dirá cosas a otro "alguien" que tampoco está ahí realmente —sintiendo el calor de la vela o de la mañana de escuela.  

Segundo: el que lee.  Puede estar basado en una persona verdadera, pero lo crucial es la imagen a la hora de escribir, no la persona real desde la que partimos para crearla. Le escribes a la idea de esa persona, no al conjunto de huesos y carne que se despierta, y come, y duerme.  También puedes dirigirte al monigote "alguien"; ese "alguien" borroso y gris que se produce en tu cabeza cuando te hablan de una persona que no conoces.  La idea confusa de "persona" que tienes hasta antes de endilgar un rostro y unas particularidades a ese maniquí amorfo.  También se puede dirigir un texto hacia una multitud, o la humanidad entera; a lo que pensamos como "una multitud" o "la humanidad entera".  

Pero nada de eso —insisto— es real.  Sólo es real, en sentido estricto, el sonido de la pluma rasgando el papel, los gritos de los compañeros en el patio, la música que sale de las bocinas, el tacto de los dedos sobre un teclado.  Sólo es real-real el intento casi siempre fallido de organizar veintitantos signos en símbolos con la intención de que sean reproducido dentro de la mente de "alguien" más.  Aquí estamos, en la siempre porosa barrera entre lo tangible y lo ficticio.  Pero hay ocasiones en las que descubres que podría haber personas, individuos concretos, que toman un tiempo de sus preciosas vidas para recrear las cosas que decidiste colgar por aquí o por allá.  Algunas veces estas personas tienen nombres, rostros, pasiones, cumplen años...  Otras veces sólo son dueños de una pasión irrefrenable por el insulto y la grosería.  De todos modos, este hecho no deja de ser maravilloso.  Con cosas así presentándose en tu vida, el aburrimiento o el desencanto se revelan como los únicos crímenes imperdonables de los que serás capaz.

As: Bela Lugosi's Dead - Bauhaus.

{La foto es mía.}

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Mira Juan es simple, no conozco unos ojos en manera de letra como los tuyos que me hagan sentir tanta soledad o tanta nostalgia. Fin jajaja inevitablemente tienes ese toque y creo que ahora noto que es un don, no tendrías por qué curarlo, niño o adulto eres lo que escribió aquello y eso se agradece, una ráfaga de luz aparece.
Me resulta autobiográficas aquellas descripciones de la vida cotidiana, vientos!
Y te mando un abrazo sin importar el lugar dónde esté tu barba, te estimo, imagínalo imaginante

Anónimo dijo...

Eres un pinche crack. El día que lo notes, cabrón, dejarás el blog por escribir en otros escaparates.

Pinche enemigo.

Anónimo dijo...

Chingón compañero siga escribiendo que aquí seguiremos leyendo.

Paulo.

Anónimo dijo...

Hola Juan Ramón, buen texto me hiciste acordar de Peirce, que dicho sea de paso nunca lo conocí, y tengo una imagen de él en mi mente, pero seguro es muy distorsionada de la real. Un abrazo.

Luis Zorrilla

Anónimo dijo...

Excelente entrada, compañero. De repente, al menos en Zacatecas, lo estamos leyendo.

Saludos!

M Montellano

Don Belianís dijo...

Muy buen texto, compañero. Ya se ve que sus lectores no son tan imaginarios.