jueves, 29 de enero de 2015

La feria.





Cada año llega la feria a León y no puedo evitar preguntarme lo mismo: ¿Por qué me sigue gustando ir?  Puedo entender que la multitud de estímulos ofrecidos en ese ambiente puedan embotar la primitiva sensibilidad de un niño; pero ya estoy a nada de cumplir 26 años y no conozco a nadie de mi edad que disfrute ir a la feria como yo.

Todos arguyen razones muy sensatas para su disgusto.  Muchos han trabajado ahí uno o más años y terminaron más asqueados de lo normal (esto aplica para casi todos los que estuvieron en mi universidad).  Dicha circunstancia resulta en que tengo que recurrir a argucias engañosas y presión emocional si quiero ir a la feria con mis amigos.  No queda de otra. 

Más de una persona se me ha quedado viendo raro mientras me concentro persiguiendo a alguien en los carros chocones o no puedo contener el asombro ante los descomunales testículos de los sementales exhibidos en la exposición ganadera.  No todos están dispuestos a atravesar ríos humanos en el Poliforum sólo para buscar un anillo de calaca o de ojo.  Pocos son los atrevidos que se me unirían a hacer fila para comer una torta de chistorra acompañada por unas cucharadas de escabeche con tifoidea.  Y no sé si sea un recuerdo fabricado, pero mi memoria infantil registró con claridad la existencia de un puesto de hot dogs gigantes que sigo buscando.

"Es que siempre es lo mismo", suelen decir.  Es un argumento sensato, como dije.  Pero tengo algo para ustedes: ¿no es un reproche aplicable a la ciudad entera en cualquier otro momento?  La respuesta rápida es que sí, pero en el fondo, si se piensa bien, esto podría servir para darse cuenta de que en realidad nada es igual nunca.  Los cambios pueden ser lentos, a veces imperceptibles, pero una vez que dejamos pasar el tiempo vemos que ese "siempre es lo mismo" es una simple mentira con respecto a la feria y a todo lo demás.

Ya no me hago pintar de Batman ni me llevan en excursión grupal a ver los espectáculos, pero en la panza sigo conservando una sensación vaga que me resisto a perder: el recuerdo de cuando todo aquello, a pesar de ser menos que ahora, se me figuraba enorme como el mundo.  Una vida menos complicada que no me permito dejar de añorar.

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