viernes, 20 de febrero de 2015

En sueños.




Para mi amiga Emilia Vargas.
En sueños, como sabemos,  no estamos sujetos a las categorías y límites propios de la experiencia común.  Las pacientes reglas de la naturaleza pueden ignorarse sin gastar un solo centavo en costos de producción.  No hay que preocuparse por minucias como las leyes físicas o sociales.  Sin embargo, esa zona sin límites aparentes suele supeditarse a las cosas que conocemos por experiencia directa.  En otras palabras: ni en sueños podemos dejar de ser nosotros.  Me atrevería a sugerir que es en sueños cuando somos más profunda, más diversamente nosotros mismos. Los sueños nos recuerdan a diario que el interior puede ser muchísimo más rico que el exterior y, a veces, más real.  Así pasa, por ejemplo, cuando soñamos que nos enamoramos.

No importa que en el momento del sueño estemos solteros, casados, divorciados o en celibato involuntario; enamorarse dormido es una fatalidad aun más poderosa que cuando sucede en vigilia.  Para enamorarse despierto hay una serie de requisitos que deben cumplirse.  Hay que pasar por el equivalente emocional de esperar en filas, llenar formularios y solicitar firmas.  Al final, lo que se presenta como una epifanía en realidad ha sido la culminación de un proceso con distintos grados de cocción, dependiendo del caso.  Las verdaderas revelaciones suceden con los ojos cerrados.  Es debajo de los párpados, cuando vamos sentados en un taxi yendo a quién sabe qué lugar en las afueras de una ciudad que parece familiar (sabemos su nombre), pero que vista con más atención parece la puesta al día de una descripción lovecraftiana.  De repente, como si no hubiera estado ahí todo el tiempo, notamos la presencia de una chica sentada al lado nuestro.  Vestido azul, cabello hasta los hombros, labios de un rosa sobrenatural.  Toca nuestra mano.  El corazón se acelera y lo demás es una niebla confusa de la que renegaremos en cuanto la biología nos obligue a levantarnos de la cama para tomar un autobús rumbo a la obligación y no podamos evitar voltear hacia todos los vestidos azules que se nos crucen en el camino, presintiendo que aquello fue algo más que fantasía.

Enamorarse suele ser la mejor motivación posible para despertarnos por la mañana; pero cuando sucede en sueños las cosas se invierten como en un espejo siniestro.  Soñar es trágico porque, cuando es espantoso, despertar es un gran alivio; cuando produce dicha, dejar de hacerlo acarrea una inmensa tristeza.  En cualquier caso nos quedamos con algo parecido a un recuerdo.  Y digo parecido porque, a diferencia de los recuerdos legítimos, los provenientes de sueños tienden a desvanecerse con mucha rapidez si no los contamos.  Esto nos revela la naturaleza mágica de la experiencia: si no la decimos o la contamos —si no la invocamos—, es como si no hubiera existido nunca.  A los sueños, para que perduren, hay que cultivarlos, hacer que traspasen la pared y forzarlos hacia acá con los pobres recursos a nuestro alcance (a saber: el lenguaje, las palabras).  Sólo así podemos sacar algo en limpio de la locura; así nos demostramos que la barrera entre la imaginación y el mundo es mucho más blanda de lo que parece.

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