jueves, 12 de febrero de 2015

Invocadores.




Piensen en las veces que han usado un instrumento óptico y figúrense lo ridículos que se ven asomándose perplejos por tubos dirigidos hacia quién sabe qué.  Si algún embajador extraterrestre fuera testigo de tal comportamiento podría significar el final de nuestra especie.  «¿En eso utilizan sus recursos estos seres? ¿Qué perdería el universo si nos deshiciéramos inmediatamente de estos asomadores de tubos?» (léase con el acento sideral de su preferencia).  Desde un punto de vista estrictamente organizacional, el señor embajador tendría razón.  No nos engañemos; somos una especie que gasta esfuerzos en construir todo tipo de tubos por los cuales asomarnos. 


Desde ahora propongo la única solución posible para este hipotético conflicto entre especies. Invitemos a nuestro lejano visitante a asomarse por un caleidoscopio.  La historia entonces iría por uno de los siguientes caminos.


Primero: el excelentísimo Embajador Alienígena observa el caleidoscopio y después, sin mucha meditación, responde (les ruego que aquí vuelvan a hacer uso de su natural talento para los acentos imaginarios)«He visto cosas que los humanos ni se imaginan: naves de ataque incendiándose más allá del hombro de Orión.  He visto rayos C centellando en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser...»discurso que, como todos sabemos, significa una muerte próxima —además de ser una manera muy elegante de decir que no está impresionado. 


Segundo: nuestro extraterrestre, a pesar de haber visto cosas que nuestros pobres cerebros (todavía incapaces del viaje interestelar) apenas pueden elucubrar, se dejará seducir y olvidará que lo que está viendo a través del tubo es una mentira fabricada con cuentas y espejos.  Unos instantes de este particular olvido serían suficientes.  Quizá alguna figura irrepetible le recuerde a una constelación que sólo vio momentos antes de que fuera devorada por un agujero negro y cuya belleza nunca ha podido transmitir a nadie más.  Puede que alguna conjunción única de matices le recuerde a los atardeceres de su planeta y tenga que luchar para no llorar en su propia, inconcebible manera.  En este caso el embajador estelar pensaría que una especie capaz de construir artefactos tan simples pero tan capaces de emocionar —incluso a seres como él, que ha visto tanto— no es una que se deba exterminar sin considerar bien el valor de lo que se perdería por siempre: un planeta entero habitado por los más hábiles invocadores de ilusión.

2 comentarios:

Don Belianís dijo...

Este y el anterior me parecieron textos muy finos y entrañables. Compañero.

El Compañero. dijo...

Muchas gracias, compañero. Ese comentario fue un enorme privilegio.