lunes, 11 de mayo de 2015

La fuerza del destino.

Una pájara hizo su nido encima del bóiler.  Mi mamá estuvo dispuesta a erradicarlo con todo y huevos desde un primer momento pero —eso sí— quería que yo me encargara del trabajo sucio.  Me negué rotundamente y traté de hacerle ver que ese bóiler, el de los cuartos desocupados del patio, no se usa nunca.  A nadie afectaba que la mamá-pájaro hubiera decidido empollar sus huevos ahí.  El problema llegó junto con visitas familiares.  No tenían por qué haberse bañado con el agua fría, lo entiendo.  Había creído que no pasaría nada, pero soy alguien que carece de todo sentido práctico.  En cuanto prendieron el bóiler —me contarían después ese día— la pájara y sus vástagos saltaron por sus vidas desde lo que imagino como una altura insospechada para un polluelo recién salido del cascarón. Pero era eso o la muerte segura entre las llamas del infierno metálico en que su madre había decidido instalar su vivienda.

Seguro que esa pájara tiene más sentido práctico que yo, pero no tiene idea de lo que es un bóiler.  Aun así, admiro su visión arquitectónica.  Actualmente no hay en el corral de mi casa un sitio más perfecto para llevar a cabo un nido de pájaros.  Está elevado del suelo, sujeto a una pared donde no puede escalar ni la rata más habilidosa y justo debajo de una cornisa proveedora de sombra y buen refugio.  En cualquier otro sitio, incluyendo los árboles o el otro bóiler, las condiciones pueden parecer similares pero no lo son.  En otro lugar de mi patio una estructura así puede sucumbir con facilidad al ataque de los elementos o los depredadores. El bóiler donde la pájara hizo el nido incluso cuenta con una cómoda estructura metálica que corona el cajón del aparato como un hongo y tiene la punta ahuecada, como una mano dispuesta a recibir.  ¿Cómo se iba a figurar que ese lugar, en apariencia dispuesto por la providencia, era en realidad una trampa perfecta, llameante, de la que tendría que salir huyendo por su vida?

Después de la chamuscada quitamos el nido del bóiler y lo reubicamos con todo y sus habitantes en uno de los arriates del patio.  "Los gatos", pensé y dije.  Mi mamá, que ya entonces se había encariñado con las aves, me tranquilizó diciéndome que desde la construcción de esos cuartos los gatos deambulantes ya no pasaban mucho por ahí.

Les tome algunas fotos a los pollitos en su nido y los subí hasta donde pude en el pequeño árbol de durazno que hay en el arriate, esperando que así aumentara su seguridad.

Iluso.

A los dos días mi mamá me despertó contándome que algo había descabezado a los pollitos, como si fuera una noticia magnífica.  Me apuró a que tomara fotos de la catástrofe.  Por supuesto que no quise ni ver tal espectáculo.  Traté de dormir pero no lo logré por quedarme pensando en que nadie escapa a la fuerza del destino.



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