viernes, 22 de mayo de 2015

Mad Max: Fury Road.



Me pregunto cómo sería la experiencia de ver esta película para alguien que no tenga la menor idea de qué es Mad Max, ni Mel Gibson, ni Babe el puerquito valiente.  ¿Qué diría? ¿Qué sentiría? ¿Qué tal un niño? Un niño que entre de contrabando a ver esta película esperando algo para pasar el rato; algo como las películas de Marvel: buena factura, humor ligero, acción CGI, diseños apantallantes.  ¿Cómo saldría de ahí el niño hipotético?

Como en “Mad Max 2”, ésta es sobre todo una película de cine-cine.  Cine puro.  El entorno post-apocalíptico no tiene espacio para diálogos teatrales ni debilidades del intelecto.  Sí, hay escenas de diálogo, pero están puestas ahí sólo para explicar las motivaciones de los personajes o clarificar las razones por las que existe el esqueleto que se usa como trama.  Las imágenes en movimiento, lo que se VE, es lo que importa.  Cada tornillo, cada herrumbre, cada lámina despostillada está hecha con el empeño de un orfebre chatarrero.  La cantidad de detalles, ideas e imágenes perdurables es abrumadora.  Sería injusto elegir una sola.  Todo es alucinante, desencajado, excesivo.  Hay que verla con los ojos bien abiertos, más de una vez, en el cine y con la pantalla más grande que se tenga al alcance.  

La nueva entrega de la sala tiene dinero y ambiciones de su lado.  Estos —aunado a una concepción madurada durante largo tiempo— son los elementos que distinguen a "Mad Max: Fury Road" de sus predecesoras.

Me cuesta trabajo describir con palabras cómo se ve “Mad Max: Fury Road”.  Y está bien que sea así, porque es una película para verse, no para contarse.  Sólo puedo traducir lo que vi con una metáfora torpe. Es algo así como la peor pesadilla de Moebius en ayahuasca revuelta con los malviajes más horribles de Terry Gilliam, escarchada con visiones de H.R. Giger, agregado una estopa de gasolina para darle punch y puesto todo en una “Heavy Metal” doblada como cono desechable.  Sírvase hirviendo.

Las actuaciones son parte de la maravilla.  Incluso “Immortan Joe”, que tiene la mitad de la cara cubierta todo el tiempo, es capaz de ofrecer una actuación memorable.  Los actores brindan a sus personajes personalidades sólidas a pesar de la escasez de diálogos y oportunidades convencionales para el lucimiento.  Esta parquedad en las palabras se vuelve fortaleza cuando vemos a Tom Hardy utilizar con maestría el gruñido, la mirada enloquecida, como técnicas de caracterización efectiva.  O cuando notamos un mundo de tristeza permanente en los ojos de la insuperable Charlize Theron.

Las películas viejas tenían intenciones subtextuales (por llamarles de una forma), pero no iban más allá de ser una ayuda para dejar claro el conflicto presente en esa versión del post-apocalipsis.  En la nueva se tocan a profundidad, sin miedo, los temas más pertinentes de la actualidad: la guerra, el fanatismo religioso, la desesperanza, la catástrofe ecológica global, sus variaciones y entrecruzamientos, De entre todos, el feminismo es el que más ha llamado la atención de los comentaristas. Una imagen: la esclava sexual de Immortan Joe patea con furia el cinturón de castidad que le acaban de quitar, dejándolo tirado en el desierto como un desperdicio más del viejo orden.  Ella, por su lado, parte a la aventura.  

Seguro que con una película de esa escala hay muchos niveles a tomar en cuenta, empezando por las carretadas de dinero que cuesta hacerla y las carretadas de dinero que esperan de vuelta los inversionistas.  Pero lo que distingue a “Mad Max: Fury Road” de entre el océano de intrascendencia que es el gran cine de acción contemporáneo, es que la intención artística se nota como la preocupación primordial.

Lo que quiero decir es que “Mad Max: Fury Road” es, antes que nada, una obra de arte.  Se trata de una pieza —de cine, en este caso— diseñada con extrema minuciosidad para causar un efecto en la conciencia de su audiencia.  

Ahora vuelvo al hipotético niño impoluto con el que elucubré al principio.  ¿Qué hará esta película con su mente? Yo sentí como si la mía estuviera siendo masticada por mandíbulas de acero y después fuera escupida como un pedazo de alambre podrido y enmarañado.  Todo el tiempo estuve tenso, con las manos sudando, embelesado con la ebullición de ideas flameando (a veces literalmente) frente a mis ojos.  Creo que el niño inmaculado no volvería a ver el cine sólo como un espectáculo complaciente.  Quizá se dé cuenta de que lo que ha visto hasta ahora no es más que eso y entienda el rango de alcances que tiene el cine como arte, tan enorme como el de la música, la poesía o la arquitectura.  De esta forma, me parece,  la mente del niño abarcaría por añadidura cosas por las que la parte más estúpida de la humanidad no da un peso o combate abiertamente: la igualdad entre todos (sobre todo entre géneros), el cuidado del ambiente, la estupidez que implica la religión, el horror evitable de la guerra. 

Creo que películas como ésta demuestran que el arte es el mejor uso  que se le puede dar a la locura.

No hay comentarios: