lunes, 8 de febrero de 2016

El hombro de Orión I

Este texto fue publicado originalmente en la edición de septiembre de la Revista Cultural Alternativas, editada por el Instituto Cultural de León.



El arte y la ciencia son anhelos similares. Las dos sospechan que la naturaleza puede ser comprendida o afectada por el pensamiento. La fabricación de herramientas para cada una de las dos ha ido avanzando casi en paralelo desde la prehistoria. En la antigüedad y hasta los albores de la modernidad era común que los sabios unieran el saber técnico y la sensibilidad artística. Sólo es a partir de las taxonomías de la ilustración que se produciría el desgaje. Es apenas entonces cuando empezamos a considerar al arte y la ciencia como actividades separadas. Sin embargo, es en el centro de la modernidad donde surgiría una nueva técnica/arte que hasta hoy nos recuerda lo fútiles que son estas fronteras.

Occidente estuvo encandilado con los avances científicos durante el siglo XIX. Se vivía con la ilusión de que el futuro sólo podía ser brillante. Los cambios se sucedían con rapidez y, de pronto, era posible experimentar en unos cuantos años lo que no se había vivido durante generaciones. La civilización moderna era una máquina humeante, avanzando sin escalas hacia el porvenir. Pero fue también en esta época cuando alguien en Whitechapel, Londres, nos recordó lo peligroso que es distraerse con sueños de utopía y progreso. Vivir juntos implica un infierno que no sofoca ningún avance tecnológico. El mundo necesitaba un nuevo medio capaz de aglutinar el empuje de la técnica y las poco atendidas necesidades espirituales del hombre.

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El literalismo racionalista junto a sus mitos fundadores (el progreso, la civilización...) había echado raíces en Francia desde tiempo atrás y su influjo era irresistible incluso en los rincones apartados del mundo. En ese país el fin de siglo también era un crisol donde comenzaba a burbujear el arte del mundo por venir. En París se precipitaban las vanguardias que desmoronaron las concepciones estéticas dominantes privilegiando el delirio y la sinrazón. No es casualidad que haya sido ahí donde una concatenación de inventos y descubrimientos culminaron en la primera proyección comercial de cine.



El 28 de diciembre de 1895, en el Salon indien du Grand Café, los parisinos atestiguaron un aparato que no pasaba de ser considerado una proeza técnica, incluso para sus inventores. Muy pronto esta nueva maravilla comenzaría a desarrollar un lenguaje propio y se convertiría en el medio artístico moderno por antonomasia. El cine es una forma de expresión adecuada a los tiempos y un nuevo recordatorio de que el arte y la ciencia no son sino dos aspectos del asombro.


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