sábado, 9 de abril de 2016

El hombro de Orión II

Este texto fue publicado originalmente en la edición de octubre del 2015 de la Revista cultural Alternativas, editada por el Instituto Cultural de León.



El cine es un medio artístico, pero siempre ha sido también una tecnología en desarrollo. Hasta el día de hoy, los avances en la técnica siguen enriqueciendo lo que se puede hacer o no con el lenguaje cinematográfico. No hay una forma de arte en la que sus recursos expresivos estén tan cerca de la ciencia, la ingeniería y el diseño.
     Ejemplos sobran.

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     La llegada del sonido implicó una revolución en lo que ya era una poderosa industria. Desde The Jazz Singer [Crosland, 1927], la manera en que se hacían películas tuvo que cambiar por completo. Los rostros que aparecían en la pantalla (“We had faces!”, dice una Norma Desmond enloquecida de nostalgia en Sunset Boulevard [Wylder, 1950]) tuvieron que comenzar a hablar, hecho que implicó el fracaso de muchas estrellas con acentos y voces que arruinaron sus carreras.
     El Steadicam se inventó a finales de los setenta y se ha usado en infinidad de películas, aunque pocas de ellas han aprovechado sus posibilidades artísticas como The Shining [Kubrick, 1980]. En esa ocasión se utilizó un avance tecnológico para crear imágenes perdurables y narrar ciertas secuencias de una forma que antes no hubiera sido posible. Las largas tomas de Danny Torrance recorriendo los pasillos del Hotel Overlook se han quedado en la memoria de todos los que vieron esa película, en gran parte gracias a la soberbia utilización de este dispositivo.
     Martin Scorsese filmó “Hugo” [Scorsese, 2011] en digital 3D. Una épica sobre el amor al cine, sus recursos, su primer gran visionario —George Méliès— y las profundidades que es capaz de tocar siendo un mero acto de ilusionismo tenía que ser filmada de esa manera. Los trucos cambian pero la ilusión perdura. Ahora no sólo grandes maestros como Scorsese, sino la mayoría de los cineastas, optan por utilizar sofisticadas cámaras digitales que muchas veces proporcionan una calidad de imagen indistinguible de la que otorgan las cintas. Quién sabe qué hubiera impresionado más al maestro francés: los auténticos viajes a la luna o la posibilidad de filmar con un aparato de bolsillo.

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El dominio de la técnica es un paso fundamental pero no exclusivo para la creación artística. Hacen falta otros ingredientes. Es en la combinación de ciencia y arte, técnica y sensibilidad, donde yace la fascinación de las imágenes en movimiento. Los espejismos que produce el cine no son sino los sueños que produjo el filtro de la era moderna.

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