miércoles, 27 de abril de 2016

El hombro de Orión IV

Este texto fue publicado originalmente en la edición de diciembre del 2015 de la Revista cultural Alternativas, editada por el Instituto Cultural de León.



Bastantes de las películas y autores que hoy consideramos clásicos tuvieron un recibimiento contemporáneo frío u hostil. Esto nos da una primera pista acerca de qué es lo que hace a un clásico: para serlo hay que sobrevivir a su propia época. 
     Ahora se usa con demasiada facilidad el término “clásico instantáneo”, una frase cercana al oxímoron que parece salida de un publicista. No hay tal cosa. El tiempo sedimenta y lo que sigue en el torbellino no puede tener el epíteto por adelantado aunque lo quieran las distribuidoras. Siendo una actividad tan mutable, el sabor de la novedad se desvanece muy pronto y sólo quienes son capaces de navegar esas aguas pueden entrar al canon.
     La sola idea de canon nos da una segunda pista: la apreciación de la crítica. En el cine, como en cualquier otro arte, se han aplicado criterios distintos durante el siglo y pico que tiene de historia. En algún punto de ese desarrollo, la crítica se hizo con el poder de modificar conscientemente sus propios marcos de referencia.
    El ejemplo más famoso de esto es el de la relación entre Hitchcock y los directores de la nueva ola francesa (varios de ellos críticos antes de ser directores). Hasta antes de la famosa entrevista con Truffaut, Hitchcock sólo era considerado un engranaje bien aceitado de la maquinaria hollywoodense. Un gran entretenedor con indudables méritos técnicos, pero alejado de la verdadera “poesía” de Cocteau, Vigo o Renoir. A partir de la pasión que le profesaba  esa nueva generación y el desarrollo de la teoría autoral, Hitchcock fue reconocido como un artista visionario y conocedor profundo del alma, con una capacidad incomparable para traducir sus corredores más oscuros al cine. La apreciación de la crítica, entonces, puede virar de forma dramática en cualquier momento, y las obras perdurables terminan por ser reconocidas como parte del canon tarde o temprano.
     La tercera pata de la mesa es la apreciación de las audiencias. Esto se mide y se entiende de manera distinta que la apreciación de la crítica. Los críticos tienen revistas, escuelas, libros, teorías, portales, etcétera. Las audiencias compran, ven, contagian. Muchas veces las cintas más apreciadas por el público no son reconocidas por la crítica y viceversa. Los usuarios de IMDB ponen a “The Shawshank Redemption” (Darabont, 1994) como la número uno en su top 250, mientras que los críticos encuestados para Sight & Sound han elegido a “Vertigo” (Hitchcock, 1958) como la mejor película de todos los tiempos.
     El último ingrediente, el más importante para hornear un buen clásico cinematográfico, es la apreciación individual. Cada quien elabora su propio canon surfeando entre lo que el tiempo permite, los críticos validan, la gente recomienda y la persona aprecia. Si falta una de las patas, la mesa se cae. Puede que los críticos admiren en bloque a una película o que todo mundo la haya recomendado, pero si no conecta con uno, se va al pozo. El arte es una caja de resonancia en donde escuchamos ecos de nosotros mismos. Cuando vemos pasar las imágenes ante nuestros ojos y nos sentimos tocados en el  espíritu con exactitud insólita, estamos frente a un clásico y no hay más que decir.

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